EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Romina asintió. Ferrero se puso la campera. Mía siguió dibujando sin levantar la vista.

El Técnico

Ferrero y Morales llegaron al búnker de Santa Rosa a las 12:34. Trejo los esperaba con tres monitores encendidos y una taza de té con limón sobre la mesa, en vez del café habitual. Tenía la voz ronca por el cansancio acumulado.

—Lo identifiqué —dijo apenas Ferrero cerró los tres pernos—.

El técnico del Proyecto Nodo. El tipo que está armando el canal nuevo.

Se llama Nikolai Belyaev. Cincuenta y dos años, ciudadano ruso con residencia permanente en Argentina desde 2019.

Entró con contrato de consultoría para Vértice Sistemas.

Vive en un departamento en el barrio Güemes, sobre Fructuoso Rivera al 1200.

—¿Cómo lo encontraste?

—Crucé las órdenes del operador con las cuentas de servicio de Vértice —dijo Trejo—. Hay una dirección IP operativa que coincide con el domicilio fiscal de Belyaev. Es él quien está montando la nueva infraestructura.

Morales se sentó frente al segundo monitor. Trejo le mostró la ficha.

—Belyaev estudió Ingeniería Eléctrica en Moscú. Trabajó en la oficina técnica del FSB durante siete años antes de pasar al sector privado. Sokolov lo trajo a Argentina. Es el único técnico de alto nivel que conoce la arquitectura completa del Proyecto Nodo.

—Si lo sacamos del medio, Sokolov se queda sin operador técnico —dijo Morales.

—Por unas horas —dijo Trejo—. Pero Belyaev no es reemplazable rápido. Formar a otro al mismo nivel lleva semanas.

—Si lo detenemos, Sokolov pierde la capacidad de reconstruir el canal alternativo en el corto plazo—continuó.

Ferrero caminó hasta el mapa de la pared y clavó una chincheta verde sobre Fructuoso Rivera al 1200.

—Belyaev no entra por canales formales —dijo—. Si lo intentamos detener con la policía provincial, Sokolov se entera antes de que lleguemos. La única forma es ir nosotros mismos y entregarlo directo a Rosas para que ella lo meta en la causa federal sin que el sistema provincial toque el expediente.

Morales cruzó los brazos. —¿Cuándo?

—Esta tarde —dijo Ferrero—. Trejo, ¿tenés visual sobre el domicilio?

—Hay cámaras municipales en la esquina —dijo Trejo—. Las puedo acceder durante unos minutos sin levantar alertas. Dame cinco segundos.

Tecleó. En el monitor principal apareció la imagen en vivo de Fructuoso Rivera al 1200. Un edificio de departamentos de diez pisos con frente de ladrillo visto y cochera subterránea. La entrada principal mostraba poco movimiento a esa hora.

Morales miró la imagen quince segundos. —¿Vive solo?

—Divorciado, sin hijos a cargo —dijo Trejo—. La exesposa y los dos hijos viven en Rosario. Belyaev tiene una novia argentina de treinta y cuatro años pero ella vive en su propio departamento en Barrio Güemes.

—¿Escoltas, custodia? —preguntó Ferrero.

—Nada oficial —dijo Trejo—. Sokolov no le asigna protección física porque aumenta el perfil. Belyaev se mueve solo en su auto, un Peugeot 3008 gris oscuro, o en remises. Lleva armamento personal, sí, pero no es operativo de combate. Es técnico.

Ferrero miró el reloj. Las 12:51. —Morales —dijo—.

Vos y yo a Fructuoso Rivera a las 14:00.

Entramos por la cochera subterránea usando la credencial de mantenimiento que nos queda del operativo anterior.

Lo esperamos en su departamento. Cuando llegue, lo esposamos, lo metemos en el auto de Rosas que ella va a mandarnos a las 15:00, y se va directo a una casa segura federal. Rosas coordina todo desde Buenos Aires.

—¿Y los teléfonos de Belyaev? —preguntó Morales.

—Trejo los clona antes —dijo Ferrero—.

Si caen en nuestras manos, los replica y sigue mandando mensajes a Sokolov simulando que Belyaev sigue operativo. Nos da tiempo extra.

—Puedo hacerlo en veinte minutos una vez que los tengo físicos —dijo Trejo.

Ferrero se levantó, fue al cajón de la heladera y sacó la Glock 17 junto a dos cargadores extras.

Morales revisó la Bersa Thunder con movimientos lentos.

Trejo seguía tecleando. Afuera en Santa Rosa, el mediodía cordobés seguía su curso sin enterarse de lo que estaba por pasar en el piso siete de un edificio de Güemes.

Belyaev

A las 13:58 Ferrero y Morales bajaron la rampa de la cochera subterránea del edificio de Fructuoso Rivera al 1200. Iban en el Peugeot de Morales, con credenciales de mantenimiento técnico del consorcio que Trejo les había falsificado en cuarenta minutos.

El portero del edificio los vio entrar por la cámara, verificó la orden de servicio en la tablet que tenía en la garita y destrabó la barrera sin bajar.

El sistema de seguridad era estándar. Tres cámaras en la cochera, dos ascensores, una escalera de servicio. El departamento de Belyaev era el 7C, orientado al fondo del edificio, con una sola entrada. Ferrero había estudiado el plano durante todo el trayecto.

Estacionaron junto a la puerta de servicio, apagaron el motor y subieron por la escalera hasta el séptimo piso.

