EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 8 #4
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CAPÍTULO 8 #4

Graficó la jaula digital, el hackeo del servidor de Sokolov, la exfiltración de los siete punto dos gigabytes.

Desglosó el secuestro de Belyaev, la revelación del plan del Patio Olmos, la desactivación de los cuarenta kilos de C-4 en Mi Granja y la incineración en Estación Caroya.

Enumeró la persecución del convoy de Sokolov en Circunvalación y el tiroteo del viernes.

Presentó todo en tiempo presente, con fechas, horas, direcciones exactas y nombres completos. Habló sin metáforas, con adjetivos estrictamente necesarios y ningún adorno innecesario. Los dos secretarios tomaban nota con la vista clavada en el papel.

Cuando terminó, el juez lo miró cinco segundos en silencio.

—Subinspector —dijo—. ¿Tiene conciencia de que varias de las acciones que acaba de describir exceden los procedimientos institucionales habituales?

—Tengo conciencia —dijo Ferrero.

—¿Tiene conciencia de que cualquier imputación contra usted por esas acciones va a ser analizada en su momento?

—Tengo conciencia.

—¿Por qué las hizo?

Ferrero lo pensó tres segundos. —

Porque los procedimientos institucionales habituales estaban comprometidos

—dijo—. Los operadores de Sokolov tenían control del backbone de la Jefatura. Cualquier acción formal iba a ser anticipada. Trabajar fuera del sistema fue la única forma de que el sistema volviera a funcionar.

—¿Lo volvería a hacer? —preguntó el juez.

—Sí —dijo Ferrero.

El juez asintió y buscó con la vista a Rosas, quien a su vez se volvió hacia el fiscal adjunto. El fiscal adjunto le devolvió el gesto al juez. Nadie habló durante diez segundos.

—Subinspector —dijo el juez finalmente—. Su declaración queda incorporada al expediente. Es testigo protegido a partir de este momento. Puede retirarse cuando el secretario termine de imprimir el acta para que usted la firme.

—Gracias, señoría —dijo Ferrero.

El secretario terminó de imprimir siete páginas a las 12:58. Ferrero las leyó, las firmó al pie y al margen, entregó las copias que correspondían. Se levantó. Saludó con la cabeza a los presentes. Salió de la sala.

En el pasillo, Morales y Trejo esperaban sentados en una fila de sillas plásticas verdes.

—Todo tuyo, Gallego —dijo Ferrero. Morales se puso de pie y entró.

La Lista Completa

Ferrero salió del edificio de la fiscalía federal a las 13:34 del sábado.

El sol de Córdoba le dio en la cara con fuerza después de tres horas y media encerrado en la sala sin ventanas.

Se quedó en la vereda cuatro segundos ajustando los ojos a la luz.

Después caminó hasta la Hilux que Morales le había dejado estacionada a media cuadra y abrió la puerta del conductor.

Antes de subir, sacó el teléfono cifrado y escribió un mensaje a Romina.

Terminé. Estoy bien. En dos horas paso por Mía.

La respuesta llegó en cuarenta segundos.

Te esperamos. Ferrero guardó el teléfono y subió a la Hilux.

No arrancó de inmediato. Se quedó con las manos sobre el volante un minuto entero, mirando el tránsito lento de sábado al mediodía sobre Concepción Arenal.

La ciudad seguía funcionando. Colectivos, taxis, repartidores en moto, gente saliendo de farmacias con bolsitas, vendedores ambulantes acomodando carros.

Nadie en la calle sabía que veinticuatro horas antes la causa criminal más grande de los últimos veinte años se había ejecutado en trece operativos simultáneos.

Ni se iban a enterar hasta el lunes, cuando Rosas diera la conferencia de prensa oficial.

Arrancó. Tomó Concepción Arenal hacia Bulevar Chacabuco y bajó al centro por Nueva Córdoba, hasta empalmar con avenida Colón dirección este. Mantuvo velocidad moderada, el brazo izquierdo apoyado en la ventanilla abierta.

El teléfono vibró antes de que llegara a Rivadavia. Era Rosas.

—Ferrero —dijo cuando atendió—. Un minuto antes de que se desconecte del caso. Hay algo que necesita saber.

—Dígame.

—Cánepa habló esta mañana con su abogado y ofreció colaboración a cambio de reducción de condena. Firma el acuerdo el lunes. Va a entregar toda la lista operativa del Proyecto Nodo, incluidos los vínculos políticos de nivel nacional que sabemos que existen pero no teníamos documentados.

—¿Qué vínculos?

—Dos ministros nacionales. Tres legisladores del oficialismo actual y cuatro del oficialismo anterior. Un ex director de la AFI. Un empresario mediático que ahora mismo tiene el segundo canal de noticias más grande del país. Y un juez de la Cámara Federal de Casación Penal.

Ferrero tardó cinco segundos en responder. —¿Cánepa tiene pruebas?

—Tiene fotografías, audios, contratos firmados, registros de transferencias — dijo Rosas—. Guardaba una copia de todo como seguro personal. El lunes la entrega a cambio de que su condena no pase los nueve años.

—Esto escala.

—Escala —confirmó Rosas—. Lo que investigamos en Córdoba es la punta provincial.

La red tiene ramificaciones federales y probablemente internacionales.

La causa va a durar más de los dos años que le dije en el auto ayer.

Puede durar cinco o más, dependiendo de cómo se mueva la Procuración en Buenos Aires.

—¿Me va a necesitar otra vez?

—Van a necesitarte, sí —dijo Rosas—. Pero no ahora.

Tomá tu licencia. Descansá. Cuidá a tu hija.

Cuando la Procuración nacional tome las pistas que Cánepa va a entregar, te van a volver a llamar.

Puede ser dentro de tres meses o dentro de un año.

Va a depender de la política nacional tanto como de la justicia.

—Entendido.

—Ferrero —dijo Rosas—. Una última cosa. Hay un nombre que apareció tres veces en los servidores de Sokolov y que no formaba parte de las trece órdenes.

Un nombre que no pudimos atribuir a ninguna función específica dentro del Proyecto Nodo pero que figura como destinatario de información sensible en múltiples ocasiones. Un alias. Lo llaman El Arquitecto.

Ferrero frenó la Hilux en el semáforo de Rivadavia. Miró el parabrisas. El Arquitecto.

—¿Qué información tiene sobre él?

—Nada concreta —dijo Rosas—. Argentino, formación militar, contactos en tres países.

Figura como muerto oficialmente desde 2018, accidente aéreo en Uruguay.

Pero está vivo. Sokolov le pasaba datos cada dos semanas.

Cánepa lo menciona en dos audios. Santucho lo menciona una vez, y no en términos amables.

Ferrero cerró los ojos dos segundos.

—¿Hay que preocuparse ahora?

—Por ahora, no —dijo Rosas—. Pero en algún momento, sí. Gente como esa no desaparece. Espera.

El semáforo cambió a verde. Ferrero apretó el acelerador despacio.

—Lo tendré en mente —dijo. Cortó.