CAPÍTULO 3 #4
—Quiero que entiendas dónde estás parado —dijo Ferrero—.
En ocho minutos vamos a salir de este edificio por una ruta que no va a dejar registro.
Tu radio y tu teléfono quedan arriba. Tu mochila, tu moto, todo lo que tenés acá adentro se queda tal como está.
A partir de las cuatro menos cuarto sos un cabo que desapareció en medio de la tarde sin dar explicaciones.
Los seis operadores que trabajan con vos van a tardar entre una y dos horas en detectar tu ausencia.
Para cuando lo hagan, vos y yo vamos a estar en un lugar donde nadie nos va a buscar.
—¿Y después?
—Después tenés dos opciones —dijo Ferrero—.
Opción uno: me contás todo lo que sabés.
Nombres, direcciones IP, ubicaciones físicas, protocolos de contacto con Sokolov, estructura de mando por encima de él, mecanismos de pago, identidades de los otros seis operadores.
Todo. Yo armo un expediente con evidencia dura y te ofrezco protección.
Opción dos: no colaborás, y en ese caso yo decido qué hacer con vos.
—¿Por qué me está ofreciendo la opción uno?
—Porque creo que entraste al Proyecto Nodo por motivos equivocados pero honestos —dijo Ferrero—. Sokolov te mostró resultados y te convenció de que el sistema funciona. Tengo información que vas a querer ver antes de decidir. Sobre qué es realmente el Proyecto Nodo y quién está arriba de Sokolov.
—¿Quién está arriba?
Ferrero no respondió la pregunta directa. —Adentro del auto hay un cuaderno
—dijo—. Es una copia del original. Lo escribió un Comisario de Asuntos Internos en el 2011, dos meses antes de tener un ACV que no fue natural. Tiene los nombres, los montos, las fechas y la estructura completa del Proyecto Nodo. Vas a leer cuatro páginas. Después decidís.
Trejo se quedó callado. La vena del cuello ya se le había normalizado.
—¿Quién es usted realmente, Ferrero?
—El tipo que está tratando de salvarte la vida —dijo—.
Sokolov pensaba eliminarte después de la operación contra mí.
Eras el próximo eslabón descartable de la cadena.
Tu llamada de esta mañana ya estaba registrada en los servidores que ellos controlan.
Te usan hasta que dejás de ser útil y después desaparecés como los analistas del Ministerio de Finanzas.
Trejo no movió un músculo de la cara durante seis segundos. Después bajó los ojos al piso de hormigón pintado.
—¿Cuánto tiempo me queda para decidir?
—Cuatro minutos —dijo Ferrero—. El auto nos espera en la rampa a las cuatro menos cuarto. Si salís conmigo, salís colaborando. Si te quedás acá, salís bajo arresto formal y los seis se enteran en media hora.
Trejo levantó la vista.
—Salgo con usted —dijo.
Ferrero sacó la llave del bolsillo y abrió la puerta.
El Taller
El Renault 19 de Morales esperaba sobre la rampa de proveedores con el motor encendido y las luces apagadas.
Ferrero salió primero del estacionamiento subterráneo con Trejo detrás, los dos al mismo paso, sin mirar las cámaras que tenían las luces de actividad apagadas desde hacía ocho minutos.
Morales abrió la puerta trasera sin bajar.
Trejo subió. Ferrero rodeó el auto y se sentó adelante.
Morales arrancó antes de que cerrara la puerta.
Salieron por la rampa hacia Colón y giraron al este. El tráfico de media tarde era denso pero fluido. Morales manejaba sin apuro, respetando los semáforos, bajo el límite de velocidad. Nadie habló durante los primeros minutos.
Cruzaron a Olmos, el Puente 24 de Septiembre, y entraron a San Vicente por Agustín Garzón. Dos cuadras más adelante, Morales giró por una calle interna sin nombre visible y estacionó frente a una persiana metálica gris con la pintura cuarteada.
El taller del primo de Ferrero ocupaba la planta baja de una casa de material de dos plantas. La persiana tenía candado doble. Ferrero bajó, abrió los candados con dos llaves distintas y la levantó un metro y medio.
Morales entró con el Renault en marcha baja, Ferrero bajó la persiana detrás y cerró desde adentro.
El interior era un rectángulo de diez metros por seis, piso de cemento alisado con manchas viejas de grasa y aceite.
Un banco de trabajo contra la pared derecha, una mesa metálica en el centro con dos sillas plegables y un tablero con herramientas oxidadas.
Ferrero encendió dos lámparas de tubo. Morales apagó el motor y se bajó.
Trejo bajó del asiento trasero y miró el lugar durante cinco segundos. Caminó hasta la mesa y se sentó sin que nadie se lo indicara. Puso las manos sobre la mesa, palmas hacia abajo.
Ferrero fue hasta el fondo y volvió con un paquete envuelto en papel madera. Lo desenvolvió sobre la mesa. Era el cuaderno original de Reyna. Tapa dura negra, lomo reforzado con cinta de tela, las tapas combadas por la humedad de catorce años guardado en una caja de metal. Lo puso frente a Trejo.
—Este es el cuaderno original de Reyna —dijo—.
El que le entregué a Bianchi hace cinco horas era una copia armada por mí anoche.
A estas alturas Bianchi ya lo abrió y Santucho ya se dio cuenta de que es falso.
Eso significa que arriba ya saben que fallaste en mantenerme quieto.
Tu vida útil dentro del Proyecto Nodo terminó hace aproximadamente dos horas.
Trejo miró el cuaderno. Después miró a Ferrero.
—¿Santucho?
Morales tomó una silla plegable y se sentó enfrente de Trejo. Ferrero se quedó de pie entre los dos.
—Gabriel Santucho —dijo Ferrero—. Interventor federal. El cuarto nombre en este cuaderno. El que está arriba de Cánepa, que está arriba de Sokolov, que está arriba tuyo. Cuatro niveles, Flaco. Creías que estabas cerca del vértice. Estabas en el piso de abajo del piso de abajo.
Trejo no hizo preguntas. La cara se le endureció en una expresión que Ferrero le veía por primera vez: una mezcla de vergüenza profesional y algo más frío, más concentrado. La cara de alguien que acaba de descubrir que llevaba dos años trabajando para una estructura que lo despreciaba.
—¿Qué necesitan?
Ferrero sacó una grabadora digital del bolsillo interno de la campera. La puso sobre la mesa junto al cuaderno. Apretó el botón rojo de grabación.
—Empezá por cómo te contactó Sokolov la primera vez —dijo—. Lugar, fecha, contexto. Después me contás todo lo demás, en el orden que te salga. Tenés toda la noche.
Trejo miró la grabadora. Miró a Morales. Miró el cuaderno abierto sobre la mesa.
Habló durante cuatro horas.