CAPÍTULO 11 #2
—¿Cuánto tiempo nos queda con el dispositivo de interferencia? —preguntó.
—Diecisiete minutos —dijo Zabaleta.
—Entonces lo más importante —dijo Santucho volviendo a sentarse—. El Arquitecto.
Zabaleta cerró la segunda carpeta. Cruzó las manos sobre la mesa. Era el único momento en las conversaciones con Santucho en que el abogado modificaba su postura corporal de manera visible.
—El Arquitecto está al tanto de todo lo ocurrido —dijo—.
Recibió los informes. Evaluó los daños. Su conclusión es que la caída del Proyecto Nodo en Córdoba fue un error de exposición evitable, pero que la estructura central no fue comprometida.
Lo que Rosas tiene es la punta provincial. El núcleo sigue intacto.
—¿Está satisfecho con esa evaluación?
—Satisfecho no es la palabra que usaría —dijo Zabaleta—. Está operativo. Que es lo que importa.
—¿Qué pide?
—Pide que el Proyecto Albatros recupere el ochenta por ciento de capacidad antes de fin de año —dijo Zabaleta—. Y pide una cosa más. Pide que el problema Ferrero se resuelva antes de que la audiencia preliminar de Rosas exponga el corredor norte.
—¿Cuándo es la audiencia?
—Seis semanas —dijo Zabaleta.
Santucho miró el rey negro de ajedrez que había dejado sobre la mesa al salir de la celda. Después levantó la vista hacia Zabaleta.
—Seis semanas es suficiente —dijo—. Pero el problema Ferrero no se resuelve atacando a Ferrero. Se resuelve contándole la verdad sobre su pasado. Eso lo va a destruir mejor que cualquier operativo.
La Verdad de 2003
Zabaleta abrió el portafolio de cuero marrón y sacó un sobre tamaño oficio sellado con cinta de seguridad. Lo dejó sobre la mesa sin abrirlo. El sobre tenía escrito en el frente, con letra de imprenta: RESERVADO — USO EXCLUSIVO DEFENSA.
—Esto llegó hace diez días por valija diplomática desde Montevideo —dijo Zabaleta—. El Arquitecto lo envió con instrucciones específicas sobre el momento de uso. Las instrucciones dicen que usted decide cuándo y cómo llega a manos de Ferrero. El momento y el método quedan a su criterio exclusivo.
Santucho miró el sobre sin tocarlo.
—¿Usted sabe lo que contiene? —preguntó.
—Tengo una idea general —dijo Zabaleta—. El Arquitecto me informó del contexto sin mostrarme el contenido. Involucra un operativo del año 2003 en la provincia de Córdoba.
—Una operación de inteligencia que en su momento fue clasificada y que nunca salió a la luz pública.
—Eduardo y María Ferrero —dijo Santucho.
Zabaleta no parpadeó. —Los padres de Julián Ferrero —confirmó.
Santucho se recostó en la silla. Cruzó los brazos sobre el pecho. Era la primera vez en la conversación que modificaba la postura de las manos.
—Eduardo Ferrero era contador en una empresa de transporte de larga distancia —dijo—.
Una empresa que en 2003 funcionaba como nodo de distribución para una red de tráfico de influencias vinculada al entonces Ministerio de Interior.
María Ferrero era maestra, sin participación activa en nada de eso.
Pero estaba en el auto cuando Eduardo fue intervenido por un equipo de inteligencia que tenía orden de silenciamiento preventivo.
Las órdenes venían de arriba. Muy arriba.
—¿De usted? —preguntó Zabaleta.
—Yo en 2003 tenía treinta y siete años y era subsecretario de coordinación interinstitucional en el Ministerio de Seguridad nacional —dijo Santucho—.
Tenía acceso a las órdenes pero no las firmé yo.
Las firmó quien las firmó. Lo que sí hice fue estar presente en la reunión donde se tomó la decisión.
Zabaleta procesó la información sin alterar la expresión.
—¿Ferrero lo sabe?
—Ferrero sabe que sus padres desaparecieron en 2003 —dijo Santucho—.
La causa fue archivada como accidente vial en zona rural sin testigos.
El expediente original está destruido. Lo que hay en ese sobre es la única copia de los registros internos que documentan lo que realmente ocurrió esa noche, incluyendo la lista de los presentes en la reunión previa, las comunicaciones entre los equipos operativos y el nombre del funcionario que firmó la orden.
—¿Por qué el Arquitecto guarda ese material?
—Porque guarda todo —dijo Santucho—. Es su método. La información como seguro. La información como arma. La información como moneda de cambio para cuando la necesita.
—¿Y por qué se lo entrega a usted ahora?
Santucho miró el sobre cuatro segundos.
—Porque el Arquitecto entiende que Ferrero es el único que puede destruir lo que queda del Proyecto Albatros —dijo—.
Y entiende también que un hombre que recibe la verdad sobre la muerte de sus padres no investiga con la misma frialdad que tenía antes.
Se quiebra o se vuelve irracional. En cualquiera de los dos casos, deja de ser peligroso de la manera en que lo es ahora.
—¿Y si no se quiebra?
