CAPÍTULO 7 #2
—Entramos por la puerta 4 del lado este —dijo Trejo señalando con el marcador—.
Es el punto más alejado de la garita del sereno.
La ventana de acceso es entre 01:15 y 02:00 de la madrugada, cuando el sereno hace el recorrido largo al fondo del predio.
Cuarenta y cinco minutos para entrar, identificar, cargar y salir.
—¿Vehículo? —preguntó Morales.
—Usamos el Peugeot y lo estacionamos a cuatrocientos metros, detrás de un tinglado abandonado del ex frigorífico —dijo Trejo—. Bolsas de lona para transportar el C-4. Cuatro kilos por bolsa, distribución del peso para dos personas. Salida por el mismo lado de entrada.
—¿Y el C-4 una vez afuera? —preguntó Morales.
Ferrero miró a Trejo. —Lo desarmo yo —dijo—. Separo los detonadores electrónicos del material explosivo. Los detonadores los destruyo con corriente controlada. El material explosivo lo llevo al Suquía y lo tiro en dos puntos distintos. El río se lo come.
Morales cerró los puños.
—Tengo una hora para conseguir al tercer hombre —dijo. Salió del búnker sin esperar respuesta.
El Tercero
Morales volvió al búnker a las 20:37 con un hombre que Ferrero no había visto nunca.
Cuarenta y cinco años, pelo gris muy corto, espalda ancha, una cicatriz pequeña sobre la ceja derecha.
Vestía camisa de jean sobre una remera negra, pantalón cargo y botas de montaña.
Entró detrás de Morales sin decir palabra, evaluó la habitación en tres segundos y se ubicó contra la pared del fondo con la espalda cubierta.
—Este es Roque —dijo Morales—.
—Treinta años en la Federal, diecisiete en operaciones especiales. Se retiró hace cinco. Le expliqué lo mínimo. Con eso alcanza.
Roque asintió con la cabeza y miró a Ferrero. Los ojos eran claros y fijos, sin curiosidad y sin juicio. —Subinspector —dijo.
—Gracias por venir —dijo Ferrero.
—No vine por ustedes —dijo Roque—. Vine por Morales.
Se hizo un silencio de cuatro segundos. Trejo levantó la vista de su notebook y volvió a bajarla. Morales fue hasta la hornalla y puso agua para mate sin comentar nada.
—¿Los otros dos llegan cuándo? —preguntó Ferrero.
—Uno a las 22:00 —dijo Morales—. Se llama Elías Zurita. Suboficial retirado de la Federal, vive en barrio Yapeyú. El otro es Catalino Méndez, viene en auto desde San Francisco del Chañar, llega al búnker aproximadamente a las 23:15.
—¿Armamento? —preguntó Ferrero.
—Yo llevo mi Glock y una escopeta corta —dijo Roque—. Zurita va con Bersa. Méndez trae una FAL semirrecortada y munición propia.
Trejo giró el monitor hacia Ferrero.
—Tengo al sereno de Mi Granja geolocalizado —dijo—.
Se llama Aníbal Sosa, sesenta y un años, trabaja solo en el turno 21:00 a 07:00.
Tiene una ruta fija de recorrida cada noventa minutos que cubre los catorce galpones del predio.
El galpón 14 es el tercero en la ronda. La ventana de mayor ausencia sobre el galpón es de 01:28 a 02:12.
—Cuarenta y cuatro minutos —dijo Ferrero.
—Cuarenta y cuatro minutos —confirmó Trejo.
Roque caminó hasta la mesa y miró los planos sin tocarlos. —¿Cuántos hombres adentro? —preguntó.
—Ninguno —dijo Trejo—. El material llegó al galpón ayer por la tarde. Desde entonces no ha habido actividad registrada en el perímetro. La hipótesis es que los equipos de Varela vuelven recién el jueves por la noche para cargar el C-4 hacia el Patio Olmos.
—¿Cámaras?
—Cuatro cámaras internas en el galpón 14 —dijo Trejo—. Dos en los accesos este y oeste, dos sobre las pilas de material. Las puedo cegar durante cuarenta minutos haciendo parecer una caída de tensión localizada. El sistema no lo registra como sabotaje.
—¿Detonadores? —preguntó Roque.
Ferrero lo miró. —Los desarmo yo sobre el piso del galpón, antes de cargar — dijo—. Extraigo los detonadores, los meto en una caja metálica aislada. Si algo pasa durante el transporte del explosivo, al menos no detona.
—¿Sabés desarmar detonadores electrónicos?
—Los construí durante dos años cuando estaba en inteligencia —dijo Ferrero
—. Sé desarmarlos.
Roque asintió. —Bien —dijo—. Yo cubro la puerta este.
Zurita la oeste. Méndez y vos cargan. Morales queda en el Peugeot con la radio y con visual sobre el camino interno.
Trejo queda acá con los monitores y las cámaras.
Si algo se desvía más de dos minutos del plan, nos sacan por el canal alternativo.
—¿Canal alternativo?
—Una casilla de hormigón al fondo del predio del ex frigorífico —dijo Morales—. Tiene salida a un arroyo que se conecta con un descampado hacia la ruta. Lo usaba gente del frigorífico hace veinte años para sacar carne sin guías. Sigue abierto. Nadie lo vigila.
Ferrero miró a Morales con un gesto leve de sorpresa. Morales se encogió de hombros mientras servía el mate.
—Hay cosas que uno guarda en la cabeza sin saber para qué —dijo.
