CAPÍTULO 8 #3
Santucho bajó del helicóptero privado a las 12:54 con la cara roja y los puños cerrados.
Lo esperaban cinco federales con chalecos marcados y dos patrullas de la Policía de la Provincia de Córdoba apostadas con las luces encendidas sobre la pista del Aeródromo de Pilar.
El piloto desconectó los rotores y se mantuvo en la cabina con las manos sobre el tablero, siguiendo las instrucciones que había recibido por radio diez minutos antes.
El comisario federal al mando del operativo se acercó a Santucho con el documento de detención en la mano.
—Gabriel Santucho —dijo—. Queda detenido bajo imputación de asociación ilícita, autoría intelectual de homicidio calificado, violación de secreto de Estado, tráfico de influencias, cohecho pasivo y peculado agravado, en concurso real.
Seis cargos. Tiene derecho a guardar silencio.
Tiene derecho a comunicarse con un abogado antes de declarar.
Santucho abrió la boca para responder y la cerró.
Barrió con la mirada al comisario, al grupo de federales y a las patrullas provinciales.
La cara se le congeló en una expresión de contención pura, la mueca de un político de trayectoria que acaba de calcular exactamente cuántos años de carrera se derrumban en los próximos sesenta segundos.
—Quiero llamar a mi abogado —dijo.
—Podrá hacerlo cuando lleguemos a sede federal —dijo el comisario—. Entregue el teléfono. Entregue cualquier arma que lleve consigo. Ponga las manos detrás de la espalda.
Santucho obedeció sin resistencia. Lo esposaron. Lo subieron al asiento trasero de una de las patrullas federales. El convoy arrancó con dirección a Córdoba, escoltado por las dos camionetas.
En el búnker de Santa Rosa, Trejo siguió el operativo por radio cifrada mientras ejecutaba simultáneamente la segunda fase técnica.
Intervenir los servidores de la Secretaría de Seguridad provincial antes de que alguien de confianza de Cánepa alcanzara a borrar evidencia.
Rosas había coordinado el acceso con el juez federal de Buenos Aires por orden judicial firmada a las 10:00.
A las 13:11 Trejo tenía copia espejada de los servidores administrativos y operativos de la Secretaría, incluidos registros que Cánepa nunca llegó a eliminar porque no tuvo tiempo.
Ferrero y Morales llegaron al búnker a las 13:24.
Morales llevaba un parche estéril sobre la sien izquierda que un paramédico le había colocado en la escena.
Ferrero tenía los hombros caídos y la camisa manchada de sudor frío.
Los dos se sacaron los chalecos antibalas. Los colgaron sobre las sillas.
—Falta Varela —dijo Morales sentándose.
—Falta Varela —confirmó Ferrero.
Trejo giró el monitor hacia ellos. —Le mandé a Rosas la ubicación operativa probable de Varela —dijo—. Está en el depósito de Ferreyra. Misma instalación donde Sokolov celebró la reunión de esta semana. Rosas acaba de enviar un equipo de diez hombres. Llegan en quince minutos.
—¿Varela está solo o con custodia?
—Según la última lectura de Belyaev, se mueve con dos choferes armados más un equipo de seis hombres de campo que rotan. A esta hora calcula dos hombres con él en el depósito y cuatro más en la zona, dispersos.
Ferrero asintió. Se levantó y fue a la hornalla. Puso agua para mate.
—Gallego —dijo sin girarse—. Después de que Rosas confirme la detención de Varela, vamos a Los Molinos. Saco a Romina y Mía. Las traigo a Córdoba. El peligro inmediato desaparece.
—¿Y si Rosas no lo captura? —preguntó Morales.
Ferrero giró con el agua apenas caliente en el jarro. —Si Rosas no lo captura, las dejo donde están hasta que lo capture. No corrijo la decisión por ansiedad.
Morales asintió.
A las 13:42 el teléfono cifrado de Ferrero vibró. Era Rosas.
—Varela capturado vivo —dijo—.
—Depósito tomado. Dos hombres detenidos con él. Cero bajas de nuestro lado. Los cuatro hombres de campo en zona están siendo interceptados ahora mismo. Podés ir a buscar a tu familia.
Ferrero cerró los ojos tres segundos. Los abrió. —Gracias, doctora —dijo. Cortó. Miró a Morales. —Vamos —dijo.
La Vuelta de los Molinos
Ferrero y Morales salieron del búnker a las 13:58 en la Hilux. Tomaron ruta 5 hacia Alta Gracia sin forzar el motor. El día estaba despejado después de la lluvia del jueves y el campo abierto se extendía verde hacia el horizonte. Las sierras bajas se recortaban plomizas contra el cielo limpio.
Ferrero iba en silencio durante los primeros veinte minutos. Morales manejaba con la ventanilla baja y el aire caliente que entraba en ráfagas irregulares. El parche sobre la sien tenía el borde levantado y se lo acomodó con dos dedos mientras conducía.
—Estás callado —dijo Morales.
—Pienso en lo que les voy a decir —dijo Ferrero.
—¿Romina sabe ya?
—No. La llamé hace una hora y le dije que estábamos bien y que íbamos a buscarlas. Nada más.
