CAPÍTULO 10 #2
A las 18:00 recibió un mensaje de texto en el teléfono cifrado. Un número desconocido sin remitente.
No entre al bar el martes. Es una trampa.
Ferrero leyó el mensaje dos veces. Doce dígitos sin código de área reconocible. Sin firma. Llamó a Trejo.
—Recibí un mensaje —dijo—. Desconocido. Dice que no entre al bar el martes, que es trampa.
—¿Número?
Ferrero le dictó los doce dígitos. Trejo los anotó.
—Dame diez minutos —dijo.
Ferrero esperó, sentado en la silla de la cocina con el teléfono apoyado sobre la mesa. Afuera el domingo de Córdoba seguía su curso de indiferencia.
Trejo volvió a llamar en ocho minutos. —El número es una línea prepaga activada hace tres días en Asunción —dijo—. Chip paraguayo. Fue usada únicamente para enviarte este mensaje. Después se apagó. Probablemente ya está descartada.
—¿Iturriaga?
—Puede ser —dijo Trejo—. Es compatible con su ruta de fuga y con el tiempo que lleva afuera.
Si se fue con algún dato operativo sobre lo que la red planificó para el martes, pudo haber decidido mandarte el aviso por el motivo que sea.
Culpa, venganza, negociación futura con la fiscalía. Cualquiera de las tres.
—¿O es la red, intentando que no entre al bar para que Rosas pierda al Gestor?
—También puede ser eso.
Ferrero apoyó el mentón sobre el pulgar. —Le aviso a Rosas.
—Avisale.
Cortó. Llamó a Rosas desde el mismo teléfono. Eran las 18:17 del domingo.
El Aviso
Rosas escuchó el mensaje en silencio. Ferrero le leyó las seis palabras y le pasó el análisis de Trejo sobre el origen del número.
—Dos interpretaciones posibles —dijo Rosas finalmente.
—Tres —dijo Ferrero—. Iturriaga avisando. La red sembrando confusión. O un tercer actor que no conocemos todavía.
—¿Tercer actor?
—Alguien que no es ni la red ni Iturriaga.
Alguien que sabe lo que se está preparando para el martes y tiene interés en que el operativo no ocurra.
Puede ser un competidor del Gestor dentro del mismo ecosistema criminal.
Quizás alguien del Arquitecto que nosotros todavía ignoramos. O un periodista con información propia.
Rosas lo pensó cinco segundos.
—Voy a hacer tres cosas —dijo—. Primero: mañana lunes mi equipo analiza el chip paraguayo con los organismos de contraparte para ver si aparece vinculado a otras líneas previas.
Segundo: mantengo el operativo del martes pero con doble perímetro.
Agrego cuatro hombres más al dispositivo original.
Tercero: si usted recibe otro mensaje del mismo emisor o de alguno relacionado, me avisa en el segundo.
—¿Cambia el plan del martes?
—No cambia —dijo Rosas—. Si es trampa de la red, no van a anular al Gestor porque necesitan creer que todo sigue normal. Si es Iturriaga avisando, el riesgo real es mío, no del operativo. Y si es un tercero, vamos a tener más información después del martes.
—Doctora.
—Dígame.
—Déjeme estar cerca del bar ese martes. No adentro. Cerca. En un vehículo con ventanilla. Si veo salir al Gestor y lo reconozco, se lo paso por radio al instante. Ustedes ganan un nombre. Si no lo reconozco, no hice daño.
Rosas guardó silencio nueve segundos. —Un vehículo civil, sin armamento visible, con radio cifrada y con acompañante de mi equipo —dijo—.
El acompañante conduce. Usted observa. Si el Gestor pasa a dos metros suyos, mira por la ventanilla lateral polarizada, no por la frontal.
Y si lo reconoce, habla. Si no, se queda callado.
—Acepto esas condiciones.
—Lo contacto mañana con los detalles logísticos. Cortó.
Ferrero apoyó el teléfono sobre la mesa de la cocina y miró el techo dos minutos sin moverse. Después se levantó, se lavó la cara con agua fría y se sentó frente a la notebook vieja.
Abrió un archivo de texto que no había tocado en cuatro años. Se llamaba patrones.txt y contenía setecientas cuarenta y dos líneas con descripciones físicas y operativas de sujetos que Ferrero había cruzado durante sus investigaciones en Cibercrimen entre 2013 y 2022.
Empezó a releer. Estaba buscando algo específico aunque todavía no sabía qué. A las 21:18 encontró algo interesante.
Una entrada del 2017 describía a un hombre que había cruzado dos veces durante una investigación sobre una red de extorsión con pornografía.
El hombre nunca había sido imputado pero había aparecido en dos escuchas telefónicas como contacto intermedio entre el grupo operativo y una red externa no identificada.
Edad aproximada en 2017: cuarenta y ocho años.
Metro ochenta y tres, contextura robusta, pelo castaño con canas en las sienes, cicatriz vertical sobre el labio superior de aproximadamente dos centímetros.
Se movía por Nueva Córdoba. Frecuentaba bares de Hipólito Yrigoyen y Obispo Trejo.
La nota final de Ferrero decía: no imputable con la evidencia actual, pero patrón de intermediario profesional. Revisar en investigaciones futuras.
