CAPÍTULO 9 #2
Ferrero descartó cinco de inmediato. Los dos compañeros de la fuerza eran gente que Morales conocía desde hacía veinte años.
El portero tenía acceso a los movimientos de Ferrero pero no sabía de la causa.
La maestra no tenía forma de saber nada más que lo que Romina le había dicho.
El ex compañero del taller llevaba dos años viviendo en Brasil.
—Quedan dos —dijo Ferrero—. La secretaria del juzgado y el amigo tuyo de la camioneta.
—Mi amigo quedó adentro el mes pasado por una causa de drogas —dijo Morales—. Lleva cuarenta días sin ver la calle y sin tocar un teléfono. Lo saco de la lista.
—Queda la secretaria —dijo Ferrero. Los dos se quedaron en silencio.
Rosas había mencionado que el viernes a primera hora Ferrero pasaría por el juzgado federal para firmar el acta definitiva de declaración.
La secretaria era la única persona nueva que había entrado en contacto con él en los días posteriores al operativo.
Había recibido la documentación. Había visto los registros de cadena de custodia.
Había impreso siete páginas de acta que Ferrero había firmado sin prestar atención al personal presente.
El teléfono cifrado vibró. Rosas. —Ferrero —dijo—.
El Vento tiene patente completa BGF-835.
Está registrado a nombre de una SRL de pantalla cuyo titular es un testaferro con domicilio fiscal en Buenos Aires.
El testaferro figura también en otras cuatro empresas fantasma vinculadas a operaciones que investiga Antilavado.
Es gente de estructura profesional, Ferrero. No es un sicario solo.
—¿Lo tienen ubicado?
—El Vento apareció veintiuna veces en las cámaras del domo de Córdoba durante las últimas dos semanas.
Pasa frente a tu departamento tres veces por día en horarios distintos.
Hace lo mismo con el colegio de Mía dos veces diarias.
El departamento de Romina lo releva una vez por noche.
Es vigilancia activa y coordinada desde hace al menos diez días.
Ferrero cerró los ojos dos segundos.
—¿Desde cuándo?
—Desde el sábado posterior al operativo.
—¿Qué hacemos?
—Hoy a la noche mi equipo lo detiene en movimiento —dijo Rosas—. Sin aviso, sin advertencia, sin protocolo público. Lo meto incomunicado por cuarenta y ocho horas y lo exprimo. Mientras tanto vos y tu familia se quedan donde están. Dos móviles federales pasan a custodiarlos desde esta noche.
—¿Y los archivos modificados?
—Ya pedí suspensión de acceso a todo el equipo que tocó el expediente. Veintidós personas. Arranco el interrogatorio mañana. Si alguien está adentro, lo ubico antes del jueves.
Ferrero asintió aunque Rosas no lo veía.
—Gracias, doctora —dijo. Cortó.
Los Dos Móviles
Los dos móviles federales llegaron al edificio de Romina a las 21:14 del martes.
Dos Ford Ranger negras sin distintivos, con cuatro agentes en cada una, rotación de ocho horas cubriendo las veinticuatro del día.
Rosas había coordinado personalmente con la Procuración la custodia temporal.
El primer móvil estacionó en la vereda de enfrente con visual directa sobre la entrada y la ventana del departamento.
El segundo quedó a media cuadra, con ángulo sobre la esquina opuesta.
Ferrero subió con Morales detrás. Romina abrió la puerta antes del segundo golpe. Tenía los ojos rojos y el pelo recogido sin cuidado.
—¿Mía? —preguntó Ferrero.
—Durmiendo. Se durmió a las ocho y media.
—Rosas activó custodia federal —dijo Ferrero entrando—. Dos móviles afuera durante cuarenta y ocho horas mínimo. No es grave. Es preventivo.
Romina cerró la puerta y se apoyó contra ella. Morales se quedó en la entrada sin pasar al living.
—¿Qué encontraron? —preguntó Romina.
—Un auto que viene siguiéndonos desde el sábado del operativo —dijo Ferrero—. Rosas lo ubicó hoy. Hay una estructura que sobrevivió a las detenciones del viernes. Pero Rosas tiene identificada la red que nos vigila. Esta noche la neutraliza.
—¿Vos vas a estar acá?
—Esta noche no. Me voy al búnker a trabajar con Trejo en otra cosa. Mañana vuelvo temprano y llevo a Mía al colegio.
Romina asintió lento. No dijo nada. Se corrió de la puerta para que Ferrero pudiera moverse por el living.
Fue hasta la habitación de Mía. La puerta estaba entreabierta.
La nena dormía con el brazo izquierdo colgando fuera de la cama, la mochila azul a los pies del colchón y un libro abierto boca abajo sobre la mesa de luz.
Entró. Le acomodó el brazo. Cerró el libro.
Apoyó una mano sobre la cabeza de la chica tres segundos.
Salió. Cerró la puerta detrás sin hacer ruido.
Romina estaba en la cocina sirviendo dos vasos de agua. Le pasó uno a Ferrero.
—¿Cuándo termina esto, Julián?
Ferrero tomó el vaso. —Pronto —dijo—. Pero el pronto ahora es más rápido de lo que imaginábamos hace una semana.
—¿Esto significa que alguien nuevo nos quiere hacer algo?
—Significa que queda gente afuera —dijo Ferrero—. Pero esta gente no tiene la estructura de antes. Es resto, es inercia. Rosas la está desarmando pieza por pieza. No van a llegar a nosotros porque no les vamos a dar tiempo.
