EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

EL VIERNES

Las Trece Órdenes

—¿Estado del operativo? —preguntó Rosas al subir.

—¿Santucho dónde está?

—En su despacho oficial de la Intervención Federal —dijo el inspector—. Agenda pública confirmada. Sokolov en sus oficinas de Duarte Quirós 1920. Cánepa en la Secretaría de Seguridad provincial. Los tres en sus puestos visibles, sin señales de movimiento irregular en las últimas ocho horas.

—¿Algo que nos haga pensar que supieron?

—Nada confirmado —dijo el inspector—. Varela no forma parte del primer operativo. Si alguno de los tres alcanzó a hablar con él en la última hora, es posible que tengamos sorpresas. Pero por ahora todo normal.

Rosas asintió. Miró el reloj. Las 11:21. Faltaban dos horas y treinta y nueve minutos para el despliegue.

El Ford Territory salió del aeropuerto y tomó rumbo a la sede judicial federal del centro.

Los tres fiscales iban a trabajar en el edificio hasta el último minuto antes del operativo, revisando la documentación y coordinando con los grupos de campo.

Rosas abrió el portafolio y sacó la primera de las trece órdenes. La leyó por décima vez esa mañana.

Se ordena la detención del señor Diego Abel Sokolov, DNI 26.485.711, CUIT 20-26485711-3, con domicilio en Bulevar Chacabuco 475 piso 24, imputado de los delitos de asociación ilícita, extorsión agravada, homicidio calificado por alevosía y precio en concurso real, y violación de secreto de Estado.

Todo conforme a los artículos 210, 169, 80 incisos 2 y 3, y 157 del Código Penal de la Nación, en grado de autoría material y mediata.

Pasó a la segunda. Cánepa. Cuatro delitos también.

Pasó a la tercera. Santucho. Seis delitos.

Cerró el portafolio. Miró por la ventanilla mientras el Ford avanzaba por avenida Rafael Núñez hacia el centro.

Las torres residenciales del Cerro de las Rosas se alineaban a la izquierda.

A lo lejos, el perfil urbano del centro empezaba a recortarse contra el cielo.

La ciudad tenía el movimiento habitual de un viernes laboral.

Nadie sabía todavía que en menos de tres horas trece operativos simultáneos iban a desmantelar la estructura criminal más grande que Córdoba había conocido en veinte años.

El teléfono cifrado de Rosas vibró. Era Ferrero desde el búnker.

—Doctora —dijo Ferrero—. Acabo de detectar algo.

—Decime.

—Sokolov canceló una reunión privada que tenía a las 15:00 en su oficina. Lo hizo hace doce minutos. Movió toda la agenda al lunes. Eso no lo hace si piensa estar en su oficina a las 15:00. Lo hace si sabe que a las 15:00 no va a estar ahí.

Rosas apretó los labios un segundo. —Adelantamos —le dijo al inspector—. Despliegue en treinta minutos.

El inspector tomó la radio del tablero y empezó a dar órdenes.

Sokolov se Mueve

Trejo detectó el primer movimiento de Sokolov a las 11:41 desde el búnker. Ferrero y Morales estaban junto a él frente al monitor central, con tres cafés sobre la mesa y el sueño atrasado disimulado con duchas frías tomadas apenas después del amanecer.

—Sokolov activó una cuenta corporativa de seguro médico de alto riesgo hace nueve minutos —dijo Trejo—.

—Es un servicio de evacuación aeromédica privada.

Se usa para ejecutivos en zonas conflictivas.

Sacó la cobertura esta misma mañana y la activó para uso inmediato el mismo día.

Alguien que contrata un servicio así en una ventana de horas es alguien que está planificando una salida urgente. Eso no es coincidencia.

—¿Adónde lo llevaría? —preguntó Ferrero.

—Opciones habituales: Montevideo, Asunción o Punta del Este —dijo Trejo

—. Con un Cessna Citation salen del sector de aviación privada del aeropuerto, con pista y plataforma exclusiva para vuelos ejecutivos.

Tiempo de vuelo a cualquiera de las tres ciudades: entre una hora y una hora cuarenta.

Si despega hoy entre las 12 y las 13, a las 14 del operativo de Rosas ya está en otro país.

Ferrero llamó al custodio federal del Ford por el canal cifrado.

—Acá Ferrero —dijo cuando atendieron—. Necesitamos que el operativo sobre Sokolov se adelante a las 12:00. Tiene plan de fuga aéreo. Va a intentar salir del aeropuerto de aviación general.

Rosas atendió detrás. —Tengo el equipo a quince minutos de la oficina de Duarte Quirós —dijo—. Hago la llamada y lo movilizamos ya.

—Movilicen también un equipo al aeropuerto —dijo Ferrero—. Sector de aviación privada. Si Sokolov sale de Duarte Quirós antes de que lleguen ustedes, va directo a pista.

—Confirmado —dijo Rosas. Cortó.

Ferrero miró a Trejo. —¿Podés ver si ya salió del edificio?

—Las cámaras municipales de Duarte Quirós me dan un ángulo de la entrada

—dijo Trejo—. Dame tres segundos.

Abrió una ventana nueva. La pantalla mostró la imagen en vivo de Duarte Quirós al 1900.

Tráfico moderado, una camioneta de reparto descargando cajas, dos mujeres caminando con bolsas del mercado.

Frente al 1920 había un Audi A4 gris oscuro estacionado junto al cordón, con el motor encendido y el humo saliendo fino del caño de escape.

