CAPÍTULO 11 #3
—El jueves —dijo Ferrero—. La audiencia preliminar se confirmó para dentro de cinco semanas. Dice que el expediente está sólido. Cánepa sigue colaborando y los testimonios adicionales que consiguió de los imputados absueltos cerraron los últimos huecos.
—¿Sokolov?
—Sigue sin hablar —dijo Ferrero—. Sus abogados van a pedir nulidad de la evidencia digital en la audiencia. Rosas dice que no tienen chances pero que va a consumir tiempo del proceso.
—¿Y Santucho?
Ferrero miró el algarrobo por la ventana. Las vainas se movían con una brisa suave que bajaba de las sierras.
—Santucho está quieto —dijo—. Demasiado quieto para lo que es.
Morales no respondió de inmediato. Era el tipo de pausa que en veinte años de trabajo conjunto Ferrero había aprendido a leer como acuerdo silencioso.
—Voy a Cosquín el jueves —dijo Morales—. Te llevo empanadas.
—Traé de carne —dijo Ferrero.
Cortó. Terminó el mate. Abrió el cuaderno en una página en blanco y escribió una sola línea.
Santucho lleva cuatro meses quieto. Eso es preparación.
Analía
La detective Analía Palacios llegó a Cosquín el mismo jueves que Morales, pero dos horas antes y sin avisar.
Ferrero la vio bajar de un Volkswagen Gol plateado frente a su casa a las 10:47 de la mañana.
Llevaba una campera de jean sobre una remera negra, jean oscuro y zapatillas.
El pelo negro y lacio hasta los hombros.
Los anteojos de marco grueso. La cicatriz en la sien izquierda que el sol de la mañana marcaba con más claridad que bajo las luces de interior.
Ferrero salió al jardín con el mate en la mano. —Nadie me avisó que venías — dijo.
—Nadie sabía —dijo Palacios—. Así funciono.
Entró sin esperar invitación. Ferrero la siguió adentro.
Palacios recorrió el living con una mirada rápida que catalogaba sin detenerse: la mesa con el cuaderno, la hornalla, la mochila táctica colgada detrás de la puerta, la ausencia total de decoración personal.
Se sentó en la única silla disponible frente a la mesa y cruzó los brazos.
—Rosas me mandó —dijo.
—Rosas me podría haber llamado —dijo Ferrero.
—Te llamó tres veces esta semana —dijo Palacios—. Las tres veces cortaste antes del segundo tono.
Ferrero no respondió. Era verdad. Las tres veces había visto el nombre de Rosas en la pantalla y había dejado que el teléfono siguiera sonando hasta que paró solo. La cuarta vez Rosas mandó a Palacios.
—¿Qué necesita? —preguntó Ferrero.
—Que vuelvas —dijo Palacios—. La audiencia preliminar es en cinco semanas.
El expediente está sólido en lo que tiene, pero hay un flanco técnico que ninguno de los fiscales de la Procuración puede cubrir.
La evidencia digital del servidor espejo de Sokolov requiere un perito con conocimiento operativo del sistema.
Alguien que haya estado adentro de la jaula y pueda explicarle a un juez federal en términos no técnicos cómo funciona la exfiltración y por qué la evidencia obtenida es válida procesalmente.
—Trejo puede hacer eso.
—Trejo va a declarar como testigo colaborador —dijo Palacios—. No puede declarar simultáneamente como perito técnico. Son roles procesales incompatibles. Rosas necesita a alguien más.
—Hay otros técnicos en la fuerza.
—Que conocen el sistema en abstracto —dijo Palacios—.
Nadie que lo haya operado en tiempo real como vos.
El juez federal que va a presidir la audiencia es conocido por desestimar evidencia digital cuando el perito no puede responder preguntas específicas de la defensa.
Zabaleta va a ir con tres especialistas propios.
Si Rosas no tiene alguien de tu nivel, la evidencia digital pierde peso.
Ferrero caminó hasta la ventana. El algarrobo estaba quieto. La brisa había parado. —Cinco semanas —dijo.
—Cinco semanas —confirmó Palacios—. Después volvés a tu escuela técnica y a tus empanadas de los jueves con el Gallego.
Ferrero la miró. —¿Cómo sabés lo de las empanadas?
—Morales me llamó ayer —dijo Palacios con la misma expresión de siempre, la cual no daba información gratuita—. Me dijo que venía el jueves y que si yo llegaba antes te ablandara un poco antes de que él apareciera con la comida.
—¿Ablandara?
—Sus palabras —dijo Palacios—. Yo uso las mías propias. Te estoy diciendo que la causa que construiste en diez días de operaciones sin respaldo institucional se puede caer en una audiencia si la defensa encuentra el flanco técnico sin cobertura.
Vos lo sabés mejor que nadie. Ir cinco semanas a declarar como perito no es volver al sistema. Es cerrar lo que abriste.
Ferrero miró el cuaderno sobre la mesa. La última línea que había escrito esa mañana todavía estaba visible desde donde estaba parado.
Santucho lleva cuatro meses quieto. Eso es preparación.
—¿Cuándo tengo que estar en Córdoba? —preguntó.
—El lunes —dijo Palacios.
