CAPÍTULO 6 #4
—No es un atentado genérico —dijo—. Es Roldán.
El viernes. Congreso de Ciberseguridad en el Patio Olmos.
C-4 distribuido en ocho cargas. Víctimas civiles objetivadas entre diez y quince.
Firma falsa atribuida a célula islamista con base en el norte argentino.
El objetivo político es forzar una declaración federal de emergencia que desactive la causa que Rosas está armando contra Santucho. Ese es el plan.
Ferrero asintió. —¿Quién monta las cargas?
—Técnico de confianza externo de Sokolov —dijo Belyaev—. No lo conocés. Pero el C-4 está en el depósito de Mi Granja, galpón 14 del predio del ex frigorífico. Lo van a mover al Patio Olmos el jueves a la noche usando una orden falsa de mantenimiento eléctrico.
Morales terminó de cargar la mochila. Miró a Ferrero. —Once minutos —dijo.
Ferrero agarró a Belyaev del brazo y lo empujó hacia la puerta.
Salieron por la escalera de servicio. Bajaron los siete pisos en dos minutos y medio.
El Peugeot de Morales estaba donde lo habían dejado.
Abrieron la puerta trasera y metieron a Belyaev en el asiento.
Morales lo ató de los tobillos a la estructura del asiento con una precinta reforzada.
Ferrero subió al asiento del acompañante y sacó el teléfono cifrado.
—Rosas —dijo cuando atendió—. Tenemos a Belyaev vivo y en movimiento. En doce minutos tres hombres armados del equipo de Varela van a llegar acá a buscarnos. Necesitamos un punto de traspaso en ruta, no podemos ir directo al refugio.
—Autopista a Rosario, kilómetro 14 —dijo Rosas—. Estación de servicio Axion. Mi equipo llega en cuarenta minutos. Ustedes llegan en veinticinco si salen ahora. Esperen estacionados en el fondo, detrás de los camiones.
—Recibido.
Morales arrancó el Peugeot y subió la rampa.
Salieron a Fructuoso Rivera y tomaron rumbo a la autopista a Rosario.
En el asiento trasero Belyaev miraba por la ventanilla sin decir nada.
La sonrisa se había ido y las manos esposadas atrás le impedían acomodarse con comodidad.
Tenía los hombros tensos y la mandíbula apretada.
Ferrero giró desde el asiento del acompañante y lo miró.
—¿Por qué me contaste todo?
—Porque sé leer los escenarios —dijo Belyaev—. Sokolov me quemó hace exactamente veintidós minutos cuando pedí apoyo de emergencia. Si vivo hasta mañana, es porque ustedes me sacaron. Si muero hoy, es porque Varela cumplió la orden. Matemática simple.
Morales aceleró hacia el sureste. Diez minutos para el punto de encuentro. Detrás, en algún lugar de Ferreyra, tres hombres armados salían del depósito.
El Traspaso
La estación de servicio Axion del kilómetro 14 estaba construida sobre una explanada amplia con paneles de chapa y doce surtidores en dos islas paralelas.
El tráfico de camiones dominaba la playa a esa hora.
Morales ingresó por la rampa lateral, estacionó en el fondo detrás de dos tráileres que bloqueaban la visual desde la ruta y apagó el motor. Eran las 14:43.
—Rosas llega en veinticuatro minutos —dijo Ferrero mirando el teléfono—. Aguantamos acá.
Belyaev miró la playa por la ventanilla trasera. —Si Varela les asignó un dron o un auto civil de apoyo, nos van a encontrar antes que Rosas.
—Si nos encuentran, vos sos el primero que se baja —dijo Morales sin darse vuelta—. Después nos defendemos.
Belyaev cerró los ojos unos segundos. Los abrió. Miró a Ferrero.
—Hay algo que no les dije —dijo—. Sokolov tiene un plan de redundancia. Si el atentado del Patio Olmos falla, hay un segundo evento preparado para ejecutarse dentro de las setenta y dos horas siguientes. Diferente objetivo, diferente método, misma función estratégica.
—¿Qué objetivo?
—Su familia —dijo Belyaev—. Subinspector Ferrero. Ex esposa Romina Aguirre, hija Mía Ferrero. Sokolov considera que usted puede absorber la muerte de cualquier colega, pero no la muerte de su hija de once años.
Quebrarlo a usted es equivalente a neutralizar la causa judicial porque usted es la fuente técnica de la evidencia. Sin usted declarando, la mitad del material pierde validez procesal.
Ferrero no movió un músculo. Morales tampoco. El motor del tráiler de al lado arrancó con un rugido de diésel y empezó a salir hacia la ruta.
—¿Cuándo lo activaría?
—Apenas confirme que el atentado del Patio Olmos fue abortado —dijo Belyaev—.
Eso ocurre cuando los equipos de Varela no reciban la señal de éxito el viernes a las 11:30.
A partir de ese momento, Sokolov tiene cuarenta y ocho horas de ventana operativa antes de que Rosas pueda activar órdenes judiciales sobre la red.
Durante esas cuarenta y ocho horas, va a ir por su hija.
—¿Cómo lo haría?
—Operativo directo. Vehículo en movimiento con personal civil armado. Intercepción rápida en lugar público. Víctimas laterales aceptables para la operación. Ejecución antes del secuestro si hay resistencia significativa.
Ferrero sacó el teléfono cifrado y escribió un mensaje a Trejo. Activamos plan Omega. Romina y Mía salen de Villa Allende esta tarde. Destino 3. Nadie sabe que es el destino 3 excepto vos, Morales y yo. Ni siquiera Rosas. Confirmame recepción.
La respuesta de Trejo llegó en cincuenta segundos. Recibido. Coordino con Morales cuando vuelvas.
Ferrero guardó el teléfono. Miró a Belyaev por el espejo retrovisor interno.
—¿Sokolov sabe de Trejo todavía?
—Sokolov sospecha de Trejo pero no tiene pruebas —dijo Belyaev—. Me lo dijo esta mañana. Si detecta más señales, lo ejecuta sin confirmar.
Su política con traidores internos no requiere procesos.
—Gracias —dijo Ferrero.
Belyaev lo miró con una expresión que mezclaba cansancio con algo parecido a la resignación.
—No me lo agradezca —dijo—. Si sobrevivo las próximas setenta y dos horas, voy a testificar. No por usted. Por mí. Sokolov firmó mi sentencia a las 14:18 de hoy cuando mandó a los tres hombres de Varela. Yo firmé la suya a cambio. Es una cuestión profesional.
Rosas llegó doce minutos más tarde en una camioneta Ford Ranger negra sin distintivos oficiales, con dos hombres de custodia federal y una chofer mujer de unos cuarenta años con experiencia operativa visible en la postura.
Estacionaron junto al Peugeot. Los dos custodios bajaron, abrieron la puerta trasera, liberaron las precintas de los tobillos de Belyaev y lo trasladaron a la Ranger sin decir palabra.
Rosas bajó del asiento del acompañante y se acercó a la ventanilla de Ferrero.
—Lo tengo —dijo—. Va directo a un refugio federal en la provincia de Buenos Aires. Nos vemos en cuarenta y ocho horas con órdenes de detención firmadas.
Ferrero asintió. Rosas lo miró un segundo más.
—Cuidá a tu hija —dijo. Subió a la Ranger.
La camioneta salió de la estación de servicio y tomó la autopista hacia el este.