CAPÍTULO 12 #2
—Chau, nena —dijo Ferrero—. Los martes y los sábados te llamo.
—Y si pasa algo antes —dijo Mía—, me llamás ese mismo día.
—Ese mismo día —confirmó Ferrero.
Mía lo abrazó cuatro segundos exactos y después se dio vuelta y caminó hacia la entrada del aeropuerto al lado de Romina sin mirar atrás. Ferrero las vio atravesar las puertas de vidrio automáticas hasta que desaparecieron en el interior iluminado de la terminal.
Morales se paró a su lado. —La nena creció —dijo.
—Cuatro meses —dijo Ferrero.
—En esta familia cuatro meses equivalen a dos años —dijo Morales.
Ferrero no respondió. Volvieron a los autos.
Morales arrancó el Renault primero y tomó la salida del estacionamiento.
Ferrero se quedó parado junto a la Hilux durante un minuto mirando las puertas de vidrio de la terminal.
Después subió. Arrancó. Tomó la ruta de vuelta a Córdoba.
Tenía una audiencia en cinco semanas y alguien adentro del sistema que había filtrado sus movimientos antes de que llegara a la ciudad.
El Lunes
Ferrero llegó al búnker de Santa Rosa a las 08:14 del lunes después de manejar toda la noche desde Mendoza con una parada de cuarenta minutos en una estación de servicio de San Luis donde durmió reclinado en el asiento del conductor con la alarma del teléfono puesta a los treinta y cinco minutos.
Entró por el patio interno, cerró los tres pernos y encendió el generador.
Trejo estaba en la terminal central con dos cafés sobre la mesa y una expresión que Ferrero reconoció como la de alguien que lleva horas con información que necesita transmitir y que eligió esperar el momento correcto para hacerlo.
—Contame —dijo Ferrero sentándose.
—El Cronos apareció en una cámara del domo a las 23:18 del domingo —dijo Trejo—. Estacionado sobre avenida Colón al 800, frente a un garage privado que figura a nombre de una SRL de pantalla. La cámara capturó a los dos ocupantes bajando del vehículo. Rosas los identificó esta mañana temprano.
—¿Quiénes son?
—El conductor es Marcos Oviedo, cuarenta y tres años, antecedentes por asociación ilícita en 2019, vinculado a la estructura de Varela antes de las detenciones de hace cuatro meses.
El acompañante es más interesante —dijo Trejo—.
Se llama Sergio Warcalde. Treinta y ocho años.
Ex agente de la Dirección de Inteligencia Criminal de la Provincia.
Dado de baja hace dieciocho meses por razones que el expediente disciplinario clasifica como reservadas. Pero hay algo más.
—Decime.
—Warcalde figura en la nómina de Vértice Sistemas como consultor externo desde hace dos años —dijo Trejo—.
Con un contrato que empezó tres meses antes de que Vértice fuera intervenida.
Ese contrato nunca fue incluido en el expediente original porque nadie cruzó los registros de la Dirección de Inteligencia con los de Vértice.
Yo lo encontré esta madrugada cruzando las bases de datos de la AFIP.
Ferrero tomó el café. Lo bebió despacio.
—Warcalde era el enlace entre Sokolov y la inteligencia provincial —dijo Ferrero.
—Eso parece —dijo Trejo—. Y si Warcalde sigue operativo después de las detenciones, es porque alguien lo mantuvo activo. Alguien que tiene acceso a los recursos residuales del Proyecto Nodo y que lo necesita en movimiento.
—Santucho —dijo Ferrero.
—O alguien que trabaja para Santucho desde afuera —dijo Trejo—. Rosas está pidiendo orden de detención para Warcalde y Oviedo esta mañana. Pero hay un problema.
—¿Qué problema?
Trejo giró el monitor. La pantalla mostraba un registro de acceso al sistema judicial federal con timestamp de las 02:34 de la madrugada del lunes.
Una consulta sobre el expediente principal de la causa, ejecutada desde una terminal del edificio de la Procuración en Córdoba con las credenciales de un secretario de actuación del turno nocturno.
—Alguien consultó el expediente dos horas antes de que Rosas pidiera la orden de detención —dijo Trejo—. El secretario de actuación cuyas credenciales aparecen en el registro estaba de franco esa noche. Sus credenciales fueron usadas por otra persona desde adentro del edificio.
—Igual que Iturriaga —dijo Ferrero.
—Igual que Iturriaga —confirmó Trejo—. La filtración en la Procuración no se cerró cuando la detuvimos. Hay otra pieza adentro que todavía no identificamos. Y esa pieza sabía que íbamos a pedir la detención de Warcalde antes de que Rosas firmara el papel.
Ferrero apoyó el café sobre la mesa. Miró el mapa de la pared con las chinchetas de la investigación anterior.
Cuatro meses de aparente calma. Santucho quieto, la causa avanzando, la audiencia en cinco semanas.
Y debajo de esa superficie, una estructura que había seguido moviéndose sin hacer ruido, reemplazando piezas perdidas, identificando los flancos nuevos, esperando el momento preciso para activarse.
—Warcalde ya sabe que lo estamos buscando —dijo Ferrero.
—Desde hace dos horas —dijo Trejo.
