EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 15 #2
50%

CAPÍTULO 15 #2

—Sí —dijo Trejo—. Es una intervención de software, no física.

Inyecto un proceso en el sistema de gestión de los nodos que fuerza un reinicio en cascada con un retardo de cuatro horas antes de que el sistema de respaldo se active.

Cuando el sistema se restituya, los nodos van a estar exactamente igual que antes.

—¿Cuánto tiempo necesitás adentro?

—Veinte minutos en el panel de control —dijo Trejo—. Si no hay inconvenientes.

—¿Podés hacerlo solo?

Trejo lo miró. —Técnicamente sí —dijo—. Operativamente es más prudente tener cobertura externa. La seguridad perimetral del Data Center tiene dos guardias en turno nocturno. Uno en la entrada principal y uno haciendo ronda por el edificio. La ronda dura dieciocho minutos. Eso me da la ventana.

—Yo entro con vos —dijo Ferrero—. Palacios cubre el exterior. Morales queda en el auto.

—Morales tiene el alta de hace dos días —dijo Trejo.

—Por eso queda en el auto —dijo Ferrero.

Morales, sentado en la silla del rincón donde había estado escuchando en silencio toda la conversación, asintió con la cabeza sin decir nada. Era el tipo de asentimiento que cerraba una discusión antes de que empezara.

—¿Acceso al subsuelo? —preguntó Ferrero.

—Lo consigo hoy —dijo Trejo—. Hay un docente investigador de la Facultad de Exactas que tiene llave maestra del edificio para sus trabajos de madrugada.

Tiene una deuda técnica conmigo de hace dos años. Una consultoría que nunca pagó. Le digo que puede saldarla prestándonos la llave el domingo a la noche sin preguntas. Si acepta, tenemos acceso limpio. Si no acepta, buscamos otra entrada.

—¿Va a aceptar?

—Va a aceptar —dijo Trejo con la certeza absoluta que da conocer al detalle la naturaleza del sujeto.

Ferrero miró a Palacios. Palacios tenía el cuaderno azul abierto sobre la mesa y había estado tomando notas durante toda la conversación.

—¿Algún problema con el plan? —preguntó Ferrero.

—Un solo punto ciego —dijo Palacios sin levantar la vista del cuaderno—.

No sabemos si la filtración en la Procuración monitorea nuestros movimientos físicos además de los digitales.

Si alguien sabe que vamos a estar en Ciudad Universitaria el domingo a la noche, la ventana operativa de dieciocho minutos se convierte en una trampa.

Giró la vista hacia el mapa. —Por eso el plan no sale de este búnker —dijo—. Ni por teléfono, ni por canal cifrado, ni por escrito fuera de acá. Lo que planeamos acá se queda acá hasta el domingo.

El Sábado

El sábado Ferrero fue al hospital a visitar a Peralta.

La habitación 318 del Hospital de Urgencias sobre Catamarca y Guzmán tenía una cama, un monitor cardíaco que ya no estaba conectado y una ventana con vista al patio interno donde un árbol de tipa perdía las últimas hojas del otoño.

Peralta estaba sentado en la cama con el pecho vendado, el pómulo derecho con una hinchazón que le cerraba parcialmente el ojo y una expresión que mezclaba dolor físico con algo más difícil de clasificar.

Ferrero entró con dos medialunas en una bolsa de papel y se sentó en la silla junto a la cama. —¿Cómo estás? —preguntó.

—Dos costillas y el pómulo —dijo Peralta—. El médico dice que en diez días estoy bien.

Ferrero puso la bolsa sobre la mesita de luz. —Te debo una disculpa. Peralta lo miró.

—Te dije que si llamabas a Rosas y cooperabas ibas a estar protegido —dijo Ferrero—. La protección falló. Eso fue responsabilidad mía.

Peralta miró la bolsa de medialunas un momento. Después miró a Ferrero.

—Usted no me dijo que estaba garantizado —expresó—. Me aseguró que era la mejor opción disponible. Eso era verdad.

Ferrero asintió. —¿Vas a seguir cooperando? —preguntó.

Peralta tardó cinco segundos en responder. —Sí —dijo—. Porque si no lo hago, lo que me hicieron fue gratis. Y no quiero que haya sido gratis.

Ferrero lo miró tres segundos. Veintiséis años. Dos costillas rotas y el pómulo fracturado y todavía con más claridad sobre sus propias motivaciones que mucha gente con el doble de edad.

—Hay una cosa más que necesito de vos —dijo Ferrero—. El hombre que venía cada diez días al predio. Lo describiste físicamente. Sesenta y pico, pelo blanco, traje oscuro, acento porteño con capas. ¿Tenés algo más? ¿Una cicatriz, un rasgo específico, algo que no mencionaste antes?

Peralta cerró el ojo sano diez segundos. Lo abrió.

—Una cosa —dijo—. La mano izquierda. Le faltaba el dedo meñique. No hasta la base, hasta la primera articulación. Como si se lo hubieran cortado en algún momento y hubiera cicatrizado.

Ferrero tomó nota en el cuaderno. —¿Algo más?

—Usaba reloj —dijo Peralta—. Analógico, grande, con la esfera blanca. En la muñeca derecha, no en la izquierda. Lo noté porque cuando me daba la mano siempre era con la derecha y el reloj quedaba justo a la vista.

