CAPÍTULO 5 #2
Ferrero miró el reloj: las 19:50. Bianchi había perdido el contacto visual en el barrio de Mía hacía tres horas y media.
A esa altura Santucho ya sabía que Ferrero se había llevado a la hija y probablemente también a la madre.
Los equipos activos iban a rastrillar domicilios registrados a nombre de Ferrero, de Romina, de familiares directos y de contactos profesionales conocidos.
La quinta del cuñado de Morales estaba a varios grados de separación de cualquiera de esos círculos.
Era el mejor escondite improvisado posible.
—Gallego —dijo Ferrero—. Quedate acá hasta que vuelva. Yo voy al búnker. Tengo que ver el movimiento de Sokolov dentro de la jaula y coordinar con Trejo el próximo paso. Vuelvo antes del amanecer.
—¿Me dejás la Hilux? —preguntó Morales.
—Me la llevo. Si pasa algo, sacalas en el Peugeot por el portón lateral. Ya tenés la ubicación de la segunda casa segura que preparé hace dos años para estos casos. No vas a necesitarla, pero existe.
—¿Dónde?
—Si te la digo deja de ser segura —dijo Ferrero—. Solo vos la vas a necesitar si yo no vuelvo. La información está en la caja atornillada al piso debajo de la heladera del búnker. Código de apertura: la fecha del 3 de junio de 2011.
Morales asintió. Era la fecha de la última entrada del cuaderno de Reyna. Una fecha que ninguno de los dos iba a olvidar ya nunca más.
Ferrero caminó hasta Romina y le apoyó la mano en el hombro. Ella lo miró con los ojos cansados.
—Vuelvo en cinco horas máximo —dijo—. Mía y vos van a estar bien acá.
—Andá —dijo Romina.
Ferrero cruzó el living, se agachó frente a Mía y le besó la frente.
La chica lo abrazó sin decir nada durante cinco segundos. Salió al patio. Morales cerró la puerta detrás.
Sokolov
Trejo seguía frente al monitor central, en la misma silla de veintidós horas atrás, con una taza de café vacía sobre la mesa y los ojos hinchados por la falta de sueño.
—Se está quedando más de lo que esperábamos —dijo sin saludar—. Sokolov no da señales de retirarse. Entró a las 10:08 de la mañana y no salió más. Once horas de actividad continua. Reviso cada consulta y me armo un mapa de intereses.
Ferrero se sentó junto a él y miró la pantalla.
Trejo tenía dos monitores con visualizaciones distintas.
Uno mostraba el registro en tiempo real de las consultas de Sokolov.
El otro un grafo de entidades: nombres, expedientes, ubicaciones físicas, vínculos empresariales, cada uno con un peso numérico que representaba cuántas veces Sokolov había consultado información sobre él.
—¿Qué sacaste?
—Sokolov está construyendo un perfil estratégico —dijo Trejo—.
Cada consulta apunta a tres objetivos paralelos: neutralizar a Rosas antes de la audiencia del viernes, mover dinero fuera del circuito legal antes de que lo rastreen, y limpiar el historial digital de Santucho en los próximos tres a cinco días.
Ferrero se recostó y miró el grafo. Sokolov había consultado cuatrocientos treinta y siete expedientes en once horas.
El primer grupo tenía que ver con Rosas: testigos, pruebas, domicilio, vehículos, vínculos familiares, trayectoria profesional.
El segundo con Vértice Sistemas: contratos, transferencias, empleados, proveedores.
El tercero era el más revelador. Expedientes viejos vinculados a Santucho, de la época en que era diputado provincial, antes de la intervención federal.
Expedientes consultados pero no descargados.
—¿Por qué consultar sin descargar?
—Porque los estaba identificando para borrarlos después —dijo Trejo—.
—Eso es lo que haría yo si fuera él. Primero armo el mapa de lo que existe. Después vuelvo con privilegios elevados y elimino todo lo que me compromete. La jaula le está dando acceso de lectura pero cuando quiera ejecutar comandos de escritura o borrado, va a encontrar restricciones.
—¿Cuánto tiempo nos queda antes de que sospeche?
—Calculo cuatro a seis horas —dijo Trejo—. En algún momento va a intentar un comando que le devuelva un error inesperado. Ahí se va a dar cuenta de que lo que ve es una réplica. Tenemos que usar el tiempo que queda para sacar toda la información posible antes de que se caiga el sistema.
Ferrero abrió una terminal nueva y tecleó un comando sobre la jaula. Un log detallado apareció en pantalla. Las últimas cincuenta consultas mostraban un patrón nuevo. Sokolov estaba cruzando los nombres de tres periodistas con los expedientes del Ministerio Público.
—¿Periodistas?
—Leí esto hace media hora —dijo Trejo, señalando un subconjunto del grafo
—. Tres cronistas de medios nacionales. Uno de Buenos Aires, dos de La Voz del Interior. Sokolov está evaluando su nivel de exposición pública y sus contactos dentro del fuero federal. Si te interesa mi interpretación, está construyendo una lista de amenazas secundarias.
