EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

Trejo encontró la puerta trasera a las 01:47 de la madrugada.

Llevaba tres horas y media trabajando sin pausa, con una concentración que solo se rompía para servirse más café.

Ferrero había pasado esas mismas tres horas coordinando por el canal cifrado con Morales, que seguía en la quinta de Villa Allende, y con los tres periodistas que Rosas le había pasado por mensaje a las 22:29.

Los tres habían aceptado mudarse temporalmente a direcciones que Ferrero les sugirió a partir de su red de contactos.

Dos tenían familia y la familia se fue también.

El tercero vivía solo y salió esa misma noche hacia Buenos Aires en un vuelo regular que Ferrero le reservó desde una cuenta de correo cifrada.

Cuando Trejo levantó la vista, tenía los ojos rojos y una sonrisa tensa que no alegraba la cara.

—La encontré —dijo.

Ferrero se sentó junto a él. Trejo le giró el monitor.

—La puerta trasera está instalada hace catorce meses —dijo—.

Tiene firma de Sokolov. Se camufla como un proceso legítimo de actualización del sistema de geolocalización de patrulleros.

Cada ciento veintiocho horas abre un túnel cifrado hacia la misma IP de Paraguay que ya conocemos.

Por ese túnel tiene acceso de lectura y escritura sobre el backbone completo de la Jefatura.

—¿Puedo cortarlo sin que se entere?

—Sí —dijo Trejo—. Y puedo hacer algo mejor. Puedo usarlo. Ya que él cree que está operando desde un canal seguro, le devuelvo los datos que espera recibir pero controlados por mí. Un segundo honeypot. El primero fue la jaula. Este sería una jaula dentro de la jaula.

—¿Eso no lo alerta?

—No si lo hacemos bien —dijo Trejo—.

La puerta trasera ya estaba devolviendo datos reales hasta ahora. Si interrumpo el flujo abruptamente, se alarma. Si le sustituyo los datos por otros que respeten el mismo patrón de volumen, tipo de archivo y frecuencia, no se da cuenta.

Ferrero miró la pantalla cinco segundos. Después asintió.

—Hacelo —dijo—. Pero antes quiero que uses la puerta trasera para sacar los datos que él guardaba ahí.

Copiá todo lo que tenga en su servidor espejo.

Archivos, logs, correspondencia cifrada, cualquier cosa que tenga extraída del backbone en catorce meses.

Eso es evidencia. Eso va a un juez y termina con Santucho.

Trejo abrió una nueva terminal. Las manos le temblaban apenas. Adrenalina pura filtrándose por las yemas después de veinticuatro horas sin parar.

—Si copio el servidor espejo, él se da cuenta en cuarenta minutos —dijo—. Por volumen de tráfico. La puerta trasera tiene un límite de velocidad bidireccional.

—¿Cuánto dato hay del lado de él?

—Imposible saberlo con precisión —dijo Trejo—. Pero el túnel abre cada ciento veintiocho horas y está activo desde hace catorce meses. Decenas de gigabytes, quizás más.

Ferrero hizo un cálculo rápido. —Copiá la carpeta principal —dijo—. Prioridad a archivos de índice, correspondencia cifrada y registros de transacciones. Dejá el resto. Quiero lo que le dé a un fiscal las piezas para pedir captura de Santucho en menos de setenta y dos horas.

—¿Cuánto tiempo?

—Setenta minutos —dijo Ferrero—. Si a los setenta Sokolov detecta la fuga, le metemos el segundo honeypot antes de que cierre la puerta. En el peor escenario, terminamos con lo que tengamos descargado y una nueva jaula funcionando.

Trejo empezó a teclear. La transferencia comenzó en cuarenta segundos, los primeros paquetes fluyendo hacia el disco externo del búnker a velocidad moderada, disimulada entre el tráfico normal de la puerta trasera.

Ferrero se paró, caminó hasta la caja atornillada al piso debajo de la heladera, y la abrió con una llave física.

Sacó la Glock 17, revisó el cargador y se la metió en el cinturón.

A partir de ese momento, si todo salía bien, tenían sesenta y nueve minutos para empezar a ganar.

Si salía mal, tenían setenta para empezar a huir.

La Carrera

A los diecisiete minutos de transferencia, el disco externo tenía dos punto tres gigabytes de datos de Sokolov, copiados y clasificados por Trejo en siete carpetas temáticas.

A los treinta y cuatro minutos, cuatro punto uno gigabytes.

La velocidad se mantenía estable. El servidor de Sokolov respondía con paquetes bien formados y sin señal de alarma.

Trejo había calibrado el canal para que la transferencia pasara por debajo del umbral que activaría los detectores automáticos.

Ferrero observaba la consola sin moverse de la silla.

Los archivos que iban apareciendo confirmaban con creces lo que había supuesto desde el principio.

Contratos internos entre Vértice Sistemas y cinco organismos del Estado provincial.

Correspondencia cifrada entre Sokolov y Cánepa con fechas de 2022 a 2025.

Registros de transferencias bancarias hacia cuentas en Uruguay y Paraguay.

Copias de expedientes judiciales que Sokolov había modificado antes de devolverlos al sistema.

