EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 14 #3
48%

CAPÍTULO 14 #3

—Tengo a Vargas —dijo Ferrero—. Coordinador técnico del Proyecto Albatros.

Detenido en un predio de contenedores en Deán Funes donde operaba el nodo central de la red residual.

El servidor tiene ochenta y dos gigabytes de datos recuperables después de un borrado parcial que interrumpimos.

Hay cuatro nodos adicionales en Buenos Aires, Rosario y Tucumán que entran en hibernación en las próximas cuarenta horas si el nodo central no transmite.

Rosas tardó cuatro segundos en responder. —¿Estás bien?

—Estoy bien —dijo Ferrero—. Palacios también.

—¿Vargas colabora?

—Parcialmente —dijo Ferrero—. Nos dio los cuatro nodos adicionales y confirmó la identidad del visitante frecuente del predio.

—¿Quién?

—Arencibia —dijo Ferrero—. Ricardo Arencibia.

Venía cada diez días a reunirse con Vargas en persona.

Un técnico de veintiséis años que trabajaba en el predio lo describe como hombre de sesenta y pico, pelo blanco, traje oscuro, acento porteño con capas.

Llegaba con chofer en un auto negro con patente de formato antiguo.

El silencio del otro lado duró siete segundos.

—Está vivo —dijo Rosas en voz baja, como confirmando algo que ya sospechaba.

—Y operativo —dijo Ferrero—. Venía al predio en persona cada diez días. Supervisión directa, presencia física. El Arquitecto tiene las manos en la operación.

—¿Qué necesitás de mi lado?

—Tres cosas —dijo Ferrero—. Primera: un equipo técnico federal que llegue al predio antes de las 06:00 de mañana para extraer el servidor con protocolo de cadena de custodia.

Si el servidor no se mueve con protocolo correcto, la evidencia no sirve en la audiencia.

Segunda: una orden de detención para Vargas para que su custodia sea formal desde esta noche.

Tercera: que actives la alerta migratoria sobre Arencibia en los cuatro países donde Argentina tiene acuerdo de extradición operativo.

—Las tres cosas las tengo antes de medianoche —dijo Rosas—. ¿Dónde van a estar ustedes?

—En el predio hasta que llegue el equipo técnico —dijo Ferrero—. Después de vuelta a Córdoba con Vargas.

—Ferrero —dijo Rosas antes de cortar—. Arencibia tiene contactos en inteligencia de tres países.

Si está operativo y sabe que Vargas fue capturado esta noche, va a activar un protocolo de emergencia antes del amanecer. Puede estar en un vuelo a Uruguay o a Paraguay antes de que yo consiga la orden de alerta migratoria.

—Lo sé —dijo Ferrero—. Por eso necesito que la orden salga en la próxima hora.

—Sale en la próxima hora —dijo Rosas. Cortó.

Ferrero guardó el teléfono y volvió junto a Palacios. El cielo sobre el predio estaba completamente negro sin luna y el silencio del campo era absoluto excepto por el viento entre los contenedores.

—¿Qué dijo? —preguntó Palacios.

—Que Arencibia puede estar en un avión antes del amanecer —dijo Ferrero.

—¿Y si ya lo está?

Ferrero miró el contenedor con el servidor apagado.

La puerta seguía abierta y la oscuridad adentro era completa sin la luz azul de los monitores.

Un nodo central apagado. Cuatro nodos en hibernación dentro de cuarenta horas.

Arencibia en movimiento probablemente desde el momento en que Vargas dejó de reportar.

—Si ya está en un avión —dijo Ferrero—, tenemos el servidor, tenemos a Vargas y tenemos las firmas originales del operativo de 2003. Con eso la causa avanza aunque Arencibia no esté en el país para el juicio.

—¿Es suficiente?

Ferrero miró el campo oscuro más allá del alambrado.

—Para la causa judicial, sí —dijo—. Para otras cosas, todavía no lo sé.

La Espera

El equipo técnico federal llegó al predio de Deán Funes a las 05:14 de la mañana. Cuatro hombres en dos camionetas sin distintivos, con equipamiento de extracción digital y el protocolo de cadena de custodia que Rosas había enviado por correo cifrado a las 23:30 de la noche anterior.

Ferrero los recibió en la tranquera y los guió hasta el contenedor con la linterna táctica.

Palacios había pasado la noche dentro del contenedor con Vargas, sentada en la silla de trabajo con la Sig Sauer sobre las rodillas. Ferrero había hecho guardia exterior en turnos de dos horas, moviéndose por los pasillos del predio con el equipo de visión nocturna.

Vargas no había intentado nada. Había dormido tres horas en el piso del contenedor con una campera doblada bajo la cabeza, lo que decía algo sobre su experiencia previa en situaciones de ese tipo.

Mientras el equipo técnico trabajaba en el servidor, Ferrero se sentó en el piso del pasillo entre dos contenedores y apoyó la espalda contra el metal frío.

El cielo empezaba a clarear en el este con una franja gris que avanzaba sobre el campo plano.

Palacios salió del contenedor y se sentó a su lado.

Durante diez minutos ninguno de los dos habló.

—¿Alguna vez te preguntaste cómo termina esto? —dijo Palacios finalmente.

—Cada día —dijo Ferrero.

—¿Y?

