CAPÍTULO 6 #2
—Los tenemos —dijo Sokolov—. Y tenemos un evento programado.
El Congreso Nacional de Ciberseguridad del viernes en el Centro de Convenciones del Patio Olmos.
Roldán va a participar como orador en el panel inaugural.
Cobertura de prensa nacional, presencia de funcionarios provinciales y federales, público mixto. Es el marco perfecto.
El Enviado se inclinó hacia adelante. —El Congreso es en dos días. ¿Alcanza el tiempo?
—Alcanza si arrancamos ahora —dijo Sokolov—.
Tengo los planos del Centro de Convenciones desde hace tres semanas como parte de los contratos de seguridad electrónica de Vértice.
Conozco los puntos muertos de las cámaras, los accesos de servicio y los protocolos de seguridad del personal de Roldán.
La planificación básica la tengo escrita desde hace meses como escenario hipotético. Solo necesitamos activarla.
—¿Qué nivel de pérdidas civiles proyectás?
—Entre diez y quince muertos en el perímetro inmediato —dijo Sokolov—. Cuarenta a sesenta heridos en el perímetro secundario. Suficiente para clasificarse como atentado masivo y activar la declaración federal de emergencia.
El jefe de operaciones cerró los ojos dos segundos. Después los abrió. —
¿Autorización?
El Enviado sacó el teléfono, escribió un mensaje corto y lo envió. Esperó. La respuesta llegó en setenta y un segundos. Leyó. Levantó la vista y miró a Sokolov.
—Autorización concedida —dijo.
Sokolov asintió una sola vez. Cerró el marcador y lo dejó sobre el borde metálico de la pizarra.
—Empezamos ahora —dijo—. Yo coordino la ejecución técnica. Usted — apuntó al jefe de operaciones— prepara los equipos de campo. Usted —miró al técnico— cierra todos los flecos digitales que puedan rastrear la operación a Vértice.
Y usted —miró al Enviado— se encarga de que a partir del jueves a la noche las primeras versiones del atentado ya estén sembradas en los medios correctos.
Los tres asintieron. Sokolov caminó hacia la puerta lateral del galpón. No miró atrás al salir.
El Perro
A las 11:24 Sokolov entró al departamento de Vértice Sistemas sobre Duarte Quirós 1920.
La persiana metálica de la cerrajería de planta baja seguía cerrada.
El portero eléctrico tenía el cartel de "fuera de servicio" desde la noche anterior.
Subió por la escalera al tercer piso. Las oficinas estaban vacías de personal desde la madrugada pero el hardware de respaldo y los archivos legítimos seguían en su lugar.
Todo lo comprometedor ya estaba en el depósito de Ferreyra.
Entró a la sala de reuniones del fondo. Lo esperaba Héctor "El Perro" Varela con dos hombres atrás, apoyados contra la pared, sin nombres operativos propios, solo números del uno al cinco que Varela usaba para sus cuadros.
Varela tenía cráneo rapado, cuello grueso y una cicatriz que le cruzaba la garganta en diagonal, recuerdo de un ajuste mal terminado en Tucumán a principios de los dos mil.
Vestía camisa negra con botones abiertos hasta el tercero, jean oscuro y botas.
No saludó al entrar Sokolov. No saludaba nunca.
—¿Tengo el número? —preguntó Sokolov.
—Quince hombres listos —dijo Varela—. Doce operativos, tres apoyo técnico.
Todos con antecedentes falsos que se sostienen un mínimo de setenta y dos horas de investigación policial.
Pasados esos tres días, la cadena de identificación se rompe y quedan como desconocidos operativos.
La mitad ya estuvo en trabajos parecidos.
—¿Explosivos?
—Listos en el depósito de Mi Granja —dijo Varela—.
C-4 plástico, cuarenta kilos en total distribuidos en ocho cargas.
Detonadores electrónicos con retardo programable.
El armado lo supervisa directamente el técnico de confianza que usted conoce.
Lo montamos el jueves a la noche adentro del Centro de Convenciones usando una orden de servicio falsa de mantenimiento eléctrico.
Sokolov caminó hasta la ventana y miró la calle por la persiana. Duarte Quirós seguía con su tráfico de mediodía. Nadie miraba al edificio.
—La firma —dijo. Varela entendió.
—El mensaje que va a aparecer en la prensa se está armando ahora —dijo Varela—. Estilo panfletario, en árabe y castellano, con simbología identificable. Va a mencionar a Roldán como objetivo específico por sus causas contra el narcoterrorismo en el norte.
Cuarenta minutos después del atentado va a circular por canales de Telegram que nuestros hombres ya tienen activos desde hace ocho meses. Después lo levantan los medios nacionales.
—¿Investigaciones preventivas?
—El paralelo se armó hace dos semanas —dijo Varela—.
Tres supuestos sospechosos, dos de origen sirio y uno libanés, todos con pasaportes con entradas irregulares al país en los últimos cuatro meses.
Están detenidos en una pensión en Buenos Aires, sin saber que son el relato.
Las fotos, los documentos y las pruebas están sembradas.
La policía federal los va a encontrar con los datos que le pasemos por los canales oficiales el sábado a la mañana.
Sokolov se giró desde la ventana.
—Necesito una cosa más —dijo—. Un imprevisto asegurado.
—¿Qué tipo?