En el rellano Ferrero se puso un par de guantes de nitrilo, sacó de la mochila una ganzúa neumática del tamaño de un encendedor y la aplicó a la cerradura del 7C. La puerta se abrió en once segundos sin dejar marcas. Entraron. Ferrero cerró detrás.

El departamento era un dos ambientes de cincuenta metros cuadrados, con piso de madera laminada, cocina integrada y un solo dormitorio al fondo.

Decoración mínima, funcional, similar al departamento de Sokolov aunque a escala reducida.

Sobre el escritorio del living había dos monitores encendidos con un salvapantallas activado y una notebook ThinkPad cerrada al costado.

En la mesada de la cocina, una taza con café frío y un plato con medio sándwich. Belyaev había salido apurado.

Morales sacó la Bersa Thunder y avanzó al dormitorio para confirmar que no había nadie. Volvió en quince segundos.

—Limpio —dijo.

Ferrero se acercó al escritorio. Movió el mouse de uno de los monitores. La pantalla pidió contraseña. Ignoró la notebook. Los dispositivos físicos los iba a llevar Trejo. Lo que buscaba era papel.

Revisó los cajones del escritorio uno por uno.

Bolígrafos, carpetas, recibos de servicios públicos, tarjetas de visita de empresas locales.

En el cajón inferior, debajo de una pila de impresiones técnicas, encontró una libreta de tapa negra con goma elástica.

La abrió. Letra pequeña, en cirílico. Anotaciones técnicas.

Fechas. Números de servidores. Ferrero no entendía ruso pero reconoció varias referencias: Vértice, Nodo, AFIP, Santucho. La guardó en la mochila.

Morales estaba de pie junto a la ventana, observando Fructuoso Rivera por una rendija entre las cortinas.

—El Peugeot 3008 gris oscuro acaba de doblar en la esquina —dijo—. Viene rápido.

—Posición —dijo Ferrero.

Morales se corrió al baño, semicerrado, con visual sobre la puerta de entrada. Ferrero se ubicó detrás de la puerta del dormitorio principal. La Glock en la mano izquierda, esposas plásticas en el bolsillo derecho. Tenían aproximadamente noventa segundos.

La llave giró en la cerradura en ochenta y cuatro segundos.

Nikolai Belyaev entró cerrando la puerta con el hombro mientras miraba el teléfono.

Era más alto de lo que Ferrero había calculado desde las fotos de archivo.

Metro ochenta y cinco, pelo rubio oscuro, anteojos de marco fino.

Vestía saco gris claro sobre remera negra.

En la mano derecha llevaba una llave de auto y el teléfono.

En la izquierda, una carpeta de cuero marrón.

Alcanzó a dar cuatro pasos hacia el escritorio antes de que Ferrero saliera detrás de él.

—Quieto —dijo Ferrero en ruso, la palabra que había ensayado media hora antes con el traductor automático del teléfono.

Después pasó al español—: Manos arriba. Apoye el teléfono en el piso.

Despacio. Belyaev quedó paralizado medio segundo.

Pero después hizo algo que Ferrero no esperaba.

Soltó la carpeta y la llave del auto, y con la mano izquierda libre se agarró del borde del escritorio.

Apretó un botón físico oculto debajo de la madera.

Desde algún lugar del departamento sonó una señal. Un pitido agudo. Continuo. Trejo ya los había oído en el búnker.

Un protocolo de emergencia acababa de activarse.

—Llamó a alguien —dijo Morales saliendo del baño con la Bersa.

Belyaev sonrió por primera vez. —Ustedes tienen trece minutos —dijo en castellano perfecto.

Trece Minutos

Ferrero reaccionó antes de que Belyaev terminara la frase.

Cruzó los tres metros que los separaban con dos zancadas, lo golpeó en el plexo solar con el codo derecho y lo empujó contra la pared.

Belyaev dobló el cuerpo hacia adelante tratando de recuperar el aire.

Ferrero le puso la rodilla derecha sobre la columna y le aseguró las muñecas con las esposas plásticas en nueve segundos.

Morales tomó el teléfono del piso y lo apagó sin desbloquearlo.

—¿Quién viene? —preguntó Ferrero.

Belyaev recuperó el aliento. Sonrió de nuevo. —Equipo de limpieza de Varela

—dijo—. Protocolo estándar. Al sonar la señal, se despachan tres hombres armados al domicilio del técnico comprometido. Tiempo estimado de llegada: trece minutos desde Ferreyra. Instrucción: eliminar testigos, recuperar equipamiento sensible, incinerar restos.

—¿Incluido vos?

—Incluido yo —dijo Belyaev—. Soy patrimonio intelectual del Proyecto. Pero también soy un cable suelto si alguien me captura. Sokolov va a elegir entre reconstruir el conocimiento con el próximo técnico o asumir el riesgo de que hable. Elige reconstruir.

Ferrero lo levantó del piso tirando de las muñecas esposadas. Morales ya estaba guardando la notebook ThinkPad, los dos teléfonos y el disco externo.

Tenían que salir en cinco minutos o menos.

—Belyaev —dijo Ferrero—. Vos me decís dónde está el atentado que están planeando, y yo te saco vivo de este departamento. Si no, te dejo esposado acá y que venga Varela a buscarte.

Belyaev lo miró a los ojos. La sonrisa se le borró.