EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

LA HUIDA

El Teléfono Roto

—Cambio de plan, Gallego —dijo Ferrero con el teléfono cifrado todavía en la mano—. Vamos directo a Villa Allende. Sacamos a Romina y Mía esta tarde antes del anochecer. Destino tres.

—¿Los Molinos? —preguntó Morales sin apartar la vista de la ruta.

—Los Molinos —confirmó Ferrero.

Morales asintió una sola vez. El destino tres era un refugio que Ferrero había preparado dos años antes y nunca había usado: una cabaña cerca del lago, propiedad de un primo lejano de Morales que vivía en Italia.

El primo ignoraba que Ferrero tenía acceso.

Morales había fabricado una copia de la llave cuando limpiaron la casa el año anterior, por insistencia de Ferrero y contra la lógica de Morales, que en ese momento no entendía para qué hacía falta un tercer escondite. Ahora lo entendía.

Tomaron Sabattini de vuelta hacia Córdoba a velocidad moderada. El tráfico de salida del viernes aún no había empezado y la ruta avanzaba sin trabas. Morales conducía con la mandíbula apretada. Ferrero miraba el parabrisas sin ver nada en particular.

—¿Vos sabés lo que me dijo Belyaev sobre Mía? —preguntó Ferrero sin girar la cabeza.

—Lo escuché —dijo Morales.

—No lo esperaba —dijo Ferrero—. Esperaba que fueran por Trejo. Por Rosas. Por mí. Pero Mía es once años.

Morales aceleró apenas. Pasó un camión de cemento por la izquierda y se volvió a ubicar en el carril.

—Lo hacen porque funciona —dijo Morales—. Es la única razón. Sokolov no odia a nadie. Ataca donde produce el máximo efecto por el mínimo costo. Mía es un cálculo, no una persona para él.

Ferrero asintió lento. Sacó el teléfono cifrado y escribió un mensaje a Romina. Salimos de Villa Allende en una hora. Armen todo. Les explico en el auto. No digan nada a nadie por ningún medio.

La respuesta de Romina llegó en veinte segundos. Entendido.

Morales tomó la variante de Padre Luchesse hacia Villa Allende.

El cielo sobre las sierras empezaba a cubrirse de nubes bajas y grises que anunciaban lluvia.

Ferrero miró por la ventanilla. Los pastos secos al costado del camino, los molinos viejos en los campos, un caballo suelto comiendo cerca de un alambrado.

Cuando llegaron a la quinta, Romina tenía los dos bolsos listos junto a la puerta y Mía estaba sentada en el sillón con la mochila azul sobre la falda. Los dos cargaron rápido. Mía no preguntó nada. Romina tampoco.

Antes de cerrar la puerta, Ferrero sacó el teléfono personal de Romina del bolsillo del abrigo de ella, lo puso en el piso del porche, levantó el taco y lo aplastó contra el cemento. La pantalla se rajó en tres pedazos. El aparato se apagó.

—Ese era mi teléfono —dijo Romina.

—Ya no lo es —dijo Ferrero—. A partir de ahora usás uno que te doy yo. Si tenés que llamar a alguien, me avisás primero.

Morales arrancó la Hilux. Romina y Mía subieron a los asientos traseros.

Ferrero al acompañante. Salieron por el portón lateral, tomaron la calle de tierra paralela y evitaron la avenida principal.

Morales manejó quince minutos por caminos internos antes de empalmar con la ruta provincial hacia Los Molinos.

Detrás, el teléfono roto quedó sobre el porche de la quinta.

Una baliza muerta para quien viniera a buscarlos.

Los Molinos

La ruta hacia Los Molinos cruzaba treinta kilómetros de sierras bajas con curvas cerradas y tramos de asfalto castigados por la lluvia.

Morales conducía con las manos firmes sobre el volante. Romina iba en silencio en el asiento de atrás, con Mía apoyada contra ella. La nena miraba por la ventanilla con los ojos muy abiertos y la mochila apretada contra el pecho.

Ferrero revisó el retrovisor cada veinte segundos durante los primeros quince minutos.

Después, cuando confirmó que ningún vehículo los seguía con patrón, bajó la guardia un grado.

Sacó del bolsillo el teléfono que le había dado a Romina antes de salir y se lo extendió hacia atrás entre los asientos.

—Este es el tuyo nuevo —dijo—. Tiene el número mío grabado, el de Morales y el de un médico en Carlos Paz por si Mía necesita algo de urgencia. Nada más. No bajes apps, no le agregues contactos, no respondas mensajes de números desconocidos. Si suena, atendés solo si es alguno de los tres números.

Romina tomó el teléfono sin decir nada. Lo miró, lo guardó en el bolsillo del abrigo. Mía la miraba.

—Mami —dijo Mía—. ¿Va a venir gente mala a buscarnos?

Romina la abrazó más fuerte. —No, nena —dijo—. Estamos con papá y con Morales. No nos pasa nada.

Mía asintió pero los ojos seguían serios. Ferrero la miró por el espejo retrovisor interior. La nena le sostuvo la mirada dos segundos y bajó la vista al piso del auto.

Llegaron a la cabaña a las 17:08. Una construcción de piedra y madera de un solo piso, sobre un terreno de tres mil metros cuadrados con álamos altos en el perímetro.

Un camino de ripio bajaba desde la ruta principal y desembocaba directo en el frente.

La casa estaba pintada en gris claro, con techo de chapa color teja oscura y postigos de madera en todas las ventanas.

