CAPÍTULO 12 #4
Morales señaló con la cabeza el bolsillo interno de la campera. Ferrero metió la mano, encontró un blíster de comprimidos y sacó uno. Morales lo tomó con el mate que Ferrero le acercó. Después cerró los ojos treinta segundos.
Ferrero se quedó de pie junto a la silla sin moverse. Trejo había dejado de teclear. Warcalde miraba el piso.
Treinta segundos. Un minuto. Dos minutos. Morales abrió los ojos. —Ya está
—dijo—. Bajó.
—Te llevo al médico esta tarde —dijo Ferrero.
—Mañana —dijo Morales.
—Esta tarde —repitió Ferrero.
Morales lo miró tres segundos. Reconoció el tono. Asintió. —Esta tarde — aceptó.
Ferrero volvió a la mesa central.
Abrió el cuaderno en la última página escrita y lo miró un momento sin leer.
Warcalde había entregado en tres horas y cuarenta minutos más información operativa sobre la red residual que todo lo que habían conseguido en cuatro meses de investigación posterior a las detenciones.
Nombres, direcciones, protocolos de contacto, mecanismos de pago, la identidad del nuevo coordinador técnico que habían llamado Vargas. Todo en el cuaderno.
Pero lo que Ferrero seguía viendo era la cara de Morales cuando dijo el pecho, con la voz de quien no quiere sonar grave. —Trejo —dijo Ferrero—. Mandá todo el material de Warcalde a Rosas por el canal cifrado. Y avisale que mañana no voy a las ocho. Voy a las diez. Tengo algo que hacer antes.
La Guardia
Ferrero llevó a Morales al Hospital Privado de Córdoba sobre avenida Naciones Unidas a las 17:30.
Morales entró caminando por su propio pie con la campera de cuero y el cigarrillo apagado en el bolsillo superior, sin silla de ruedas y sin ayuda.
En la guardia una médica de unos treinta y cinco años lo hizo pasar a una sala de evaluación mientras Ferrero esperaba en la sala de espera con una silla de plástico anaranjado y una revista de turismo de 2023 sobre la mesita de al lado que no abrió.
Esperó cuarenta y siete minutos.
La médica salió primero. Ferrero se levantó. —¿Es familiar suyo? —preguntó la médica.
—Soy su contacto de emergencia —dijo Ferrero.
La médica lo miró un segundo. —El señor Morales tuvo un episodio de hipertensión arterial severa —dijo—.
Presión de doscientos veinte sobre ciento diez cuando llegó.
El medicamento que tomó antes de venir ayudó a bajar la presión parcialmente pero el episodio lleva varias horas.
Quiero internarlo esta noche para monitoreo cardíaco.
—¿Hay riesgo inmediato?
—El riesgo inmediato se estabilizó —dijo la médica—. Pero con estos valores y a su edad, cualquier episodio sostenido puede derivar en un accidente cerebrovascular o en un evento cardíaco. Necesita reposo, ajuste de medicación y control durante al menos veinticuatro horas.
—¿Él acepta la internación?
La médica hizo una pausa que respondía la pregunta antes de hablar. —Dice que tiene cosas que hacer —dijo.
Ferrero respiró hondo. —Yo lo convenzo —dijo.
Entró a la sala de evaluación. Morales estaba sentado en la camilla con el torso descubierto y tres electrodos pegados al pecho que conectaban a un monitor portátil.
Tenía la expresión de alguien que lleva cuarenta y siete minutos negociando con el personal médico y que reconoce cuando llega un refuerzo del lado contrario.
—Gallego —dijo Ferrero.
—Ya sé lo que vas a decir —dijo Morales.
—Te quedás esta noche.
—Tengo el Renault en la calle.
—Yo lo muevo.
—Tengo que llamar a la vecina para que le dé de comer al gato.
—Te presto el teléfono.
Morales miró los electrodos pegados al pecho. Los miró con la expresión de un hombre que lleva sesenta y dos años moviéndose a su propio ritmo y que acaba de encontrar el límite físico de ese ritmo.
—Doscientos veinte —dijo en voz baja.
—Doscientos veinte —confirmó Ferrero.
Morales asintió despacio. —Una noche —dijo—. Mañana a la mañana me voy.
—Mañana a la mañana te van a dar el alta si los valores están bien —dijo Ferrero—. Si no están bien, te quedás hasta que estén bien.
Morales lo miró. —¿Eso es una orden?
—Es una sugerencia de alguien que no tiene ninguna intención de seguir solo en esto —dijo Ferrero.
Morales miró el monitor cardíaco tres segundos.
La línea verde trazaba su camino irregular sobre la pantalla negra con una regularidad que era tranquilizadora y perturbadora al mismo tiempo.
—Bien —dijo.
Ferrero salió a hablar con la médica. Firmó el formulario de autorización como contacto de emergencia, movió el Renault al estacionamiento del hospital y volvió a la sala.
Morales ya estaba con el suero puesto en el brazo derecho y la camilla reclinada.
Le habían dado algo para bajar la presión que lo tenía con los ojos entrecerrados.
—Julián —dijo Morales cuando Ferrero se sentó en la silla junto a la camilla.
—Acá estoy.
—La foto del sobre —dijo Morales con la voz más lenta por el medicamento
—. La reunión de mañana con Rosas. Tené cuidado.
—Voy a tener cuidado.
—No es lo mismo que en los otros operativos —dijo Morales—. Esta vez no estoy yo afuera con el auto encendido.
Ferrero miró la línea verde del monitor un momento.
—Esta vez no te necesito afuera —dijo—. Te necesito vivo. Morales cerró los ojos.
Ferrero se quedó en la silla hasta las 21:00, cuando la médica confirmó que los valores se habían estabilizado y que el Gallego estaba durmiendo. Salió al estacionamiento, subió a la Hilux y se quedó con las manos sobre el volante durante cinco minutos sin arrancar.
Mañana a las diez tenía que entrar a un edificio federal donde alguien le había enviado una foto con la advertencia de que no llegara.
Sin Morales.