Al lado, un segundo vehículo: un Mercedes Clase E negro con vidrios polarizados. Dos choferes esperando.

—Sokolov se mueve en convoy —dijo Trejo—.

—El Audi es de Bianchi, seguridad del círculo de Santucho. El Mercedes es el de Sokolov. Custodia más refuerzo. Espera poder llegar al aeropuerto sin interrupciones.

Ferrero se inclinó hacia la pantalla. En la puerta del edificio apareció un hombre con saco gris claro, remera de cuello alto negra, anteojos de marco transparente.

Sokolov. Caminó rápido hacia el Mercedes sin mirar a ningún lado y subió al asiento trasero.

La puerta se cerró. El Audi se adelantó diez metros. El Mercedes lo siguió.

—Salen por Duarte Quirós hacia el sur —dijo Trejo—. El aeropuerto está al norte. Si estuvieran yendo al aeropuerto, tomarían por el norte.

—¿Adónde van? —preguntó Morales.

—Segunda hipótesis —dijo Ferrero—. No va al aeropuerto todavía. Va primero a otro punto. Probablemente al depósito de Ferreyra a recuperar material crítico antes de fugarse. Si deja eso en manos de Rosas, pierde cualquier capacidad de reconstruir la operación afuera.

—¿Lo seguimos? —preguntó Morales.

Ferrero miró a Trejo. —¿Cuánto tarda el equipo de Rosas en llegar a Duarte Quirós?

—Ya llegaron —dijo Trejo señalando la pantalla—. Tres camionetas sin distintivos frenando frente al 1920. Van a encontrar el edificio vacío de la jerarquía.

—Avisá a Rosas que el convoy va hacia Ferreyra —dijo Ferrero—. Nosotros vamos a interceptarlos antes del depósito. Gallego, agarrá la Glock y la mochila. En tres minutos salimos.

Morales ya se estaba poniendo la campera. Trejo abrió una tercera ventana con la ruta entre Duarte Quirós y el Parque Industrial Ferreyra.

—Veintidós minutos de convoy —dijo—. Si salen ustedes en tres, los alcanzan a la altura de avenida Circunvalación en el tramo sur.

—Tres minutos —dijo Ferrero. Se puso el chaleco antibalas, ajustó los cierres laterales, guardó la Glock en el cinturón táctico y dos cargadores extra en el bolsillo. Morales hizo lo mismo con la Bersa. Salieron del búnker a las 11:58.

Circunvalación Sur

El Peugeot de Morales salió del búnker de Santa Rosa a las 12:01 y tomó avenida Colón hacia el este.

Ferrero iba en el asiento del acompañante con el teléfono cifrado en la mano izquierda y la Glock en el regazo.

Morales conducía con los ojos fijos en el parabrisas y las dos manos firmes sobre el volante.

Trejo les iba mandando actualizaciones en tiempo real por el canal de voz.

—Convoy tomó avenida Sabattini hacia el sureste —dijo—. Velocidad constante, sesenta por hora. Sin señales de que sepan que los estamos siguiendo. Van directo a Circunvalación por la bajada de Ferreyra.

—Estamos a ocho minutos de Circunvalación por Sabattini también —dijo Morales—. Si mantenemos velocidad, los alcanzamos antes del distribuidor del Parque Industrial.

Ferrero revisó el cargador de la Glock una segunda vez. Morales aceleró apenas. A las 12:14 el Peugeot llegó a la altura del distribuidor de Circunvalación con Sabattini.

—Convoy saliendo del distribuidor por Circunvalación sur hacia Ferreyra — dijo Trejo—. Audi adelante, Mercedes detrás. Separación de veinte metros entre los dos vehículos.

—Los veo —dijo Ferrero.

El Audi gris cruzó doscientos metros por delante del Peugeot en el carril central. El Mercedes lo seguía a la distancia esperada. Morales se mantuvo en el carril externo, detrás, a ciento cincuenta metros.

—Gallego —dijo Ferrero—. No los pasamos todavía. Los seguimos hasta que tomen el desvío de Ferreyra. Ahí los frenamos en un tramo con menos tránsito.

—Entendido —dijo Morales.

El convoy avanzó con velocidad estable durante tres minutos. Ferrero observó la disposición. El Audi llevaba un chofer y un acompañante, probablemente Bianchi. El Mercedes tenía chofer, un custodio en el acompañante y Sokolov en el asiento trasero.

Dos vehículos, cuatro hombres armados además de Sokolov. Ferrero y Morales eran dos contra cinco, con desventaja táctica por estar en un solo vehículo.

—Trejo —dijo Ferrero por la radio—. ¿Dónde está Rosas?

—A seis minutos de Circunvalación viniendo desde Duarte Quirós —dijo Trejo—. Tres camionetas, doce hombres armados, dos con rifles de asalto. Rosas en la segunda camioneta con el portafolio.

—Rosas nos va a alcanzar recién después de que el convoy pase el desvío de Ferreyra —dijo Ferrero—. Vamos a tener que frenarlos nosotros y esperar.

Morales no giró la cabeza. —Hay dos formas —dijo—. Les pinchamos neumáticos desde atrás con la munición antidisturbios o les cerramos el paso en la bajada del desvío. La segunda opción los obliga a detenerse sin disparos.

—Les cerramos el paso —dijo Ferrero—. Cuando el Mercedes frene, yo bajo por el lado del pasajero. Vos cubrís desde el volante. Rosas llega en seis minutos para apoyar.

—¿Y si el Audi reacciona? —preguntó Morales.