CAPÍTULO 7 #4
Morales ya estaba cavando el primer hoyo con la pala junto a un algarrobo seco a unos doscientos metros del pozo. Zurita encendió leña en el fondo del pozo para generar una base de brasas que facilitara las primeras quemas. Méndez abrió las otras bolsas.
A las 03:47 Ferrero arrojó el primer lote de dos kilos sobre la base de brasas.
El C-4 no ardió inmediatamente. Necesitó unos segundos para alcanzar la temperatura de ignición.
Cuando la llama prendió, se disparó una columna de fuego blanco que iluminó el fondo del pozo durante siete minutos y medio.
Roque observaba con las manos apoyadas en las caderas y la expresión neutra de quien ya había visto arder cosas peores.
—Segundo lote —dijo Ferrero cuando la llama cedió.
Arrojó el segundo ladrillo. Misma reacción.
Misma columna blanca. El material se consumía sin dejar rastro sólido.
El humo subía vertical en la noche sin viento.
La temperatura del aire sobre el pozo se mantenía en torno a los trescientos grados en superficie.
Ninguno de los cinco hombres se acercó a menos de tres metros después del encendido.
Trabajaron en silencio durante las siguientes dos horas y veinticuatro minutos. Ferrero al pozo, Zurita alimentando las brasas entre lote y lote, Méndez pasándole los ladrillos uno por uno. Roque alternaba con Morales en los hoyos de enterramiento.
A las 06:11 cayó el último lote. La pila de bolsas quedó vacía.
Ferrero guardó la caja metálica con los ocho detonadores neutralizados y caminó con ella hasta el primer hoyo. Lo enterró a un metro veinte de profundidad. Apisonó la tierra con el talón. Tapó con pasto y hojas secas. Lo mismo en el segundo hoyo. Lo mismo en el tercero.
A las 06:37 el equipo estaba de vuelta en el Peugeot y la Hilux. El pozo tenía una capa fina de cenizas indistinguibles del humo de una quema agrícola cualquiera.
Las bolsas de lona y los guantes usados durante toda la operación habían sido incinerados junto al último lote. La escena quedaba limpia.
Ferrero llamó a Trejo desde el Peugeot.
—Todo desactivado —dijo—. El C-4 ya no existe. Los detonadores enterrados. ¿Qué hay del Patio Olmos?
—Roldán no llega el viernes —dijo Trejo—. Rosas lo contactó hace dos horas a través de un canal directo. El Congreso de Ciberseguridad se suspendió oficialmente hace cuarenta minutos por amenaza terrorista sin detalles públicos.
Ferrero cerró los ojos. Por primera vez en cinco días, sintió algo parecido al alivio. Pero la amenaza contra Mía seguía viva.
La Vuelta
Los cinco hombres volvieron por la Ruta 9 hacia Córdoba sin apurar el paso.
El sol empezaba a salir detrás de los campos sembrados y el cielo se aclaraba en gradaciones de gris y rosa pálido.
Morales conducía con la ventanilla bajada.
Roque en el asiento del acompañante fumaba un cigarrillo en silencio.
Ferrero atrás, con la cabeza apoyada contra el vidrio y los ojos entrecerrados.
—¿Dónde los bajo? —preguntó Morales mirando por el retrovisor hacia la Hilux que seguía detrás.
—A Zurita y Méndez los dejamos cerca de Juárez Celman —dijo Ferrero—. Ellos vuelven por sus medios. A Roque lo bajás donde pida. Nosotros vamos al búnker.
—Me bajás en mi auto, que quedó en Santa Rosa —dijo Roque sin girar la cabeza.
Morales asintió.
Durante los siguientes veinte minutos nadie habló.
El motor del Peugeot zumbaba a velocidad constante.
La radio estaba apagada. Ferrero miraba el paisaje sin registrarlo.
La fatiga acumulada le pesaba sobre los párpados pero la adrenalina todavía lo mantenía despierto. Treinta y seis horas sin dormir.
Zurita y Méndez se despidieron a la altura de Juárez Celman, cada uno por su lado.
A las 08:14 Roque bajó del Peugeot junto a su auto, estacionado desde la tarde anterior en la misma cuadra del búnker. No se dio vuelta al irse. Abrió la puerta de su Renault, subió, arrancó y desapareció por Santa Rosa hacia el este.
Ferrero y Morales entraron al búnker a las 08:21. Trejo estaba dormido con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados frente al monitor central. Se despertó cuando Morales cerró los tres pernos.
—¿Novedades? —preguntó Ferrero.
Trejo se frotó la cara y abrió una pestaña en la pantalla. —Rosas llega a Córdoba el viernes al mediodía con las órdenes de detención firmadas —dijo
—. Sokolov, Cánepa y Santucho, más los siete operadores internos y tres empresarios vinculados. Trece órdenes en total. Operativo coordinado con Policía Federal. El allanamiento arranca a las 14:00 del viernes.
—¿Varela?
—Rosas no incluyó a Varela en el primer operativo —dijo Trejo—.
Su red es paralela, semicivil. Si lo incluye ahora, corre el riesgo de que se filtre la información porque Varela tiene contactos en al menos dos comisarías del área metropolitana.
Va a ir por él en un segundo operativo después del viernes, cuando Sokolov y Cánepa ya estén detenidos y la red no pueda advertirlo.
—¿Y mi familia?
Trejo lo miró directo. —Con el Congreso ya suspendido, Sokolov sabe desde anoche que el atentado cayó.
Según lo que nos dijo Belyaev, eso le activa el plan B contra tu familia de manera inmediata.
Tenemos aproximadamente treinta horas hasta que Rosas ejecute el operativo del viernes al mediodía.
Durante esas treinta horas, Varela sigue libre y puede activar su equipo contra Romina y Mía en cualquier momento.
Lo único que neutraliza la ventana es que Varela sea detenido antes de que pueda activarla, o que Romina y Mía sean inalcanzables.
Con Rosas yendo por Varela después del viernes, la ventana queda abierta.
Y el destino tres que vos elegiste es invisible para Varela porque no figura en ningún registro que él tenga.
—Pero vos lo sabés —dijo Ferrero—. Morales lo sabe. Yo lo sé. Somos tres.
—Tres —confirmó Trejo.
—¿Confiás en Trejo? —preguntó Morales desde atrás. Ferrero no giró la cabeza. —Confío —dijo.
Morales puso agua para mate. Trejo siguió trabajando en una de las notebooks. Ferrero caminó hasta el catre del rincón, se sentó en el borde y se sacó las botas. Tenía los pies pesados como cemento. Se recostó. La Glock quedó a veinte centímetros de la mano derecha, sobre la silla.
—Cinco horas —dijo Ferrero al techo—. Después pensamos en Varela.
Morales le apoyó una campera encima de los hombros para que no tomara frío.
Trejo bajó el volumen de los monitores. Afuera, la mañana de Córdoba empezaba su ritmo normal.
La ciudad no sabía todavía que esa madrugada alguien había desactivado cuarenta kilos de explosivo plástico a cuatro kilómetros del centro de convenciones. Tampoco iba a saberlo nunca.
Ferrero cerró los ojos. Por primera vez desde el martes a las 3:14 de la mañana, durmió sin pesadilla.