CAPÍTULO 10 #3
—Exacto —dijo Trejo—. Tiene quince inmuebles registrados a su nombre en la provincia de Córdoba, compra y venta activa en los últimos ocho años.
Declara ante la AFIP ingresos compatibles con una inmobiliaria chica.
Pero las operaciones cruzan con causas judiciales de perfil alto con demasiada frecuencia.
—¿Antecedentes penales?
—Cero. Ni una multa de tránsito. Perfil administrativamente limpio.
—Dirección fiscal declarada.
—Hipólito Yrigoyen 1100, piso 8 B. El mismo departamento que compró en 2016. Vive ahí.
Ferrero miró el mapa de la pared. El bar donde el Gestor aparecía los martes por la noche estaba sobre Hipólito Yrigoyen al 1050, a media cuadra del edificio de Delli Carpini.
—Trejo —dijo—. El tipo vive al lado del bar. Entra cada dos martes a cenar. Mantiene una conducta fija.
—Rutina de un tipo con quince inmuebles lavados en ocho años —dijo Trejo.
—Mandá el informe a Rosas. Prioridad alta. Necesitamos orden de detención firmada antes del martes a las 20:00.
—Lo mando ya.
Ferrero cortó. Llamó a Rosas.
—Doctora.
—Lo tengo —dijo Rosas—. Trejo me acaba de mandar el cruce.
Delli Carpini tiene diecinueve coincidencias directas con las causas anteriores de Iturriaga.
Si conseguimos testimonio firmado de al menos uno de los imputados identificándolo físicamente, tenemos elementos para orden de detención por lavado de activos agravado.
—El ex diputado provincial ya dio descripción física compatible.
—Pero no identificó nombre —dijo Rosas—. Si mañana miércoles a la mañana el primer imputado del día lo reconoce por fotografía, tenemos el cierre. Le muestro cinco fotos. Si elige la de Delli Carpini, voy con la orden firmada el miércoles a la tarde.
—¿Y el martes?
—El martes no detenemos nada —dijo Rosas—.
Seguimos el plan original: vigilancia, identificación visual desde el vehículo, seguimiento si sale del bar.
Si usted lo identifica por la cicatriz y coincide con Delli Carpini, tenemos confirmación triple: patrimonial, testimonial y visual. Con eso lo detengo el miércoles.
—¿Por qué no el martes?
—Porque si lo detenemos el martes a la salida del bar, la red se entera antes de que identifiquemos a los contactos que pueda tener a su alrededor.
El martes observamos quién más se acerca al bar.
Quién entra, quién sale, quién se queda mirando desde afuera.
Esa información solo la tenemos si dejamos al Gestor circular una noche más sin saberse detectado.
Ferrero asintió aunque Rosas no lo veía. —Entendido.
—Ferrero. Una cosa más.
—El empresario de Río Cuarto que declaró ayer a la mañana me dio un nombre que todavía no le pasé. Un apellido que él escuchó una sola vez de boca del Gestor, hace dos años, en una conversación que no debía escuchar.
—¿Qué apellido?
—Arencibia.
Ferrero se quedó quieto cuatro segundos.
—¿Quién es Arencibia?
—Todavía no lo sé —dijo Rosas—. Pero el Gestor se refirió a él como el que paga arriba.
El empresario de Río Cuarto cree que es un apodo interno para el Arquitecto.
Yo creo que puede ser algo más concreto: un nombre real o parte de un nombre real.
Si Trejo puede cruzar Arencibia con bases de datos militares, de inteligencia y empresariales de los últimos veinte años, capaz aparece algo.
—Le digo que arranque esta noche.
—Buena idea. Cortó.
Ferrero miró el teléfono tres segundos. Arencibia. Por primera vez, tenían un apellido asociado al Arquitecto.
Martes a las Veinte
Lucas Bianco pasó a buscar a Ferrero a las 18:38 del martes en la esquina de Tucumán y 27 de Abril.
Manejaba un Volkswagen Vento gris plata con patente de la flota oficial federal pero con polarizado reforzado en las ventanillas traseras y lateral del acompañante.
Ferrero subió. Bianco arrancó sin mirarlo.
—Chaleco en el apoyacabezas de atrás —dijo—. Póngalo antes de que lleguemos.
Ferrero estiró el brazo, agarró el chaleco antibalas nivel IIIA y se lo puso sobre la camisa. Lo ajustó con los velcros laterales.
—La radio está en el compartimento de la consola central —dijo Bianco—. Frecuencia tres. Comprobación cada cinco minutos con el equipo principal. Si algo pasa, yo tomo el mando del vehículo y usted se agacha hasta que yo le diga que puede volver a mirar.
—Entendido.
Bianco tomó Obispo Trejo hacia el sur y salió por Buenos Aires hasta empalmar con Hipólito Yrigoyen desde el sur. Redujo la velocidad.
—Objetivo a la derecha en cien metros —dijo—. El bar es el Portal de Olmos. Fachada de madera oscura, cartel de neón rojo. Voy a estacionar en la vereda opuesta, a veinticinco metros del acceso, con ángulo de visual directa sobre la puerta.
Ferrero miró por la ventanilla polarizada. El bar tenía el cartel ya encendido. A través del vidrio frontal se veían tres mesas ocupadas y la barra con dos parroquianos de espaldas.
Bianco estacionó. Apagó el motor. Bajó las luces del tablero. La radio cifrada emitió un chasquido de prueba.