Lista completa de los siete operadores infiltrados en la Jefatura, con sus nombres reales, fechas de reclutamiento y vías de contacto.

—Este solo archivo le da a un fiscal para armar diez imputaciones —dijo Trejo sin apartar la vista de la pantalla—. Y ya tenemos veinte como este.

Ferrero no respondió. Estaba leyendo los índices de las carpetas.

A los cuarenta y seis minutos, la velocidad de transferencia cayó un quince por ciento. Trejo lo detectó al segundo. Tecleó un comando de diagnóstico y la pantalla le devolvió una alerta parpadeante en rojo.

—Sospecha —dijo—. Activó un protocolo de verificación del lado suyo. Está chequeando la integridad del canal.

—¿Cuánto tenemos?

—Entre cuatro y siete minutos antes de que cierre la puerta —dijo Trejo—. Depende de cuán rápido llegue a la conclusión correcta.

Ferrero se inclinó sobre la pantalla.

—Priorizá lo que falta copiar. Dejá todo lo accesorio. Quiero solo los archivos que faltan del índice maestro y las últimas transacciones de las cuentas offshore.

Trejo abrió tres comandos en paralelo. El disco externo vibró con un aumento brusco de actividad de escritura. Los paquetes entraban más rápido y en bloques más grandes. Ferrero podía oír el zumbido del ventilador del disco forzándose.

A los cincuenta y un minutos Trejo confirmó que había capturado el índice maestro completo. A los cincuenta y cuatro la velocidad colapsó. El canal empezó a devolver paquetes incompletos. A los cincuenta y seis, la puerta trasera se cerró del lado de Sokolov.

Trejo tecleó dos comandos más, ejecutó una consulta final y se recostó en la silla.

—Listo —dijo—. Tenemos siete punto dos gigabytes útiles. Incluido el índice maestro, las transferencias, la correspondencia y los siete operadores. Nos falta parte del histórico de 2023 y 2024, pero lo sustancial está.

Ferrero revisó el listado completo. Los archivos estaban ordenados y con hash de verificación. Cualquier juez iba a poder acreditar la integridad de la evidencia. La cadena de custodia quedaba documentada en el log del disco.

—¿Y el segundo honeypot?

—Se fue al carajo —dijo Trejo—. Sokolov cerró la puerta antes de que alcanzáramos a desplegarlo.

A partir de ahora va a saber que alguien estuvo adentro de su sistema.

En menos de una hora va a activar los protocolos de emergencia.

Va a mover el servidor espejo, cambiar las credenciales de los siete operadores, y probablemente ordenar la limpieza física de la oficina de Duarte Quirós.

Ferrero se levantó y caminó hasta el mapa. Miró las chinchetas veinte segundos. Se dio vuelta.

—Que limpie todo lo que quiera —dijo—. Lo importante lo tenemos nosotros. Ahora necesitamos un fiscal dispuesto a moverse rápido.

—Rosas —dijo Trejo.

—Rosas —confirmó Ferrero.

Sacó el teléfono cifrado. Miró el reloj: las 02:43 de la madrugada. Era muy temprano para cualquier cosa. Era perfecto para lo que iban a hacer. Marcó el número.

Rosas atendió al segundo tono. La voz sin rastros de sueño. —Ferrero —dijo ella.

—Doctora —dijo Ferrero—. Tengo siete gigabytes de evidencia. ¿Dónde la veo ahora mismo?

El Garaje del Registro Civil

Rosas le dio una dirección que Ferrero no esperaba: el garaje subterráneo del Registro Civil de la calle Caseros, un espacio que cerraba a las 20:00 y abría a las 07:00, con una entrada lateral de servicio a la que solo tenían acceso tres empleados administrativos y los funcionarios judiciales autorizados por la Procuración.

Rosas le envió por el canal cifrado un código de acceso temporal válido por treinta minutos.

—Vení solo —dijo Rosas antes de cortar—. Disco externo, notebook, nada más. Dejá cualquier dispositivo que pueda geolocalizarte. Yo voy sin asistente y sin custodia, lo cual ya es suficiente riesgo para los dos. Si alguien nos ve juntos esta noche, se terminó la causa antes de empezar.

Ferrero guardó el disco externo en una funda de cuero negra que cerró con cremallera, metió la notebook en su mochila táctica y revisó la Glock por última vez antes de salir.

Trejo iba a quedarse en el búnker para monitorear la reacción de Sokolov y armar el informe técnico que iba a acompañar la evidencia.

—Si en dos horas no vuelvo, avisás a Morales —dijo Ferrero en la puerta—. Él sabe qué hacer.

—Recibido —dijo Trejo.

Ferrero salió a la calle Santa Rosa a las 02:58. La ciudad estaba vacía en el sentido operativo del término: autos esporádicos, taxis sin pasajeros, ningún vehículo con comportamiento sospechoso a simple vista.

Tomó Santa Rosa hacia el este y llegó al Registro Civil, en Chacabuco 700. Estacionó a treinta metros de la entrada, sobre Chacabuco. Caminó hasta la puerta lateral de servicio con la funda del disco pegada al cuerpo bajo la campera. Ingresó el código. La puerta se destrabó con un click.