EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 9 #4
31%

CAPÍTULO 9 #4

—Hoy es miércoles —confirmó Rosas—. Si el patrón se mantiene, el Gestor estuvo en ese bar anoche martes. Tuvimos vigilancia sobre Bertini desde las 22:00. No detectamos nada porque todavía no teníamos el dato.

—Entonces el próximo martes es la ventana.

—En seis días. Y para entonces, con Iturriaga fugada y Bertini detenido, es probable que el Gestor cambie de lugar por precaución. Pero tenemos que intentarlo.

Ferrero tomó notas en el cuaderno amarillo.

—Doctora —dijo—. Trejo y yo identificamos un patrón en las seis causas de Iturriaga.

Es un servicio de limpieza judicial, no un cliente único.

Lo que Bertini describe coincide con lo que pensamos.

Santucho no construyó esto. Lo usó. Hay alguien arriba de Santucho que viene operando desde hace una década o más.

Rosas guardó silencio cuatro segundos. —Me imaginé algo parecido cuando Cánepa me empezó a describir los flujos de dinero —dijo—.

Hay cuentas offshore recibiendo dinero de Santucho y derivándolo a otras cuentas que Cánepa no conoce. El dinero sale del Proyecto Nodo y va a algún lado que el propio Santucho ignora. Eso solo tiene sentido si Santucho le estaba pagando a alguien.

—¿Cánepa tiene nombres?

—Un alias que aparece tres veces en audios que guardó —dijo Rosas—. El Arquitecto. No tenemos nada más.

Ferrero apoyó las dos manos sobre la mesa.

—Arquitecto —repitió.

—Arquitecto —dijo Rosas—. Si es la misma persona que maneja la red que descubrimos ahora, estamos frente a una figura que opera hace mucho más tiempo que el Proyecto Nodo y que sobrevivió a la caída del operativo del viernes.

—¿Cómo seguimos?

—Vos y Trejo siguen trabajando con los seis expedientes —dijo Rosas—. Yo sigo con Cánepa y Bertini. Iturriaga la buscamos por canales internacionales. Y el martes que viene, si el Gestor aparece en el bar de Nueva Córdoba, se lo llevo vivo.

—¿Y mi familia?

—Se va mañana a Neuquén como planeaste. Yo gestioné la documentación. Tenés que pasar a buscar los pasajes y los documentos de identidad reservada mañana a las 07:00 en el edificio federal. Lucas Bianco te los entrega en mano.

—¿Bianco es confiable?

—Entró conmigo a la Procuración en 2009. Sabe que Iturriaga se fugó y sabe quién estuvo cerca de la información filtrada. Es uno de los dos que no sospecho.

Ferrero respiró hondo. Miró el reloj. Las 13:04 del miércoles.

—Mañana a las 07:00 paso por los papeles —dijo—. A las 09:00 paso a buscar a Romina y a Mía. A las 10:00 arrancamos en la Hilux rumbo a Mendoza.

—A las 15:00 toman el vuelo a Neuquén —dijo Rosas—.

—A las 17:30 aterrizan. A las 18:15 están en la casa de tu tía. Protocolo completo.

—Gracias, doctora —dijo Ferrero. Cortó. Miró a Trejo, que ya tenía los ojos puestos en la pantalla con los seis expedientes abiertos.

—Seguimos —dijo Trejo.

—Seguimos —respondió Ferrero.

Jueves

Ferrero llegó al edificio federal a las 06:58 del jueves. Lucas Bianco lo esperaba en la puerta lateral de servicio con un sobre de manila bajo el brazo. Treinta y ocho años, traje gris oscuro, saludo corto y profesional. Le entregó el sobre sin pasar al hall.

—Pasajes, documentos de identidad reservada para las tres personas y el certificado de custodia temporal emitido por la Procuración —dijo Bianco—. La doctora Rosas me pidió que le diga que el avión tiene asignación de asientos confirmada en fila 3, ventana y pasillo. Cero escalas.

—Gracias, Lucas.

Bianco asintió y se volvió a entrar al edificio. Ferrero guardó el sobre en el compartimento secreto del chaleco.

Subió a la Hilux. Cruzó el centro hacia el norte hasta el Suquía y llegó al departamento de Romina sobre Roque Sáenz Peña a las 07:42. Romina estaba lista. Dos valijas medianas en el pasillo, una mochila con la ropa de Mía y la mochila azul del colegio con tres libros.

Mía estaba sentada en el sillón del living con el abrigo puesto y una bufanda tejida que Ferrero reconoció. La había tejido la abuela paterna cuando la nena tenía seis años.

—Nena —dijo Ferrero.

—Hola, pa.

Ferrero la miró dos segundos. Mía le sostuvo la mirada sin bajar los ojos. —

¿Cuánto tiempo? —preguntó.

—Dos meses, mínimo. Capaz que menos, capaz que un poco más.

—¿Vamos a estar bien en Neuquén?

—Van a estar bien. La tía Soledad tiene una casa grande. Hay una escuela a tres cuadras donde podés ir a tomar clases particulares con una maestra que ya sabe que vas a ir.

—¿Cuándo te vemos?

—No sé —dijo Ferrero—. Pero te voy a llamar dos veces por semana. Los martes y los sábados. Si pasa algo antes, te llamo ese mismo día. ¿Sí?

—Sí.

Romina se acercó con las llaves del departamento en la mano.

—Dejá todo apagado y cerrado. Ya hablé con el portero. Sabe que vamos a estar afuera dos meses. No va a entrar nadie.

—Bien.

Bajaron las valijas al auto. Los dos agentes federales del primer móvil acompañaron a Romina y Mía hasta la puerta de la Hilux. Morales ya estaba esperando en el asiento del conductor. Ferrero subió al acompañante. Romina y Mía al asiento trasero.

Morales arrancó. Cruzó el Suquía por el Puente Centenario y salió de Córdoba rumbo a Villa Carlos Paz por la autopista, empalmando después con la Ruta 20 hacia Mendoza.

El trayecto hasta el aeropuerto duró seis horas y catorce minutos con dos paradas para cargar combustible y ninguna para comer.

Comieron en el auto: sándwiches, agua, fruta.

Mía durmió tres horas en el asiento trasero apoyada contra Romina.

Romina miraba por la ventanilla en silencio casi todo el viaje.

A las 14:12 llegaron al aeropuerto El Plumerillo. Ferrero bajó con Romina y Mía hasta el mostrador de despacho. Usaron los documentos de identidad reservada. Pasaron el control sin incidentes. Antes de entrar al sector de embarque, Romina se dio vuelta y lo miró.

—¿Terminás esto y volvés?

—Termino esto y vuelvo —dijo Ferrero.

—¿De verdad?

—De verdad.

Romina asintió. Ferrero se agachó frente a Mía. La nena lo abrazó del cuello con fuerza seis segundos. No dijo nada. Cuando se separó, tenía los ojos húmedos pero no lloraba.

—Chau, pa.

—Chau, nena.

Se fueron hacia el embarque sin darse vuelta. Ferrero se quedó parado frente al cartel hasta que las dos figuras desaparecieron por el pasillo.

Afuera, Morales lo esperaba en la Hilux con el motor apagado. Cuando Ferrero subió, ninguno de los dos dijo nada durante cinco minutos.

Después Morales arrancó. Volvieron a Córdoba.