Ferrero leyó la entrada dos veces. La cicatriz era específica. El perfil encajaba con alguien que podía ser el Gestor.
Guardó el archivo. Cerró la notebook. Si el martes el hombre entraba al bar y tenía una cicatriz vertical de dos centímetros sobre el labio superior, Ferrero iba a tener el primer elemento físico para identificar al Gestor después de ocho años de operaciones invisibles.
Se acostó a las 22:00. Durmió hasta las 05:30 del lunes.
Lunes en la Procuración
El lunes transcurrió en modo de preparación simultánea.
Rosas arrancó con los imputados absueltos a las 09:00 en la Procuración Antilavado de Córdoba.
Empezó con el empresario agropecuario de Río Cuarto.
A las 11:40 ya tenía la primera declaración firmada, con confirmación explícita de que el tipo había contactado al Gestor en 2024 a través de un abogado intermediario, que había pagado ciento cuarenta mil dólares en dos cuotas, y que el contacto se había establecido mediante una aplicación cifrada cuyos datos técnicos el imputado acababa de entregar a la fiscalía.
A las 15:30 Rosas cerró la segunda declaración.
El ex diputado provincial del caso 2021.
Reconoció haber pagado noventa mil dólares al Gestor a través de un contador que manejaba sus finanzas.
Entregó los datos del contador. Entregó fotografías viejas del contacto físico inicial con un hombre al que describió con detalles notables: un metro ochenta y pico, robusto, cicatriz vertical sobre el labio superior.
Rosas llamó a Ferrero a las 16:02. —Tengo descripción física del Gestor —dijo
—. Metro ochenta, cabello castaño con canas, cicatriz vertical de dos centímetros sobre el labio. El ex diputado lo vio dos veces en 2021. Le da entre cuarenta y ocho y cincuenta y dos años de edad estimada.
Ferrero apretó los dientes un segundo.
—Lo tengo en un archivo del 2017 —dijo—.
Misma descripción física exacta. Cruzó una investigación mía sin ser imputado.
Frecuentaba Nueva Córdoba en ese entonces.
Operaba como intermediario entre un grupo de extorsión por pornografía y una red externa.
Mis notas del 2017 lo clasifican como intermediario profesional.
—¿Nombre?
—En el 2017 usaba el apodo Delli. No pudimos vincularlo con un nombre legal. Después perdimos rastro porque la investigación se cerró cuando los principales imputados colaboraron.
—Delli —repitió Rosas—. Lo tengo. Voy a activar búsqueda sobre el alias. Cualquier cosa que aparezca le aviso.
—¿Y los tres imputados restantes?
—Mañana martes el primero a las 09:00 —dijo—. A las 13:00 el segundo. A las 16:00 el tercero. A las 20:00 arrancamos el operativo del bar.
—¿Confirmado lo del vehículo civil?
—Confirmado —dijo Rosas—. Lucas Bianco maneja. Usted observa. Lo paso a buscar a las 18:40 por el edificio de Tucumán. Radio cifrada y chaleco antibalas bajo la campera. No pide más, no pregunta más.
—Entendido.
—Ferrero. Si mañana entra un tipo de metro ochenta con cicatriz vertical sobre el labio y usted confirma que es Delli, ese es nuestro tercer mártir. Quiero un nombre real antes de la medianoche.
—Lo vamos a tener —dijo Ferrero. Cortó.
Ferrero se quedó parado en la cocina con la ventana abierta y el aire de la tarde moviéndole la cortina.
Volvió a la mesa. Abrió la notebook. Trejo le había mandado al mediodía un archivo comprimido con todos los cruces patrimoniales y los contactos conocidos del entorno operativo de los imputados colaboradores. Lo descargó. Empezó a leer nombres.
Había ciento treinta y dos en el archivo. Personas físicas, empresas, direcciones, cuentas bancarias, teléfonos, correos electrónicos. Ferrero leyó los primeros veinte. Nada que activara su memoria.
A los veintiséis nombres leídos encontró el segundo dato útil del día.
Un empresario llamado Adalberto Delli Carpini aparecía como propietario de un departamento en Hipólito Yrigoyen al 1100 desde el 2016.
Ciudadano argentino nacido en 1975. Cuarenta y nueve años.
Ningún antecedente penal registrado. Ninguna imputación anterior. Un perfil limpio hasta el momento.
Delli Carpini. Apodo Delli. Un apellido que explicaba el diminutivo. Ferrero llamó a Trejo.
—Adalberto Delli Carpini —dijo—. Hipólito Yrigoyen 1100. Propietario desde 2016. Cruzalo con las veintinueve causas.
Trejo empezó a teclear.
Adalberto Delli Carpini
Trejo volvió a llamar veintisiete minutos después.
—Delli Carpini cruza con diecinueve de las veintinueve causas —dijo—.
En todas aparece como propietario intermedio de inmuebles que fueron usados en algún momento por los imputados o por sus testaferros durante los meses previos a las audiencias judiciales.
Nunca figura como propietario original ni como vendedor final.
Es siempre el eslabón intermedio. El que compra y vende en un plazo corto, aprovechando la diferencia patrimonial para justificar el paso del dinero entre partes.
—Lavado por compraventa inmobiliaria.