CAPÍTULO 14 #2
Trejo respondió en noventa segundos. El segundo identificador es el servidor. Estoy adentro. Tiene ciento cuarenta y dos gigabytes de datos activos. Voy a necesitar veinte minutos para mapear el contenido antes de la extracción. Mantené la posición.
Ferrero mostró el mensaje a Palacios. Palacios asintió y se acomodó contra la pared del contenedor adyacente con la espalda cubierta y visual sobre los dos extremos del pasillo.
Ferrero se apostó frente a la puerta y esperó. A los ocho minutos de espera, el nivel de ruido de los ventiladores cambió. Un aumento brusco de RPM seguido de un pitido agudo que duró tres segundos y paró.
Alguien adentro había recibido una alerta. Ferrero apretó el pulsador del teléfono.
—Trejo —dijo en voz baja—. Detectaron tu conexión.
—Lo sé —dijo Trejo—. Tengo doce minutos más antes de que activen el protocolo de borrado. Seguí ahí.
Desde adentro del contenedor llegaron voces. Dos voces masculinas, en español, con el tono específico de personas que están tomando decisiones rápidas bajo presión.
Ferrero miró a Palacios. Palacios ya tenía la Sig Sauer apuntando a la puerta.
Adentro del Contenedor
La puerta se abrió desde adentro a los cuatro minutos.
El primer hombre salió rápido con una mochila al hombro y giró hacia el norte sin mirar atrás. Treinta y pocos años, campera oscura, zapatillas de running. Ferrero lo dejó dar tres pasos y lo cerró por detrás con el antebrazo en el cuello y la Glock apoyada en la sien derecha.
—Al piso —dijo Ferrero.
El hombre obedeció sin resistencia. Palacios lo esposó con precintas en seis segundos y lo sentó contra la pared del contenedor adyacente.
El segundo hombre no salió. Ferrero tomó posición a la izquierda de la puerta abierta con la Glock en alto.
Palacios cubrió el ángulo derecho. El interior del contenedor era un rectángulo de seis metros por dos y medio, con tres racks de servidores contra la pared del fondo, un generador portátil encendido en el rincón izquierdo y una silla plegable frente a una consola de administración con dos monitores.
En la silla, de espaldas a la puerta, un hombre de unos cuarenta años con auriculares puestos que tecleaba a velocidad sostenida.
—Manos sobre la cabeza —dijo Ferrero entrando.
El hombre no se movió durante dos segundos. Después levantó las manos despacio sin darse vuelta. Los dedos seguían moviéndose en el aire sobre el teclado por inercia.
—Vargas —dijo Ferrero.
El hombre giró la silla. Cuarenta y dos años, cara ancha, pelo negro corto con entradas, anteojos de marco metálico fino. La expresión de alguien que acaba de calcular sus opciones y encontró que ninguna era favorable.
—¿Cuánto tiempo lleva adentro del sistema? —preguntó Vargas mirando a Ferrero con una calma que era profesional antes que personal.
—El tiempo suficiente —dijo Ferrero.
Vargas asintió lento. Miró los monitores. En la pantalla de la izquierda corría una barra de progreso con la etiqueta PURGE — IDENTITY LOGS.
Cuarenta y tres por ciento completado. Borraba los registros comprometedores pero dejaba intacta la infraestructura de conexión con los otros nodos.
Ferrero cruzó el contenedor en cuatro pasos y desconectó el cable de alimentación del servidor principal. Los monitores se apagaron. El proceso de borrado se interrumpió en cuarenta y tres por ciento.
—Ciento cuarenta y dos gigabytes —dijo Ferrero—. De los cuales el cincuenta y siete por ciento todavía existe. —Se dio vuelta hacia Vargas—. Suficiente para lo que necesitamos.
Vargas miró el servidor apagado tres segundos. Después volvió la vista a Ferrero. —¿Quién es usted? —preguntó.
—Ferrero. Subinspector, Cibercrimen, Policía de Córdoba.
—Suspendido —dijo Vargas.
—Con licencia —dijo Ferrero—. Hay una diferencia.
Palacios apareció en la puerta del contenedor. —El de afuera está asegurado — dijo—. ¿Quién es este?
—Vargas —dijo Ferrero—. El nuevo coordinador técnico del Proyecto Albatros.
Vargas escuchó el nombre sin pestañear. Llevaba el tiempo suficiente en ese negocio como para saber que cuando alguien dice tu nombre así, ya saben todo lo demás.
—¿Cuántos servidores tiene la red residual además de este? —preguntó Ferrero.
—No voy a responder eso —dijo Vargas.
—Lo va a responder en algún momento —dijo Ferrero—. La diferencia es cuándo y bajo qué condiciones. Si lo hace ahora, las condiciones las controla usted. Si espera, las controla otro.
Vargas miró el servidor apagado. Miró los monitores negros. Miró el proceso de borrado interrumpido en cuarenta y tres por ciento en el monitor que todavía mostraba la pantalla de estado antes de apagarse.
—Hay cuatro nodos más —dijo finalmente—.
Dos en Buenos Aires, uno en Rosario, uno en Tucumán.
Este era el nodo de coordinación. Los otros cuatro operan de forma autónoma pero necesitan instrucciones de este nodo cada setenta y dos horas para seguir activos.