—Hoy es jueves.
—Por eso vine hoy —dijo Palacios.
El Jueves de Morales
Morales llegó a las 13:20 con una bolsa de papel madera con doce empanadas de carne y una botella de vino tinto de Mendoza que traía apoyada contra el cuerpo bajo la campera de cuero como si la estuviera protegiendo del frío de las sierras.
Cuando abrió la puerta y vio a Palacios sentada a la mesa de la cocina con un mate en la mano, se detuvo dos segundos en el umbral.
—Llegaste antes —dijo.
—Siempre llego antes —dijo Palacios.
Morales miró a Ferrero con una expresión que preguntaba sin palabras. Ferrero asintió con la cabeza una sola vez. Morales entendió, dejó la bolsa sobre la mesada y sacó la botella de debajo de la campera con el cuidado de quien deposita algo valioso.
Los tres comieron en la mesa de la cocina con el algarrobo haciendo sombra sobre la ventana y el ruido de la ruta provincial llegando amortiguado desde lejos.
Morales comió cuatro empanadas en silencio y después habló durante veinte minutos sobre el barrio General Paz, el médico que le había cambiado la medicación y un vecino que estaba construyendo una galería sin permiso municipal y generaba ruido los sábados a la mañana.
Era conversación de relleno. Los tres lo sabían. Porque cuando hay algo más importante que decir y nadie quiere ser el primero en decirlo.
Fue Palacios quien cortó.
—¿Le contaste lo de Bertini? —le preguntó a Morales.
—Todavía no —dijo Morales.
Ferrero dejó la empanada sobre el plato. —¿Qué pasó con Bertini?
Morales tomó un sorbo de vino antes de responder. Lo apoyó sobre la mesa con cuidado.
—Apareció muerto en su celda hace diez días —dijo—.
El servicio penitenciario lo clasificó como suicidio.
Sábana atada a la reja de la ventana. El parte médico dice asfixia por constricción.
Pero Bertini estaba en una celda individual de seguridad en el módulo 4 del penal de Bouwer.
Esas celdas tienen las ventanas selladas con reja fija empotrada en hormigón.
La reja tiene cuarenta centímetros de alto.
Para ahorcarse con una sábana en una reja de cuarenta centímetros, tendría que haber permanecido en posición forzada varios minutos con la musculatura completamente relajada.
—Eso no es suicidio —dijo Ferrero.
—No —dijo Morales—. Es un mensaje.
Ferrero miró el plato. Bertini había sido el primer eslabón visible de la cadena nueva, el que había dado el alias del Gestor y la ubicación del bar de Hipólito Yrigoyen.
Alguien dentro del sistema penitenciario había tenido acceso a su celda individual de seguridad con tiempo suficiente para ejecutar la operación y salir sin dejar rastro.
Eso requería coordinación interna, acceso previo y tiempo planificado.
Una operación quirúrgica dentro del sistema penitenciario.
—¿Rosas lo sabe? —preguntó Ferrero.
—Pidió autopsia independiente —dijo Palacios—.
Los resultados llegan la semana que viene.
Pero ya sabe lo que van a decir. La morfología de las marcas en el cuello de Bertini no es compatible con autoasfixia por constricción vertical.
Es compatible con estrangulamiento lateral ejercido por una segunda persona.
—¿Delli Carpini? —preguntó Ferrero.
—Está en prisión preventiva en Ezeiza —dijo Palacios—. Sin contacto con el exterior verificado. Pero eso no significa que la orden no haya salido de alguien que tiene acceso a Ezeiza.
Los tres se quedaron en silencio. La brisa serrana movió las vainas del algarrobo contra el vidrio de la ventana. Un sonido seco, rítmico, que llenó la cocina durante varios segundos.
—Santucho —dijo Ferrero.
—Santucho —confirmó Morales.
Ferrero se levantó de la mesa. Fue hasta la ventana y miró el algarrobo.
Cuatro meses de clases de seguridad informática en una escuela técnica y el ruido de la ruta llegando amortiguado.
Cuatro meses pensando que la distancia era suficiente.
Bertini muerto en su celda con marcas de estrangulamiento lateral le decía en términos precisos que la distancia nunca había sido suficiente.
Que Santucho había estado moviendo piezas desde el primer día.
Se dio vuelta. —El lunes estoy en Córdoba —dijo. Palacios asintió. Morales sirvió más vino sin decir nada.
La Escuela Técnica
El viernes fue el último día de clases antes de que Ferrero se fuera a Córdoba. Lo supo desde que se despertó a las 06:50 con el ruido de los pájaros en el algarrobo y la certeza de que algo se terminaba, aunque todavía no sabía si era el descanso o la ilusión del descanso.
Llegó a la escuela técnica a las 07:55. El edificio era un rectángulo de una planta sobre la avenida principal de Cosquín, con aulas de techo alto y ventiladores de techo que en invierno nadie encendía pero que en verano hacían un ruido de hélice constante que los alumnos habían aprendido a ignorar.
La directora lo saludó en el pasillo con la misma sonrisa de siempre y le preguntó si iba a seguir el año que viene.
—Todavía no sé —dijo Ferrero.
—Los chicos preguntan —dijo la directora.