EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

LA RED TIENE DUEÑO

Cuatro Meses Después

Santucho esperó treinta segundos y se levantó.

Caminó dos pasos hasta el lavabo. Se lavó las manos con el jabón neutro que entregaba el servicio penitenciario.

Se secó con una toalla chica que mantenía doblada en tercios sobre el borde del lavabo.

Volvió a la cama. Se sentó con la misma postura exacta que antes.

El rey de ajedrez seguía en la misma posición sobre la mesa.

La pieza la había conseguido el segundo día de encierro, a través de un interno del pabellón de comunes que mantenía un sistema de trueques mínimos dentro del penal.

Santucho había pagado por la pieza con una deuda simbólica que el interno iba a cobrar en libertad en cuatro o cinco años, si llegaba a salir.

No la usaba para jugar. La usaba como punto focal de concentración durante los treinta y siete minutos que dedicaba cada mañana a repasar el estado de sus operaciones externas.

Las operaciones seguían. Él no estaba preso. Solo estaba en pausa física.

A las 07:49 golpearon en la puerta. Era el cabo Ramírez, responsable del traslado a la sala de abogados.

Santucho tenía visita programada para las 08:00.

Su defensor principal, el doctor Horacio Zabaleta, había solicitado la entrevista tres días antes alegando requerimientos urgentes de estrategia procesal.

La verdadera urgencia era otra, pero el servicio penitenciario no tenía forma de saberlo. Santucho se puso de pie. Ramírez abrió la celda. Caminaron por el pasillo del módulo 6 en silencio durante los sesenta y tres metros que separaban la celda 14 del ala de entrevistas con profesionales.

Santucho medía la distancia exacta todos los días. Conocía cada baldosa, cada marca en las paredes, cada desperfecto en las luces fluorescentes. Ese conocimiento le daba ventaja para moverse dentro del perímetro.

En la sala de entrevistas Zabaleta lo esperaba con un portafolio de cuero marrón y dos carpetas abiertas sobre la mesa.

Cincuenta y dos años, saco impecable, corbata gris, la misma mirada aséptica de siempre.

El doctor Zabaleta era uno de los abogados más caros de Buenos Aires y una de las seis personas en el planeta que sabían exactamente qué tipo de operación Santucho comandaba desde adentro.

—Siéntese —dijo Zabaleta.

Santucho se sentó. Ramírez se retiró y cerró la puerta.

La sala tenía micrófonos de seguridad estándar en las esquinas, pero Zabaleta había activado un dispositivo de interferencia de cortesía profesional que neutralizaba el audio durante los primeros cuarenta minutos de cada entrevista.

Era legal. Era habitual. Era imposible de cuestionar.

—¿Avances? —preguntó Santucho.

Zabaleta abrió la primera carpeta. —Tres de los cinco objetivos están resueltos

—dijo—. Los otros dos necesitan decisión suya. Santucho asintió. —Empecemos.

Los Cinco Objetivos

Zabaleta abrió la primera carpeta y la giró hacia Santucho.

Cinco nombres escritos a mano en una hoja sin membrete, con bolígrafo azul, letra pequeña y vertical que Santucho reconoció como la de un tercero, no la de Zabaleta.

El abogado nunca escribía nada con su propia letra en este tipo de documentos.

Santucho leyó la lista sin tocarla. Belyaev, Nikolai. Trejo, Facundo. Bertini, Raúl. Iturriaga, Silvia. Ferrero, Julián.

—Belyaev declaró en Comodoro Py hace tres semanas —dijo Zabaleta—.

—El testimonio fue más extenso de lo previsto.

Cubrió la arquitectura técnica completa del Proyecto Nodo, los protocolos de comunicación con Sokolov y dos reuniones operativas donde usted estuvo presente.

La fiscalía tiene el testimonio sellado pero Rosas lo va a usar en la audiencia preliminar del mes que viene.

—¿Belyaev sigue en el país?

—Salió hace dos semanas —dijo Zabaleta—. Destino no confirmado. Probablemente Chile, como estaba previsto. Con identidad reservada. Nuestros contactos en migraciones no pudieron obtener el nombre de la nueva documentación.

—Entonces Belyaev está resuelto para nosotros —dijo Santucho—. Si ya declaró y ya salió del país, atacarlo ahora no tiene utilidad procesal. Solo tiene costo.

—Exacto. Lo saqué de la lista activa.

—¿Trejo?

—Trejo sigue en Córdoba —dijo Zabaleta—.

Trabaja en Cibercrimen con supervisión federal, dos años de sumario en paralelo.

Tiene acceso restringido a los sistemas de la Jefatura pero sigue con contacto directo con Ferrero y con Rosas.

Su declaración como testigo colaborador está programada para dentro de seis semanas.

—¿Qué tipo de declaración?

—Técnica y operativa —dijo Zabaleta—. Va a explicar cómo funcionaba el sistema de exfiltración, cómo montó la jaula digital y cómo identificó los siete operadores internos.

Nada que usted no suponga que ya saben. Pero con la firma de un testigo presencial dentro de la estructura cambia el peso judicial del expediente.

Santucho miró el nombre en la lista tres segundos.

—Trejo es resoluble antes de las seis semanas —dijo—. Hay métodos más eficientes que la violencia directa. ¿Tenemos algo sobre su vida privada?

