EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

EL PRIMER NOMbrE

Seis Días

Trejo seguía frente al monitor central con los seis expedientes abiertos y una lista nueva impresa sobre la mesa. Levantó la vista cuando Ferrero entró.

—¿Cómo salió? —preguntó.

—Salió —dijo Ferrero—. Están en Neuquén desde las 18:00.

—Bien.

Ferrero colgó la campera sobre la silla y se sirvió agua fría. Se sentó junto a Trejo.

—¿Qué tenemos? —preguntó.

—Expandí la búsqueda a trece años —dijo Trejo—.

Encontré veintitrés causas adicionales donde aparecen patrones compatibles con la intervención de Iturriaga o de alguien equivalente.

No todas son atribuibles con certeza, pero las probabilidades estadísticas son altas.

Si sumamos las seis iniciales, tenemos veintinueve causas en trece años. Más de dos por año.

—Imputados absueltos o con condenas reducidas.

—Veinticinco absoluciones, cuatro condenas reducidas —dijo Trejo—.

Los rubros son más variados de lo que vimos ayer: construcción, transporte, agropecuario, narcotráfico menor, política provincial, justicia, cohecho en contrataciones, obra pública, energía.

El único denominador común sigue siendo el tamaño: todos imputados de nivel medio-alto, nunca pequeños, nunca de escala nacional.

—¿Un patrón temporal?

—Sí. Hay una curva ascendente hasta 2020. Después se estabiliza en dos a tres casos por año. Como si la estructura hubiera llegado a su capacidad operativa sostenible.

Ferrero miró la lista. Veintinueve nombres, cada uno representando a una familia con un padre, un tío o un hermano que salió libre o con condena reducida gracias a un servicio que cobraba por adelantado. Durante trece años esa estructura había operado sin que nadie la detectara.

—Trejo —dijo—. Si la estructura empezó hace trece años, alguien la pensó hace más. Alguien la diseñó, la financió inicialmente y la sostuvo durante los primeros dos o tres años antes de que empezara a generar clientes fijos. ¿Podés retroceder más?

Trejo asintió. —Puedo ir a 2008 si Rosas me abre los expedientes archivados del fuero federal de Córdoba —dijo—. Pero eso lleva al menos una semana de trabajo.

—Pedile acceso. Trejo tomó nota.

Ferrero se recostó en la silla. Cerró los ojos dos segundos. Los abrió.

—El Arquitecto —dijo—. Un hombre que construye una estructura de trece años de antigüedad no se cae con una sola operación federal.

Ni siquiera con dos. Este tipo lleva pensando cómo sobrevivir a operativos más grandes que el del viernes desde antes de que nosotros pensáramos en el Proyecto Nodo.

Todo lo que vamos a hacer de ahora en adelante él ya lo tiene previsto.

—¿Entonces? —preguntó Trejo.

—Entonces atacamos por donde no lo tenga previsto —dijo Ferrero—.

Por la parte más humana del sistema. Los clientes.

Los veintinueve imputados que salieron absueltos o con condena reducida.

Algunos van a estar aterrorizados después de enterarse del operativo del viernes.

Si les ofrecemos inmunidad a cambio de que declaren cómo conocieron al Gestor, de cómo contactaron al servicio y de cuánto pagaron, tenemos una cadena alternativa de evidencia que no depende de Iturriaga ni de Bertini.

Trejo lo miró tres segundos. —Eso le toca a Rosas —dijo.

—Eso le toca a Rosas —confirmó Ferrero—. Pero nosotros le damos la lista armada.

Trejo se puso a trabajar. Eran las 04:38 de la madrugada.

Seis días faltaban para el próximo martes en el bar de Nueva Córdoba.

La Lista

Trejo tardó once horas en armar el informe completo sobre las veintinueve causas.

Ferrero durmió cuatro de esas once sobre el catre del rincón y dedicó las otras siete a revisar los expedientes de Iturriaga junto con Trejo.

A las 15:40 del viernes le mandaron a Rosas el documento por el canal cifrado.

Cuarenta y dos páginas impresas, con cada causa cruzada con fechas, montos estimados de sobornos inferidos de los patrones de intervención, y una columna lateral con recomendaciones operativas.

Rosas llamó a las 16:21.

—Esto me cambia el plan —dijo sin saludar—. Cuarenta y dos páginas y cada página agrega un caso. Si aunque sea el diez por ciento de los imputados colabora, tenemos la estructura completa.

—¿Cómo los abordamos? —preguntó Ferrero.

—Los abordo yo personalmente —dijo Rosas—.

Empiezo el lunes con los cuatro más recientes.

Tres están en libertad con condena condicional y tienen mucho que perder si se abren causas nuevas.

El cuarto cumplió condena menor pero todavía tiene negocios activos que la AFIP puede intervenir.

Les ofrezco inmunidad a cambio de declaración completa sobre cómo contactaron al Gestor.

Quiero nombres, mecanismos, direcciones, pagos.

—¿Cuánto necesita?

—Una semana —dijo Rosas—. Si a los siete días tengo tres testimonios consistentes, voy a Comodoro Py con una causa nueva que no depende de Iturriaga ni de Bertini. Estructura paralela de evidencia.

—¿Y el martes en el bar?