—¿Para neutralizar o para apretar?
—Depende del perfil —dijo Trejo—. Si uno tiene familia, va directo a la familia. Si está solo, probablemente va a un accidente. Si tiene contactos fuertes en el sistema, arma una campaña de desprestigio profesional.
Ferrero anotó los tres nombres para cruzarlos con Morales al día siguiente. Los periodistas eran objetivos accesorios para Sokolov pero podían ser aliados si lograban contactarlos antes de que el sistema los alcanzara primero.
Trejo recargó el visualizador con una consulta que acababa de llegar. Lo que apareció en pantalla hizo que Ferrero se inclinara hacia adelante.
Sokolov acababa de descargar el informe técnico del forense Arzamendia sobre Pizarro. El mismo informe que Arzamendia había cerrado esa mañana, sin haber sido archivado todavía en el expediente oficial.
La jaula no contenía ese archivo. Venía del sistema real.
—Lo rompió —dijo Trejo.
La Fisura
Ferrero se levantó y caminó dos pasos hacia atrás. Miró la pantalla desde otro ángulo, como si un cambio de perspectiva pudiera revelar un detalle que se le había escapado.
—¿Estás seguro?
—El informe tiene el timestamp real del sistema central, no el de la jaula — dijo Trejo—. La jaula tenía una versión espejo de hasta una semana atrás. Este archivo es nuevo, lo subió Arzamendia a las 18:30. No podía estar en la copia.
Ferrero revisó los metadatos del archivo uno por uno.
La pantalla confirmaba el dato. Sokolov acababa de descargar un archivo que solo existía en el backbone real.
Eso significaba una de dos cosas: o había detectado la jaula y cambiado de vector de ataque, o había un segundo canal de acceso que ellos desconocían.
—¿Tiene acceso dual?
—Imposible desde un solo pendrive —dijo Trejo—. El payload fue modificado por mí. Solo abre el canal hacia la jaula. A menos que...
Se detuvo. Miró su propio monitor durante cinco segundos.
—A menos que haya otra vía de entrada, instalada antes que la mía —dijo—.
Una puerta trasera que estaba ahí desde hace meses.
Si es así, Sokolov puede estar operando desde los dos lugares al mismo tiempo.
Desde la jaula para hacernos creer que lo tenemos, y desde una puerta trasera más antigua con privilegios reales.
Ferrero cerró los puños. Trejo acababa de articular una posibilidad que los dejaba diez pasos atrás en la carrera.
—¿Podés detectarla?
—Si está ahí, sí —dijo Trejo—. Pero lleva tiempo. Tengo que rastrear cada conexión saliente de los últimos seis meses desde los servidores comprometidos, aislar los patrones anómalos, correlacionar con las firmas que ya conozco de Sokolov. Mínimo cuatro horas.
—Arrancá ya —dijo Ferrero—. Yo me encargo de otra cosa.
Trejo abrió una terminal nueva y empezó a escribir comandos con velocidad de taquígrafo. Ferrero se fue al escritorio del fondo, el del mapa con las chinchetas, y sacó el teléfono cifrado. Marcó un número que tenía en memoria pero nunca había usado.
Tres tonos. Atendió una voz femenina con sueño.
—Doctora Rosas —dijo Ferrero—. Soy Ferrero. Disculpe la hora. Tengo un problema.
—¿Qué pasó? —preguntó Rosas. Ya no tenía sueño.
—La operación de vigilancia que le mencioné esta mañana puede tener más de un canal activo —dijo Ferrero—.
Todavía estamos confirmando el alcance real, pero lo vamos a saber en las próximas horas con certeza técnica.
Mientras tanto, quiero que considere mover la audiencia del viernes a una ubicación de la que nadie sepa hasta el jueves a última hora.
Y si tiene la posibilidad, que se mude esta noche a un lugar que no figure en ningún registro.
—¿Qué tan serio es?
—Serio como para sacar a mi hija de once años de su casa esta tarde y esconderla en una quinta vacía con su madre —dijo Ferrero—. Esa es la referencia.
Hubo una pausa de tres segundos.
—¿Qué más necesita de mí?
—Los nombres de los tres periodistas con los que está trabajando en la causa
—dijo Ferrero—. Sokolov los acaba de incluir en su lista de objetivos. Si los contactamos hoy mismo y les pedimos que se muevan, los sacamos del rango antes de que puedan llegar.
Otra pausa.
—Se los mando por mensaje en diez minutos —dijo Rosas—. Y Ferrero, yo también me muevo esta noche. Sola. Nadie va a saber dónde estoy ni siquiera en la Procuración.
Cortó.
Ferrero guardó el teléfono y miró a Trejo, que tecleaba a velocidad constante con la frente a quince centímetros de la pantalla.
Afuera el viento empezaba a mover las chapas del techo del galpón vecino.
Las 22:18 en el reloj del monitor. La carrera había cambiado de ritmo.
Ahora era Sokolov el que corría hacia adelante y Ferrero el que lo perseguía.
La Puerta Trasera