Ferrero se levantó y caminó hasta el mapa. —Entonces tenemos que encontrarlo antes de que desaparezca —dijo—. ¿Dónde estaba el Cronos cuando lo perdiste en las cámaras?
Warcalde
Trejo abrió una ventana nueva en el monitor central.
Allí podria verse el último registro de la cámara del Cronos en movimiento.
El vehículo había aparecido por última vez a las 23:47 del domingo sobre avenida Sabattini, dirección sureste, antes de salir del radio de cobertura de los domos municipales.
Eso lo ponía en el corredor hacia el Parque Industrial Ferreyra o más allá, en la zona de acceso a la ruta nacional 9 sur.
—Si tomó la 9 sur tiene tres opciones —dijo Ferrero—. Villa María, Rosario o Buenos Aires. En cualquiera de las tres sale del alcance operativo inmediato de Rosas. Si quería ir a Río Cuarto o al oeste tenía que haber tomado otra salida, no Sabattini.
—Hay una cuarta opción —dijo Trejo—. Quedarse en Córdoba pero en una ubicación que no figure en ningún registro conocido. Warcalde trabajó dieciocho meses en inteligencia criminal provincial. Conoce la red de locaciones seguras que la Dirección mantiene fuera del sistema formal.
—¿Tenés acceso a esa red?
—Parcial —dijo Trejo—. Conseguí los registros de locaciones activas hasta hace dos años.
Después de la reestructuración de la Dirección por las denuncias internas, parte del archivo fue digitalizado y parte quedó en papel.
Lo que tengo en digital son dieciséis direcciones en la provincia. Cuatro en Córdoba capital.
Ferrero se sentó frente al monitor. —Mostrámelas.
Trejo desplegó las cuatro direcciones en el mapa de Córdoba. Dos quedaban en barrio Güemes, una en Villa El Libertador y una en el barrio Jardín. Ferrero las estudió treinta segundos.
—La de Villa El Libertador —dijo—. Es la más alejada del centro y la que tiene menos tráfico de cámaras en el radio. Si Warcalde quiere pasar desapercibido y tiene acceso a esa locación, es la elección táctica más lógica.
—¿Vamos? —preguntó Trejo.
—Vos te quedás acá —dijo Ferrero—. Necesito que sigas monitoreando el sistema judicial. Si alguien vuelve a usar credenciales ajenas para consultar el expediente, quiero saberlo en el momento. Yo voy con Morales.
Llamó a Morales.
El Gallego había llegado a Córdoba dos horas antes que Ferrero y había dormido tres horas en su casa de General Paz. Atendió al segundo tono con la voz despejada de alguien que dormía poco pero bien.
—Tengo una dirección en Villa El Libertador —dijo Ferrero—. Posible localización de Warcalde. ¿Podés en una hora?
—En cuarenta minutos —dijo Morales.
Ferrero cortó. Se cambió la camisa, se puso el chaleco antibalas y ajustó los cierres.
Revisó la Glock y metió dos cargadores extra en el bolsillo.
Mientras se preparaba, Trejo siguió trabajando en la terminal sin levantar la vista, con la concentración de alguien que tiene múltiples procesos corriendo en paralelo y sabe cuál necesita atención primero.
—Trejo —dijo Ferrero antes de salir. Trejo levantó la vista.
—El secretario de actuación cuyas credenciales usaron esta madrugada —dijo Ferrero—.
Quiero saber con quién almorzó, con quién tomó café y con quién habló por teléfono en los últimos treinta días.
Si la filtración vino de adentro de la Procuración, hay un vínculo social entre esa persona y alguien de la red.
Los vínculos sociales dejan rastro digital. Buscalo.
—Entendido —dijo Trejo.
Ferrero salió al patio. El aire de la mañana tenía el frío seco del otoño cordobés y olor a tierra húmeda. Santa Rosa estaba empezando a despertar con el ruido de las persianas que subían y los primeros colectivos pasando por Colón. Cuatro meses de sierras y algarrobo. Ahora esto.
Subió a la Hilux. Mientras esperaba a Morales abrió el cuaderno nuevo en la primera página y escribió tres líneas.
Warcalde: ex inteligencia provincial, consultor Vértice, activo post detenciones.
Filtración Procuración: segunda pieza adentro, credenciales ajenas, turno nocturno.
Santucho lleva cuatro meses construyendo. Nosotros recién empezamos a ver. Cerró el cuaderno. Guardó la lapicera en el bolsillo.
El Renault de Morales dobló por Santa Rosa a las 09:22.
Villa El Libertador
La dirección de Villa El Libertador era una casa de material de frente angosto sobre una calle secundaria a cuatro cuadras de la avenida principal del barrio.
Fachada gris con la pintura descascarada, persiana metálica baja en la única ventana visible desde la calle, una puerta de madera con cerradura de tambor y sin timbre.
El jardín del frente era un rectángulo de tierra seca con pasto crecido hasta la rodilla.
Ferrero y Morales pasaron frente a la propiedad sin detenerse.
Una vuelta completa a la manzana. El barrio tenía el movimiento tranquilo de un lunes a la mañana en una zona residencial de clase trabajadora: alguna madre con chicos, un almacén abierto en la esquina, dos jubilados sentados en sillas de plástico frente a una casa.
Nada que indicara actividad operativa visible.