—Un integrante adicional en la célula ficticia —dijo—. Alguien real, capturado vivo, con acento extranjero convincente. Que pueda ser entrevistado por la prensa en las primeras cuarenta y ocho horas y confirme el relato oficial sin contradicciones. Alguien desechable pero con biografía creíble.
Varela asintió lento.
—Tengo a alguien —dijo—. Boliviano de origen sirio, treinta y dos años, llegó al país hace seis meses. Habla árabe, castellano con acento y un poco de francés. Debe dinero a varios lados. Es manejable.
—Excelente —dijo Sokolov—. Asegurate que llegue vivo al operativo del sábado. Después puede desaparecer.
—Entendido.
Sokolov caminó hasta la puerta. Antes de salir se dio vuelta.
—Varela —dijo—. Si algo sale mal y llegan a nosotros, vos ejecutás el plan de contingencia tres. Sin contactarme. Sin esperar autorización.
Varela cerró los ojos un segundo y los volvió a abrir.
—Ejecución directa sobre testigos vivos —dijo—. Confirmado.
Sokolov asintió y salió. La puerta se cerró detrás de él con un click metálico suave.
La Jaula Vacía
Trejo detectó el movimiento de Sokolov a las 11:47.
La jaula seguía sin actividad desde el cierre de la puerta trasera a las 02:56.
La señal vino de otro lado: uno de los siete operadores comprometidos había recibido una nueva orden, esta vez fuera del sistema infectado, por un canal externo que Trejo jamás había visto.
Lo detectó porque el operador tenía activos en su terminal institucional varios monitores que Trejo estaba observando en tiempo real desde el búnker.
El operador había abierto una aplicación de mensajería cifrada distinta a la que usaban con Sokolov habitualmente. Recibió un mensaje corto de cuatro palabras. Respondió con una sola. Cerró la aplicación.
Trejo pasó esa información a Ferrero por el canal cifrado a las 11:49.
Los siete operadores acaban de recibir un mensaje por canal alternativo.
Sokolov abandonó el canal comprometido por completo y los está dirigiendo por una vía nueva que ignoramos.
Perdimos visibilidad sobre sus órdenes operativas.
Ferrero leyó el mensaje en la cocina de la quinta de Villa Allende con el primer mate de la mañana en la mano. Romina revolvía una olla de avena sobre la hornalla. Mía dibujaba sobre la mesa con lápices que Morales había traído al amanecer desde un kiosco.
El Gallego estaba sentado frente a Ferrero, con una taza de café entre las manos y la campera apoyada sobre el respaldo de la silla.
Ferrero apoyó el teléfono sobre la mesa y miró a Morales.
—Sokolov cambió de canal. Trejo perdió cobertura —dijo—. Los operadores están recibiendo órdenes por una vía nueva. Estamos ciegos sobre lo que planea.
Morales se recostó en la silla. —¿Cuánto tiempo va a tardar Trejo en recuperar acceso?
—Horas, quizás más —dijo Ferrero—. Tiene que mapear la nueva infraestructura desde cero. Mientras tanto, Sokolov tiene ventana libre para moverse.
Romina apagó la hornalla y giró apoyándose contra el anafe. —¿Qué van a hacer?
Ferrero la miró dos segundos. Era la primera pregunta operativa que Romina hacía desde la noche anterior.
—Todavía no sé —dijo—. Estamos esperando a que Rosas nos confirme los tiempos judiciales. Si Santucho detecta que la causa ya está en marcha, Sokolov puede acelerar algo grande para taparla con otro evento más urgente.
—¿Algo grande como qué? —preguntó Mía desde la mesa, sin levantar la vista del dibujo.
Los tres adultos se quedaron callados un segundo. Ferrero la miró. La nena tenía el pelo atado y los labios apretados por la concentración, pero había escuchado cada palabra.
—Mía —dijo Ferrero con cuidado—. ¿Vos cuánto estás escuchando de esto?
—Todo —dijo Mía—. Siempre escucho todo. Lo que pasa es que nunca digo nada.
Romina se tapó la boca con la mano medio segundo. Después rió sin ganas. — Es hija tuya.
Ferrero se levantó y fue a la mesa. Se sentó junto a Mía. La chica levantó la vista por primera vez. Lo miró con la seriedad de siempre.
—Nena —dijo—. Lo que hablamos acá se queda acá. No se cuenta en la escuela cuando vuelvas, no se le dice a tus compañeras, no se le dice a la abuela por teléfono. ¿Entendés?
—Entiendo —dijo Mía—. ¿Cuándo vuelvo a la escuela?
—Cuando esto termine.
—¿Y cuándo termina?
—Lo más rápido que pueda.
Mía volvió al dibujo. Ferrero le apoyó la mano en la nuca tres segundos. Se levantó. —Gallego —dijo—. Vamos a volver al búnker. Trejo necesita apoyo y no podemos trabajar por canal cifrado una jornada entera. Si Santucho activó un plan grande, tenemos que descubrirlo en las próximas seis horas.
Morales se puso la campera. —¿Romina se queda?
—Se queda —dijo Ferrero—. Si no vuelvo a las siete de la tarde, activa el plan B con el segundo contacto que te pasé. Lleva a Mía a la casa de la hermana de Carmen en Alta Córdoba y me esperás ahí.