CAPÍTULO 15 #3
—El sistema tiene una capa de autenticación secundaria que no figuraba en los registros públicos —dijo Trejo—. Requiere un código de verificación de seis dígitos que se genera cada treinta segundos en un dispositivo físico que tiene el administrador del sistema.
—¿Podés saltearla?
—Con cuatro minutos adicionales —dijo Trejo—. Pero eso nos pone en veintitrés minutos totales. El guardia llega a los dieciséis.
Ferrero miró el pasillo. Miró el reloj.
—Trabajá —dijo—. Yo me encargo del guardia.
El Guardia
Ferrero salió del Data Center y cerró la puerta detrás de sí con cuidado. El pasillo del subsuelo estaba vacío. La iluminación verde de emergencia proyectaba sombras largas sobre el hormigón. Avanzó hasta el pie de la rampa y esperó.
El guardia de ronda se llamaba Roberto según la plaquita que Trejo había visto en el sistema de personal de seguridad de la UNC cuando hizo el relevamiento del viernes.
Cincuenta y dos años, turno nocturno desde hacía ocho años, recorrido documentado de dieciocho minutos que cubría el edificio de Exactas, el pasillo de conexión con Matemática y el estacionamiento sur.
Ferrero lo escuchó antes de verlo. Pasos regulares sobre el piso de hormigón del pasillo exterior, con el ritmo específico de alguien que hace el mismo recorrido desde hace años y camina en piloto automático.
Una linterna cuyo haz se filtraba por la rendija inferior de la puerta de acceso al subsuelo.
La puerta se abrió. Roberto entró con la linterna en la mano derecha y el walkie talkie colgado en el cinturón. El haz de luz barrió el subsuelo de izquierda a derecha y se detuvo sobre Ferrero. Los dos hombres se miraron dos segundos.
—¿Quién es usted? —dijo Roberto.
—Mantenimiento de sistemas —dijo Ferrero con la misma calma que usaba para declarar ante un juez—. Hay una alerta en el panel de control principal. Me mandaron a verificar.
Roberto lo miró. Miró la campera de Ferrero. Miró las manos.
—A las once y media de la noche del domingo —dijo Roberto.
—Las alertas no respetan horario —dijo Ferrero—. El número de ticket está en el sistema si quiere verificarlo. Me va a llevar diez minutos y salgo.
Roberto procesó la información cuatro segundos. Era el tiempo exacto que Ferrero había calculado: el tiempo que tarda un guardia de turno nocturno en decidir si una situación irregular justifica el papeleo que implica reportarla o si es más fácil aceptar la explicación y seguir la ronda.
—Diez minutos —dijo Roberto.
—Diez minutos —confirmó Ferrero.
Roberto asintió, giró y salió del subsuelo. Los pasos se alejaron por el pasillo exterior con el mismo ritmo regular de antes. Ferrero esperó hasta que el sonido desapareció completamente y volvió al Data Center.
—¿Cuánto te queda? —preguntó entrando.
—Tres minutos —dijo Trejo sin levantar la vista—.
La autenticación secundaria la salteé. Ahora estoy inyectando el proceso de reinicio en cascada.
Cuando termine, el sistema va a empezar a cerrar los nodos de distribución provincial en secuencia, uno por uno, con un intervalo de cuatro minutos entre cada cierre para que parezca una falla técnica progresiva y no una intervención.
—¿Cuándo empieza el primer cierre?
—A las 00:17 —dijo Trejo—. Doce minutos desde ahora.
Ferrero miró el reloj. El guardia Roberto volvía en catorce minutos.
Tenían una ventana de dos minutos entre el inicio del apagón y el regreso del guardia.
—¿Qué pasa si el sistema detecta la inyección antes de que terminemos?
—Una alarma en el panel de control —dijo Trejo—. Automáticamente notifica al administrador del sistema por SMS y al centro de monitoreo de la red universitaria.
—¿Cuánto tarda en responder el centro de monitoreo?
—En un domingo a la noche, entre veinte y cuarenta minutos —dijo Trejo—. Para cuando lleguen, nosotros ya no estamos acá y el proceso ya está en marcha.
—¿Se puede revertir una vez iniciado?
—Solo con acceso físico al panel en los primeros cuatro minutos del proceso
—dijo Trejo—. Después de los primeros cuatro minutos, el reinicio en cascada es irreversible hasta completarse.
Trejo tecleó una última secuencia. Apretó Enter. Miró la pantalla tres segundos.
—Listo —dijo.
En la pantalla del panel central apareció una línea de texto en tipografía de sistema.
PROCESO INICIADO — REINICIO PROGRAMADO — NODOS 1/4
— 00:17:00
El contador empezó a correr.
El Pasillo Frío
Salieron del Data Center a las 23:57. Trejo desconectó la notebook del panel, guardó el cable blindado en la mochila y cerró la puerta con la tarjeta clonada.
El proceso de reinicio en cascada corría solo desde ese momento.
A las 00:17 el primer nodo de distribución provincial empezaría a cerrarse.
A las 00:21 el segundo. A las 00:25 el tercero.
A las 00:29 el cuarto. Para las 00:33 la red provincial estaría completamente interrumpida.
Ferrero abrió la puerta del subsuelo hacia el pasillo exterior. Miró en las dos direcciones. Vacío. La iluminación de emergencia verde seguía igual.
Avanzaron hacia la rampa de salida. Fue entonces que Ferrero la vio.