—Si no se quiebra, viene a buscarme —dijo Santucho—. Y si viene a buscarme, comete errores. Y los errores de Ferrero son la oportunidad que necesitamos para invalidar su testimonio ante la fiscalía.
Zabaleta miró el sobre sobre la mesa. Miró a Santucho. —¿Cuándo lo activa?
Santucho tomó el sobre. Lo pesó en la mano derecha tres segundos. Lo giró. Verificó el sello. Lo guardó en el bolsillo interior del mameluco de prisión.
—Cuando sea el momento justo —dijo—. Todavía no. Primero necesito que Ferrero construya un poco más de confianza en el sistema. Que crea que ganó. Que se relaje. Un hombre relajado recibe mejor los golpes que no esperaba.
El dispositivo de interferencia emitió un pitido suave.
Quedaban trece minutos antes de que el audio volviera a los micrófonos de seguridad.
Santucho volvió a cruzar las manos sobre las rodillas.
Zabaleta cerró las dos carpetas, las acomodó dentro del portafolio y cerró el cierre con un movimiento preciso.
Era un hombre que nunca dejaba papeles visibles más tiempo del necesario.
Eso lo había mantenido fuera de cualquier expediente durante veintidós años de trabajo en los márgenes del sistema.
—La próxima visita es el jueves siguiente —dijo Zabaleta poniéndose de pie.
—El jueves siguiente —confirmó Santucho sin moverse.
Zabaleta golpeó la puerta dos veces. El guardia abrió desde afuera. Zabaleta salió sin darse vuelta. Santucho se quedó sentado los cuatro minutos que tardó Ramírez en volver a buscarlo. La luz del vidrio traslúcido seguía igual. Blanca, pareja, sin información útil sobre el exterior.
Cuando Ramírez abrió la puerta, Santucho se levantó, acomodó la silla en su lugar y caminó hacia el pasillo.
El sobre seguía en el bolsillo interior del mameluco. Lo sintió contra el pecho en cada uno de los sesenta y tres pasos que lo separaban de la celda 14.
Cosquín
Ferrero vivía en una casa de material de dos ambientes en las afueras de Cosquín desde hacía tres meses.
La había alquilado a través de un contacto de Morales que no hacía preguntas y cobraba en efectivo.
Estaba sobre una calle de tierra a cuatrocientos metros de la ruta provincial, con una acequia seca al costado del camino y un algarrobo viejo en el jardín del frente que daba sombra hasta las once de la mañana.
Sin wifi. Sin televisión por cable. Sin cámaras en la cuadra.
Daba clases de seguridad informática tres veces por semana en una escuela técnica del centro de Cosquín.
Dos horas los lunes, dos horas los miércoles, una hora los viernes.
El director de la escuela lo había contratado después de leer su currículum resumido, sin preguntar por qué un ex subinspector de Cibercrimen con veinte años de carrera quería dar clases en una escuela secundaria técnica de una ciudad serrana de veinte mil habitantes.
Ferrero le había dicho que necesitaba un cambio.
El director había asentido como si eso fuera la explicación más natural del mundo.
El lunes a las 07:40 Ferrero apagó la alarma del teléfono, preparó mate en la hornalla y se sentó en la mesa de la cocina frente a la ventana que daba al jardín.
El algarrobo tenía las ramas cargadas de vainas.
Un par de pájaros se movían entre las hojas con el ruido específico de la mañana serrana, ese silencio activo que tardó semanas en aprender a escuchar sin buscar amenazas en él.
Llevaba un cuaderno de papel sobre la mesa.
Anotaba cosas. Observaciones sobre los alumnos, ideas para las clases, listas de compras, pensamientos que no tenían categoría definida.
Era el mismo formato de trabajo que había usado durante veinte años en la Jefatura, pero vaciado de urgencia.
El cuaderno de Cosquín era el opuesto exacto del cuaderno de Reyna.
A las 08:15 sonó el teléfono. Era Morales.
—¿Cómo andás? —dijo.
—Bien —dijo Ferrero—.
—Ayer los chicos de tercero me preguntaron cómo funciona un ataque de phishing. Pasé cuarenta minutos explicándoles y al final uno me preguntó si eso se usaba para hackear Instagram. Le dije que sí. Fue la primera vez que vi a todo el curso con atención sostenida.
Morales rió por primera vez en la conversación. —¿Y vos? —preguntó Ferrero.
—Igual que siempre —dijo Morales—. Mate, diario, caminata. El médico me dijo que la presión está mejor. Que siga con lo mismo.
—¿Seguís yendo al médico?
—Dos veces por mes. Como acordamos.
Ferrero asintió aunque Morales no lo veía.
El Gallego tenía setenta y dos años y una presión arterial que había estado fuera de control durante los últimos dos años de operaciones.
Después del cierre de la causa del Proyecto Nodo, el médico le había dicho que otro año de ese ritmo le cobraba precio.
Morales había aceptado el diagnóstico con la misma actitud con que aceptaba todo: sin drama, sin negación, con la ecuanimidad de un hombre que ya había calculado sus márgenes y seguía de pie dentro de ellos.
—¿Hablaste con Rosas esta semana? —preguntó Morales.