CAPÍTULO 13 #3
Ferrero abrió la puerta que señalaba. Una escalera de madera bajaba a un espacio de unos veinte metros cuadrados con paredes de piedra y estantes metálicos. Las cajas de archivo estaban intactas. Nadie había llegado hasta ahí.
—Cuánto tiempo para limpiar esto —dijo Ferrero mirando las cajas.
—Dos días —dijo Palacios—. Mínimo.
—Empezamos ahora —dijo Ferrero.
Las Firmas Originales
Trabajaron durante cuatro horas en el sótano de la estancia.
Palacios revisaba cada caja, clasificaba el contenido y pasaba a Ferrero los documentos que consideraba relevantes.
Ferrero los fotografiaba con el teléfono cifrado, los numeraba y los apilaba en orden sobre el piso de piedra.
El sistema era simple y eficiente, el tipo de metodología que se desarrolla cuando dos personas con experiencia operativa trabajan juntas por primera vez y descubren que piensan con la misma lógica.
A las 17:20 Palacios abrió la cuarta caja del estante del fondo y se detuvo.
—Ferrero —dijo.
Ferrero se acercó. Adentro de la caja había una carpeta de cuero marrón oscuro, sin rótulo visible, con el cierre metálico oxidado por la humedad del sótano.
Palacios la abrió con cuidado. Adentro había veintidós hojas de papel bond, sin membrete, con texto mecanografiado y firmas originales al pie de cada página.
Ferrero tomó la primera hoja. La leyó durante dos minutos.
Era una orden de operativo. Fecha: 11 de agosto de 2003.
Tres días antes del accidente en la ruta provincial 17.
El texto describía un procedimiento de neutralización preventiva sobre dos individuos identificados como Objetivo Alpha y Objetivo Beta, vinculados a una investigación interna sobre irregularidades contables en una empresa de transporte de larga distancia con operaciones en la provincia de Córdoba.
El texto identificaba a los objetivos solo por iniciales.
E.F. y M.F. Al pie de la hoja, dos firmas.
La primera era ilegible pero tenía debajo el cargo impreso: Director de Operaciones Especiales — Ministerio de Seguridad Nacional.
La segunda firma era más clara. La letra tenía el trazo específico de alguien que firma muchos documentos y desarrolló una firma compacta y consistente.
Debajo del trazo, el cargo impreso: Subsecretario de Coordinación Interinstitucional.
Ferrero estudió el cargo impreso debajo del trazo. La misma firma compacta y consistente que Rosas le había mostrado esa mañana en el despacho federal. Era la firma de Santucho.
Palacios lo miraba desde el otro lado de la caja sin decir nada. Había visto la expresión de Ferrero cambiar mientras leía y había elegido dejar que el silencio hiciera su trabajo.
Ferrero apoyó la hoja sobre la caja con cuidado.
Tomó la segunda. Era un informe de seguimiento de los días previos al operativo.
Describía los movimientos de los dos objetivos, sus rutinas, el horario en que salían del domicilio, el modelo y la patente del vehículo que usaban.
El vehículo era un Fiat Siena azul oscuro, patente WDH 412.
Ferrero recordaba la patente. La sabía de memoria desde hacía años, sin saber todavía que la estaba guardando como parte de un duelo. Apoyó la segunda hoja sobre la primera. Tomó la tercera.
El informe de cierre del operativo. Fecha: 15 de agosto de 2003. Una sola página. Tres líneas. Operativo ejecutado según protocolo. Objetivos neutralizados. Causa archivada como accidente vial.
Al pie, la misma firma del Director de Operaciones Especiales y otra firma distinta a la de Santucho, más pequeña, con una rúbrica que Ferrero no reconoció.
Guardó las tres hojas en el bolsillo interno de la campera. Junto al sobre que Rosas le había dado esa mañana.
Se levantó del piso de piedra. Fue hasta las escaleras de madera y subió hasta el living de la estancia.
Salió por la puerta principal a la galería.
El sol estaba bajo sobre las sierras y el aire tenía el frío limpio de las tardes de otoño en las Sierras Chicas.
Se apoyó contra el muro de la galería y miró los álamos del camino de entrada cinco minutos sin moverse.
Veintitrés años. Eduardo y María Ferrero habían sido objetivos Alpha y Beta en un documento mecanografiado con firmas al pie. Neutralización preventiva. Causa archivada como accidente vial.
Palacios salió de la casa y se paró a su lado sin hablar. Los dos miraron los álamos un momento.
—¿Estás bien? —preguntó Palacios.
—Todavía no —dijo Ferrero—. Pero voy a estar.
El SUV de Cánepa
Estaban cargando las últimas cajas del sótano en la Hilux cuando apareció el SUV.
Ferrero lo vio primero. Un Toyota Land Cruiser negro saliendo del camino de álamos a velocidad moderada, sin luces encendidas pese a que el sol ya había bajado detrás de las sierras y la luz era escasa.
Se detuvo a cuarenta metros de la casa principal con el motor encendido.
—Adentro —dijo Ferrero.
Los dos entraron al living. Palacios tomó posición junto a la ventana lateral con la Sig Sauer en la mano. Ferrero fue hasta la puerta trasera de la cocina y la abrió dos centímetros para tener salida alternativa si la necesitaba.