—Mía va a querer saber todo —dijo Morales.
—Mía siempre quiere saber todo —dijo Ferrero—. Esta vez le voy a contar lo necesario. Las partes feas se las cuento cuando sea más grande. O nunca.
Morales asintió sin decir nada.
Llegaron a la cabaña a las 15:08. Romina estaba en el porche con una taza de té en las manos cuando escuchó el motor.
Se levantó. Mía salió detrás, corriendo, con el pelo suelto y la mochila azul colgada de un solo hombro.
Ferrero bajó de la Hilux apenas frenó. Mía lo abrazó antes de que él alcanzara a hablar.
Ferrero la levantó del piso cuatro segundos. La bajó. Le apoyó la mano sobre la nuca.
—¿Volvemos a casa? —preguntó Mía.
—Volvemos a casa —dijo Ferrero.
Romina se acercó sin correr, con la taza de té todavía en la mano. Se paró a dos metros y lo miró a los ojos tres segundos. Ferrero le sostuvo la mirada. Romina respiró hondo una sola vez.
—¿Terminó? —preguntó.
—Terminó —dijo Ferrero—. Los tres principales están detenidos. Varela también. No queda nadie en libertad que tenga motivos para ir contra ustedes.
Romina puso la taza sobre la baranda del porche y lo abrazó. Fue un abrazo breve, sin palabras, distinto a los abrazos de pareja que habían tenido antes. Un abrazo de gente que compartió un trabajo difícil y salió viva.
Morales cargó los bolsos en la caja de la Hilux.
Mía subió al asiento de atrás con la mochila sobre la falda.
Romina se sentó a su lado. Ferrero ocupó el asiento del acompañante.
Morales cerró la cabaña con las dos llaves, acomodó la maceta del geranio en su lugar original y barrió el porche con la vista para confirmar que no habían dejado rastros visibles.
Arrancó. Tomaron la ruta 5 de vuelta a Córdoba. Mía se durmió a los veinte minutos con la cabeza apoyada sobre el hombro de Romina. Romina le acarició el pelo mientras miraba por la ventanilla los campos abiertos.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó en voz baja.
—Con la causa, dos años de juicio mínimo —dijo Ferrero—. Sokolov y Santucho tienen abogados caros. Van a pelear cada cargo. Cánepa probablemente colabore y negocie. Rosas va a ganar las condenas pero va a llevar tiempo.
—¿Y con vos?
Ferrero miró por el parabrisas cinco segundos antes de responder. —Yo declaro como testigo técnico —dijo—. Pido licencia de seis meses en la fuerza. Después veo.
—¿Licencia o renuncia?
—Primero licencia. Después depende.
Romina asintió sin mirarlo. —Mía te necesita más presente —dijo—.
—No como en los últimos años. Más presente en el día a día.
—Lo sé.—¿Vas a poder?
Ferrero giró la cabeza para mirarla. —Voy a intentar —dijo.
Romina le sostuvo la mirada dos segundos y volvió a mirar por la ventanilla. Morales siguió conduciendo hacia Córdoba sin decir palabra.
Declaración
Rosas tomó declaración a Ferrero el sábado a las 10:00 de la mañana en una sala de la fiscalía federal de Córdoba sobre avenida Concepción Arenal.
La sala era un rectángulo de ocho metros por cuatro, con mesa de roble oscura, cuatro sillas, un equipo de grabación doble y una cámara de video en el rincón superior izquierdo.
Sin ventanas, ni decoración. Paredes blancas con un solo reloj de pared analógico marcando la hora exacta.
Ferrero llegó con Morales y con Trejo, los tres citados para declarar como testigos técnicos en la causa.
Rosas los recibió en el pasillo y les explicó el orden.
Ferrero primero. Morales después. Trejo al final con su nota técnica impresa y el disco externo con la evidencia digital.
Entraron a la sala a las 10:07. Además de Rosas, estaban presentes dos secretarios de actuación, un fiscal adjunto y el juez federal que había firmado las órdenes, que había volado desde Buenos Aires para esta instancia en particular.
—Subinspector Ferrero —dijo el juez—. Declara como testigo bajo juramento. ¿Presta conformidad?
—Si su Señoria—dijo Ferrero.
—Puede empezar desde el inicio.
Ferrero habló durante dos horas cuarenta y siete minutos sin interrupciones significativas.
Empezó por la llamada de Arzamendia la noche del martes a las 3:44 de la madrugada.
Detalló la escena de Pizarro en Chacabuco 647.
Precisó los dos casos previos que había vinculado la madrugada siguiente desde el búnker.
Relató el análisis de los logs, la identificación de los siete operadores internos, el rastreo hasta Vértice Sistemas y la aparición del nombre Sokolov.
Expuso el cuaderno de Reyna, la visita a Carmen Benítez, la revelación del nombre Santucho.
Retrató a Trejo sin intentar suavizar nada: la doble lealtad, la operación del doble agente, la decisión de convertir al Flaco en fuente en lugar de arrestarlo inmediatamente. El juez tomó nota de la decisión operativa. Rosas asintió.