—Vive solo —dijo Zabaleta—. Sin familia cercana en Córdoba. Novia estable, trabaja en una clínica veterinaria en barrio Jardín.

—Tampoco antecedentes, deudas, ni vicios documentados. Perfil limpio.

—La novia —dijo Santucho.

Zabaleta asintió lento. —Es la única palanca disponible —dijo—. Pero si la usamos y Trejo lo reporta a Rosas, perdemos el elemento sorpresa y aceleramos su declaración.

—La usamos solo si el método alternativo falla —dijo Santucho—. ¿Bertini?

—Bertini habló demasiado y demasiado rápido —dijo Zabaleta—. Ya entregó el alias del Gestor, la ubicación del bar de Nueva Córdoba y parte de la estructura de pagos. Está incomunicado pero va a seguir declarando. Este es uno de los dos que necesitan decisión suya.

—Decisión tomada —dijo Santucho sin cambiar el tono—. Dentro del penal es más limpio que afuera. Menos variables.

Zabaleta anotó algo en la carpeta sin preguntar los detalles. Esa era su función: transmitir decisiones, no evaluarlas.

—¿Iturriaga?

—Cruzó a Paraguay con documentación falsa hace tres meses —dijo Zabaleta

—. Está en Asunción bajo identidad nueva. Estable, protegida, fuera del alcance de la justicia argentina por ahora. No es un problema activo.

—Mientras siga donde está, no lo es —dijo Santucho—. Si intenta negociar con Rosas desde afuera, cambia la clasificación.

—Entendido. La tenemos monitoreada.

Santucho llegó al último nombre de la lista. Lo miró cinco segundos. Zabaleta esperó sin hablar.

—Ferrero —dijo Santucho finalmente.

—Ferrero es el segundo que necesita decisión suya —dijo Zabaleta—. Es el más complejo. Es testigo protegido, fuente técnica principal de la evidencia y tiene contacto directo con Rosas. Neutralizarlo en términos procesales requiere algo más sofisticado que los otros cuatro.

—Lo sé —dijo Santucho—. Ferrero no es un problema procesal. Es un problema personal.

Zabaleta lo miró. —¿Personal?

Santucho recogió la hoja de la mesa, la dobló en cuatro y se la devolvió a Zabaleta.

—Hay algo que Ferrero no sabe todavía —dijo—. Cuando lo sepa, va a venir a buscarme. Y cuando venga, voy a estar listo.

El Proyecto Albatros

Zabaleta cerró la primera carpeta y abrió la segunda. Era más gruesa, con separadores de colores y hojas impresas en tipografía pequeña. La puso sobre la mesa sin girarla hacia él. Era material de lectura interna, no de conversación.

—El Proyecto Albatros —dijo Zabaleta.

Santucho no reaccionó al nombre. Ya lo conocía. Lo había diseñado.

—Estado actual —dijo.

—Operativo al cincuenta y ocho por ciento de capacidad —dijo Zabaleta—.

La caída del Proyecto Nodo afectó los nodos provinciales de Córdoba, Mendoza y Santa Fe.

Los nodos de Buenos Aires, Rosario y el corredor norte siguen activos.

La infraestructura técnica fue reemplazada en un sesenta por ciento gracias al trabajo de los equipos que Belyaev no conocía y por lo tanto no pudo delatar.

—¿Quién coordina ahora que Sokolov está fuera?

—Un técnico nuevo —dijo Zabaleta—. Lo llaman Vargas. Formación en ciberseguridad ofensiva, experiencia en operaciones privadas en tres países. Llegó hace seis semanas por recomendación del contacto uruguayo. Sus primeras evaluaciones son positivas.

—¿Confiable?

—Hasta donde podemos verificar —dijo Zabaleta—. Nadie es completamente confiable. Pero tiene el perfil correcto y suficiente para perder si habla.

Santucho asintió. La lógica de la confianza en este tipo de estructuras era siempre la misma: no se construía sobre lealtad sino sobre exposición mutua. Un operador que tenía tanto que perder como quien lo contrataba era tan confiable como era posible serlo.

—¿El corredor norte? —preguntó Santucho.

—Es la parte más sana de lo que quedó —dijo Zabaleta—.

Jujuy, Salta y el tramo boliviano siguen operativos.

Los contratos con las empresas de seguridad privada que trabajan esa zona se renovaron el mes pasado sin incidentes.

Tres de los cuatro legisladores nacionales que aparecían en los audios de Cánepa siguen en funciones y siguen siendo funcionales al sistema.

—¿El cuarto?

—Renunció antes de que llegaran las órdenes de detención —dijo Zabaleta—. Está fuera del sistema pero también fuera de peligro para nosotros. Renunció en silencio, sin declarar, sin negociar con la fiscalía. Eligió desaparecer de la escena política. Eso lo convierte en un elemento neutro.

—Por ahora —dijo Santucho.

—Por ahora —confirmó Zabaleta.

Santucho se levantó de la silla y caminó los dos pasos posibles hacia la pared del fondo.

Se dio vuelta. El espacio de la sala de entrevistas era apenas más generoso que el de la celda, pero la diferencia de luz era significativa.

Aquí había una ventana lateral con vidrio traslúcido que dejaba pasar luz natural sin mostrar el exterior.

Santucho la miraba todos los jueves durante las entrevistas con Zabaleta.