A las 22:04 llegó Zurita. A las 23:18 llegó Méndez. A las 23:40 el búnker tenía cinco hombres despiertos, la tetera recién hervida y los planos del galpón 14 desplegados sobre la mesa. Faltaban noventa y ocho minutos para la ventana operativa.
Mi Granja
Salieron del búnker a las 00:18.
El Peugeot de Morales iba adelante con Morales al volante, Roque en el asiento del acompañante y Ferrero atrás.
Cien metros detrás, la Hilux con Zurita conduciendo y Méndez al lado, llevando las bolsas de lona vacías y los dos toolkits.
Tomaron la Variante Juárez Celman para evitar la Circunvalación.
La noche estaba quieta después de la lluvia.
El asfalto mojado reflejaba los faros de los pocos vehículos que cruzaban.
Ferrero repasó el plan por cuarta vez. Entrada por puerta 4 a las 01:15.
Trejo corta las cámaras a 01:13. Sereno en la punta más lejana del predio desde las 01:28.
Desarme de detonadores hasta las 01:50. Carga del C-4 entre 01:50 y 02:05.
Salida por la misma puerta 4 a las 02:10. Margen de seguridad de dos minutos.
—Roque —dijo Ferrero desde el asiento trasero—. Si algo se sale de tiempo,
¿cuál es tu protocolo?
—Si a los veinte minutos de entrada no tengo ojos sobre la salida, yo saco a los cargadores y abandono el C-4 —dijo Roque sin darse vuelta—. El explosivo es objetivo secundario. Las vidas son primarias. Sin excepción.
—Confirmado —dijo Ferrero.
Morales tomó la salida hacia el ex frigorífico a las 00:51.
El camino de acceso era un trayecto de ripio de dos kilómetros que terminaba en el predio del ex frigorífico clausurado desde hacía diecisiete años.
Los tinglados abandonados se recortaban contra el cielo sin luna.
El galpón 14 del nuevo depósito de Mi Granja quedaba al fondo del predio, separado del resto por una tranquera metálica y una fila de álamos.
Morales estacionó el Peugeot detrás de uno de los tinglados abandonados, con visual sobre el camino interno pero invisible desde la ruta principal.
La Hilux se ubicó veinte metros más atrás, también cubierta.
Los cinco hombres bajaron. Zurita repartió las bolsas de lona.
Cada uno revisó su arma. Ferrero miró el reloj: 01:02. Trece minutos para la ventana.
Caminaron los cuatrocientos metros hasta el galpón 14 en silencio, sin linternas, usando los ojos adaptados a la oscuridad.
El terreno era plano, con pastos altos hasta las rodillas.
Al llegar a la tranquera del galpón, Morales se quedó cubierto detrás de un árbol con la radio en la mano.
Trejo habló por el auricular desde el búnker.
—Sereno en la punta oeste del predio —dijo—. Confirmado. Cámaras del galpón 14 se cortan en cuarenta y ocho segundos.
Roque fue primero. Se agachó junto a la puerta 4 y examinó la cerradura con una linterna de mano enfocada al interior del mecanismo. Un candado industrial marca Yale, modelo de seguridad media. Ferrero sacó la ganzúa neumática del chaleco y la aplicó. El candado se destrabó en catorce segundos.
—Cámaras cortadas —dijo Trejo por el auricular.
Entraron los cuatro. Zurita cerró la puerta detrás.
El galpón tenía quince metros por doce, piso de cemento alisado y dos filas de racks metálicos con cajas plásticas rotuladas.
Al fondo, contra la pared norte, había una pila de cajas distinta al resto: más pequeñas, con el rotulado en blanco, selladas con cinta industrial.
Ferrero caminó directo hacia ellas. Abrió la primera con una navaja. El interior contenía cinco paquetes rectangulares de material plástico denso color marrón claro, del tamaño de ladrillos. C-4. Contó las cajas. Ocho en total. Cuarenta kilos de explosivo.
—Está todo —dijo.
Los detonadores estaban en una caja separada, de metal, del tamaño de una caja de zapatos. Ocho detonadores electrónicos con cableado de inicio, receptores de señal GSM y baterías de litio integradas. Diseño sofisticado, fabricación prolija.
Se arrodilló frente a la caja. Sacó el toolkit. Empezó a extraer detonadores uno por uno, con movimientos lentos y exactos.
Afuera, Morales habló por la radio. —Roque, Zurita, Méndez. Perímetro.
Los tres hombres salieron del galpón y tomaron posiciones en las puertas asignadas. Adentro, Ferrero tenía quince minutos para desarmar ocho detonadores electrónicos.
Ocho Detonadores
El primer detonador lo tuvo desarmado en un minuto cuarenta y dos segundos. Extrajo el receptor GSM, separó la batería de litio del circuito principal y cortó los dos cables del cableado de inicio con una pinza.
El mecanismo quedó neutralizado. Lo metió en la caja metálica aislada, sobre un lecho de espuma antiestática.
El segundo tardó un minuto treinta y ocho.
El tercero, un minuto treinta y cinco. Las manos le funcionaban solas.
La respiración estaba estabilizada a las quince inspiraciones por minuto que había aprendido a mantener bajo estrés en el entrenamiento antiexplosivos del 2014.
Ferrero trabajaba sin pensar, con la memoria muscular intacta pese a los once años transcurridos.
A los siete minutos y medio tenía cinco detonadores desarmados y tres por ir.