—Equipo uno en posición —dijo la voz de Rosas por el canal—. Dos en esquina sur. Tres en esquina norte. Cuatro en el callejón trasero. Cinco en el edificio de enfrente en el piso cinco con cámara térmica. Ferrero y Bianco en punto seis con visual directa. Confirman recepción.
Cada equipo confirmó con una sola palabra. Bianco apretó el pulsador de la radio. —Recibido, punto seis.
Eran las 19:56. La actividad en Hipólito Yrigoyen era normal para un martes a esa hora.
Algunos transeúntes caminando a sus departamentos.
Un repartidor de moto entregando pizza en el edificio de al lado.
Una pareja saliendo del bar con bolsas de compras, personal que terminaba el turno. Nada anómalo.
A las 20:12 un hombre apareció caminando por la vereda desde el norte. Contextura robusta. Pelo castaño con canas en las sienes. Campera oscura. Paso regular. Ferrero lo siguió con los ojos. El hombre se detuvo frente a la puerta del bar, abrió con la mano derecha y entró.
—Sujeto entró al bar —dijo Ferrero por la radio—.
Hombre, aproximadamente un metro ochenta, contextura robusta, entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años.
Cabello castaño con canas en las sienes.
No alcancé a verle la cara completa desde este ángulo.
Puede ser el objetivo pero necesito confirmación visual de la cicatriz.
—Recibido —dijo Rosas por la radio—. Equipo cinco, ¿visual térmica?
—Compatible —dijo el equipo cinco—. Temperatura y silueta coinciden con el patrón de movimiento esperado. No puedo confirmar facial desde este ángulo.
—Equipo dos —dijo Rosas—. Pasá frente al bar caminando. Simulá llamada de teléfono. Mirá por la ventana al entrar en la esquina sur y volvé con el dato.
—Recibido.
Veinticuatro segundos después el equipo dos respondió.
—Sujeto en mesa del fondo, solo, con whisky doble ya servido. Cara visible. Cicatriz vertical sobre el labio superior de aproximadamente dos centímetros. Confirmo rasgos físicos compatibles con descripción de Delli Carpini.
Ferrero cerró los puños un segundo.
—Confirmo —dijo por la radio—. Es él. Coincide con mis archivos del 2017. Rosas respondió con una sola palabra.
—Protocolo de observación activado. Esperamos. Eran las 20:14 del martes.
La Espera
Delli Carpini salió del bar a las 21:47.
Bebió el whisky lento durante una hora y cuarenta minutos.
Habló por teléfono dos veces, con la voz baja y el codo apoyado sobre la mesa.
No se le acercó nadie. No hubo entregas visibles.
Nadie salió del bar después de hablar con él.
Pagó en efectivo, dejó propina generosa, se puso la campera y salió a Hipólito Yrigoyen.
—Sujeto saliendo del bar, vereda oeste, dirección norte —dijo Bianco por radio.
—Equipos confirmen —respondió Rosas.
Los cinco equipos confirmaron visual. Delli caminó doce metros y se detuvo frente al edificio del 1100. Abrió con llave magnética. Entró. Subió por el ascensor al piso 8. Las cámaras térmicas del equipo cinco confirmaron que el departamento B se encendió a los setenta segundos.
—Objetivo en casa —dijo Rosas por radio—.
—Observación hasta la una de la madrugada. Después rotan dos equipos y continúan hasta el amanecer. Ferrero y Bianco desmontan posición a las 22:30.
Los siguientes cuarenta y tres minutos transcurrieron sin incidentes.
Delli no salió del departamento. La luz de la ventana del piso 8 se mantuvo encendida veinte minutos, después se apagó en el living y quedó solo una luz más chica en lo que parecía ser el dormitorio.
Ferrero observó todo desde el Volkswagen sin moverse, con el teléfono cifrado sobre las rodillas.
A las 22:28 Bianco arrancó el motor. —Fin de nuestro turno —dijo—. Lo dejo en Tucumán.
Tomaron Yrigoyen hacia el sur, bordearon el Parque Sarmiento y subieron por Buenos Aires hasta el centro. Hipólito Yrigoyen quedó atrás con el edificio del 1100 iluminado por dentro como cualquier otro edificio residencial de un martes por la noche.
Ferrero miró por el retrovisor lateral durante medio trayecto.
—¿Qué opinás? —preguntó Bianco sin girar la cabeza.
—Opino que el Gestor sabe.
—¿Sabe qué?
—Sabe que alguien lo está mirando —dijo Ferrero—. No se comportó como un hombre que cena dos veces por mes en el bar de la esquina y negocia con los mensajeros. Se comportó como un hombre que sabe que lo observan y que esa noche decidió no dar ningún paso comprometedor.
Bianco lo pensó un segundo. —¿Iturriaga?
—Iturriaga o alguien que sabe lo que Iturriaga sabe —dijo Ferrero—. Alguien le avisó. Alguien le dijo hoy, antes de las ocho, que no se reuniera con ningún contacto esta noche.
—¿Qué le decís a Rosas?
—Se lo digo cuando lleguemos.
Bianco giró por Tucumán y estacionó frente al edificio de Ferrero a las 22:46. Ferrero bajó. Se sacó el chaleco, lo dejó sobre el asiento del acompañante, cerró la puerta.
—Gracias, Lucas.
—De nada.
Bianco arrancó y desapareció por Tucumán hacia el sur.
Ferrero subió al departamento. Marcó a Rosas apenas cerró la puerta.