EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

EL RUSO

Diego Sokolov

Se sentó en el borde de la cama. Pies desnudos sobre el piso de madera clara. Espalda recta. Cerró los ojos sesenta segundos y ejecutó una revisión mental del día anterior: cada decisión tomada, cada información recibida, cada movimiento pendiente.

Cuando abrió los ojos, la decisión ya estaba tomada.

El canal de acceso al backbone de la Jefatura se había cerrado a las 02:56 de la madrugada anterior por alguien que había logrado filtrarse dentro del sistema.

Sokolov aún no sabía quién, pero tenía tres hipótesis ordenadas por probabilidad.

La primera era Ferrero, la segunda una operación coordinada de la AFI nacional, la tercera una filtración accidental desde adentro del propio Proyecto Nodo que alguien había sabido aprovechar.

Las tres requerían el mismo tipo de respuesta inicial: cero suposiciones, cero dramatismo, aislamiento inmediato de todos los vectores expuestos.

Se levantó. Fue al baño. Se duchó con agua fría tres minutos con dieciocho segundos.

Se vistió con la misma ropa de todos los días: pantalón negro de corte recto, remera de cuello alto negra de tejido técnico, zapatos bajos de cuero sin cordones.

Ningún reloj en la muñeca. El reloj analógico quedaba sobre la mesada del baño, boca abajo, como todas las mañanas.

Sokolov medía el tiempo cuando era necesario y lo ignoraba el resto del día.

El departamento ocupaba el piso 24 de una torre privada sobre el Bulevar Chacabuco, con vista abierta al Parque Sarmiento y al Faro del Bicentenario. Lo había comprado hacía cinco años con dinero legal declarado ante la AFIP bajo cinco conceptos distintos.

La decoración era minimalista y funcional: mobiliario blanco, paredes grises, tres plantas en esquinas estratégicas.

Caminó hasta la cocina. Sirvió un vaso de agua filtrada. Lo bebió entero de pie frente a la ventana. Afuera la ciudad empezaba a despertar con el ritmo de cualquier martes de otoño: tráfico moderado por Lugones, algunos corredores en el parque, el cielo con la claridad gris que precede al amanecer.

El teléfono cifrado sobre la mesa del comedor vibró. Sokolov lo tomó sin apuro y leyó el mensaje del jefe de operaciones de Vértice Sistemas.

Evacuación completa de Duarte Quirós. Hardware crítico trasladado a depósito secundario. Los siete operadores en receso operativo. Esperando instrucciones.

Sokolov respondió con tres palabras. Reunión.

Diez. Ferreyra. Apagó el teléfono, lo dejó sobre la mesa y caminó hacia el vestidor.

Sacó un saco gris claro del perchero y se lo puso.

Antes de salir, se detuvo frente al espejo del pasillo y se acomodó el cuello de la remera con dos dedos.

La imagen que le devolvía el reflejo era la de un hombre de cuarenta y tres años, pálido, delgado, sin expresión facial detectable.

Asintió una vez. Salió del departamento con paso regular.

Alguien había entrado a su sistema. En las próximas doce horas, iba a descubrir quién. Y en las siguientes veinticuatro, iba a encargarse de cerrar el hueco para siempre.

Parque Industrial Ferreyra

El depósito ocupaba una nave industrial de setecientos metros cuadrados en el Parque Industrial Ferreyra, al sur de Córdoba, sobre la ruta A-174.

Figuraba en el Registro Público de Comercio como centro de almacenamiento técnico secundario de Vértice Sistemas SA, con habilitación municipal completa, pago de impuestos al día y reporte trimestral a la AFIP.

Tenía dos cámaras registradas legalmente en el acceso principal y cero cámaras visibles en el resto del predio.

Lo que estaba adentro no figuraba en ningún inventario declarado.

Sokolov llegó a las 09:58 en un Toyota Corolla blanco sin patente de alta gama, conducido por un chofer de confianza que no hablaba en ningún trayecto y que solo cobraba en efectivo dos veces por mes.

El Corolla cruzó el portón con lector RFID y se detuvo frente a la puerta lateral del galpón. Sokolov bajó sin apurar el paso. El chofer esperó con el motor encendido.

Adentro lo esperaban tres hombres. El jefe de operaciones de Vértice, un exmilitar de cincuenta y ocho años con dos años de operaciones conjuntas con la inteligencia rusa en los años noventa.

El responsable técnico del Proyecto Nodo, un ingeniero eléctrico formado en Moscú que Sokolov había traído a Argentina siete años atrás con contrato de consultoría.

Y el tercero, un hombre que Sokolov conocía solo como el Enviado, representante directo del círculo político que financiaba el proyecto a nivel nacional.

Santucho no estaba presente. Santucho nunca estaba presente en reuniones operativas.

La mesa de trabajo era de acero inoxidable, rectangular, con cuatro sillas vacías alrededor.

Sobre la mesa había un plano impreso del backbone de la Jefatura, dos notebooks encendidas y una carpeta de cuero con documentos.

