CAPÍTULO 13
LA SASTRERÍA
La Reunión de las Diez
La foto del sobre decía NO LLEGUES. Ferrero había llegado igual. Pero había llegado por otra entrada, quince minutos antes y sin seguir la ruta habitual desde el búnker.
Entró por el acceso lateral de servicio usando el código que Bianco le había dado cuatro meses atrás y que según Trejo seguía activo.
Subió por la escalera hasta el cuarto piso.
El pasillo estaba tranquilo. Dos secretarios de actuación trabajando en sus escritorios con la puerta abierta, una asistente llevando una carpeta hacia el fondo. Nada anómalo.
Rosas lo esperaba en su despacho con la puerta cerrada y dos cafés sobre el escritorio. Cuando Ferrero entró ella levantó la vista del expediente que estaba leyendo y lo miró dos segundos con la expresión de quien verifica que el interlocutor llegó entero.
—Llegaste —dijo Rosas.
—Llegué —dijo Ferrero.
Se sentó frente al escritorio. Rosas le pasó uno de los cafés.
—La foto del sobre —dijo Rosas—. Trejo la analizó anoche.
La imagen viene de una cámara de vigilancia del edificio de enfrente.
Una empresa de consultoría que ocupa el tercer piso.
Accedieron al sistema de vigilancia de esa empresa hace cuatro días.
Alguien con credenciales de administrador del sistema.
—¿Warcalde?
—El perfil técnico coincide con alguien de inteligencia —dijo Rosas—. Pero Warcalde estaba en Villa El Libertador cuando se produjo el acceso.
Hay otra persona operando en paralelo que todavía no identificamos. Ferrero tomó el café. Lo dejó sobre el escritorio sin beberlo.
—Hay algo más que necesito contarte —dijo Rosas—. Llegó esta mañana a las siete. Por valija diplomática desde Montevideo. Dirigido a mí, con sello de remitente falso.
Abrió el cajón del escritorio y sacó un sobre idéntico al que habían encontrado en el bolsillo de Warcalde. Mismo tamaño, mismo papel, mismo sello de seguridad en el borde. Lo puso sobre el escritorio entre los dos.
—¿Lo abriste? —preguntó Ferrero.
—Sí —dijo Rosas.
—¿Qué tiene adentro?
Rosas lo miró tres segundos antes de responder.
—Una fotografía —dijo—. Y un nombre.
—¿Qué nombre?
—El tuyo —dijo Rosas—. La fotografía muestra el accidente de 2003 en la ruta provincial donde murieron tus padres. Y el nombre escrito debajo es el tuyo, Ferrero. Con una fecha. La fecha del accidente. Y una sola línea más.
Ferrero esperó.
—Preguntale a Santucho quién dio la orden —dijo Rosas.
El despacho quedó en silencio siete segundos. Ferrero miró el sobre cerrado sobre el escritorio. El café seguía sin tocarse. Afuera en el pasillo uno de los secretarios de actuación estaba hablando por teléfono con voz baja.
Ferrero se levantó. Fue hasta la ventana. Miró la calle cuatro pisos abajo durante un minuto entero sin decir nada.
Cuando se dio vuelta, Rosas lo miraba con la expresión de quien acaba de entregar una carga que sabía que iba a pesar y que no tenía otra opción que entregarla.
—¿Es verdad? —preguntó Ferrero.
—No lo sé —dijo Rosas—. Pero alguien quiere que lo averigüés.
2003
Ferrero volvió a sentarse frente al escritorio de Rosas. Tomó el café que había dejado sin tocar. Lo bebió despacio, mirando el sobre cerrado sobre la madera del escritorio.
—Contame lo que sabés del accidente —dijo Rosas.
—Lo que sé es lo que me contaron cuando tenía diecinueve años —dijo Ferrero—. Mi padre se llamaba Eduardo Ferrero. Contador de una empresa de transporte de larga distancia con sede en Córdoba. Mi madre se llamaba María. Maestra.
El 14 de agosto de 2003 salieron juntos en el auto hacia una localidad rural a unos ochenta kilómetros de la ciudad.
El motivo del viaje nunca quedó claro en el expediente.
El auto apareció al día siguiente en el fondo de una quebrada sobre la ruta provincial.
Los dos habían muerto. El expediente policial dijo accidente de tránsito en zona de curvas peligrosas.
Sin testigos, sin cámaras, todo archivado bajo esa versión sin que nadie la cuestionara.
—¿Pediste reapertura de la causa alguna vez?
—Dos veces —dijo Ferrero—. La primera a los veinticuatro años, cuando entré a la fuerza.
Me dijeron que el expediente estaba archivado y que los elementos disponibles no justificaban reapertura.
La segunda a los treinta y uno, cuando ya tenía contactos en el sistema para mover el pedido más arriba.
El expediente había desaparecido del archivo físico.
Clasificado como destruido en una purga de documentación de 2009.
—¿Quién autorizó la purga de 2009? Ferrero miró a Rosas.
—El Comisario de Asuntos Internos en ese período era Atilio Reyna —dijo—. Pero Reyna tuvo el ACV en 2012 y murió sin recuperarse. Nunca pude preguntarle.
Rosas asintió lento. Abrió la carpeta que tenía sobre el escritorio y sacó una hoja impresa.
—Esta mañana antes de que llegaras hice una búsqueda en los archivos del Ministerio de Seguridad nacional del período 2002-2004 —dijo—.