—El martes es el martes —dijo Rosas—. Mi equipo va a estar en posición desde las 20:00.

Si el Gestor aparece, lo seguimos. No lo detenemos en el bar.

Lo dejamos moverse hasta que nos lleve a algo más grande.

Seguimiento con tres equipos en rotación, setenta y dos horas máximo.

Si en setenta y dos horas no produce información operativa, lo detenemos y lo apretamos.

Ferrero asintió aunque Rosas no lo veía.

—Doctora, tengo una propuesta para el martes —dijo—. Déjeme estar en el bar.

Pausa de tres segundos. —¿Para qué?

—Para identificarlo yo mismo —dijo Ferrero—.

Llevo once años en Cibercrimen. Conozco las caras de los principales operadores externos del crimen organizado de Córdoba.

Si el Gestor es alguien que cruzó por alguna de mis causas anteriores, lo reconozco al entrar.

Si es un perfil nuevo, lo marco para sus equipos.

Dos minutos adentro del bar, sin contacto con nadie, sin armamento visible. Salgo y les paso los datos.

—No.

—Doctora.

—Le dije que no, Ferrero. No lo voy a poner en una zona operativa sin cobertura profesional y sin radio. Si el Gestor lo reconoce a usted como el investigador del caso del Proyecto Nodo, la operación muere en cuarenta segundos. Y usted después también.

Ferrero no respondió de inmediato. —¿Y si entro con identidad encubierta?

—Ferrero, salió en los diarios la semana pasada. Dos veces. Con foto. Cualquier persona que lea los medios lo reconoce. No discuto más esto.

—Entendido.

—Descanse el fin de semana —dijo Rosas—. Piense en su familia. El lunes arrancamos con la lista de los imputados. Cortó.

Ferrero apoyó el teléfono sobre la mesa. Trejo lo miraba desde el otro lado del búnker.

—Tiene razón —dijo Trejo.

—Sé que tiene razón —dijo Ferrero—. Pero tenemos que hacer algo útil durante el fin de semana.

—Durmamos —dijo Trejo—. Eso es útil.

Ferrero no respondió. Se levantó y caminó hasta el mapa de la pared. Miró las chinchetas un minuto entero. Cuatro rojas, una azul, una verde, una amarilla recién puesta sobre Nueva Córdoba.

Marcando el bar de Hipólito Yrigoyen donde el Gestor aparecía cada dos semanas. Afuera empezó a llover. Una lluvia fina de otoño que golpeaba las chapas del galpón vecino con ritmo constante.

—Trejo —dijo Ferrero sin darse vuelta—. Quiero que hagas una cosa más antes de dormir.

Identificá la dirección fiscal de los veintinueve imputados.

Si alguno de ellos alguna vez compró o vendió propiedades a Santucho, a Cánepa, a Sokolov, a Varela, a Iturriaga o a la SRL de pantalla de Bertini, quiero saberlo.

Trejo se sentó a la terminal y empezó a teclear. Ferrero volvió al mapa.

Sábado y Domingo

Ferrero durmió ocho horas seguidas la noche del viernes al sábado, la primera vez en cuatro semanas.

Se despertó a las 11:20 del sábado con la luz del mediodía filtrándose por la rendija de la única ventana del búnker.

Se duchó, se preparó café y llamó a Mía al teléfono nuevo de Romina. La conversación duró dieciocho minutos.

Mía le contó que la casa de la tía Soledad tenía un patio con un ciruelo cargado de frutas, que había dos perros mestizos y que la maestra particular se llamaba Adriana y le pareció simpática.

Romina tomó el teléfono al final y le dijo a Ferrero que estaban bien, que Soledad las había recibido como si las hubiera visto la semana anterior, que ya habían hablado con Adriana sobre el programa escolar.

Le pasó dos detalles que Ferrero quería escuchar: el móvil federal de apoyo que Rosas había coordinado en Neuquén estaba estacionado discretamente frente a la casa y los vecinos no parecían haberlo notado.

El pueblo era chico pero nadie hacía preguntas.

Ferrero cortó la llamada a las 12:07 con la sensación de que el aire le entraba mejor a los pulmones que el día anterior.

Pasó el resto del sábado en el búnker con Trejo, revisando los cruces patrimoniales que Trejo había corrido durante la noche.

Siete de los veintinueve imputados tenían operaciones inmobiliarias con empresas vinculadas a alguno de los detenidos del viernes o a la SRL de Bertini.

Dos habían sido clientes directos de Cánepa en operaciones previas al Proyecto Nodo.

Uno aparecía en la misma escritura que un empresario que Trejo no conocía pero que Rosas iba a tener en sus bases de datos.

Mandaron el informe ampliado a Rosas el sábado a las 19:30. Confirmó recepción a los cuarenta minutos con una sola línea: Excelente material.

El domingo Ferrero se levantó temprano, fue al departamento de Tucumán, se cambió de ropa, se afeitó y salió caminando por el centro.

Necesitaba aire real. Caminó por avenida General Paz hacia el sur, pasó por la plaza San Martín, siguió hasta la Manzana Jesuítica y se metió en una librería de usados sobre Rivera Indarte donde pasó dos horas revisando estantes sin comprar nada.

Volvió al departamento a las 14:30. Comió un sándwich. Durmió una siesta de noventa minutos.