CAPÍTULO 8 #2
—Sokolov va en el Mercedes —dijo Ferrero—. El Audi es custodia externa. Si el Mercedes frena y Sokolov baja, el Audi se va a detener también. Si el Audi intenta huir dejando al Mercedes, peor para Sokolov. Nosotros vamos por el que tiene la carga crítica.
Morales asintió.
El convoy tomó el desvío de Ferreyra a las 12:22.
Morales dejó que el Peugeot se acercara.
Ciento cincuenta metros. Cien. Setenta. En la bajada del desvío, el camino se estrechaba a un solo carril por sentido durante unos trescientos metros antes de llegar al semáforo del acceso al Parque Industrial. Ese era el tramo.
A los cuarenta metros Morales aceleró y cambió al carril del Mercedes. Sobrepasó al vehículo por la izquierda, se metió adelante del convoy y empezó a reducir. El Mercedes frenó detrás. El Audi, más atrás, se vio obligado a frenar también para evitar alcanzar al Mercedes.
Ferrero abrió la puerta del acompañante antes de que el Peugeot se detuviera del todo. Saltó con la Glock en alto apuntando al Mercedes.
—¡Policía! ¡Bajen del vehículo! ¡Manos a la vista!
Desde el asiento trasero del Mercedes, Sokolov lo miró a través del vidrio polarizado. Después, todo se aceleró.
El Disparo
El custodio del asiento del acompañante del Mercedes abrió la puerta y salió disparando.
Fue una Bersa 9mm apuntando bajo, con el primer tiro saliendo antes de que las botas tocaran el asfalto.
La bala pasó a veinte centímetros del hombro izquierdo de Ferrero e hizo impacto en el capó del Peugeot.
Ferrero se tiró al piso detrás de la puerta abierta del acompañante de Morales y respondió con dos disparos controlados.
El primero impactó en el vidrio trasero del Mercedes.
El segundo alcanzó al custodio en el antebrazo derecho.
El hombre soltó el arma y cayó de rodillas.
Morales saltó del Peugeot por el lado del conductor, rodeó el vehículo con la Bersa Thunder en alto y se ubicó a dos metros del custodio caído. Lo giró boca abajo con la rodilla sobre la espalda y le cerró las muñecas con precintos.
—¡Vos! —le gritó Ferrero al chofer del Mercedes—. ¡Las manos sobre el volante! ¡Despacio, que las vea bien!
El chofer levantó las manos sin discutir.
Ferrero avanzó con la Glock fija sobre él.
Desde el asiento trasero, Sokolov seguía quieto, observando la escena con la misma expresión neutral que Ferrero había visto en las imágenes de vigilancia.
Los anteojos transparentes. La remera de cuello alto. Las manos sobre las rodillas.
Detrás del Mercedes, el Audi frenó en seco a veinte metros. Del vehículo bajaron dos hombres. Bianchi desde el asiento del acompañante, el chofer desde el lado izquierdo. Los dos estaban armados y se movían con experiencia operativa visible en cada postura.
—¡Bianchi! —gritó Ferrero sin girar la cabeza hacia el Audi, manteniendo la Glock sobre el chofer del Mercedes—. ¡Suelten las armas! ¡Rosas llega en cuatro minutos con doce hombres!
Bianchi no respondió. Su chofer levantó la pistola hacia Morales y aflojó el dedo sobre el gatillo. Morales disparó primero, en la fracción de segundo que el otro tardó en apuntar.
El tiro de la Bersa Thunder impactó en el pecho del chofer del Audi.
El hombre cayó hacia atrás contra el costado del vehículo y quedó sentado sobre el asfalto.
Bianchi reaccionó en un segundo, se cubrió detrás de la puerta abierta del Audi y empezó a disparar hacia Morales con una pistola semiautomática.
Morales se arrojó detrás del motor del Peugeot.
Tres impactos golpearon la chapa. Uno atravesó la luneta.
Ferrero no apartó el arma del chofer del Mercedes. Sabía que si se distraía para cubrir a Morales, el chofer tomaba ventaja para agarrar el arma de servicio que probablemente tenía debajo del asiento. Los dos estaban trabajando en frentes simultáneos sin respaldo.
—¡Sokolov! —gritó Ferrero—. ¡Abra la puerta y salga con las manos sobre la cabeza!
Sokolov lo miró a través del vidrio trasero destruido.
Por primera vez Ferrero le vio la cara sin cámaras ni fotos de archivo.
Edad real en las líneas de la frente. Una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda que las imágenes digitales suavizaban.
Los ojos fijos, sin miedo, sin desafío. Evaluación pura.
Sokolov abrió la puerta trasera del lado izquierdo, lejos de Ferrero. Bajó despacio. Puso las manos sobre la cabeza. Avanzó dos pasos.
Los tres disparos de Morales contra Bianchi y el cruce simultáneo de tiros de Bianchi se repetían a cinco metros de distancia. Ferrero mantenía la Glock sobre el chofer del Mercedes mientras miraba de reojo a Sokolov avanzando hacia él con las manos arriba.
Lo que Ferrero no vio fue el movimiento. Sokolov bajó la mano derecha hacia la cintura en un gesto rápido y sacó una pistola compacta que llevaba oculta en una funda de tobillo invertida, atada por dentro del cinturón. Una Sig Sauer P365 plateada. La levantó hacia Ferrero.
