CAPÍTULO 14
EL PUERTO SECO
Deán Funes
Ferrero estaba en el búnker cuando Trejo le mostró el resultado. Palacios estaba clasificando los últimos documentos del archivo de Río Ceballos en la mesa central. —¿Cuánta certeza? —preguntó Ferrero.
—Setenta y cinco por ciento —dijo Trejo—.
El rebote en tres servidores intermedios introduce ruido.
Pero el patrón de la SRL operadora del predio es demasiado específico para ser casual.
Misma estructura jurídica, mismo banco de apertura de cuenta, mismo estudio contable que liquidaba los impuestos de Vértice Sistemas.
—¿Cuándo fue la última actividad del servidor?
—Hace treinta y seis horas —dijo Trejo—. Desde entonces el nodo está silencioso. Pueden haberlo apagado, movido o destruido.
—¿O puede estar esperando instrucciones —dijo Palacios desde la mesa central sin levantar la vista de los documentos.
Ferrero miró el mapa. Deán Funes quedaba sobre la Ruta Nacional 9 norte, dirección a Santiago del Estero.
Un predio de contenedores en las afueras de una ciudad de veinte mil habitantes era el escondite perfecto para un servidor móvil: infraestructura industrial visible, movimiento de camiones normalizado, lejos del radar de los domos municipales de Córdoba.
—¿Llamamos a Rosas? —preguntó Trejo.
—Rosas está en Buenos Aires preparando la audiencia —dijo Ferrero—. Si pedimos un operativo federal para Deán Funes, la logística tarda cuarenta y ocho horas mínimo.
Y si hay filtración en la Procuración, el servidor desaparece antes de que lleguen.
—¿Vamos nosotros? —preguntó Palacios.
Ferrero miró el mapa diez segundos. —Vamos nosotros —dijo—. Esta tarde. Con lo que tenemos.
—¿Qué tenemos? —preguntó Palacios.
—Dos pistolas, un analista de sistemas y ciento treinta kilómetros de ruta nacional —dijo Ferrero—. Y el elemento sorpresa, que vale más que cualquier otra cosa si lo usamos bien.
Trejo abrió una ventana nueva en el monitor y mostró el plano satelital del predio de Deán Funes.
Tres filas de contenedores paralelas, un galpón de administración en el extremo norte, una entrada vehicular con barrera manual sobre la ruta provincial de acceso.
Superficie total aproximada de dos hectáreas.
Sin cámaras externas visibles en las imágenes satelitales.
—¿Personal en el predio? —preguntó Palacios.
—Los registros de la SRL declaran dos empleados de seguridad en turno nocturno —dijo Trejo—. Durante el día, sin personal declarado. Pero eso es lo que dice el papel.
—El papel dice lo que conviene —dijo Ferrero—. Partimos a las cuatro de la tarde. Llegamos con luz suficiente para reconocer el terreno antes de que oscurezca y tenemos la oscuridad para trabajar adentro.
Morales seguía internado. Trejo se quedaba en el búnker. Iban a ir los dos solos.
Ferrero cargó la Glock, metió tres cargadores extra en el chaleco y sacó del armario del fondo el equipo de visión nocturna que había comprado hacía dos años y nunca había necesitado. Hasta ahora.
La Ruta 9
Salieron del búnker a las 16:02 en la Hilux. Palacios manejaba. Ferrero iba en el acompañante con el mapa del predio impreso sobre las rodillas y la mochila táctica entre los pies. Tomaron Colón hacia la Variante Juárez Celman y empalmaron con la Ruta Nacional 9 norte.
La ruta salía de Córdoba entre campos sembrados y estaciones de servicio hasta que la ciudad se disolvía en el horizonte y el paisaje se volvía llano y abierto, con el cielo de la tarde empezando a teñirse de naranja sobre el horizonte oeste.
Palacios manejaba a noventa por hora con las dos manos en el volante y los ojos en el asfalto.
A los cincuenta kilómetros apareció el cartel de Jesús María.
A los ochenta, el de Sarmiento. A los ciento veintidós, el cartel de Deán Funes con las primeras casas bajas sobre la banquina.
Palacios redujo la velocidad a sesenta. El sol estaba bajo pero todavía visible.
Tenían aproximadamente cuarenta minutos de luz útil.
—El predio está a tres kilómetros al este del centro por la ruta provincial 17 — dijo Ferrero mirando el mapa—. La misma ruta donde murieron mis viejos.
Palacios no respondió. Siguió con los ojos en la ruta diez segundos. Después dijo: —Kilómetro treinta y cuatro.
—Sí —dijo Ferrero.
—Girá a la derecha en la segunda rotonda —continuó Ferrero.
Palacios giró. La ruta provincial 17 era un asfalto de dos carriles con banquinas de tierra y alambrados a ambos lados.
Sin iluminación artificial. Sin tráfico visible en ese momento.
Ferrero miró el campo a los costados. Terreno plano con pastizal bajo, algunos árboles aislados, un par de casas de campo alejadas de la ruta.
En el kilómetro 34 redujo mentalmente la velocidad sin decir nada.
Palacios siguió de largo sin preguntar. A los tres kilómetros del cruce apareció el predio.