—Hay un registro de una operación clasificada de inteligencia criminal que involucra a una empresa de transporte de larga distancia con sede en Córdoba en ese período. El nombre de la empresa está redactado en el documento original. Pero hay un detalle que no fue redactado.
—¿Cuál?
—El nombre del funcionario que supervisó la operación —dijo Rosas—. Subsecretario de coordinación interinstitucional del Ministerio de Seguridad. Gabriel Santucho.
Ferrero miró la hoja diez segundos. Las palabras estaban ahí, en tipografía de documento oficial, sin ambigüedad posible.
—La empresa de transporte donde trabajaba mi padre —dijo Ferrero.
—Eso parece —dijo Rosas—. El documento no menciona nombres de empleados ni víctimas. Pero la coincidencia de empresa, período y funcionario es demasiado específica para ser casual.
Ferrero apoyó la hoja sobre el escritorio. Se levantó. Caminó hasta la ventana otra vez. La calle seguía igual que diez minutos antes, con el mismo tránsito de martes a la mañana, los mismos transeúntes, los mismos colectivos. La ciudad no sabía lo que Ferrero acababa de leer.
—¿Por qué ahora? —dijo sin darse vuelta—. ¿Por qué alguien manda este material ahora, cuatro meses después de las detenciones?
—Porque alguien quiere que vayas por Santucho —dijo Rosas—.
Personalmente, emocionalmente, fuera del procedimiento judicial.
Si Santucho te saca del rol de perito técnico en la audiencia y te convierte en un testigo con conflicto de interés personal, la defensa puede pedir tu recusación y parte de la evidencia digital pierde respaldo.
Ferrero se dio vuelta.
—O alguien quiere lo contrario —dijo—. Alguien que sabe que Santucho fue responsable de la muerte de mis padres y que quiere que yo lo sepa antes de que la causa llegue a juicio. Alguien que no confía en que el sistema judicial lo condene y que cree que hay otra forma de cerrar esto.
Rosas lo miró sin responder.
—¿Quién mandó este sobre, doctora?
—El remitente es falso —dijo Rosas—. Pero el material es auténtico. Los archivos del Ministerio confirman la operación. La foto del accidente está en el registro policial original que alguien recuperó antes de la purga de 2009.
—¿El Arquitecto?
—Es la hipótesis más probable —dijo Rosas—. Alguien que tiene acceso a archivos que deberían estar destruidos y que tiene motivos para desestabilizarte antes de la audiencia. O para usarte como arma contra Santucho desde adentro.
Ferrero miró el sobre sobre el escritorio. —¿Puedo llevarlo?
—Es tuyo —dijo Rosas.
Analía Confiesa
Ferrero salió del edificio federal a las 11:20 con el sobre bajo la campera y tres nombres en la cabeza: Eduardo Ferrero, María Ferrero y Gabriel Santucho. Los tres juntos en la misma oración por primera vez en su vida.
Era una confirmación de algo que había estado presente como sospecha desde que Santucho apareció en el cuaderno de Reyna. La diferencia entre sospechar y saber era la diferencia entre cargar un peso indefinido y cargar uno con forma y dirección.
Palacios lo esperaba apoyada contra la Hilux en la calle lateral donde Ferrero había dejado el vehículo. Lo vio venir desde media cuadra. No dijo nada hasta que Ferrero llegó y abrió la puerta del conductor.
—¿Cómo salió? —preguntó Palacios.
—Complicado —dijo Ferrero—. Subí.
Manejaron hasta el búnker en silencio. Ferrero estacionó en el patio interno y los dos entraron. Trejo levantó la vista de los monitores, vio las caras y volvió a bajarla sin preguntar.
Ferrero puso el sobre sobre la mesa central. Lo miró diez segundos. Después miró a Palacios.
—Necesito contarte algo antes de que avancemos —dijo Palacios.
Era la primera vez desde que se conocían que usaba ese tono. Ferrero la miró.
—Decime —dijo.
Palacios se sentó en la silla frente a la mesa. Cruzó los brazos sobre el pecho con el gesto de alguien que está a punto de soltar algo que lleva tiempo sosteniendo.
—Trabajé para Cánepa —dijo—. Durante cuatro años. Entre 2016 y 2020. Antes de que yo supiera exactamente quién era Cánepa y qué era lo que manejaba.
Ferrero no dijo nada. Esperó.
—Era trabajo de campo —dijo Palacios—. Me pasaban objetivos.
Personas que había que seguir, reuniones que había que documentar, información que había que conseguir.
Nada con violencia directa. Era inteligencia.
El tipo de trabajo que en la Policía Judicial nadie llama por su nombre real pero todo el mundo sabe que existe.
—¿Qué tipo de objetivos? —preguntó Ferrero.
—Jueces —dijo Palacios—. Fiscales. Algún periodista.
Un empresario que estaba por declarar en una causa que comprometía a contactos de Cánepa.
Nunca supe exactamente para qué usaban la información que yo les pasaba.
Me decían que era para proteger intereses institucionales.
Yo era demasiado pragmática o demasiado cómoda con esa explicación.
—¿Cuándo dejaste de creerla?
—Cuando en 2020 me pasaron un objetivo y apareció muerto dos semanas después —dijo Palacios—. Un accidente de tránsito en zona rural. Expediente archivado en cuarenta y ocho horas.