CAPÍTULO 7 #3
—Ferrero —dijo la voz de Trejo en el auricular—. Hay un problema.
Ferrero no levantó la vista. Siguió trabajando en el sexto detonador. —Decime.
—El sereno cambió de patrón —dijo Trejo—. Está volviendo más rápido que de costumbre. Voy a calcular el nuevo tiempo estimado de llegada al galpón 14. Esperá.
Pasaron veintidós segundos. Ferrero cortó el segundo cable del sexto detonador. Lo guardó.
—Dieciocho minutos —dijo Trejo—. Llega al galpón en dieciocho minutos en lugar de los cuarenta y cuatro originales.
Ferrero miró el reloj. Las 01:51. Eso le daba hasta las 02:09. Trece minutos para terminar dos detonadores, cargar el C-4 en las bolsas, salir del galpón y alejarse del sector.
—¿Por qué cambió?
—Probablemente le dieron una alerta externa —dijo Trejo—. O detectó algo. No tengo visibilidad sobre qué le llegó. Si alguien del depósito reportó una anomalía, tenemos un problema mayor que el sereno.
—Roque —dijo Ferrero por el auricular—. ¿Tenés movimiento afuera?
—Nada visible —dijo Roque—. El sereno viene hacia acá a paso cambiado, pero no hay terceros en el perímetro. Todavía.
Ferrero volvió a las manos. Séptimo detonador. Un minuto y medio. Zurita habló por la radio.
—Se escucha un motor acercándose por el camino interno —dijo—.
—Todavía lejos. Pero viene desde la entrada principal del predio. Puede ser Varela o un vehículo de servicio.
Morales entró en frecuencia. —Si es Varela, avísenme ya. Activo plan de extracción alternativo.
Ferrero siguió con el octavo detonador. Dejó el circuito limpio en un minuto cuarenta. Cerró la caja metálica con los ocho detonadores neutralizados. Los metió en la primera bolsa de lona.
—Roque, Méndez, entren al galpón —dijo por la radio—. Cargamos todo el C-4 en bolsas en los próximos cuatro minutos.
Roque y Méndez entraron. Zurita quedó afuera de perímetro.
Los tres hombres empezaron a cargar los ladrillos de C-4 en las bolsas con movimientos rápidos pero controlados.
Ocho paquetes por bolsa. Ferrero calculó: treinta y dos kilos en total más los detonadores.
Dos bolsas de dieciséis kilos por hombre.
—El vehículo se acerca —dijo Zurita por la radio—. Patente difícil de leer desde acá. SUV grande, color claro, velocidad moderada.
—¿Cuántos adentro del vehículo? —preguntó Morales.
—Dos cabezas visibles —dijo Zurita—. Posiblemente más atrás.
Ferrero terminó de cargar la última bolsa. Cuatro bolsas en total. Dos para él y Morales. Dos para Roque y Méndez.
—Salida ahora —dijo.
Los tres salieron del galpón. Zurita cerró la puerta detrás y reactivó el candado con llave magnética que Trejo había clonado.
El cierre dejó las cámaras inactivas pero preservó el aspecto externo de integridad.
Un operador de Varela que viniera al día siguiente iba a encontrar todo aparentemente intacto hasta abrir la caja del explosivo.
Se movieron los cuatrocientos metros de vuelta hacia los tinglados abandonados en formación de dos pares, con separación lateral para evitar un único disparo efectivo contra el grupo.
Morales los esperaba en el Peugeot con el motor encendido.
La Hilux también. Eran las 02:07. Detrás, el ruido del motor SUV se acercaba al galpón 14.
La Salida
Los cuatro hombres llegaron al Peugeot con las bolsas al hombro a las 02:09.
Morales abrió el baúl sin bajar del auto.
Ferrero y Roque cargaron dos bolsas cada uno.
Méndez y Zurita llevaron las otras dos a la Hilux.
El peso distribuido quedó parejo entre los dos vehículos.
Subieron. Morales arrancó el Peugeot con las luces apagadas. La Hilux hizo lo mismo.
—SUV blanco estacionando frente al galpón 14 —dijo Zurita por la radio—. Cuatro hombres bajando. Armamento visible. Todavía no entran.
—Confirma armamento —dijo Morales.
—Dos escopetas, dos pistolas en cartucheras —dijo Zurita—. No se ven rifles largos. No es operativo táctico pesado. Es equipo de custodia del transporte.
Ferrero procesó la información en tres segundos.
Los hombres del SUV eran el equipo que Varela había programado para cargar el C-4 al día siguiente.
Habían llegado antes de lo previsto. Probablemente venían a revisar el estado del material antes del operativo del viernes.
Si abrían las cajas, iban a descubrir el hueco inmediatamente.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Ferrero.
—Dos minutos antes de que entren al galpón —dijo Zurita—. Tres antes de que abran las cajas.
—Manejen normal —dijo Ferrero—. Salimos por la tranquera del fondo sin luces y sin acelerar. Cuando descubran el faltante, van a buscar huellas frescas. Si escuchan motor fuerte, saben que estamos cerca. Si salimos en silencio, ganamos seis o siete minutos antes de que activen la persecución.
Morales tomó el camino interno del predio en marcha mínima.