Si este nodo no transmite en las próximas cuarenta horas, los cuatro entran en modo de hibernación y se desconectan automáticamente.
Ferrero lo miró cinco segundos. —¿Eso es verdad o es lo que quiere que creamos?
—Es verdad —dijo Vargas—. Porque si los cuatro nodos se desconectan, yo pierdo mi utilidad para la estructura. Y un técnico sin utilidad para la estructura tiene una expectativa de vida muy corta en este negocio.
Palacios miró a Ferrero. Ferrero miró a Vargas.
—Levántese —dijo—. Viene con nosotros.
Los Técnicos
Salieron del contenedor a las 19:34. Vargas caminaba adelante con las manos esposadas a la espalda. Palacios lo custodiaba desde atrás. Ferrero cerraba el grupo llevando la mochila del primer hombre, que resultó contener dos discos duros externos, un pendrive y una notebook de trabajo.
El primer hombre seguía sentado contra la pared del contenedor adyacente con las precintas en las muñecas y una expresión que había evolucionado del miedo inicial a algo más parecido al agotamiento. Ferrero se agachó frente a él.
—Nombre —dijo Ferrero.
—Ignacio Peralta —dijo el hombre—. Veintiséis años. Técnico de sistemas. Entré a trabajar hace cinco meses.
—¿Qué hacías acá?
—Mantenimiento del servidor —dijo Peralta—. Venía dos veces por semana. Cargaba actualizaciones, verificaba el estado del hardware, reportaba a Vargas. Eso era todo lo que hacía. Nunca supe exactamente para qué servía el sistema.
Ferrero lo miró tres segundos. Peralta tenía las manos limpias de callos, la campera nueva y zapatillas de running que valían el sueldo de un mes de un técnico junior. Alguien que necesitaba el dinero y eligió no hacer demasiadas preguntas.
—¿Tenés familia en Córdoba? —preguntó Ferrero.
—Mis padres en barrio Güemes —dijo Peralta—. Una hermana en Río Cuarto.
Ferrero se levantó. Miró a Palacios. Palacios asintió con la cabeza una sola vez. Habían tenido la misma conversación sin palabras docenas de veces en los últimos días.
Ferrero cortó las precintas de Peralta con la navaja. —Escuchame bien —dijo
—. Vas a caminar hasta la ruta, vas a parar el primer vehículo que pase y vas a volver a Córdoba.
Esta noche llamás a la Procuración federal y pedís hablar con la doctora Rosas.
Le decís que Ferrero te manda y que tenés información sobre el Proyecto Albatros.
Ella te va a dar instrucciones. Si hacés eso, tenés inmunidad.
Si no lo hacés, cuando esto se cierre vas a estar adentro sin haber elegido el lado correcto. ¿Entendiste?
Peralta asintió varias veces seguidas con el asentimiento específico de alguien que acaba de ver una salida que no esperaba encontrar.
—Una cosa más —dijo Ferrero—. ¿Hay alguien más que venga al predio regularmente?
—Un hombre mayor —dijo Peralta—. Venía cada diez días aproximadamente. Nunca me dijeron su nombre. Hablaba solo con Vargas, adentro del contenedor, con la puerta cerrada. Yo esperaba afuera.
—¿Cómo era físicamente?
—Sesenta y pico de años —dijo Peralta—. Alto, pelo blanco corto, traje oscuro sin corbata. Hablaba con acento porteño pero con algo más debajo, como si hubiera vivido mucho tiempo afuera del país.
Ferrero miró a Palacios. Palacios tenía la expresión fija. —¿Llegó en auto propio? —preguntó Ferrero.
—Siempre lo traía un chofer —dijo Peralta—. Un auto grande, negro, con vidrios polarizados. La patente no la vi nunca bien. Empezaba con letras, no con números, así que era patente vieja.
Ferrero guardó la información. Patente con letras primero, formato anterior a 1994 en Argentina o patente extranjera.
Un hombre de sesenta y pico con traje, pelo blanco, acento con capas. Que venía cada diez días a reunirse con Vargas con la puerta cerrada.
—Andá —dijo Ferrero.
Peralta se levantó, se sacudió el pasto de los pantalones y caminó hacia el alambrado este sin correr, con el paso de alguien que necesita parecer tranquilo para convencerse de que lo está. Desapareció en la oscuridad del campo.
Ferrero se dio vuelta hacia Vargas.
—El hombre que venía cada diez días —dijo—. ¿Quién es? Vargas lo miró cuatro segundos.
—Si le digo ese nombre, estoy muerto antes de que amanezca —dijo.
—Si no me lo dice, también —dijo Ferrero—. La diferencia es que si me lo dice, yo puedo hacer algo al respecto.
Vargas bajó la vista al piso de tierra del pasillo entre los contenedores. Lo miró un momento como si buscara algo ahí.
—Arencibia —dijo finalmente—. Ricardo Arencibia.
La Llamada
Ferrero llamó a Rosas desde el pasillo entre los contenedores a las 19:51.
El viento del norte había traído frío desde las sierras y el campo abierto alrededor del predio amplificaba ese frío hasta los huesos.
Palacios custodiaba a Vargas a cinco metros de distancia, apoyada contra un contenedor con la Sig Sauer en la mano.
Rosas atendió al segundo tono.