EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

TABULA RASA

El Domingo a la Noche

Eso incluía el teléfono de Romina.

Ferrero había llamado a Romina desde la ruta, a la altura de Bialet Massé, con el manos libres y la Hilux a ciento diez por hora. Romina había atendido al tercer tono con la voz del domingo a la tarde, tranquila, sin alerta.

—¿Dónde estás? —preguntó Ferrero.

—En casa —dijo Romina—. Mía está haciendo la tarea. ¿Por qué?

—Salgan ahora —dijo Ferrero—. Las dos. Bolso con lo mínimo. Teléfono apagado desde ya. Bajen por la escalera de servicio y esperen en la puerta lateral del edificio. Manden el ascensor al piso doce antes de bajar. Yo llego en cuarenta minutos.

Romina tardó dos segundos en responder. —Voy —dijo.

Cortó. Ferrero aceleró a ciento veinte. Llamó a Morales al mismo tiempo por el canal cifrado.

—Gallego. Romina y Mía en movimiento en cuarenta minutos. Necesito que estés en el edificio de Roque Sáenz Peña antes que yo.

—Salgo ya —dijo Morales.

Morales llegó primero. Cuando Ferrero frenó la Hilux frente al edificio a las 19:38, el Renault 19 de Morales ya estaba estacionado con el motor encendido a media cuadra.

Morales estaba de pie en la vereda con la campera de cuero abierta y la Bersa Thunder en el cinturón.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Ferrero bajando del auto.

—Trejo dice que la actividad en el servidor aumentó hace veinte minutos — dijo Morales—. Si están en movimiento operativo, pueden tener visual sobre el edificio desde hace un cuarto de hora.

Ferrero miró la calle en las dos direcciones.

Roque Sáenz Peña tenía el tránsito normal de un domingo a la noche.

Autos, algún colectivo, dos chicos en bicicleta en la vereda opuesta.

Nada que activara la alarma de manera obvia.

Pero eso era exactamente el problema: si el equipo de vigilancia era profesional, nada iba a activar la alarma de manera obvia.

—Subís vos —dijo Ferrero—. Yo quedo acá con visual sobre la calle. Si alguien se mueve antes de que bajes con ellas, te aviso por radio.

Morales asintió y entró al edificio. Ferrero caminó hasta la esquina con la radio en la mano y se apoyó contra la pared del kiosco cerrado.

Desde ahí tenía visual sobre la entrada del edificio, sobre los cincuenta metros de vereda hacia el norte y sobre el cruce con la calle perpendicular al sur.

Contó los autos estacionados en el radio visible.

Dieciséis. Los registró uno por uno: marca, color, posición respecto al edificio, si tenían o no alguien adentro.

El décimo auto de la lista era un Fiat Cronos gris oscuro estacionado a treinta metros del edificio, sobre el cordón.

Tenía las luces apagadas. El motor probablemente también.

Pero el vidrio del conductor tenía una condensación mínima en el ángulo inferior derecho que en una noche de otoño sin lluvia reciente solo se explicaba por la presencia de alguien respirando adentro.

Ferrero apretó el pulsador de la radio. —Gallego —dijo—. Cronos gris, treinta metros al norte de la entrada. Apurate.

La Bajada

Morales subió por la escalera de servicio hasta el tercer piso.

El edificio tenía un sistema de iluminación de emergencia en los rellanos que se activaba con movimiento y que tardaba tres segundos en encenderse.

Morales esperaba esos tres segundos en cada rellano antes de seguir subiendo, con la espalda contra la pared y la Bersa en la mano derecha.

En el tercer piso el pasillo estaba vacío. Fue directo al 3B. Golpeó dos veces con los nudillos, pausa, dos veces más. El código que Ferrero le había dicho por teléfono cuando iba en la Hilux.

Romina abrió en cuatro segundos. Llevaba una campera sobre la ropa de casa, un bolso de lona al hombro y el pelo recogido con apuro.

Mía estaba detrás con la mochila azul colgada de los dos hombros y los ojos abiertos con la seriedad específica que Morales había aprendido a reconocer como el modo en que la nena procesaba las situaciones difíciles.

—Por la escalera de servicio —dijo Morales—. Detrás mío. Sin hablar.

Bajaron los tres pisos en silencio. Morales adelante, Romina detrás, Mía cerrando. En el rellano del primer piso Morales se detuvo, miró por la rendija de la puerta hacia el pasillo de acceso y esperó diez segundos. Después abrió.

La puerta lateral del edificio daba a un callejón de servicio de cuatro metros de ancho que conectaba con la calle paralela a Roque Sáenz Peña.

Morales los guió por el callejón sin encender la linterna, usando la poca luz que se filtraba desde la calle al fondo.

Caminaron pegados a la pared derecha durante veinte metros hasta llegar a la salida.

Morales asomó la cabeza. La calle paralela estaba tranquila. Dos autos estacionados, una pareja caminando en dirección contraria a cincuenta metros, ningún vehículo con motor encendido visible desde ese ángulo. Sacó la radio.

—Ferrero. Estamos en la calle paralela, salida del callejón de servicio. Limpio desde acá.

—El Cronos se movió —respondió Ferrero por radio—. Tomó Roque Sáenz Peña hacia el sur hace cuarenta segundos. Puede estar dando la vuelta a la manzana. Tienen menos de un minuto. El Renault está sobre la calle paralela a cien metros al norte. Llaves puestas.