El Peugeot avanzó por los cuatrocientos metros que los separaban de la tranquera del fondo sin superar los veinte por hora.
La Hilux lo siguió a treinta metros de distancia.
Ferrero miró por la ventanilla trasera. El SUV seguía estacionado frente al galpón 14.
Uno de los cuatro hombres encendía un cigarrillo apoyado contra la puerta del vehículo. Los otros tres entraban al galpón.
Llegaron a la tranquera. Zurita bajó de la Hilux, corrió hasta la tranquera, abrió el candado con la llave magnética clonada y la empujó hasta el tope.
Los dos vehículos pasaron. Zurita cerró la tranquera, volvió a poner el candado tal como había estado, y subió a la Hilux de un salto.
Salieron al camino de ripio exterior en dirección contraria a la que habían venido.
Morales giró por una calle de tierra que cortaba entre campos abandonados y desembocaba en una ruta secundaria alejada del acceso principal.
A los doscientos metros encendió los faros. A los quinientos aceleró a cincuenta.
La voz de Zurita volvió por la radio. —Los tres tipos del galpón están afuera. Gritando. Uno corre al SUV. Parece que encontraron el faltante.
—¿Salen en persecución? —preguntó Ferrero.
—Todavía no. Uno está hablando por teléfono. Los otros dos revisan el perímetro con linterna.
Morales aceleró a setenta. Tres minutos más y empalmarían con la ruta nacional 9 norte, donde la circulación era suficiente para perderse.
Ferrero sacó el teléfono cifrado y escribió a Trejo. Tenemos el material. Vamos al punto de desactivación. ETA cincuenta minutos. Avisame si el SUV se mueve del predio.
La respuesta de Trejo llegó en cuarenta segundos. SUV quieto. Uno de los tripulantes sigue hablando por teléfono. Los otros tres barriendo el galpón con linternas. Varela recibiendo el reporte en vivo.
Morales empalmó con la ruta 9 norte a las 02:22. El tráfico era bajo pero suficiente. Camiones de larga distancia, algunos autos de viajeros nocturnos. El Peugeot y la Hilux se integraron al flujo sin llamar la atención. Ferrero se recostó en el asiento y dejó caer los hombros.
—¿Dónde desactivamos? —preguntó Morales.
—Olvidate del río. El agua lo arrastra al centro, no sirve —dijo Ferrero—.
Sin detonadores, el C-4 es material estable.
Quema sin explosión si se hace por porciones pequeñas al aire libre.
Vamos al terreno del tío de Trejo en Estación Caroya, cerca de Jesús María.
Campo abierto, un pozo de incineración de restos agrícolas, cero vecinos en quinientos metros a la redonda.
Ahí quemamos el C-4 en lotes de dos kilos durante la madrugada.
—Los detonadores neutralizados los enterramos después en tres puntos distintos. Nadie va a reconstruir el material.
Morales asintió sin girar la cabeza. —Tengo la ruta —dijo.
Ferrero mandó las nuevas coordenadas a la Hilux de Zurita por radio. Ambos vehículos cambiaron rumbo en el próximo desvío y tomaron dirección norte hacia Jesús María. Morales aceleró.
En el asiento trasero, Ferrero cerró los ojos doce segundos. Cuando los abrió, volvió a revisar el cargador de la Glock. Treinta y cuatro horas sin dormir. Dos más, y el Patio Olmos iba a ser un problema del pasado.
Estación Caroya
El terreno del tío de Trejo estaba a cuatro kilómetros al oeste de Estación Caroya, sobre un camino de tierra que salía de la Ruta 9 y se internaba en campos sembrados con soja y maíz.
Cincuenta hectáreas heredadas de una familia inmigrante italiana que llevaba ahí desde principios del siglo veinte.
El tío vivía solo en la casa principal, a dos kilómetros del sector de cultivo.
No tenía teléfono fijo. Hacía cinco años que no veía a Trejo pero el sobrino conocía la propiedad desde la infancia.
Morales estacionó el Peugeot a las 03:34 junto al viejo pozo de incineración.
Un rectángulo de cuatro metros por tres excavado en la tierra, con paredes de ladrillo renegrido por años de quemas controladas de rastrojos y residuos agrícolas.
A un costado, una pila de leña seca esperaba la próxima estación.
La luna baja iluminaba el campo con una luz azulada suficiente para moverse sin linternas.
Los cinco hombres bajaron. Zurita y Méndez descargaron las bolsas con el C- 4. Ferrero abrió la primera y sacó el primer ladrillo de explosivo.
—Dos kilos por vez —dijo—. El C-4 quema con llama blanca a unos dos mil grados centígrados.
A esta escala es un fuego intenso pero controlado.
El humo es blanco, sin residuo detectable a más de veinte metros.
Cada lote tarda entre seis y ocho minutos en consumirse.
Tenemos veinte lotes. Dos horas y media, máximo tres.
Roque miró el pozo. —¿Los detonadores?
—Los enterramos al final —dijo Ferrero—. Tres puntos distintos a doscientos metros de distancia uno del otro. Los materiales de litio no se degradan por combustión simple y pueden dar lectura a un detector de metales en superficie. Hay que enterrarlos a un metro de profundidad mínimo.