EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

Estacionaron a dos cuadras. Ferrero sacó el teléfono y llamó a Trejo. —¿Hay cámaras en el radio? —preguntó.

—Una cámara municipal en la esquina de la avenida principal —dijo Trejo—. Sin cobertura sobre la calle secundaria donde está la dirección. Punto ciego limpio.

—¿Actividad en las últimas doce horas en el sistema de domos?

—Ningún vehículo compatible con el Cronos en ese radio desde la medianoche —dijo Trejo—.

Pero hay algo interesante. Una moto Honda 150 apareció dos veces en la cámara de la esquina: a las 04:17 de la madrugada y a las 07:43 de la mañana.

Mismo modelo, misma placa parcial. No puedo confirmar si entró a la calle secundaria pero el patrón es compatible con reconocimiento de zona.

—Alguien verificó que la locación estaba limpia —dijo Ferrero—. Warcalde pudo haber llegado después de la segunda verificación.

Cortó. Miró a Morales. —¿Cómo lo hacemos? —preguntó Morales.

—Vos entrás por la puerta de frente —dijo Ferrero—. Yo rodeo por la calle de atrás y cubro la salida trasera si tiene. Dale tres minutos para llegar a posición.

Morales asintió. Bajó del Renault con la campera abierta y la Bersa visible en el cinturón.

Caminó hacia la casa con paso regular, sin apurar, como alguien que conoce el barrio y tiene un destino claro.

Ferrero tomó la calle lateral y rodeó la manzana en dos minutos y cuarenta segundos.

La parte trasera de la propiedad daba a un pasaje sin nombre con dos garages cerrados y una acequia seca.

La pared del fondo de la casa medía dos metros, sin alambre de púas ni vidrios.

Se apostó contra la pared opuesta con la Glock en la mano derecha. Escuchó el golpe de Morales en la puerta de frente. Uno, dos, tres golpes secos. Silencio. Después la voz de Morales, clara y sin gritar.

—Policía. Abra la puerta.

Diez segundos. Ferrero tenía los ojos sobre la pared del fondo.

La pared se movió. Alguien trepando desde adentro, con los brazos apareciendo primero sobre el borde, después la cabeza.

Un hombre de unos cuarenta años, pelo corto, campera gris, con la urgencia de quien ya calculó que la puerta de frente era un problema y la pared de atrás era la única salida disponible.

Ferrero esperó hasta que el hombre tuvo las dos piernas sobre el borde y estaba a punto de saltar al pasaje. —Warcalde —dijo Ferrero.

El hombre se quedó inmóvil sobre el borde de la pared dos segundos. Miró a Ferrero. Miró la Glock. Calculó.

—Bajá despacio —dijo Ferrero—. Las manos donde las vea.

Warcalde bajó despacio. Cuando los pies tocaron el suelo del pasaje levantó las manos a la altura de los hombros.

Ferrero se acercó, lo giró contra la pared y lo cacheó con una mano mientras mantenía la Glock con la otra.

Sin armas. Sin teléfono visible. Solo una llave de auto en el bolsillo derecho y un sobre doblado en el bolsillo interno de la campera.

Ferrero sacó el sobre. Lo guardó sin abrirlo.

Morales apareció por la esquina del pasaje treinta segundos después. —Limpio adentro —dijo—. Durmió acá. Hay una bolsa con ropa y un teléfono prepago sobre la mesa.

Ferrero miró a Warcalde.

—Tenés mucho para contarme —dijo—. Y muy poco tiempo para decidir si lo hacés por las buenas.

El Sobre

Lo llevaron al búnker de Santa Rosa en los dos vehículos.

Warcalde subió al Renault de Morales con las manos esposadas adelante y la vista fija en el respaldo del asiento del conductor durante los veinte minutos del trayecto.

Ferrero los siguió en la Hilux con el sobre en el bolsillo interno de la campera y la Glock sobre las rodillas.

Trejo les abrió el portón del patio interno.

Warcalde bajó del Renault sin resistencia, como alguien que ya había calculado que la resistencia era la opción menos útil disponible.

Se sentó en la silla que Morales le indicó frente a la mesa central.

Morales se quedó de pie detrás de él. Trejo volvió a los monitores.

Ferrero se sentó frente a Warcalde. Sacó el sobre del bolsillo y lo puso sobre la mesa entre los dos sin abrirlo.

—¿Qué es esto? —preguntó Ferrero.

Warcalde miró el sobre. Después miró a Ferrero.

—Algo que me mandaron esta mañana —dijo—. El tipo de la moto que hizo el reconocimiento de zona me lo deslizó por debajo de la puerta antes de que amaneciera. Yo tampoco sé qué tiene adentro.

Ferrero lo miró cinco segundos. Después abrió el sobre con cuidado, por el borde superior, sin romper el sello. Adentro había una sola hoja doblada en tres. La desplegó sobre la mesa.

Era una fotografía impresa en papel común, blanco y negro, calidad de impresora de oficina. Mostraba a dos personas entrando a un edificio, en ángulo de cámara de vigilancia, desde arriba y levemente lateral. Las dos personas eran reconocibles con claridad.

Una era Rosas. La otra era Ferrero.

La fotografía tenía fecha y hora impresas en el margen inferior derecho en tipografía de sistema de vigilancia: 14/04/2026 — 08:03 hs.