Detrás, a doscientos metros, se veía el lago de Los Molinos con la luz del atardecer reflejándose plomiza sobre la superficie.

Morales estacionó al costado, bajo una pérgola con enredaderas secas. Bajó primero, abrió la puerta de Romina y le tendió la mano. Romina bajó con Mía detrás. Ferrero rodeó el auto y abrió la puerta principal con la llave que tenía guardada en un compartimiento secreto del chaleco táctico.

El interior olía a aire encerrado y madera vieja.

Living amplio con chimenea de piedra, cocina integrada, dos dormitorios, un baño.

Mobiliario rústico, sin tecnología visible.

Sobre la mesa del comedor había una hoja con instrucciones que Ferrero había dejado ahí dos años atrás y que ahora retiró sin que Romina ni Mía la vieran.

—Hay leña en el galpón del fondo —dijo Ferrero—.

La heladera tiene un generador propio que se conecta cuando uno enciende el interruptor general en la cocina.

El agua viene de un pozo con bomba a corriente.

Hay enlatados, harina, fideos, café, yerba en la alacena. Suficiente para diez días sin salir.

Romina caminó por el living mirando todo en silencio. Mía la siguió pegada a sus piernas. —¿Cuánto vamos a estar acá? —preguntó.

—Cuarenta y ocho horas máximo —dijo Ferrero—. Si todo sale bien. Después las llevo a un lugar definitivo hasta que se cierre la causa.

—¿Y vos?

—Yo vuelvo a Córdoba esta noche con Morales. Tenemos que abortar lo del Patio Olmos antes del viernes.

Romina lo miró con los ojos fijos. Una mirada cargada de dos cosas al mismo tiempo: resignación y pedido silencioso. La mirada de quien ya entendió que esta vez la fila se había movido y que era inútil pedir lo que no se podía dar.

—Cuidate —dijo.

Ferrero se acercó. La abrazó cuatro segundos. Después se agachó frente a Mía y le tomó las dos manos.

—Vuelvo el viernes a la noche, hija —dijo—. Te lo prometo.

Mía asintió. No dijo nada. Lo abrazó del cuello y le dio un beso en la mejilla. Ferrero se levantó, miró a Romina una vez más y caminó hacia la puerta.

Morales lo esperaba afuera con el motor encendido.

De Vuelta al Búnker

Morales tomó la Ruta Provincial 5 hacia Alta Gracia a las 17:42 con lluvia fina sobre el parabrisas.

Después de Alta Gracia empalmaría con la autopista que los devolvería directo a Córdoba.

Ferrero iba en el asiento del acompañante con el teléfono cifrado en la mano izquierda y el mapa desplegado del Centro de Convenciones del Patio Olmos sobre las rodillas.

Trejo se lo había mandado veinte minutos atrás, extraído de los planos oficiales de la Municipalidad.

—¿Qué tenemos para abortar esto en cuarenta y ocho horas? —preguntó Morales.

—Tres frentes simultáneos —dijo Ferrero—.

Uno: interceptar el C-4 en el depósito de Mi Granja antes de que lo muevan.

Dos: tener a Rosas con orden de detención firmada contra Sokolov, Cánepa y Santucho antes del viernes al mediodía.

Tres: asegurar que el Congreso de Ciberseguridad se cancele o se reubique, con Roldán notificado sin alertar a la red de Varela.

—¿Prioridad?

—La una primero —dijo Ferrero—. Sin explosivos, no hay atentado. Si llegamos al galpón de Mi Granja esta noche y sacamos el C-4 antes de que lo activen, compramos cuarenta y ocho horas de ventana limpia para Rosas.

Morales asintió sin sacar la vista de la ruta. —Voy a necesitar tres hombres más

—dijo—. Gente de confianza, con experiencia operativa, dispuesta a hacer un trabajo sin cobertura oficial.

—¿Los tenés?

—Tengo dos —dijo Morales—. Un suboficial retirado de la Policía Federal que me debe favores de hace quince años, y un compañero mío del Operativo Saboya del 2008 que vive en San Francisco del Chañar. Tardaría tres horas en llegar. El tercero lo veo cuando lleguemos al búnker.

—¿Armamento?

—Cada uno con el suyo —dijo Morales—. No somos un escuadrón oficial. Somos cuatro tipos privados haciendo una incursión ilegal en un depósito con explosivos. Si nos agarran, ninguno firma nada. Ni a favor, ni en contra.

Ferrero guardó silencio. La lluvia arreció. Sobre la RP5, a pocos kilómetros del cruce con la autopista en Falda del Carmen, el cielo estaba completamente cerrado.

—Gallego —dijo Ferrero—. Si algo sale mal mañana a la noche, Romina y Mía se quedan donde están. No las movés hasta que Rosas confirme que el caso está asegurado. Ni aunque yo te llame. ¿Me entendés?

Morales lo miró medio segundo antes de volver la vista a la ruta. —Vos me vas a llamar —dijo.

—Si te llamo, no las movés.

—Te oigo —dijo Morales.

Llegaron al búnker de Santa Rosa a las 19:14.

Trejo les abrió. Tenía los ojos más hundidos que a la mañana pero la cara despejada.

Sobre la mesa central había dos notebooks abiertas, un disco externo y seis planos impresos del galpón de Mi Granja que Trejo había conseguido en las tres horas previas a través de la base de datos de catastro municipal.