CAPÍTULO 13 #2
Ferrero miró el sobre sobre la mesa. El sobre que Rosas le había entregado esa mañana con la foto del accidente de sus padres en 2003.
—¿Cuándo te diste cuenta de que ese tipo de accidentes era parte del sistema?
—preguntó.
—Cuando vi el segundo —dijo Palacios—. Y el tercero. En tres años vi cuatro accidentes con el mismo patrón. Zona rural, curva peligrosa, sin testigos, expediente cerrado rápido.
—A esa altura ya no podía sostener ninguna explicación institucional.
—¿Qué hiciste?
—Me fui —dijo Palacios—. Pedí traslado a Homicidios, alejada de cualquier estructura que tuviera contacto con Cánepa. Guardé todo lo que tenía documentado de esos cuatro años en un lugar seguro. Y estuve cinco años esperando que algo se moviera lo suficiente como para poder usarlo.
—¿Rosas sabe?
—Rosas sabe desde hace tres semanas —dijo Palacios—.
Fue la primera condición que puse para sumarme a este trabajo.
Que ella supiera exactamente quién soy y qué hice.
La inmunidad judicial que consiguió para mí cubre los cuatro años de trabajo para Cánepa a cambio de mi declaración completa y de lo que tengo documentado.
Trejo seguía tecleando sin levantar la vista. Ferrero miró a Palacios seis segundos. —¿Por qué me lo contás ahora?
—Porque lo que tengo documentado incluye al menos dos de los cuatro accidentes que vi —dijo Palacios—.
Y porque esta mañana, cuando Rosas me llamó para decirme qué había en ese sobre, me di cuenta de que uno de los cuatro accidentes que documenté fue en agosto de 2003.
En una ruta provincial a ochenta kilómetros de Córdoba.
El búnker quedó en silencio.
El Archivo de Palacios
Palacios abrió la mochila que había dejado bajo la mesa al entrar y sacó una caja de metal gris del tamaño de un ladrillo, con cerradura de combinación de cuatro dígitos. La misma que Carmen Benítez había guardado durante catorce años. Ferrero lo notó pero no lo dijo.
Palacios marcó la combinación y abrió la tapa. Adentro había un pendrive negro, tres fotografías impresas en papel fotográfico y un cuaderno de tapa blanda azul, más pequeño que el de Reyna, con las tapas deformadas por el uso.
—El pendrive tiene los registros digitales que pude recuperar de los cuatro años —dijo Palacios—.
Comunicaciones cifradas, órdenes de seguimiento, coordenadas de vigilancia, registros de pago.
Las fotografías son de los cuatro accidentes.
Las tomé yo, en los días posteriores a cada uno, antes de que los expedientes fueran cerrados.
El cuaderno tiene mis notas personales del período.
Fechas, nombres, descripciones de los objetivos, detalles de los operativos.
Ferrero tomó las tres fotografías. Las miró una por una.
La primera mostraba un auto volcado al costado de una ruta serrana, la carrocería destruida, el terraplén marcado por las huellas del derrape.
La segunda mostraba otra escena similar, diferente ruta, mismo patrón de destrucción.
La tercera era distinta. Era un auto al fondo de una quebrada, parcialmente cubierto por la vegetación del barranco, como si hubiera rodado varios metros antes de detenerse.
El modelo del auto era un Fiat Siena azul oscuro.
Ferrero miró la tercera fotografía más tiempo que las otras dos.
—El Siena azul —dijo.
—Agosto de 2003 —dijo Palacios—. Ruta provincial 17, kilómetro 34. Lo encontré dos días después del accidente, antes de que el expediente fuera cerrado y el auto fuera removido. Tomé cuatro fotografías. Esa es la más clara.
Ferrero apoyó la foto sobre la mesa. Miró el auto en el fondo de la quebrada diez segundos. Después la giró boca abajo.
—¿Quiénes eran los objetivos en ese operativo? —preguntó con la voz controlada.
—En ese momento no lo supe —dijo Palacios—.
Me dieron el seguimiento previo. Dos personas, hombre y mujer, que iban a hacer un viaje ese día en ese auto.
Mi trabajo terminó cuando los vi salir de su domicilio y confirmé que tomaban la ruta 17.
Después me fui. Lo que pasó después no formaba parte de mi operativo.
—¿Cuándo supiste quiénes eran?
—Esta mañana —dijo Palacios—. Cuando Rosas me llamó.
Ferrero se levantó. Caminó hasta el mapa de la pared y se quedó mirándolo un minuto sin hablar. Trejo había dejado de teclear completamente.
El búnker estaba en silencio excepto por el zumbido del generador. —¿Por qué guardaste las fotos? —preguntó finalmente, sin darse vuelta.
—Porque desde el principio supe que algo en esos accidentes estaba mal — dijo Palacios—. Y porque en ese momento era lo único que podía hacer. No tenía poder suficiente para hacer nada con lo que sabía. Solo podía documentar y esperar.
—Cinco años esperando —dijo Ferrero.
—Cinco años —confirmó Palacios.
