CAPÍTULO 9
LA PAZ DURA DOS SEMANAS
Lunes
—Subí —dijo Romina por el portero.
Subió al tercer piso. Romina abrió con el pelo todavía húmedo y un pantalón deportivo.
Le sirvió café en la cocina mientras Mía terminaba de ponerse el delantal del colegio en la habitación.
Era la primera vez que Ferrero pasaba a buscar a la nena un lunes por la mañana.
Lo habían hablado el fin de semana, en el café de Güemes donde Ferrero le había dicho a Romina que quería estar más presente en el día a día.
—¿Estás seguro? —había preguntado Romina el domingo—. Vas a tener que levantarte una hora más temprano cada día.
—Seguro —había respondido Ferrero.
Ahora, el lunes por la mañana, Romina le servía café en la cocina y lo miraba con una mezcla de cautela y cansancio.
—Vas a llegar tarde al trabajo —dijo Ferrero—. Andá preparándote.
—Tengo tiempo hasta las nueve —dijo Romina—. Por hoy te acompaño al desayuno. Mía vio el auto tuyo desde la ventana y me preguntó si ibas a entrar. Le dije que sí.
Ferrero asintió.
Mía apareció en la cocina a las 7:52, con el delantal blanco puesto y el pelo largo atado con una banda elástica celeste.
Miró a su padre sentado en la silla de la cocina.
Sonrió sin decir nada y se sentó enfrente.
Romina le acercó un plato con dos tostadas con manteca y mermelada de naranja y un vaso de jugo.
—¿Esto es todos los días? —preguntó Mía mordiendo la tostada.
—Todos los lunes, miércoles y viernes —dijo Ferrero—. Hablamos con tu mamá. Los otros días te lleva ella. Los fines de semana seguimos como siempre.
—¿Por cuánto tiempo?
—Por ahora, los seis meses de licencia. Después, vemos.
Mía asintió masticando. Ferrero la miró un segundo largo.
La nena había cambiado en dos semanas. Algo invisible en la forma de los hombros, en la manera de sostener el vaso.
Algo que tenía que ver con haber estado cinco días escondida en una cabaña de Los Molinos con su madre asustada y su padre ausente.
Algo que Ferrero iba a tener que ayudarla a desarmar con paciencia a lo largo de los próximos meses.
A las 8:22 Ferrero y Mía bajaron al auto. Romina los saludó desde el balcón con la taza de café en la mano. El trayecto hasta el colegio duraba catorce minutos en el tráfico de la mañana. Mía iba en el asiento del acompañante con la mochila entre los pies y la cabeza apoyada contra el vidrio.
—Pa —dijo Mía sin dejar de mirar por la ventanilla—. ¿Cuándo vuelven los tipos malos?
Ferrero apretó el volante un segundo.
—No vuelven, nena —dijo—. Los tipos malos están todos presos.
—¿Todos?
—Todos los que iban a hacernos algo.
Mía lo pensó tres segundos. —¿Y los que no estaban pero igual existen?
Ferrero no respondió de inmediato. Dobló por la calle del colegio, buscó lugar, estacionó frente al portón del primario.
—Los que existen pero no iban a hacernos nada, no son problema —dijo—. Y los que podrían serlo en algún momento, yo los voy a ver venir mucho antes de que lleguen.
—¿Seguro?
—Seguro.
Mía bajó de la Hilux, le dio un beso en la mejilla y corrió hacia la puerta del colegio. Ferrero se quedó en la Hilux dos minutos con las manos sobre el volante.
Después arrancó.
Café con el Gallego
Ferrero se encontró con Morales el martes al mediodía en un bar de la esquina de General Paz y Sucre, a pocas cuadras de La Cañada, donde el Centro limita con Alberdi sobre Santa Fe.
El Gallego había elegido el lugar. Mesas de fórmica, sillas de caño, una barra con tres taburetes y una vieja máquina de café espresso que llevaba diecisiete años sin cambiar.
El dueño saludó a Morales por el nombre apenas entró. Ferrero lo siguió hasta la mesa del fondo, la única que daba contra una pared ciega y tenía visual sobre las dos puertas del local.
—Dos cafés —dijo Morales al mozo sin necesidad de mirarlo—. Y un plato de salame y queso.
Se sentaron. Morales tenía el parche todavía sobre la sien izquierda, más pequeño que la semana anterior.
—¿Cómo va la licencia? —preguntó Morales.
—Raro —dijo Ferrero—. Me despierto a las siete. Llevo a Mía al colegio. Hago compras. Arreglé la canilla del baño. No sé qué hacer con las tardes.
—Te va a pasar. Lleva tiempo.
—¿A vos te pasó?
Morales pensó la respuesta mientras el mozo apoyaba los cafés y el plato sobre la mesa.
—A mí el retiro nunca me entró del todo.
Sigo operativo, con licencia rotativa. Tuve años duros.
Después me acostumbré a cortar leña los fines de semana, a tomar mate en el patio, a leer.
Pero yo soy otra generación, Ferrero. Vos tenés cuarenta y cinco.
La licencia te dura seis meses, después te subís por las paredes.
Ferrero asintió. Tomó un sorbo de café. Morales mordió un pedazo de salame.
—¿Qué sabés de Belyaev? —preguntó Ferrero.