Morales guardó la radio. —Corran —dijo.

Romina agarró a Mía de la mano y corrieron los cien metros hasta el Renault 19.

Morales llegó primero, abrió las puertas traseras desde afuera y las hizo subir.

Se sentó al volante. Arrancó antes de cerrar la puerta.

Tomó la calle paralela hacia el norte a cuarenta por hora, sin luces altas, con los ojos en el espejo retrovisor.

En la primera esquina giró al oeste. En la segunda, al norte. En la tercera, al oeste otra vez, zigzagueando por calles secundarias del barrio Alta Córdoba hasta que el Renault quedó metido entre dos manzanas residenciales sin salida directa a las arterias principales.

Detuvo el motor. Treinta segundos de silencio en el auto. Romina tenía la mano de Mía entre las suyas. Morales miraba el espejo retrovisor con la Bersa apoyada sobre el muslo derecho. Nadie habló.

A los cuarenta segundos apareció la Hilux en la esquina. Ferrero bajó, abrió la puerta trasera del Renault y se metió al lado de Romina. Les miró las caras a las dos durante dos segundos. Mía lo miraba de vuelta con los ojos grandes y tranquilos.

—¿Están bien? —preguntó Ferrero.

—Sí —dijo Romina. Mía asintió.

Ferrero les apretó las manos a las dos al mismo tiempo.

Un gesto breve, sin drama. Después miró a Morales.

—El Cronos las siguió hasta la esquina de Roque Sáenz Peña y Jerónimo Luis de Cabrera —dijo Ferrero—.

Cuando vio que el edificio estaba vacío, aceleró hacia el norte.

Lo perdí cuando cruzó el Puente Centenario y se metió por la Costanera.

—¿Cuántos adentro? —preguntó Morales.

—Dos cabezas visibles —dijo Ferrero—. Conductor y acompañante. El acompañante tenía algo en la mano derecha que no llegué a identificar.

Morales asintió lento. —¿A dónde las llevamos?

Ferrero miró a Romina. —Neuquén otra vez —dijo—. Esta noche. Romina cerró los ojos tres segundos. Los abrió. —Está bien —dijo.

Neuquén Otra Vez

Salieron de Córdoba a las 21:14 en dos vehículos.

Morales manejaba el Renault con Romina y Mía en los asientos traseros.

Ferrero iba solo en la Hilux, adelante, marcando el ritmo.

Tomaron Rafael Núñez hacia la autopista.

El tráfico del domingo a la noche era escaso y los dos vehículos avanzaron sin detenerse durante los primeros cuarenta minutos.

Ferrero llamó a Rosas a las 21:40 desde el manos libres.

—Romina y Mía están en movimiento —dijo—. Los mismos que vigilaban el edificio hace cuatro meses volvieron a activarse. Dos hombres en un Fiat Cronos gris. Perdí el vehículo cuando cruzó el Puente Centenario hacia la Costanera.

—Lo sé —dijo Rosas—. Trejo me avisó hace media hora. Tengo un equipo buscando el Cronos. La patente que me mandó Trejo es falsa pero el modelo y el color están cargados en el sistema de domos. Si aparece en alguna cámara de la ciudad, lo encontramos.

—¿Cuánto tiempo para identificar a los ocupantes?

—Si el Cronos aparece en cámara, menos de una hora —dijo Rosas—. Si no aparece, más difícil. Puede haber entrado a un garage privado.

—Alguien les avisó que íbamos a estar en el edificio esta noche —dijo Ferrero

—. Salí de Cosquín al mediodía. Nadie sabía que venía antes del lunes excepto Trejo, Morales y vos.

Pausa de cuatro segundos del otro lado.

—Lo sé —dijo Rosas—. Estoy trabajando en eso también.

Cortó. Ferrero aceleró hasta ciento diez y se mantuvo ahí durante el resto del trayecto hacia Mendoza. El Renault de Morales lo seguía a cien metros constantes. Cada veinte minutos Morales mandaba un mensaje de una sola palabra por el canal cifrado: limpio. Ferrero respondía con la misma palabra.

Llegaron al aeropuerto El Plumerillo de Mendoza a las 02:37 de la madrugada.

Rosas había gestionado dos pasajes en el vuelo de las 04:10 a Neuquén bajo los mismos documentos de identidad reservada del año anterior.

El mismo protocolo. La misma tía Soledad en la misma casa con el mismo jardín grande y los mismos dos perros mestizos.

En el estacionamiento del aeropuerto Ferrero bajó de la Hilux y fue hasta el Renault. Morales bajó también. Los tres adultos se miraron durante un momento sin decir nada. Mía bajó con la mochila azul y se paró junto a su madre.

—¿Cuánto tiempo esta vez? —preguntó Romina.

—Menos que la vez anterior —dijo Ferrero—. Te lo prometo.

—La vez anterior también me lo prometiste —dijo Romina.

—Y cumplí —dijo Ferrero.

Romina lo miró tres segundos. Después asintió con la cabeza una sola vez, despacio. Un asentimiento que cerraba la discusión sin resolverla, el tipo de gesto que solo se desarrolla después de años de conocerse en situaciones límite.

Ferrero se agachó frente a Mía. La nena lo miraba con los ojos cansados por las horas de viaje pero la postura recta.

—Chau, pa —dijo Mía antes de que él hablara.