CAPÍTULO 5
LA AMENAZA
El Audi Gris
El Audi se mantenía a la misma distancia. Ochenta metros, sin variación. Ferrero aceleró a cuarenta por Ituzaingó y el otro replicó la velocidad sin demoras. Un chofer entrenado, un pasajero con una sola instrucción: no perder el objetivo.
—Mía —dijo Ferrero sin girar la cabeza—. Guardame los alfajores en la mochila. Antes de llegar a la pediatra necesito que me hagas un favor.
Mía tomó el paquete del tablero y lo metió en la mochila sin hacer preguntas. Ferrero la miró de reojo. La chica tenía los ojos grandes y serios fijos en el parabrisas, las manos cruzadas sobre la falda.
—¿Qué favor, pa?
—Cuando te diga que te agaches, te agachás. Sin preguntas. ¿Sí? Mía asintió. —Sí.
Ferrero dobló por Buenos Aires sin poner el guiño y aceleró hasta cincuenta.
El Audi reaccionó con medio segundo de retraso.
Dobló también. La distancia se redujo a sesenta metros.
Ferrero tomó la primera bocacalle a la derecha, encontró un callejón corto y frenó detrás de una camioneta de reparto estacionada.
Apagó el motor. Se agachó sobre el volante con Mía instintivamente imitando el movimiento.
El Audi pasó derecho sin detectar la maniobra. Ferrero lo vio alejarse hacia el norte por el retrovisor, doblar en la siguiente esquina y desaparecer.
—Ya está, nena —dijo Ferrero—. Te podés sentar.
Mía se enderezó. Lo miró con la misma expresión seria de siempre. —¿Quién era?
Ferrero apoyó la frente sobre el volante durante tres segundos. Después levantó la cabeza y miró a su hija a los ojos. Era la primera vez en los once años de Mía que iba a contestar esa pregunta con la verdad, aunque fuera una verdad recortada al tamaño que la chica podía manejar.
—Gente que está enojada conmigo porque descubrí algo que no querían que nadie supiera —dijo—.
Quieren asustarme para que deje de investigar. Por eso me siguen.
—¿Me pueden hacer algo a mí?
—Te pueden usar para lastimarme a mí —dijo Ferrero—. Yo no voy a dejar que eso pase. Por eso a partir de ahora tenés que hacer lo que yo te diga sin preguntar, hasta que esto termine. ¿Entendés?
Mía asintió. Le brillaban los ojos pero no lloró. —¿Cuánto tiempo?
—No sé —dijo Ferrero—. Días, quizás semanas. No te voy a mentir.
Arrancó la Hilux y salió del callejón por el lado opuesto. Tomó una calle paralela a Buenos Aires y manejó dos cuadras mirando el retrovisor cada dos segundos. El Audi no apareció. Sacó el teléfono cifrado y marcó a Morales.
—Gallego —dijo cuando atendió—. Tengo a Mía en el auto. Me estaban siguiendo con el Audi de Bianchi. Los perdí en el barrio pero van a volver a aparecer. Necesito que me encuentres en la casa de Romina ahora mismo. Llevo a Mía y llevo a Romina a la casa segura esta noche.
—¿A cuál casa segura? —preguntó Morales—. Nunca hablamos de una casa segura.
—Exactamente —dijo Ferrero—. Por eso es segura. La elegimos ahora entre los dos y no figura en ningún sistema.
—Dejame pensar dos minutos y te llamo —dijo Morales—. No pares en ningún semáforo más de lo necesario.
Cortó. Ferrero giró por Independencia y aceleró a cincuenta y cinco con los dos ojos fijos entre el parabrisas y el retrovisor. Mía tenía las manos cruzadas sobre la mochila azul. Miraba por la ventanilla sin moverse. Tenía el perfil de Romina y la paciencia que Ferrero nunca había sabido tener.
El teléfono volvió a vibrar en dos minutos exactos.
—Villa Allende —dijo Morales—. La quinta de mi cuñado. Está vacía desde enero. Sin cámaras en la cuadra. Tres puertas de salida al fondo, garage cerrado y un portón lateral que da a una calle interna de tierra. Te mando la ubicación en dos minutos por el canal cifrado.
Ferrero colgó. Miró a Mía. —Nos vamos de viaje, nena.
Romina
Romina vivía en un departamento de dos ambientes en el piso 3 de un edificio sobre Roque Sáenz Peña, en Alta Córdoba. Ferrero estacionó a media cuadra, revisó la calle en las dos direcciones durante treinta segundos, y le indicó a Mía que bajara con él tomándola de la mano.
Cruzaron la vereda rápido. Ferrero tocó el timbre desde el portero eléctrico y se mantuvo atento al movimiento de la calle.
—¿Julián? ¿Qué pasa? —dijo Romina.
—Bajá. Tenemos que hablar afuera. Rápido.
—¿Está Mía bien?
—Está conmigo. Bajá.
Cortó. Romina bajó en noventa segundos con el abrigo puesto sobre un jean y una remera, el bolso del consultorio en el hombro y los ojos preocupados. Vio a la hija, le tocó la cara con los dedos.
—¿Qué pasa?
Ferrero le hizo un gesto para que caminaran hasta la Hilux. Romina obedeció sin discutir. Subieron los tres. Ferrero cerró la puerta y la miró a través del retrovisor interno.
