EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 11 #4
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CAPÍTULO 11 #4

Ferrero asintió y entró al aula de tercero.

Diecinueve alumnos. Quince chicos y cuatro chicas, entre dieciséis y diecisiete años, con el nivel de atención variable que tienen los adolescentes a primera hora de la mañana en el último día de la semana.

Dejó la mochila sobre el escritorio, se quedó de pie frente a la pizarra y los miró cinco segundos sin decir nada.

Era un recurso que había aprendido a usar en las primeras semanas: el silencio inicial generaba más atención que cualquier frase de apertura.

—Hoy hablamos de ingeniería social —dijo—. Quiero que alguien me explique qué es antes de que yo lo haga.

Tres manos se levantaron. Ferrero señaló al fondo.

—Cuando alguien te engaña para que le des información que no le darías si supieras quién es —dijo el alumno.

—Bien —dijo Ferrero—. Eso es el núcleo. Ahora quiero que piensen algo.

¿Cuántas veces por semana alguien usa ingeniería social con ustedes sin que se den cuenta?

La pregunta quedó flotando en el aula tres segundos. Después un murmullo recorrió las filas y una alumna en la tercera fila levantó la mano. —Todo el tiempo —dijo—. Las publicidades. Los influencers. Los políticos.

—Exacto —dijo Ferrero—. La ingeniería social no es solo un ataque informático. Es el mecanismo más antiguo del poder. Convencer a alguien de que actúe contra su propio interés creyendo que actúa a favor.

La clase duró cincuenta minutos. Ferrero habló veinte y escuchó treinta.

Era la proporción que había encontrado más útil en tres meses de enseñanza: cuando los alumnos hablaban más que él, aprendían más y él aprendía también cosas sobre cómo pensaban las personas que iban a vivir en el mundo que había pasado dos décadas intentando hacer más seguro.

Al final de la clase, cuando los alumnos salían, el chico de la primera fila que siempre llegaba diez minutos antes y se quedaba diez minutos después se acercó al escritorio. Dieciséis años, pelo corto, una remera de una banda de metal que Ferrero no reconoció.

—Profe —dijo—. ¿Usted va a volver el año que viene?

—Todavía no lo sé.

—Porque si no vuelve, esto se lo dan a cualquier profesor que no entiende nada —dijo el chico señalando el aula con un gesto amplio—. Y eso es una pérdida.

Ferrero lo miró dos segundos. —¿Cómo te llamás?

—Nicolás.

—Nicolás —repitió—. Si el año que viene no estoy, buscá los recursos por tu cuenta. Todo lo que te enseñé tiene fuentes abiertas. La diferencia entre alguien que aprende y alguien que espera que le enseñen es que el primero busca sin que nadie se lo pida.

El chico asintió. Salió del aula. Ferrero se quedó solo frente a la pizarra con la mochila colgada al hombro.

Escribió tres palabras en el rincón inferior derecho con el marcador azul, las mismas que escribía al final de cada clase y que el siguiente docente borraba sin leerlas.

Verificá todo. Siempre. Apagó la luz y cerró la puerta.

El Bolso

Ferrero volvió a la casa de Cosquín a las 09:48. Preparó café, se sentó en la mesa de la cocina y abrió el cuaderno en la última página escrita. Leyó la línea que había dejado el jueves.

Santucho lleva cuatro meses quieto. El silencio de un hombre así tiene un solo significado.

La leyó dos veces. Después arrancó la hoja, la dobló en cuatro y la acercó a la hornalla encendida. Esperó a que el papel se consumiera hasta el último centímetro antes de tirar las cenizas en la pileta y abrir la canilla.

Fue al dormitorio. Sacó el bolso táctico de lona negra del placard y lo abrió sobre la cama.

Empezó a empacar con el mismo criterio que había aprendido en los primeros años de operaciones: lo que no era imprescindible no entraba.

Dos mudas de ropa. El chaleco antibalas nivel IIIA.

La Glock 17 con dos cargadores. El maletín de herramientas digitales que había mantenido calibrado durante los cuatro meses en Cosquín aunque no lo hubiera usado. El cuaderno con las páginas en blanco.

No empacó el cuaderno de clases. Ese se quedaba en Cosquín.

Cerró el bolso. Lo dejó apoyado contra la pared junto a la puerta.

Volvió a la cocina y terminó el café mirando el algarrobo por última vez con la luz del mediodía cayendo directa sobre las vainas.

El árbol tenía esa calidad de los objetos silenciosos que acumulan presencia sin esfuerzo.

Ferrero lo había mirado todos los días durante cuatro meses y recién en ese momento entendió que lo iba a extrañar.

Llamó a Rosas a las 11:20.

—El lunes estoy en Córdoba —dijo cuando ella atendió.

—Bien —dijo Rosas—. Hay algo que tenés que saber antes de que llegues.

—Decime.

—La autopsia independiente de Bertini llegó esta mañana —dijo—. Confirma estrangulamiento lateral. El servicio penitenciario abrió una investigación interna. Pero hay algo más en el informe que el médico forense marcó como hallazgo secundario.

—¿Qué encontraron?

—Una microincisión en la nuca —dijo Rosas—. Reciente, de menos de cuarenta y ocho horas antes de la muerte. El médico forense la describe como compatible con la extracción quirúrgica de un objeto subcutáneo pequeño. Del tamaño de un chip NFC.

Ferrero se quedó inmóvil con el teléfono en la mano. —Sokolov —dijo.

—Eso pensé yo también —dijo Rosas—. Tenía un chip NFC incrustado bajo la piel de la nuca.

Era parte de su sistema de autenticación en los servidores del Proyecto Nodo.

Si alguien extrajo un chip similar de Bertini, significa que él también tenía uno.

Y si lo tenía, significa que Sokolov lo había integrado al sistema mucho antes de que Bertini apareciera en nuestra investigación.

—Era parte del Proyecto Nodo desde el principio —dijo Ferrero—. Tenía acceso a los servidores. Sokolov lo reclutó antes de que empezara a trabajar para la estructura de limpieza judicial del Gestor.

—Y alguien entró a su celda, le extrajo el chip y después lo mató —dijo Rosas

—. El chip es el dispositivo de autenticación. Con él, quien lo tenga puede acceder a los servidores residuales del Proyecto Nodo que todavía están activos.

—¿Cuántos servidores residuales quedan activos?

—Trejo está mapeando eso ahora mismo —dijo Rosas—. Pero la estimación preliminar es que el cuarenta por ciento de la infraestructura original sobrevivió a las detenciones del viernes. Con el chip de Bertini, alguien tiene acceso a esa infraestructura desde esta mañana.

Ferrero miró el bolso táctico apoyado contra la pared junto a la puerta.

—El lunes llego temprano —dijo.

—Te espero a las ocho en la fiscalía —dijo Rosas.

Cortó. Ferrero apoyó el teléfono sobre la mesa. Miró el algarrobo una última vez. Las vainas se movían despacio con una brisa que bajaba de las sierras sin prisa y sin dirección definida.

Cuatro meses de pausa. Terminados.