EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 4 #4
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CAPÍTULO 4 #4

—Ese expediente fue consultado hace una hora y cuarenta minutos desde un sistema que hemos estado vigilando —dijo Ferrero—.

Quien lo consultó descargó los tres archivos.

No es un compañero suyo. Es una estructura externa, criminal, con acceso privilegiado al backbone de la Policía de Córdoba, y probablemente también al sistema judicial federal, por vínculos que ahora mismo no puedo confirmar con pruebas duras.

Rosas no movió un músculo de la cara. —¿Cómo sabe todo esto?

—Porque el acceso que usaron lo controlo yo —dijo Ferrero—. Es una jaula digital que armé anoche. Ellos creen que están adentro del sistema real. Yo veo cada consulta que hacen en tiempo real. Lo que acabo de contarle es lo que vi hace dos horas desde mi búnker.

—¿Por qué viene a mí directamente y no a su superior o a un juez?

—Porque mi superior está comprometido —dijo Ferrero—. La estructura que le sigue el rastro a usted tiene gente adentro de mi jefatura, adentro del fuero provincial y probablemente adentro del fuero federal. Cualquier aviso por canales oficiales llega alterado o no llega.

Rosas se quedó callada quince segundos. Caminó hasta la mesa y se sentó frente al analizador.

—¿Tiene pruebas de lo que dice? —preguntó.

—Tengo los registros de acceso desde la jaula —dijo Ferrero—. Tengo la captura del tráfico. Tengo los nombres de los operadores comprometidos dentro de la Jefatura. Y tengo el nombre del que está arriba de todo eso.

—¿Quién?

—Gabriel Santucho —dijo Ferrero.

Rosas se sacó los anteojos despacio. Los dejó sobre la mesa. —Siéntese, subinspector —dijo—. Esto va a llevar más de cinco minutos.

Mía

Ferrero salió del edificio de Rosas a las 14:37 con el analizador en el bolsillo, el cansancio de dos noches sin dormir acumulado en los hombros y un acuerdo operativo cerrado en cuarenta y ocho minutos de conversación.

Rosas había aceptado dos cosas: cambiar la sede de la audiencia del viernes, pidiendo al juez una excepción por razones de seguridad con una justificación administrativa creíble, y dejar de usar los canales digitales del fuero federal para cualquier comunicación sensible, pasando a un sistema de contacto físico con un solo asistente de confianza.

A cambio, Ferrero iba a pasarle los nombres de los operadores comprometidos y la lista completa de consultas que Sokolov ejecutara desde la jaula en las próximas setenta y dos horas.

La Hilux arrancó al primer intento. Ferrero tomó Hipólito Yrigoyen hacia el Parque Sarmiento y llegó a la esquina donde quedaba el colegio de Mía. Un colegio privado laico, mediano, con salida a las 16:00.

Llegó a las 15:51 y estacionó a media cuadra de la entrada. Apagó el motor. Se quedó mirando la puerta a través del parabrisas.

Había traído a Mía a ese colegio desde primer grado.

Conocía cada rostro del equipo directivo, cada turno del portero, cada día de la semana en que salían con delantal gris o con uniforme formal.

Mía iba a salir a las 16:00 con el grupo de sexto grado, iba a buscarlo con la vista entre los autos estacionados, iba a caminar hacia la Hilux con la mochila al hombro y el mismo silencio prolijo de siempre.

Lo iba a mirar a la cara en el asiento del acompañante durante tres segundos antes de saludarlo. Y reconocer en esos tres segundos que el padre llevaba dos noches sin dormir y que algo andaba mal, aunque él intentara esconderlo bajo una sonrisa.

Ferrero abrió la guantera. Sacó un paquete de alfajores triples de chocolate que le había comprado esa misma mañana en un kiosco de Nueva Córdoba antes de ir al búnker. Los puso sobre el tablero. Era el ritual de los jueves. Mía los iba a ver apenas abriera la puerta.

Sonó el timbre del colegio. Ferrero miró el reloj: las 16:00 en punto.

La puerta principal se abrió y empezaron a salir los chicos en grupos pequeños, en orden, con las maestras acompañándolos hasta la vereda.

Ferrero ubicó a Mía entre los primeros. Mochila azul cruzada al hombro, delantal blanco mal abrochado en el cuello.

Caminaba mirando al piso, concentrada en algo que pensaba.

Levantó la vista. Vio la Hilux a media cuadra.

Se le iluminó un poco la cara. Caminó hacia el auto.

Ferrero bajó la ventanilla del acompañante.

En ese momento su teléfono personal vibró sobre el asiento con un mensaje entrante.

Ferrero lo miró de reojo mientras Mía abría la puerta.

El número era desconocido, sin código de área reconocible.

Cuatro palabras en mayúsculas. NOS VEMOS EN UN RATO.

Ferrero sintió el frío subir desde la base de la columna.

Mía subió al asiento, cerró la puerta, se acomodó la mochila sobre la falda.

Ella lo miró con la seriedad de siempre.

—Hola, pa —dijo.

Ferrero dejó el teléfono boca abajo sobre el tablero, cubriendo el mensaje. Miró a Mía. Le sonrió lo mejor que pudo.

—Hola, nena —dijo—. ¿Cómo fue el día?

Arrancó la Hilux. Empezó a manejar hacia el consultorio de la pediatra con las dos manos firmes sobre el volante y la vista fija en el espejo retrovisor. Detrás, a ochenta metros de distancia, un Audi A4 gris oscuro con patente parcial CRK-2 giraba despacio en la misma dirección.