Del Land Cruiser bajaron dos hombres. Contextura media, ropa civil, movimientos entrenados que se notaban en la forma en que cubrían ángulos sin necesidad de coordinar verbalmente.
Uno se quedó junto al vehículo. El otro caminó hacia la entrada de la casa con las manos visibles y sin arma en la mano derecha.
—Palacios —dijo una voz desde afuera—. Sé que estás ahí. Vengo de parte de Cánepa.
Palacios y Ferrero se miraron. Palacios frunció el ceño levemente.
—¿Reconocés la voz? —preguntó Ferrero en voz baja.
—Es el asistente directo de Cánepa —dijo Palacios—. Se llama Herrera. Trabajé con él tres años.
—¿Confiable?
—Dentro de lo que eso significa en este contexto —dijo Palacios.
Ferrero consideró cuatro segundos. —Abrí —dijo—. Yo quedo cubierto desde acá.
Palacios fue hasta la puerta principal y la abrió. El hombre que había caminado desde el Land Cruiser era delgado, de unos cuarenta años, con pelo castaño corto y una campera azul marino. Se detuvo en el umbral con las manos a los costados.
—Herrera —dijo Palacios.
—Palacios —dijo Herrera—. Cánepa me mandó en cuanto supo que alguien había intentado quemar el archivo. Tardé tres días en llegar porque no podía moverme por canales normales.
—¿Por qué no avisó a Rosas directamente?
—Porque tiene miedo de que la filtración en la Procuración le llegue antes que la información —dijo Herrera—. Igual que vos.
Palacios se corrió para dejarlo pasar. Herrera entró al living. Vio a Ferrero parado junto a la puerta de la cocina con la Glock en la mano derecha y asintió con la cabeza como saludo profesional.
—¿Qué trae? —preguntó Ferrero.
—Dos cosas —dijo Herrera—. La primera es un mensaje de Cánepa.
Dice que quien mandó a quemar el archivo no fue la red residual de Santucho.
Fue el Arquitecto. Cánepa recibió un aviso interno desde el penal hace cuatro días.
Alguien en el entorno de Santucho le filtró que el Arquitecto activó un equipo propio para limpiar cualquier evidencia que comprometa la estructura por encima de Santucho.
—El Arquitecto limpiando evidencia que lo compromete a él mismo —dijo Ferrero.
—Exacto —dijo Herrera—. Santucho es prescindible para el Arquitecto si el proceso judicial avanza.
Si Santucho cae con condena firme y el Arquitecto queda limpio, la estructura sobrevive.
Si el archivo de Cánepa sale a la luz con firmas originales que suben más arriba de Santucho, el Arquitecto tiene un problema real.
—¿Y la segunda cosa? —preguntó Palacios.
Herrera metió la mano en el bolsillo interno de la campera y sacó un pendrive rojo. Lo puso sobre la mesa del comedor.
—Cánepa tenía una copia de seguridad digital del archivo —dijo—.
Encriptada con un sistema que él mismo diseñó.
La clave la tiene Cánepa. La va a entregar a Rosas en persona la semana que viene en el marco del acuerdo de colaboración.
Pero quiso que ustedes supieran que existe antes de que alguien más intente completar el trabajo de limpieza.
Ferrero miró el pendrive rojo sobre la mesa. Rojo. El mismo color que el pendrive que Trejo había conectado al backbone de la Jefatura hacía cuatro meses. El mismo color que el primer elemento del caso, el que había aparecido en el galpón de Mi Granja lleno de C-4.
Tomó el pendrive. Lo guardó en el bolsillo interno de la campera junto a las tres hojas con las firmas originales y el sobre de Rosas. —Díganle a Cánepa que la semana que viene Rosas lo espera —dijo—. Y que traiga la clave.
La Vuelta
Herrera y el hombre del Land Cruiser se fueron a las 19:10. El camino de álamos los tragó en treinta segundos y después solo quedó el ruido del motor alejándose hacia la ruta. Ferrero cerró la puerta principal y volvió al living.
Las cajas del sótano estaban apiladas junto a la puerta trasera listas para cargar en la Hilux.
Palacios había separado en una bolsa aparte los documentos del piso de la galería, los que habían sobrevivido al intento de quema con los bordes chamuscados.
En total eran cuatro cajas completas del sótano y la bolsa con los documentos parcialmente dañados.
—¿Todo cabe en la Hilux? —preguntó Palacios.
—En la caja de atrás —dijo Ferrero—. Con las lonas de trabajo que llevo siempre. Las cubrimos y nadie sabe qué hay adentro.
Cargaron en veinte minutos. Ferrero hizo un último recorrido por la estancia antes de salir: el living, las habitaciones, el sótano vacío.
Se aseguró de que no quedara nada que identificara a quién había estado ahí.
Las marcas de pisadas en el polvo del sótano las barrió con una escoba vieja que encontró en la cocina.
Salieron a las 19:38 con la oscuridad ya instalada sobre las sierras y las luces de Río Ceballos visibles a lo lejos hacia el este. Ferrero tomó el camino de tierra hasta la ruta y giró hacia Córdoba.