Ferrero alcanzó a girar la Glock apenas, en un reflejo entrenado que ya no dependía del cerebro. Los dos dispararon al mismo tiempo, la fracción de segundo que separa la vida de la muerte reducida a cero.
El tiro de Ferrero alcanzó a Sokolov en el muslo derecho. El hombre giró sobre sí mismo y cayó hacia atrás. El tiro de Sokolov pasó cuatro centímetros a la izquierda de la cabeza de Ferrero e impactó en el vidrio lateral del Peugeot.
Desde Circunvalación llegaban ahora las sirenas en secuencia, primero lejanas y después aproximándose con rapidez. Tres camionetas sin distintivos avanzaban por el carril externo, abriendo tráfico a fuerza de balizas y bocinas. Era Rosas con su equipo completo.
El Arresto
Las tres camionetas frenaron en formación de abanico sobre el carril central, a veinte metros del Mercedes.
Doce hombres bajaron con chalecos marcados FEDERAL y rifles de asalto en posición baja.
Dos se movieron hacia el Audi, cuatro hacia el Mercedes, los seis restantes cubrieron el perímetro con los vehículos civiles que venían detrás frenando en cadena por el corte improvisado de la Circunvalación.
Rosas bajó de la segunda camioneta con el portafolio negro en la mano. Caminó hacia Ferrero sin apurar el paso y sin mostrar emociones visibles en la cara. Ferrero mantenía la Glock apuntada al chofer del Mercedes y tenía el pulso acelerado pero la mano firme.
—Baje el arma, subinspector —dijo Rosas—. Nosotros seguimos desde acá.
Ferrero bajó la Glock. Los federales redujeron al chofer del Mercedes en dos segundos, lo esposaron con las manos atrás y lo sentaron en el suelo junto al vehículo.
Dos hombres más se acercaron a Sokolov, que estaba tirado en el asfalto con la herida en el muslo sangrando. Le quitaron la Sig Sauer plateada caída a su lado, lo esposaron y llamaron por radio a la unidad médica que venía detrás del operativo.
Bianchi ya estaba rendido contra el Audi, con las manos sobre la cabeza.
Su chofer seguía sentado contra el lateral del vehículo con el tiro de Morales en el pecho.
Uno de los federales llamó una ambulancia por radio.
Llegó la de Vittal en nueve minutos, lo cargaron con el chofer todavía consciente pero pálido, y salió rumbo al Hospital de Urgencias con escolta policial.
Morales se acercó a Ferrero con la Bersa Thunder bajada y el cañón todavía caliente. —¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dijo Ferrero—. ¿Vos?
Morales tenía un tajo en la sien izquierda, superficial, con un hilo fino de sangre bajando por la oreja. Se lo tocó con el dorso del dedo. —Esquirla de chapa —dijo—. El tiro del chofer del Audi rebotó contra el Peugeot.
—Sentate. Que te vean los paramédicos.
Morales asintió pero se quedó de pie mirando a Sokolov tirado en el asfalto.
Rosas caminó hasta Sokolov, lo miró desde arriba durante cinco segundos y leyó en voz alta el primero de los artículos de la orden de detención.
—Diego Abel Sokolov, DNI 26.485.711. Queda detenido bajo imputación de asociación ilícita, extorsión agravada, homicidio calificado por alevosía y precio en concurso real, y violación de secreto de Estado.
Tiene derecho a guardar silencio. Cualquier declaración que haga será usada en su contra.
Tiene derecho a comunicarse con un abogado antes de declarar.
Sokolov no respondió. Los paramédicos le colocaron torniquete y lo subieron a la camilla. Rosas acompañó la camilla hasta la unidad médica, pidió confirmación al médico a cargo y volvió hacia Ferrero.
—¿Cánepa? —preguntó Ferrero.
—En movimiento —dijo Rosas—. El equipo que mandé a la Secretaría de Seguridad lo encontró intentando salir por la puerta trasera con un portafolio y un chofer. Lo redujeron sin violencia a las 12:28. Ya va camino a la sede federal.
—¿Santucho?
Rosas cerró los ojos un segundo. —Santucho subió a un helicóptero privado en el helipuerto del edificio de la Intervención Federal a las 12:12 —dijo—.
Destino declarado: Buenos Aires. Cuando supo del operativo sobre Sokolov lo canceló.
Modificó el plan de vuelo en el aire. Cruzó el espacio aéreo provincial hacia el oeste.
Pero la orden de detención activó un protocolo de interceptación aérea con la Fuerza Aérea Argentina.
El helicóptero está siendo obligado a aterrizar en este momento en el Aeródromo de Pilar, sesenta kilómetros al oeste.
Tenemos un equipo esperándolo en la pista.
—¿Cuándo llega?
—Veinte minutos —dijo Rosas—. Si el piloto colabora. Si no, cuarenta.
Ferrero asintió. Miró el Mercedes con el vidrio trasero destruido y el chofer esposado. Miró al custodio con el antebrazo vendado que los federales subían a una de las camionetas. Miró el Audi con Bianchi ya metido adentro. El operativo del viernes había comenzado.
Aeródromo de Pilar