Romina tomó un sorbo de agua.
—Te creo —dijo—. Pero no sé cuánto tiempo más me va a durar la capacidad de creerte.
Ferrero la miró. Romina no le sostuvo la mirada. Miró el vaso.
—Ro —dijo Ferrero—. Si llego al final de esta semana sin una respuesta clara sobre quién está arriba de lo que queda, te saco a vos y a Mía de Córdoba durante dos meses. Mi tía en Neuquén tiene espacio.
—Mía no termina el año acá. Lo termina en otro lado con profesores particulares. ¿Te parece?
—Me parece —dijo Romina sin pensarlo. Ferrero apoyó el vaso sobre la mesada.
—Entonces te paso la noticia como posibilidad, no como susto —dijo—. Hasta el viernes veo cómo evoluciona todo. Después decido.
Romina asintió.
Ferrero bajó al auto con Morales a las 21:42. El primer móvil federal le hizo una seña con la luz de posición al pasar. Ferrero devolvió el gesto. Morales subió a la Hilux por el lado del conductor.
—¿Manejo yo? —preguntó.
—Maneja vos.
Arrancaron hacia el búnker. Morales cruzó el Suquía por el Puente Centenario rumbo a Alberdi.
Ferrero sacó el teléfono cifrado y escribió un mensaje a Trejo.
Llegamos en quince. Prendé la tercera terminal.
Quiero ver los accesos al servidor de la fiscalía desde el sábado hasta ahora con resolución de dos minutos. Alguien entró. Y saber por dónde.
El Acceso
Trejo tenía la tercera terminal encendida cuando llegaron al búnker a las 22:03.
Sobre el monitor central corrían los logs del servidor de la fiscalía federal con resolución temporal de dos minutos, desde las 00:00 del sábado hasta las 22:00 de esa noche.
Eran veintidós mil registros. Trejo los había ordenado por usuario, por dirección IP de origen y por tipo de operación ejecutada.
—Miralo conmigo —dijo Trejo a Ferrero. Ferrero se sentó. Morales puso agua para mate.
Trejo aisló primero los accesos legítimos.
La fiscalía tenía catorce usuarios autorizados.
Los catorce figuraban en el log con patrón normal: inicio de sesión entre las 08:30 y las 09:30, cierre entre las 18:00 y las 19:30, actividad intermedia acorde a las funciones de cada uno.
Durante los cinco días posteriores al operativo ningún usuario autorizado había accedido al expediente Cánepa fuera del horario laboral.
Con los legítimos aislados quedaba el ruido. Y en el ruido apareció lo interesante.
—Acá —dijo Trejo señalando el monitor.
La pantalla mostraba tres accesos al servidor entre la 01:38 y la 02:14 de la madrugada del domingo. Origen de la conexión: la red interna de la fiscalía. Credenciales utilizadas: las de Ricardo Saltamartini, procurador adjunto, con sesión activa desde la terminal de su despacho.
—Saltamartini no estaba esa noche en la fiscalía —dijo Trejo—. Ingresó el viernes a las 20:00, cerró sesión a las 20:42, se fue del edificio y registró salida por el control de acceso físico a las 20:45. No volvió hasta el lunes a las 08:17.
Las credenciales las usó alguien más. Desde adentro del edificio, con acceso físico a su despacho.
—¿Quién entra al despacho de Saltamartini de noche? —preguntó Morales sirviendo mate.
—Personal de limpieza, personal de seguridad del edificio y los secretarios de actuación que trabajan fuera de hora —dijo Trejo—. Tres grupos. Doce personas en total. Pero solo una de las doce figuraba en el edificio durante la ventana entre la 01:30 y las 02:30 de la madrugada del domingo.
Abrió una ventana nueva. El registro biométrico de acceso al edificio federal mostraba una única huella registrada dentro de ese horario: entrada a las 01:33, salida a las 02:22. El nombre asociado apareció en la pantalla.
ITURRIAGA, SILVIA ALEJANDRA — SECRETARIA DE ACTUACIÓN
— JUZGADO FEDERAL Nº 2.
Ferrero se quedó mirando el nombre cinco segundos.
—¿La conocés? —preguntó Morales.
—Firmé el acta del sábado con ella —dijo Ferrero—. Es la que me imprimió las siete páginas.
Morales dejó el mate sobre la mesa y se recostó en la silla.
—¿Rosas sabe?
—Todavía no. La llamo ahora.
Ferrero tomó el teléfono cifrado y marcó el número directo de Rosas. La fiscal atendió al segundo tono.
—Doctora —dijo Ferrero—. Identificamos al que entró al servidor.
Silvia Alejandra Iturriaga. Secretaria de actuación del juzgado federal dos.
Usó las credenciales de Saltamartini desde el despacho suyo a la una y treinta y ocho del domingo.
Modificó los tres archivos del expediente Cánepa y se retiró a las dos y veintidós.
Tenemos todo en logs y registros biométricos.
Rosas guardó silencio cuatro segundos.
—Iturriaga es secretaria de actuación desde hace catorce años —dijo—. Tiene acceso a todos los expedientes del juzgado dos. Ha sido parte de al menos seis causas grandes que nosotros manejamos. Si es ella, lo que vemos acá es una pieza enterrada desde hace años, no algo que se activó ahora.
—Eso pensé yo también —dijo Ferrero.