EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

El garaje era un rectángulo de cuarenta metros por veinte, con luces tenues de emergencia en las esquinas y plazas vacías salvo por tres vehículos oficiales estacionados contra la pared del fondo.

Rosas estaba de pie junto a un Volkswagen Gol gris con patente oficial, con un abrigo negro sobre una camisa blanca y el mismo rostro serio de la reunión de la tarde.

Ferrero cruzó el garaje. Rosas le hizo un gesto para que se acercara al auto y abrió la puerta del asiento trasero. Subieron los dos, cada uno por su lado. Rosas dejó abierta apenas una ventanilla de dos centímetros.

—Vamos a grabar esta reunión en mi notebook personal, con encriptación — dijo—. Lo que usted me entregue hoy va directo a la Procuración General antes del mediodía. A partir de ese momento la evidencia entra a cadena de custodia federal y yo firmo personalmente la responsabilidad.

Ferrero sacó el disco de la funda y se lo extendió. Rosas lo conectó a la notebook y abrió el índice maestro. Durante los siguientes veintidós minutos leyó en silencio, con los anteojos puestos y el dedo índice moviéndose por el panel táctil. La cara no le cambió de expresión ni una sola vez.

Cuando terminó, cerró la notebook y miró a Ferrero.

—Esto es más de lo que yo pensaba que podía conseguir en seis meses —dijo

—. Tengo pruebas duras contra tres legisladores nacionales, seis funcionarios provinciales, dos empresarios de alto perfil y Gabriel Santucho.

Transferencias documentadas, correspondencia cifrada, evidencia técnica del sistema de vigilancia y siete operadores con nombre y apellido adentro de la Policía de Córdoba.

—¿Le alcanza?

—Me alcanza para pedir detenciones en las próximas setenta y dos horas — dijo Rosas—. Pero tengo un problema logístico inmediato. Para que las detenciones sean operativas, necesito que nadie con acceso al sistema judicial federal sepa de esta causa hasta el momento de ejecutarlas.

Eso incluye a mis propios colegas. Voy a trabajar sola con un juez federal de Buenos Aires que conozco personalmente y en el que confío. Pero necesito cuarenta y ocho horas de silencio absoluto.

—¿Qué hago yo en esas cuarenta y ocho horas?

—Se esconde —dijo Rosas—. Usted y su equipo. Si Santucho sospecha que hubo fuga de datos, va a apuntar a todo lo que pueda alcanzar. Va a empezar por usted.

Las Cuarenta y Ocho Horas

Ferrero salió del garaje a las 03:41. Rosas se quedó dentro del Volkswagen con la notebook y una copia encriptada del disco externo. Ferrero llevaba de vuelta el original sellado con el hash de verificación.

Las instrucciones habían quedado claras: cuarenta y ocho horas de silencio absoluto. Cero contacto por canales oficiales. Solo el teléfono cifrado que ambos habían intercambiado en el auto.

Rosas iba a viajar a Buenos Aires esa misma mañana en un vuelo comercial bajo un nombre auxiliar que la Procuración tenía reservado para testigos protegidos.

La Hilux arrancó al primer intento. Ferrero tomó Colón hacia el oeste, con velocidad constante. El centro estaba muerto a esa hora. Una patrulla municipal pasó en sentido contrario sin siquiera mirarlo.

A la altura de la Central de Policía, con los domos 360 vigilando la manzana de Colón y Santa Fe, el teléfono cifrado vibró con un mensaje de Trejo.

Sokolov activó protocolos de emergencia.

Siete operadores comprometidos acaban de recibir orden de suspender toda actividad.

La oficina de Duarte Quirós está siendo evacuada en tiempo real.

Sobrevuelo dos drones civiles sobre la manzana.

Ferrero leyó el mensaje y aceleró. Nos vamos de Santa Rosa, respondió. Veinte minutos. Juntá todo lo crítico en la mochila. Dejá las máquinas montadas funcionando en vacío para ganar tiempo. Si entran a buscar, que encuentren actividad.

La respuesta de Trejo llegó en treinta segundos. Recibido. Empaquetando.

Ferrero entró al búnker por el patio interno a las 03:58. Trejo tenía las mochilas listas contra la puerta: dos discos externos, tres cuadernos de notas, los dispositivos portátiles, la caja con las llaves y los documentos. Todo lo que no podían reponer en cuarenta y ocho horas.

—¿Vos sabés manejar la Hilux? —preguntó Ferrero.

—Sí.

—Vas manejando vos. Yo te explico la ruta a Villa Allende.

Subieron y salieron por el portón hacia la calle.

Trejo manejó sin apuro, en silencio. Ferrero revisó los retrovisores cada cuatro segundos durante los primeros cinco minutos.

Los drones que mencionaba el mensaje probablemente operaban solo sobre el perímetro de Duarte Quirós.

Si Sokolov sospechaba de otra ubicación, ya la habría intervenido. Todavía tenían tiempo.

Tomaron la misma ruta hacia Villa Allende que unas horas antes. Cruzaron la avenida principal a las 04:46. Morales les abrió el portón lateral.

Adentro de la quinta, Romina estaba despierta en el living con una taza de té entre las manos. Mía dormía en uno de los dormitorios. Morales tenía la Bersa Thunder sobre la mesa y una taza de café vacía a su lado.

—¿Todo? —preguntó Morales.

—Todo entregado a Rosas —dijo Ferrero—. Tenemos cuarenta y ocho horas. Santucho no tiene forma de saber qué nos llevamos ni a quién se lo entregamos. Va a desconfiar de cualquier movimiento judicial pero va a estar ciego hasta que lleguen las órdenes de detención.

Romina se levantó sin decir nada y fue a la cocina. Volvió con dos tazas de café calientes. Una para Trejo, otra para Ferrero.

Trejo la tomó con las dos manos. —Gracias —dijo. Romina asintió. Volvió al sillón.

Ferrero se sentó junto a Morales, apoyó el disco externo sobre la mesa del comedor y dejó la Glock junto a él.

El resplandor azul de los monitores del búnker quedaba a treinta kilómetros de distancia.

En el living de la quinta, a las cinco menos diez de la madrugada, los cinco cuerpos respiraban bajo el mismo techo por primera vez en días.

Afuera, los grillos. Adentro, cuatro adultos despiertos y una chica de once años durmiendo en la cama más grande de la casa.

Ferrero miró a Romina. Ella lo miró de vuelta.

—Andá a dormir —dijo Romina—. Seis horas. Te necesitamos entero. Ferrero asintió. Apoyó la cabeza en el respaldo del sillón. Cerró los ojos.