Sokolov se sentó en la silla que le correspondía por defecto en cualquier reunión: la que daba la espalda a la pared más sólida y tenía ángulo de visión completo sobre las dos entradas.

—¿Qué tenemos confirmado? —preguntó.

El responsable técnico abrió la notebook.

—La exfiltración duró cincuenta y seis minutos exactos —dijo—.

Perdimos siete punto dos gigabytes del servidor espejo.

El atacante priorizó el índice maestro, la correspondencia cifrada y los registros de transferencias.

Dejó de lado los archivos de bajo valor.

Fue una extracción profesional, con criterio de selección.

—¿Identificación del atacante?

—Todavía no hay firma concluyente —dijo el técnico—.

Pero hay una pista. El atacante usó la propia puerta trasera que teníamos instalada como canal de escritura.

Eso significa que había analizado previamente el sistema, conocía la arquitectura y tenía acceso físico o lógico a la Jefatura.

Los candidatos lógicos se reducen a tres o cuatro personas con acceso de administrador al backbone.

—Ferrero —dijo el jefe de operaciones.

Sokolov asintió una sola vez. —Asumamos que fue Ferrero —dijo—. Y asumamos que tuvo ayuda interna.

Alguien le abrió puertas que él solo no podría abrir en cuarenta y ocho horas. Alguien con acceso directo al backbone y conocimiento del payload que entregamos anoche.

El técnico lo miró con una duda que no se atrevió a formular.

—Trejo —dijo el Enviado.

La palabra quedó flotando sobre la mesa. El jefe de operaciones cerró la mano derecha sobre el plano con un movimiento imperceptible. El técnico miró su notebook. Sokolov no se movió.

—Es una hipótesis —dijo—. Válida, pero sin prueba concreta.

Si es correcta, Trejo está con Ferrero desde al menos veinticuatro horas antes de la exfiltración.

Esto explica el retardo con el que se detectó la anomalía y el conocimiento preciso de los archivos a extraer.

Pero no lo podemos ejecutar hasta no tener evidencia dura.

Si lo apuramos sin pruebas, nos quedamos sin nuestro único operador de alto acceso en Cibercrimen.

—Entonces esperamos —dijo el jefe de operaciones.

—Esperamos —confirmó Sokolov—. Y paralelamente resolvemos el problema principal: Ferrero tiene los datos. Si los datos llegan a un fiscal independiente antes de que los neutralicemos, el Proyecto Nodo colapsa en setenta y dos horas.

El Enviado se recostó y cruzó los brazos. —¿Qué propone?

Sokolov lo miró con la misma expresión neutral de siempre. —Propongo cambiar el juego.

El Cambio de Juego

Sokolov se puso de pie y caminó hasta el fondo del galpón.

Allí había una pizarra blanca de tres metros por dos que los técnicos usaban para diagramar arquitecturas de red.

La limpió con un borrador seco y destapó un marcador negro.

Los otros tres se giraron en las sillas para verlo.

Dibujó tres círculos separados. Escribió un nombre debajo de cada uno. FERRERO. ROSAS. EVIDENCIA.

—La solución convencional sería atacar cada círculo en paralelo: eliminar a Ferrero, desprestigiar a Rosas, desacreditar la evidencia.

Tres operaciones simultáneas, cada una con alto riesgo y alta exposición. Costos operativos enormes. Probabilidad de éxito bajo estrés temporal: inferior al cuarenta por ciento.

El jefe de operaciones asintió. Lo mismo había pensado él desde la madrugada.

—La solución no convencional es diferente —siguió Sokolov—. Trazar un solo movimiento que vuelva irrelevantes los tres círculos al mismo tiempo. Trazó una línea gruesa que atravesaba los tres círculos. Escribió una palabra encima. CAOS.

—Si Córdoba entra en crisis institucional grave en las próximas cuarenta y ocho horas, la evidencia que recogió Ferrero pierde prioridad frente a un problema mayor —dijo—.

Rosas no puede avanzar con una causa técnica contra funcionarios provinciales si el gobierno nacional declara una intervención de emergencia sobre la provincia.

Ferrero se vuelve un problema periférico.

Santucho queda consolidado como la figura que ordena el caos desde la intervención federal.

—¿Qué tipo de crisis? —preguntó el Enviado.

—Una que justifique la declaración de estado de conmoción interior —dijo Sokolov—.

Un atentado en un lugar simbólico, con víctimas civiles, atribuible a un enemigo que exige respuesta inmediata del Estado.

El fiscal general Roldán es el objetivo más redituable.

Matarlo en un acto público, en un evento institucional, con un mensaje que implique amenaza terrorista o narcoterrorista.

El mensaje no necesita ser creíble al cien por ciento.

Solo necesita ser verosímil durante las primeras setenta y dos horas.

El responsable técnico levantó la vista. —Eso implica una operación de alto impacto y complejidad logística. ¿Tenemos los recursos?