Al fondo del pasillo, opuesto a la rampa de salida, una figura estaba de pie contra la pared en la zona más oscura del corredor.
Inmóvil. Sin linterna, sin uniforme visible.
La postura no era la de Roberto ni la de ningún guardia de seguridad universitaria.
Era la postura de alguien que espera con un propósito definido.
Ferrero agarró a Trejo del brazo y lo detuvo sin decir nada. Le hizo una señal con la mano: atrás, contra la pared.
Trejo obedeció sin preguntar. Se pegó a la pared izquierda del pasillo con la mochila contra el cuerpo.
Ferrero sacó la Glock. La figura al fondo del pasillo no se movió. Seguía inmóvil, a unos treinta metros de distancia, demasiado lejos para identificar rasgos con la iluminación verde de emergencia.
Ferrero apretó el pulsador de la radio en el bolsillo.
—Palacios —dijo en voz muy baja—. Figura en el pasillo del subsuelo, extremo norte. Posición desconocida, armamento desconocido. ¿Tenés visual sobre las salidas exteriores?
—Confirmado —dijo Palacios—. Acabo de ver a alguien entrar por la rampa lateral hace cuatro minutos. Hombre solo, campera oscura. Creí que era personal del edificio.
Cuatro minutos. La figura había entrado al subsuelo mientras ellos estaban adentro del Data Center. Había esperado en el pasillo.
La figura al fondo del pasillo se movió. Un paso hacia adelante. Salió parcialmente de la sombra y Ferrero vio el brazo derecho extendido con algo en la mano.
Ferrero se tiró al piso en el mismo momento en que el disparo rompió el silencio del subsuelo.
El tiro pasó a metro y medio sobre su cabeza e impactó en la pared de hormigón detrás. El eco del disparo rebotó en el pasillo dos segundos.
Ferrero respondió desde el piso con dos disparos controlados hacia la zona de sombra donde había visto el brazo. La figura se retiró hacia la oscuridad del extremo norte del pasillo.
—Trejo —dijo Ferrero sin levantarse—. Rampa de salida. Ahora. No te detengas.
Trejo corrió hacia la rampa con la mochila al hombro. Ferrero se levantó, cubrió la retirada con la Glock apuntando al extremo norte del pasillo y retrocedió hacia la rampa sin apartar la vista de la sombra. La figura no reapareció.
Ferrero subió la rampa de espaldas, sin darse vuelta hasta que tuvo la puerta exterior detrás. Salió al exterior. El aire frío del campus le golpeó la cara. Trejo ya estaba junto a la pared exterior con la espalda apoyada contra el hormigón y la respiración agitada.
Palacios llegó desde el acceso vehicular en treinta segundos con la Sig Sauer en la mano.
—¿Heridos? —preguntó.
—Ninguno —dijo Ferrero—. El sicario está adentro. Puede salir por la rampa o por el acceso principal.
—¿Lo seguimos?
Ferrero miró la puerta de la rampa lateral. Cerrada. Sin movimiento.
—Nos vamos —dijo—. El proceso ya está en marcha. Quedarnos acá no cambia nada del apagón y nos expone a que llegue seguridad universitaria antes de que salgamos del campus.
Los tres caminaron hacia el estacionamiento. Morales los esperaba con el Renault encendido. Subieron. Palacios corrió hacia la Hilux.
Eran las 00:04. En trece minutos el primer nodo de distribución provincial empezaría a cerrarse.
Alguien había sabido que iban a estar ahí esa noche.
La Transmisión
Llegaron al búnker de Santa Rosa a las 00:31. Ferrero entró primero, cerró los tres pernos y encendió el generador. Los monitores parpadearon uno tras otro. Trejo conectó la notebook al sistema principal y abrió el panel de monitoreo de la red provincial.
La pantalla mostraba el estado en tiempo real de los cuatro nodos de distribución.
Nodo 1: OFFLINE — 00:17:43.
Nodo 2: OFFLINE — 00:21:43.
Nodo 3: OFFLINE — 00:25:43.
Nodo 4: OFFLINE — 00:29:43.
El apagón había comenzado según el plan. La red provincial de telecomunicaciones estaba interrumpida desde las 00:29 en un radio de 400 km centrado en Córdoba capital.
—Funciona —dijo Trejo.
Palacios entró al búnker. Morales fue hasta la hornalla y puso agua para mate sin que nadie se lo pidiera.
Ferrero se sentó frente al monitor y miró los cuatro indicadores en rojo un momento. Después miró a Trejo.
—¿El sicario en el subsuelo? —preguntó.
—La figura esperaba adentro —dijo Trejo—. Sabía que íbamos a estar ahí. La única forma de saberlo era tener acceso a información que salió del búnker esta semana.
—La filtración en la Procuración —dijo Palacios.
—O algo más cercano —dijo Ferrero.
La habitación quedó en silencio cuatro segundos. Morales sirvió el primer mate sin darse vuelta. Trejo miraba la pantalla. Palacios miraba a Ferrero.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Palacios.
—Estoy diciendo que el plan del domingo no salió por ningún canal digital — dijo Ferrero—.
No mandamos mensajes, no usamos el canal cifrado, no hablamos por teléfono.
Lo que planeamos acá se quedó acá. Las únicas personas que sabían que íbamos a estar en Ciudad Universitaria esta noche somos las que están en este búnker ahora mismo.