Una tranquera metálica sobre la banquina derecha con un cartel de chapa que decía DEPÓSITO LOGÍSTICO DEL NORTE SRL — ACCESO
RESTRINGIDO. Detrás de la tranquera, el camino de tierra que llevaba al predio visible entre los contenedores apilados.
Palacios no frenó. Siguió de largo a velocidad constante.
—Primera pasada —dijo Palacios.
—Vi dos cosas —dijo Ferrero—. Una camioneta pickup blanca estacionada junto al galpón de administración. Y luz en el interior de uno de los contenedores de la fila central. Azul, como de monitor encendido.
—El servidor está activo —dijo Palacios.
—O alguien lo encendió hace poco —dijo Ferrero—. Trejo dijo que la última actividad fue hace treinta y seis horas.
—Si volvió a encenderse en las últimas horas, alguien fue al predio a operarlo.
Palacios giró en la primera intersección disponible y volvió sobre la ruta provincial en sentido contrario. Pasaron frente al predio una segunda vez. La pickup blanca seguía en el mismo lugar. La luz azul del contenedor también.
Estacionaron a ochocientos metros del predio, sobre la banquina, detrás de un grupo de árboles que cortaba la línea de visión desde la tranquera.
Ferrero abrió la mochila táctica. Sacó el equipo de visión nocturna, lo revisó, lo colgó al cuello. Metió dos cargadores extra en el bolsillo derecho del chaleco. Comprobó la Glock.
—Plan —dijo Palacios.
—Entramos por el perímetro este —dijo Ferrero—.
El alambrado no tiene sensores visibles en las imágenes satelitales.
Llegamos al contenedor con la luz por el pasillo entre la segunda y la tercera fila.
Si hay alguien adentro, lo neutralizamos.
Si el servidor está operativo, Trejo se conecta remotamente desde el búnker y hacemos la extracción desde ahí.
—¿Y la pickup?
—Si tiene gente adentro, lo sabemos cuando lleguemos al perímetro —dijo Ferrero—. Si está vacía, no cambia el plan.
Esperaron a que la luz terminara de caer. A las 18:47 el cielo estaba negro. Bajaron de la Hilux.
El Perímetro
El alambrado del perímetro este tenía cinco hilos de alambre liso tensado entre postes de quebracho cada seis metros.
Sin sensores, sin cámara, sin luz. Ferrero cortó los dos hilos del medio con la pinza del kit táctico y los dos pasaron por el hueco sin hacer ruido.
El pasto alto del campo les llegaba a la rodilla y amortiguaba los pasos.
Avanzaron hacia el predio usando el equipo de visión nocturna en alternancia: Ferrero miraba adelante mientras Palacios cubría los flancos, después rotaban.
El verde fantasmal del visor convertía la oscuridad en un paisaje de sombras con contornos precisos.
Los contenedores aparecieron a cincuenta metros, apilados en filas paralelas con pasillos de tres metros entre ellas.
La pickup blanca seguía estacionada junto al galpón de administración en el extremo norte. Ferrero la enfocó con el visor veinte segundos. Vacía. Las puertas cerradas. Sin movimiento visible adentro.
Avanzaron por el pasillo entre la segunda y la tercera fila de contenedores.
El piso era tierra compacta y ripio suelto que crujía bajo las botas si uno no distribuía el peso correctamente.
Palacios caminaba con la técnica específica de quien aprendió a moverse en silencio en espacios cerrados: talón primero, después la planta, sin apurar.
A los treinta metros apareció la luz azul.
Salía por la rendija inferior de la puerta de un contenedor de la segunda fila, el quinto desde el extremo sur.
Una línea fina de luz fría que cortaba la oscuridad del pasillo como un borde de monitor encendido.
Ferrero levantó el puño cerrado. Palacios se detuvo.
Ferrero se agachó junto a la puerta del contenedor y apoyó la oreja contra el metal frío. Ruido de ventiladores. El sonido específico de los sistemas de refrigeración activa que se usan en los racks de servidores para mantener la temperatura operativa. Adentro había equipamiento funcionando.
Señaló a Palacios con dos dedos: dos personas. Era una estimación basada en el nivel de sonido más que en evidencia concreta, pero Palacios asintió y tomó posición a la derecha de la puerta con la Sig Sauer en la mano.
Ferrero examinó el sistema de cierre. La puerta tenía el mecanismo estándar de contenedor de carga: dos palancas verticales con traba de seguridad.
Estaba cerrado desde adentro con una barra adicional que bloqueaba las palancas.
Eso significaba que quien estaba adentro quería privacidad y tiempo de reacción.
Sacó el teléfono cifrado y escribió a Trejo.
Contenedor en predio Deán Funes. Servidor activo, luz visible, ruido de refrigeración. Dos posibles ocupantes adentro. Puerta cerrada desde interior.
¿Podés conectarte al servidor si te doy el identificador de red?
Trejo respondió en cuarenta segundos. Si el servidor está en la red que rastreé, sí. Necesito que me mandes el SSID de las redes wifi visibles en el radio. Instalá el escáner en el teléfono y activalo.
Ferrero instaló el escáner en veinte segundos. La lista de redes apareció en pantalla. Tres identificadores visibles. Se los mandó a Trejo.