—Rosas me dijo el viernes que está en una casa segura en Buenos Aires, provincia —dijo Morales—. Custodia permanente, dos turnos de cuatro federales cada uno. Declara el lunes que viene en Comodoro Py.
Tiene acuerdo firmado de testigo protegido con identidad reservada. Después de declarar lo mueven a otro país, probablemente Chile.
—¿Y Trejo?
—Trejo está bien. Lo crucé ayer en el pasillo de Asuntos Internos.
Le abrieron sumario interno pero Rosas pidió que el juez federal lo proteja como testigo colaborador.
Si el sumario avanza, el juez federal paraliza el expediente.
Va a seguir trabajando en Cibercrimen pero con supervisión externa por dos años.
—¿Está bien con eso?
—Está mejor que la semana pasada —dijo Morales—. Duerme en su casa. Come. Lo vi sacar el perro. Eso ya es mucho.
—¿Y Cánepa?
—Firmó el acuerdo ayer a la mañana —dijo Morales—. Empezó a entregar lo que prometió el sábado. Fotos, audios, transferencias, nombres. Rosas está procesando el material con un equipo reducido en la Procuración. Son quince días de trabajo mínimo para armar las imputaciones nuevas.
—¿Sokolov?
—Sokolov no habla. Abogado caro de Buenos Aires. Se declaró inocente de los seis cargos y va a pelear cada uno. Le sacaron el yeso de la pierna pero cojea. Lo tienen aislado en una celda de seguridad especial del penal federal.
—¿Santucho?
—Santucho peor que Sokolov —dijo Morales—.
Contrató tres abogados. Pidió habeas corpus.
Lo denegó el juez. Pidió prisión domiciliaria por razones de salud.
Lo denegó el juez. Ayer intentó pasar un mensaje al exterior a través de una visita y el servicio penitenciario lo interceptó. Pasó la noche en una celda de castigo.
Los dos hombres tomaron café en silencio quince segundos.
—Gallego —dijo Ferrero—. Tengo algo raro.
—Decime.
—El viernes a la tarde, cuando volvíamos de Los Molinos con Romina y Mía, me crucé en el espejo retrovisor con un Volkswagen Vento gris oscuro.
Nos acompañó desde la ruta 5 hasta el cruce con la autopista. Después tomó salida al sur y no lo volví a ver.
Morales lo miró. —¿Coincidencia?
—El mismo Vento estaba estacionado ayer lunes a la tarde frente a mi departamento en Tucumán. Cuando bajé a comprar el diario, el tipo del asiento del conductor levantó el diario de golpe para taparse la cara.
—¿Patente?
—Parcial. BGF-8.
Morales se recostó en la silla y se cruzó de brazos. —¿Le dijiste a Rosas?
—Todavía no.
—No esperes —dijo Morales—. Avisale hoy mismo. Rosas mueve un equipo y lo identifican en cuatro horas. Si es nada, no perdiste nada. Si es algo, ganaste un día.
Ferrero asintió. —Hay otra cosa —dijo—. Le escribí a Trejo anoche para preguntarle por los logs de movimientos del servidor de la fiscalía de Rosas.
Los copió preventivamente el sábado, como le sugerí.
El domingo a la mañana tres archivos del expediente Cánepa aparecieron modificados.
Las modificaciones son sutiles pero son.
Alguien tocó esos archivos entre la 01:40 y la 02:10 de la madrugada del domingo.
Morales bajó la voz.
—Si el Proyecto Nodo fue la punta, lo que estamos viendo ahora es el cuerpo
—dijo.
—Eso creo —dijo Ferrero.
El Vento
Ferrero llamó a Rosas esa misma tarde desde el búnker.
Trejo le había dado una terminal aislada con conexión cifrada exclusiva para comunicaciones con la fiscalía federal.
Ferrero le pasó los dos datos. Primero el Volkswagen Vento gris oscuro con patente parcial BGF-8.
Segundo las modificaciones detectadas por Trejo en los tres archivos del expediente Cánepa durante la madrugada del domingo.
Rosas lo escuchó sin interrumpir. —Te llamo en tres horas —dijo. Cortó.
Trejo estaba trabajando en la terminal central con los logs del servidor de la fiscalía abiertos en tres ventanas paralelas.
Morales había llegado al búnker veinte minutos después que Ferrero, directo desde el bar, y ahora revisaba con lapicera negra una hoja impresa donde había listado los contactos de Ferrero con posibilidad de haberse filtrado en las últimas dos semanas.
La lista tenía siete nombres. Cada uno confiable individualmente. Pero eran siete puertas posibles.
—Uno por uno —dijo Morales sin levantar la vista—. Mientras esperamos a Rosas.
—Arrancá —dijo Ferrero.
Morales repasó los siete. Dos compañeros viejos de la fuerza que le habían preguntado por Ferrero después del operativo del viernes.
El portero del edificio del departamento de Tucumán.
La secretaria del juzgado federal donde Ferrero había declarado el sábado.
Un amigo personal de Morales que había prestado una camioneta dos años atrás cuando movieron material al búnker.
Un ex compañero del taller de San Vicente del primo de Ferrero.
La maestra de Mía, a quien Romina le había dicho algo impreciso sobre "problemas de trabajo" cuando Mía faltó los cinco días de la semana anterior.