—Depende del día —dijo Ferrero—. Algunos días pienso que termina con Santucho condenado, la red desarmada y yo de vuelta en Cosquín dando clases. Otros días pienso que termina de otra manera.

—¿Qué otra manera?

Ferrero miró el cielo que seguía aclarando.

—Una en la que la justicia no llega a tiempo —dijo—. O llega pero no alcanza. Y alguien tiene que decidir si eso es suficiente.

Palacios lo miró de perfil.

—¿Vos podés tomar esa decisión?

—Todavía no sé —dijo Ferrero—. Cuando llegue el momento, voy a saber.

—El Gallego diría que esa es exactamente la respuesta equivocada —dijo Palacios.

—El Gallego también me dijo que mi viejo era valiente e ingenuo al mismo tiempo —dijo Ferrero—. Y que yo era las dos cosas también. Así que quizás la respuesta equivocada es la única que puedo dar.

Palacios no respondió. Apoyó la cabeza contra el contenedor y cerró los ojos un momento. La franja gris del este se había convertido en una línea de luz rosada sobre el horizonte plano del campo cordobés.

A las 06:22 el responsable del equipo técnico federal salió del contenedor y se acercó a Ferrero.

—Extracción completa —dijo el técnico—. Ochenta y dos gigabytes recuperados con hash de verificación. El servidor va en custodia federal a Córdoba. Los discos duros de la mochila también. Cadena de custodia documentada desde las 05:31.

—¿El borrado parcial afecta la validez procesal? —preguntó Ferrero.

—Los metadatos del proceso de borrado quedaron en el sistema —dijo el técnico—. Vamos a poder demostrar qué se intentó borrar y cuándo. Eso en realidad refuerza la evidencia porque muestra consciencia de culpa.

Ferrero asintió. Se levantó del piso, se sacudió la tierra de los pantalones y estiró la espalda. Cuatro meses de clases en Cosquín habían ablandado algo que una noche en el piso de tierra de un predio industrial en Deán Funes se había encargado de recordarle.

—Vargas —dijo Ferrero al técnico—. Queda bajo custodia federal desde este momento. La orden de detención la tiene la doctora Rosas.

—Confirmado —dijo el técnico.

Palacios ya estaba de pie junto a la Hilux con las llaves en la mano. Vargas fue trasladado a una de las camionetas federales con las manos esposadas y sin decir nada. Ferrero lo vio subir. Antes de que cerraran la puerta Vargas lo miró una vez.

—Arencibia sabe que estamos acá —dijo—. Lo supo desde anoche. Ferrero lo miró. —¿Cómo?

—Porque yo le avisé antes de que ustedes entraran al contenedor —dijo Vargas—. Tuve cuatro minutos entre la alerta de intrusión en el servidor y el momento en que abrí la puerta. Usé dos de esos minutos para mandarle un mensaje.

La puerta de la camioneta se cerró.

Ferrero se quedó parado junto a la Hilux diez segundos. Después subió al asiento del acompañante.

—Manejás vos —dijo a Palacios.

Palacios arrancó. Salieron del predio hacia la ruta provincial. Arencibia llevaba doce horas de ventaja.

El Chico Herido

Estaban a veinte kilómetros de Córdoba cuando Trejo llamó a las 08:47.

—Tengo algo —dijo Trejo—. Ignacio Peralta, el técnico que soltaron anoche.

Llamó a Rosas a las 23:15 como le dijiste.

Rosas lo mandó a una dirección segura en Alberdi con custodia federal.

Pero esta mañana a las 07:30 el agente de custodia reportó que Peralta había salido a comprar algo en el kiosco de la esquina y no había vuelto.

Ferrero miró por la ventanilla de la Hilux. El campo seguía plano y abierto a ambos lados de la ruta.

—¿Cuánto tiempo desaparecido?

—Una hora y diecisiete minutos cuando reportaron —dijo Trejo—. Rosas activó búsqueda inmediata en el radio. Veinte minutos después lo encontraron.

—¿Vivo?

—Vivo —dijo Trejo—. Pero golpeado. Lo encontraron en el callejón detrás del edificio de custodia.

Dos costillas rotas, fractura en el pómulo derecho, hematomas múltiples.

Alguien lo interceptó en el kiosco o en el camino de vuelta y le dio un tiempo para que entendiera que había hablado con las personas equivocadas.

Palacios apretó el volante sin cambiar la expresión.

—¿Está en condiciones de declarar? —preguntó Ferrero.

—Está consciente —dijo Trejo—. Lo ingresaron al Hospital de Urgencias. Rosas fue a verlo esta mañana. Peralta declaró que el hombre que lo interceptó no dijo nada durante toda la operación. Solo entregó el mensaje con los puños y se fue.

—Profesional —dijo Ferrero.

—Muy —dijo Trejo—. Y rápido. Desde que Peralta salió del kiosco hasta que lo encontraron en el callejón pasaron menos de ocho minutos. Eso requiere conocer el radio con anticipación. Alguien sabía dónde estaba la dirección de custodia antes de que Peralta llegara ahí.

—La filtración en la Procuración —dijo Ferrero.

—La misma o una segunda —dijo Trejo—. Rosas está interrogando a su equipo desde las 08:00. Nadie está por encima de sospecha en este momento excepto Bianco.