Ferrero anotó los dos detalles. Meñique izquierdo amputado en la primera articulación. Reloj analógico en muñeca derecha. —Gracias —dijo.

Se levantó para irse. Peralta lo detuvo con una pregunta.

—¿Usted va a atraparlo?

Ferrero miró al chico en la cama con el pómulo hinchado y las costillas vendadas. —Vamos a intentarlo —dijo.

—No le pregunté si lo van a intentar —dijo Peralta—. Le pregunté si lo va a atrapar.

Ferrero sostuvo la mirada cuatro segundos. —Sí —dijo.

Salió de la habitación. Bajó por la escalera hasta la planta baja del Hospital de Urgencias y salió a la calle Catamarca con el sol de la tarde golpeándole en la cara. La Hilux estaba estacionada a media cuadra.

Subió, abrió el cuaderno en la página de notas de Peralta y la leyó dos veces. Meñique izquierdo amputado. Reloj en muñeca derecha.

Llamó a Trejo.

—Dos rasgos físicos nuevos de Arencibia —dijo cuando Trejo atendió—. Meñique izquierdo amputado en la primera articulación. Reloj analógico grande en la muñeca derecha. Agregalo al perfil del sistema de reconocimiento.

—El sistema de reconocimiento trabaja con rasgos faciales —dijo Trejo—. Los rasgos de extremidades no entran en el algoritmo.

—Entonces usalo para el perfil humano —dijo Ferrero—. Si alguien del equipo de Rosas lo ve en persona, esos dos detalles lo identifican aunque haya cambiado la cara.

—Entendido —dijo Trejo.

Ferrero cerró el cuaderno. Arrancó la Hilux. Mañana era domingo.

Ciudad Universitaria

Salieron del búnker a las 23:18 del domingo. Morales manejaba el Renault con Ferrero en el acompañante y Trejo en el asiento trasero con la mochila táctica entre los pies. Palacios seguía en la Hilux, dos cuadras detrás. Tomaron Colón hasta Vélez Sarsfield y bajaron hacia Ciudad Universitaria.

El campus estaba silencioso a esa hora. Los domingos a la noche la actividad universitaria era mínima y los únicos movimientos visibles eran los del personal de seguridad en los accesos principales y algún estudiante rezagado cruzando entre los pabellones de las distintas facultades.

Morales tomó el acceso interno por la rotonda de Ciudad Universitaria y redujo la velocidad a veinte.

—La Facultad de Exactas está al fondo —dijo Trejo—. Edificio de hormigón gris, cuatro pisos, acceso por la escalinata sur. El subsuelo tiene entrada independiente por la rampa lateral del lado este.

Morales estacionó el Renault en un playón de estacionamiento interno a cincuenta metros del edificio de Exactas, entre dos camionetas universitarias que llevaban ahí desde el viernes.

El playón no tenía cámaras de seguridad activas según el relevamiento que Trejo había hecho esa tarde.

Palacios estacionó la Hilux en el acceso vehicular que daba a la rampa lateral del lado este y apagó las luces. Desde ahí tenía visual sobre la entrada principal del edificio y sobre los dos accesos peatonales del campus en ese sector.

Ferrero y Trejo bajaron del Renault. Caminaron hacia el edificio de Exactas con paso regular, sin correr, con las manos en los bolsillos. Trejo llevaba la mochila táctica al hombro. Ferrero llevaba la Glock en el cinturón y el equipo de intrusión en el bolsillo interno de la campera.

La llave maestra que el docente investigador le había prestado a Trejo abría la rampa lateral del lado este sin necesidad de código adicional.

Entraron al subsuelo a las 23:34. La rampa bajaba cuatro metros hasta un pasillo de hormigón con iluminación de emergencia en verde que daba a tres puertas metálicas.

La del centro tenía el cartel: DATA CENTER — PERSONAL AUTORIZADO.

Trejo sacó del bolsillo una tarjeta de acceso clonada que había preparado el viernes con los datos del administrador del sistema que figuraba en los registros de la UNC. La apoyó sobre el lector. La puerta emitió un click y se abrió.

El Data Center de la UNC era un espacio rectangular de quince metros por ocho, con cuatro filas de racks de servidores y un panel de control central con seis monitores. La temperatura era de dieciocho grados exactos.

El ruido de los ventiladores llenaba el ambiente con un zumbido constante de frecuencia media que Ferrero reconoció de inmediato como el mismo sonido del búnker de Santa Rosa, amplificado por la escala.

Trejo fue directo al panel de control. Conectó su notebook al puerto de administración con un cable blindado y empezó a trabajar. Ferrero tomó posición junto a la puerta con la Glock en la mano.

—¿Cuánto? —preguntó Ferrero.

—Dieciocho minutos si todo va bien —dijo Trejo sin levantar la vista de la pantalla—. Veinticuatro si hay alguna validación adicional en el sistema.

—El guardia de ronda vuelve a este sector en dieciséis minutos —dijo Ferrero.

—Lo sé —dijo Trejo.

Ferrero miró el pasillo a través del vidrio de la puerta. Vacío. La iluminación verde de emergencia seguía igual. Palacios confirmó por radio que el exterior estaba limpio. Morales confirmó que el Renault estaba en posición.

A los nueve minutos Trejo habló sin apartar la vista de la pantalla.

—Hay un problema —dijo.

—¿Qué tipo?