Ferrero se dio vuelta. Miró a Palacios cinco segundos con una expresión que Trejo, desde su terminal, no alcanzó a descifrar. Algo complejo, el tipo de sentimiento que aparece cuando dos verdades incompatibles ocupan el mismo espacio al mismo tiempo.
—Necesito ese pendrive —dijo.
—Es tuyo —dijo Palacios—. Siempre lo fue.
Ferrero tomó el pendrive, fue hasta la terminal que Trejo le cedió y lo conectó. Mientras el sistema procesaba el contenido, se sentó frente a la pantalla con la foto del Fiat Siena azul boca abajo sobre la mesa a su izquierda.
—Trejo —dijo—. Necesito que busques en los registros de la ruta provincial 17 del 14 de agosto de 2003. Cualquier documento oficial que todavía exista. Informe policial, registro de tránsito, parte de guardia vial, cualquier cosa.
Trejo empezó a teclear.
—¿Y Río Ceballos? —preguntó Palacios. Ferrero la miró. —¿Qué hay en Río Ceballos?
—La estancia donde Cánepa guardaba los documentos originales —dijo Palacios—.
Los que no entraron en el cuaderno de Reyna porque Reyna no llegó a verlos.
Los contratos firmados, las órdenes originales, los registros de pagos en papel.
Todo lo que Cánepa guardó como seguro personal durante veinte años.
—¿Cómo sabés que todavía están ahí?
—Porque hace tres días alguien intentó quemarlos —dijo Palacios—.
Río Ceballos
Salieron del búnker a las 13:40 en la Hilux.
Palacios en el asiento del acompañante con la mochila entre los pies y el cuaderno azul abierto sobre las rodillas.
Ferrero manejaba con las dos manos sobre el volante y los ojos en la ruta.
Trejo se había quedado en el búnker monitoreando los sistemas y procesando el contenido del pendrive de Palacios.
Tomaron Colón hacia la autovía E-53 rumbo a las sierras. La ruta subía con curvas moderadas entre cerros bajos con pasto amarillo del otoño y eucaliptos que cerraban el cielo en algunos tramos. A los treinta y cinco kilómetros apareció el cartel de Río Ceballos.
—¿Cuánto sabés de la estancia? —preguntó Ferrero.
—La compró Cánepa en 2008 a través de una sociedad anónima —dijo Palacios—.
Figura como propiedad agropecuaria. Ciento veinte hectáreas, casa principal de estilo colonial, dos galpones y un depósito subterráneo que no figura en los planos municipales.
Cánepa la usaba como retiro personal y como archivo físico.
Todo lo que era demasiado sensible para digitalizar estaba ahí.
—¿Quién más conocía la existencia del archivo?
—Cánepa, su asistente directo y yo —dijo Palacios—.
Fui tres veces durante los cuatro años que trabajé para él.
La última vez fue en 2019. Después del acuerdo de colaboración con Rosas, Cánepa entregó la dirección como parte de los activos de la causa.
Rosas mandó un equipo a inspeccionar hace dos semanas.
El equipo encontró la estancia vacía y sin señales de intervención reciente.
—¿Y hace tres días?
—Hace tres días un contacto mío en la zona me avisó que había visto humo saliendo de la propiedad de noche —dijo Palacios—.
Fui sola a verificar. La puerta principal estaba forzada.
Adentro habían quemado parte del archivo pero el fuego no había llegado a todo.
El depósito subterráneo estaba intacto. Quien fue, interrumpió el trabajo antes de terminar.
—¿Por qué no le avisaste a Rosas de inmediato?
—Porque primero quería saber qué había quedado y qué se había perdido —
—Y porque si la filtración en la Procuración sigue activa, avisar por canal oficial equivale a avisarle al que mandó a quemar. dijo Palacios—.
Ferrero asintió. Tenía lógica.
La estancia quedaba sobre un camino de tierra que salía de la ruta principal a cuatro kilómetros del centro de Río Ceballos.
Ferrero tomó el desvío y redujo la velocidad.
El camino tenía huellas de vehículo reciente pero también huellas más viejas superpuestas.
Difícil determinar cuándo había pasado alguien por última vez.
La casa principal aparecía al fondo de un camino recto flanqueado por álamos altos.
Estilo colonial, paredes blancas con la pintura descascarada, techo de tejas, galería cubierta en el frente.
La puerta principal estaba entreabierta.
En el piso de piedra de la galería, papeles esparcidos con los bordes quemados.
Ferrero apagó el motor a veinte metros de la entrada. Los dos bajaron. Palacios sacó la Sig Sauer del cinturón. Ferrero tenía la Glock en la mano. Avanzaron hacia la galería con la espalda cubierta, uno a cada lado del camino.
La casa estaba vacía. La habían revisado en cuatro minutos: tres habitaciones, una cocina, un baño, un living con chimenea donde las brasas todavía tenían calor residual.
El archivo principal había estado en el living. Parte de los documentos se habían quemado en la chimenea. Los que quedaban en el piso eran contratos con sellos notariales, órdenes de operativo con firmas originales, registros de pagos con números de cuenta.
Palacios recogió los documentos del piso con guantes de nitrilo y los apiló sobre la mesa del comedor. —El depósito está en el sótano —dijo—. Por esa puerta.