—Tengo un problema grande —dijo—. La investigación que estoy llevando me cruzó con gente peligrosa.
Me estaban siguiendo hace veinte minutos cuando fui a buscar a Mía al colegio.
Quieren usarla a ella para apretarme a mí.
No vamos a dejar que pase. Necesito que las dos vengan conmigo esta noche a un lugar seguro.
Ropa para tres días, documentos, medicación si tenés. Nada más. Tenés diez minutos.
Romina no hizo preguntas. Abrió la puerta, bajó y subió al edificio caminando rápido sin correr. Volvió a los ocho minutos con un bolso de lona azul y una mochila más chica para Mía. Subió al asiento del acompañante con el bolso sobre las rodillas.
—¿A dónde vamos?
—Villa Allende —dijo Ferrero—.
Una quinta vacía del cuñado de Morales. Nadie sabe que existe. Tres puertas de salida y un portón lateral.
—¿Cuánto tiempo?
—Días —dijo—. Te voy explicando en el camino lo que se pueda explicar.
Romina asintió. Miró a Mía por el espejo retrovisor. Mía la miraba a ella con la misma seriedad que había mantenido durante toda la tarde. Romina le extendió la mano hacia atrás entre los asientos. Mía la tomó.
Ferrero arrancó y tomó Roque Sáenz Peña hacia el norte. El tráfico de la tarde estaba denso pero fluido. Revisó los retrovisores cada tres segundos durante los primeros cinco minutos. El Audi no apareció. Cruzó el río y tomó rumbo a Villa Allende por Rafael Núñez.
—¿Qué descubriste? —preguntó Romina en voz baja, sin mirarlo. Ferrero dudó tres segundos. Después decidió.
—Estoy investigando a Gabriel Santucho —dijo—.
Él y otros montaron un sistema de vigilancia y extorsión masiva usando la infraestructura del Estado.
Mataron a tres personas en los últimos meses.
Ahora se dieron cuenta de que estoy cerca y quieren frenarme.
Primero mandaron un mensaje al celular mío cuando estaba por buscar a Mía.
Después un auto me siguió desde el colegio. No es casualidad. Es una escalada.
Romina no giró la cabeza. Miró por la ventanilla del acompañante quince segundos antes de hablar.
—Gabriel Santucho es el Interventor Federal —dijo.
—Sí.
—El de los carteles de campaña en todas las avenidas de la ciudad.
—Sí.
Romina cerró los ojos cinco segundos. Cuando los abrió, la expresión era más firme.
—Mía termina sexto grado en dos meses —dijo—. No va a perder clases. Buscamos la manera.
—Vamos a buscar la manera —dijo Ferrero.
El sol bajaba detrás de las sierras. Mía seguía tomada de la mano de Romina entre los asientos y miraba el paisaje sin hablar.
El teléfono cifrado vibró sobre el tablero con un mensaje de Morales: la ubicación exacta de la quinta, coordenadas GPS y tres instrucciones para entrar sin ser visto desde la calle principal.
Ferrero leyó de reojo y aceleró sobre la variante despejada.
La Quinta
La quinta estaba en una calle interna sin asfaltar a seiscientos metros de la avenida principal de Villa Allende.
Terreno de cuatro mil metros cuadrados, casa de material de una sola planta con techo de tejas, galería cubierta y pileta de fibra vacía.
Dos puertas traseras daban a un patio con parrilla, una tercera salida comunicaba con un portón lateral sobre una calle de tierra paralela.
Morales había llegado veinte minutos antes en el Peugeot y ya tenía las luces exteriores apagadas y el acceso principal con las persianas bajas.
Ferrero entró por el portón lateral con la Hilux. Morales cerró detrás. Romina y Mía bajaron del auto con los bolsos. Ferrero sacó del asiento trasero dos mochilas tácticas con ropa propia y equipo, las guardó en el armario del cuarto principal, y volvió al living.
Morales tenía abierto un mapa de la quinta sobre la mesa del comedor, dibujado a mano con lápiz negro y marcador azul.
—Tres salidas posibles —dijo Morales señalando los trazos—.
La principal, el portón lateral, y por el fondo un paredón de dos metros que da a un terreno baldío con salida a otra calle interna.
Si tenemos que sacarlas rápido, usamos el portón lateral.
Si está comprometido, vamos por el fondo.
Si tenemos que quedarnos, la casa se defiende bien desde el living porque tiene ventanas chicas y todas las puertas traseras de madera maciza.
Romina estaba de pie junto a la ventana del living con los brazos cruzados. Miraba el jardín a oscuras sin decir nada. Mía se había sentado en un sillón del rincón con la mochila sobre la falda, abrazándola.
—¿Hay señal acá? —preguntó Romina sin girarse.
—Depende —dijo Morales—. Hay una antena de Movistar sobre el camino de ingreso. Te llega cerca de las ventanas que dan al frente. En el fondo se pierde.
—¿Internet?
—El wifi del vecino de al lado —dijo Morales—. La clave está anotada en la puerta del heladera.
—¿Cámaras? —preguntó Ferrero.
—Ninguna —dijo Morales—. Mi cuñado nunca las quiso instalar. Decía que el día que las cámaras empezaban a cuidar una casa, la casa dejaba de ser un lugar.