EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 10 #4
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CAPÍTULO 10 #4

—Doctora —dijo—. Delli sabía que lo estaban observando.

—¿Por qué lo deduce?

—Por la conducta. No hizo nada esta noche que justifique el operativo. No hubo contactos, no hubo entregas, no hubo gestos. Una cena sola con dos llamadas telefónicas y vuelta a casa. Eso no es el patrón de un tipo que cobra ciento cuarenta mil dólares por limpieza judicial cada dos semanas.

Rosas guardó silencio cuatro segundos.

—Le aviso al equipo de observación nocturna que se mantengan en el perímetro —dijo—.

Si Delli sabe, es probable que intente moverse en las próximas horas.

Puede sacar efectivo, puede destruir dispositivos electrónicos, puede intentar fugarse.

Yo me quedo en el edificio federal hasta mañana al mediodía, pendiente de cualquier movimiento.

—¿Detención?

—Mañana miércoles a las 06:00 —dijo Rosas—. Con orden firmada esta noche por el juez federal de Buenos Aires. Ya estaba gestionando desde las dieciocho. Si esperamos más, puede desaparecer como Iturriaga.

—¿Yo participo?

—No —dijo Rosas—. Mañana usted se queda en su casa hasta que yo lo llame. Trejo tampoco sale del búnker. Bianco comanda el operativo. Doce hombres, doble perímetro, entrada simultánea por las dos puertas del edificio.

Ferrero miró el reloj. 22:54. —Entendido —dijo. Cortó.

El Primer Nombre

Ferrero durmió cuatro horas. Se despertó a las 05:47 con la luz azul del teléfono cifrado iluminando el techo del dormitorio. Un mensaje de Trejo. Los equipos acaban de entrar al edificio. Radio abierta.

Ferrero se sentó en el borde de la cama, encendió la lámpara y activó el canal de radio cifrada. La señal llegaba cortada pero entendible.

—Perímetro asegurado —dijo la voz de Bianco—. Equipos uno y dos ingresando por escalera principal. Tres y cuatro por escalera de servicio. Cinco cubriendo puerta 8B desde el rellano. Confirmen.

Los equipos confirmaron uno por uno.

—Avance.

Silencio de catorce segundos. Después el ruido seco de una puerta forzada por ariete hidráulico. Gritos de al piso, federales, al piso.

Diez segundos más. Una sola voz.

—Objetivo reducido. Sin disparos. Sin bajas.

Ferrero respiró hondo. La voz de Rosas entró por el canal.

—Detención confirmada 06:14 del miércoles. Delli Carpini bajo custodia federal. Trasladado a sede reservada. Avisen a la prensa a las 10:00. Allanamiento del departamento en curso. Equipos de peritaje digital en camino.

Ferrero apagó el canal. Se quedó sentado en la cama un minuto entero, mirando la pared sin ver nada en particular. Después se levantó, se duchó con agua caliente quince minutos, se vistió y bajó a la vereda a comprar el diario.

Eran las 07:20 cuando volvió al departamento con la edición impresa de La Voz del Interior y dos facturas en una bolsa de papel.

Puso café. Se sentó a la mesa de la cocina.

Leyó el diario sin encontrar nada sobre la detención, porque el operativo de las 06:14 todavía era demasiado reciente para llegar a la edición matutina.

A las 10:38 lo llamó Rosas.

—Ferrero.

—Doctora.

—Delli colaboró en la primera hora de interrogatorio —dijo—. No ofreció resistencia técnica ni emocional. Era un hombre que se sentía acorralado desde hacía días.

—Nos entregó dos elementos importantes. Primero: el alias Arencibia corresponde a Ricardo Arencibia, abogado, con estudio en Buenos Aires, sesenta y ocho años, vinculado al sector de inteligencia militar durante los años noventa y supuestamente retirado desde el 2004.

Segundo: Delli nunca lo vio la cara. Hablan por aplicación cifrada y los pagos los recibe a través de una sociedad uruguaya que Arencibia maneja.

—Arencibia —repitió Ferrero.

—Arencibia —confirmó Rosas—. Primer nombre asociado al Arquitecto.

Apellido que aparece en registros militares viejos con perfil compatible.

Hombre oficialmente retirado desde hace más de veinte años que, según Delli, sigue activo como intermediario entre estructuras privadas de inteligencia y servicios criminales profesionalizados.

—¿Es el Arquitecto?

—No lo sé todavía —dijo Rosas—. Arencibia puede ser el Arquitecto o puede ser el operador inmediato debajo del Arquitecto. Hoy es miércoles. El viernes tendría que tener una respuesta más precisa. Pero hay algo que me preocupa.

—Dígame.

—Arencibia dejó una huella deliberada en los servidores de Sokolov.

Una huella que cualquier investigador medianamente competente iba a encontrar tarde o temprano.

Eso no es propio de un hombre que opera con el perfil que Delli describe.

Un hombre así no se expone así. A menos que haya querido exponerse.

Ferrero se quedó quieto dos segundos. —¿Usted cree que Arencibia es un señuelo?

—Creo que puede serlo —dijo Rosas—. Creo que el verdadero Arquitecto pudo haber instalado el nombre de Arencibia como pantalla durante años, para que llegado el momento alguien lo encontrara y creyera haber llegado al final.

Arencibia existe, probablemente está involucrado en niveles operativos, pero puede no ser el que manda.

—Entonces arriba de Arencibia hay alguien.

—Puede haber alguien —dijo Rosas—. Puede que no.

Ferrero miró el techo cinco segundos.

—¿Qué hacemos?

—Descansamos —dijo Rosas—. Hoy es miércoles. Mañana jueves empezamos a trabajar sobre Arencibia. El viernes tengo la primera audiencia con Delli imputado formalmente. Usted siga con licencia. Su trabajo en esta fase terminó.

—Doctora.

—Sí.

—Gracias.

—De nada, Ferrero. Cortó.

Ferrero apoyó el teléfono sobre la mesa y miró por la ventana del departamento de Tucumán.

Abajo, la ciudad seguía funcionando igual que el lunes, igual que hacía tres semanas, igual que siempre.

Arencibia o quien estuviera arriba de Arencibia seguía libre en algún lugar de la Argentina o de otro país.

Ferrero no lo sabía. Ni siquiera sabía si podía saberlo algún día. Lo que sí sabía era que Romina y Mía estaban a salvo en Neuquén. Que Morales estaba vivo. Que Trejo había cambiado de bando. Que Rosas tenía una causa federal que ya no dependía de ninguna pieza vulnerable.

Afuera, un colectivo pasó por Tucumán. Ferrero cerró los ojos un momento.

Un nombre nuevo. Una pregunta sin respuesta. Y una ciudad que seguía respirando sin saber que una sombra más antigua que el Proyecto Nodo todavía estaba viva en algún lugar.

Por ahora, el descanso era suficiente. Por ahora.