EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 13 #4
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CAPÍTULO 13 #4

—¿Le avisás a Rosas de Herrera y el pendrive? —preguntó Palacios.

—Esta noche —dijo Ferrero—. Por el canal cifrado. Sin detalles sobre el contenido hasta que Trejo pueda verificar que el pendrive es auténtico y que no tiene ningún tipo de malware de seguimiento.

—¿Desconfiás de Cánepa?

—Desconfío de todo lo que llega en un pendrive rojo de la mano de alguien que trabajó para Cánepa durante años —dijo Ferrero—.

Cánepa firmó acuerdo de colaboración pero eso no lo convierte automáticamente en un aliado.

Lo convierte en alguien que tiene intereses propios dentro del proceso judicial y que va a manejar la información que entrega en función de esos intereses.

Palacios asintió sin discutir. Era la misma lógica que ella habría aplicado.

Viajaron en silencio quince minutos mientras la ruta bajaba de las sierras hacia el valle y las luces de Córdoba empezaban a aparecer en el horizonte. La Hilux andaba pesada con las cajas en la caja de atrás pero el motor respondía bien.

—Ferrero —dijo Palacios finalmente.

—Decime.

—Las tres hojas que te guardaste en el bolsillo —dijo Palacios—. Las originales con las firmas. ¿Se las vas a dar a Rosas?

Ferrero tardó seis segundos en responder. —Sí —dijo.

—¿Cuándo?

—Cuando llegue el momento correcto —dijo Ferrero—. Ahora mismo son evidencia en mi poder. Eso las protege mejor que cualquier sistema de custodia federal que pueda tener una filtración adentro.

—Rosas va a necesitarlas para la audiencia.

—Rosas las va a tener antes de la audiencia —dijo Ferrero—. Pero primero necesito entender exactamente qué alcance tienen. Si esas firmas implican solo a Santucho o si suben más arriba. Si suben más arriba, el momento en que entren al expediente tiene que ser calculado con precisión quirúrgica.

Palacios lo miró de perfil mientras él conducía.

—¿Y si suben más arriba de Santucho?

—Entonces tenemos algo mucho más grande que una audiencia preliminar — dijo Ferrero—. Tenemos el hilo que desarmó la red entera. Del Proyecto Nodo hacia arriba, pasando por Santucho, y por los legisladores nacionales que Cánepa identificó, hasta llegar al Arquitecto.

—¿Creés que las firmas llegan al Arquitecto?

Ferrero miró la ruta tres segundos antes de responder.

—La segunda firma en el informe de cierre del operativo —dijo—.

La que no reconocí. Esa es la que me interesa.

Cuando Trejo la cruce con las bases de datos de inteligencia militar del período 2000-2005, vamos a saber si ese trazo pertenece a alguien que oficialmente murió en un accidente aéreo en Uruguay en 2018.

Palacios no respondió. Miró por la ventanilla las luces de la ciudad que se acercaban.

Entraron a Córdoba por la autovía E-53 a las 20:44.

El Hospital

Ferrero dejó a Palacios en el búnker de Santa Rosa con las cuatro cajas y la bolsa de documentos chamuscados. Trejo ya estaba trabajando sobre el pendrive rojo con un sistema de análisis de malware en entorno aislado antes de intentar cualquier desencriptación.

Ferrero le dejó las instrucciones en tres líneas escritas en el cuaderno y salió. Llegó al Hospital Privado sobre avenida Naciones Unidas a las 21:15.

La guardia nocturna lo dejó pasar cuando mostró el documento de contacto de emergencia que había firmado el día anterior.

Subió por el ascensor al segundo piso. El pasillo de internación tenía las luces bajas y el ruido específico de los hospitales de noche: monitores, pasos suaves, alguna voz en voz baja detrás de una puerta cerrada.

La habitación de Morales era la 214. La puerta estaba entreabierta con la luz interior encendida. Ferrero golpeó dos veces y entró.

Morales estaba sentado en la cama con la espalda recta contra la almohada apilada y el suero todavía puesto en el brazo derecho.

Tenía el diario de la tarde abierto sobre las rodillas y los anteojos de lectura que Ferrero no le había visto nunca.

Los anteojos le daban un aspecto distinto, más viejo y más tranquilo al mismo tiempo.

—¿Cómo estás? —preguntó Ferrero sentándose en la silla junto a la cama.

—Mejor —dijo Morales—. La presión bajó a ciento cuarenta sobre noventa. La médica dice que si sigue así me dan el alta mañana a la tarde.

—¿A la tarde?

—A la tarde —confirmó Morales—. Dije que aceptaba quedarme hasta la tarde si me dejaban leer el diario.

Ferrero miró el diario. La tapa mostraba una foto del Congreso Nacional con un título sobre la renuncia de uno de los legisladores vinculados a la causa de Rosas. El sistema judicial avanzaba aunque despacio y con ruido.

—Contame —dijo Morales cerrando el diario.

Ferrero le contó todo. El sobre de Rosas, el documento del Ministerio de Seguridad con el nombre de Santucho, el archivo de Palacios con las fotografías de los cuatro accidentes, las tres hojas con las firmas originales encontradas en el sótano de la estancia de Río Ceballos, el mensaje de Herrera y el pendrive rojo de Cánepa.

Lo contó en orden cronológico, sin saltos, con la misma metodología que usaba en los informes operativos.

Morales escuchó sin interrumpir. Cuando Ferrero terminó, se quedó en silencio veinte segundos mirando el suero que goteaba despacio en el tubo transparente del brazo.

—Veintitrés años —dijo finalmente.

—Veintitrés años —confirmó Ferrero.

—¿Cómo estás vos?

—Todavía procesando —dijo Ferrero—. Tengo la información. La tengo ordenada. Lo que todavía no sé es dónde poner lo que siento con respecto a ella. Eso lo voy a tener que resolver por mi cuenta.

Morales asintió. Era la respuesta que esperaba y la única que tenía sentido viniendo de Ferrero.

—¿Vas a ir por él? —preguntó.

—Voy a ir por la causa —dijo Ferrero—. Si la causa lo condena con esto, es suficiente.

—¿Y si no es suficiente?

Ferrero miró el monitor cardíaco en la pared. La línea verde seguía su camino tranquilo.

—Todavía no llegué a esa pregunta —dijo—. Cuando llegue, te aviso.

Morales abrió el diario otra vez y lo cerró sin leer. Lo apoyó sobre la mesita de luz.

—Julián —dijo.

—Acá estoy.

—Tu viejo era un buen hombre —dijo Morales—.

Lo conocí una vez. En el 2001, en una reunión de coordinación entre la fuerza y el sector privado de transporte.

Vino con traje y sin corbata y les dijo a los comisarios en la mesa lo que pensaba del sistema de control vehicular sin que nadie se lo pidiera.

Me acuerdo que pensé que ese tipo o era muy valiente o muy ingenuo.

Ferrero lo miró. —¿Cuál era?

—Las dos cosas —dijo Morales—. Como vos.

Ferrero se quedó en la silla hasta las 22:30, cuando Morales se durmió con el diario sobre el pecho y los anteojos todavía puestos. Ferrero le sacó los anteojos con cuidado, los dejó sobre la mesita de luz y apagó la luz interior dejando solo la del pasillo filtrándose por la rendija de la puerta.

Salió al pasillo. Bajó por el ascensor. Salió al estacionamiento.

Se quedó parado junto a la Hilux cinco minutos mirando el cielo sin estrellas de Córdoba.