Ferrero reconoció el edificio de inmediato. Era la entrada del edificio federal de la fiscalía sobre avenida Concepción Arenal. El lunes 14 de abril era el lunes siguiente. El lunes en que Rosas le había dicho que lo esperaba a las ocho de la mañana.

Debajo de la fotografía, escrito a mano con birome negra en letra de imprenta, una sola línea.

NO LLEGUES.

Ferrero dejó la hoja sobre la mesa. Miró a Warcalde. —¿Quién te mandó esto?

—No sé el nombre —dijo Warcalde—. Recibo instrucciones por aplicación cifrada. La voz que da las órdenes la reconozco pero nunca supe a quién pertenece. Lo que sí sé es que esta mañana la instrucción fue clara: hacerte llegar el sobre antes de las nueve y después desaparecer de Córdoba.

—¿Por qué no desapareciste?

Warcalde miró sus propias manos esposadas sobre la mesa.

—Porque llevo cuatro meses haciendo trabajo de vigilancia para una estructura que mató a Bertini adentro de su propia celda —dijo—. Y porque cuando una estructura empieza a limpiar sus propias piezas, las que quedan afuera son las siguientes en la lista.

—¿Cuánto sabés de la estructura?

—Suficiente para que me maten si hablo —dijo Warcalde—. Y suficiente para que me maten si me quedo callado. Así que la única diferencia entre las dos opciones es que si hablo, al menos tengo alguna chance de que alguien me proteja.

Morales se movió detrás de él. Ferrero lo miró. Morales asintió con la cabeza una sola vez. Ferrero tomó la fotografía y se la mostró a Trejo.

—Mañana a las ocho Rosas me espera en este edificio —dijo Ferrero—. Alguien sabe esa cita. Alguien con acceso a los sistemas de vigilancia del edificio federal o con una fuente adentro de la fiscalía que le confirmó el horario. Necesito que identifiques de dónde salió esta imagen.

Trejo tomó la fotografía. La miró diez segundos. —Dame dos horas —dijo. Ferrero se recostó en la silla. Miró a Warcalde.

—Vos y yo vamos a hablar toda la tarde —dijo—. Empezá por el principio. Cómo te reclutaron, cuándo, quién dio la orden de vigilar el edificio de Romina y quién te mandó el sobre esta mañana.

Warcalde asintió. Respiró hondo. —Era el 2023 —dijo—. Me llamó un hombre que se identificó como representante de una empresa de seguridad privada con contratos estatales. Me dijo que necesitaban alguien con mi perfil dentro de la Dirección de Inteligencia. Me ofrecieron el doble de mi sueldo.

Morales fue a la hornalla y puso agua para mate. Iban a estar un buen rato.

El Gallego Recae

Warcalde habló durante tres horas y cuarenta minutos.

Ferrero tomó notas en el cuaderno nuevo con la misma letra pequeña y vertical que había aprendido a usar en veinte años de interrogatorios.

Trejo grabó todo en el sistema de audio del búnker y simultáneamente fue cruzando los datos que Warcalde entregaba con las bases de datos disponibles, confirmando o descartando cada elemento en tiempo real.

A las 14:30 Morales se levantó de la silla donde había estado sentado durante toda la declaración y fue hasta el baño del fondo.

Tardó cuatro minutos. Cuando volvió caminaba con la mano derecha apoyada contra la pared del pasillo, un gesto que Ferrero registró pero no interrumpió porque Warcalde estaba en el medio de un dato importante sobre la estructura de pagos de la red.

A las 15:12 Warcalde terminó. Ferrero cerró el cuaderno. Trejo detuvo la grabación y empezó a procesar el material. Ferrero se levantó, fue a la hornalla y preparó unos mates. Le pasó uno a Warcalde, que lo tomó con las manos todavía esposadas con una expresión de agradecimiento que no era actuada.

Fue entonces que Morales habló desde el rincón donde estaba sentado.

—Julián —dijo.

Ferrero se dio vuelta. El Gallego estaba sentado en la silla con la espalda recta pero la cara de un color que no era el correcto. Un gris verdoso por debajo de la piel que Ferrero había visto antes, hacía años, en la cara de su padre cuando el médico le había dicho que el corazón estaba fallando.

—¿Qué pasa? —dijo Ferrero cruzando el búnker en cuatro pasos.

—Nada grave —dijo Morales con la voz de alguien que sabe exactamente lo que está pasando y elige minimizarlo—. El pecho. Lleva un rato así.

—¿Cuánto rato?

—Desde que 119,676 mm al búnker —dijo Morales—. Dos horas, quizás un poco más.

Ferrero lo miró. Morales le sostuvo la mirada con la misma ecuanimidad de siempre pero con algo nuevo detrás: cansancio real, el tipo de cansancio que viene del cuerpo y no de la mente.

—Trejo —dijo Ferrero sin apartar la vista de Morales—. Llamá al doctor Rossi. El número está en el sistema bajo contactos de emergencia.

—Rossi está en Buenos Aires —dijo Trejo.

—Entonces llamá a una ambulancia.

—No —dijo Morales.

—Gallego.

—No quiero ambulancia —dijo Morales con firmeza—. Sé lo que es. Ya me pasó el año pasado. Es la presión. Si me quedo quieto diez minutos y tomo el medicamento se regula solo.

—¿Tenés el medicamento?