CAPÍTULO 4
LA JEFATURA CIEGA
El Regreso
Subió la escalera al tercer piso con el mismo ritmo de siempre.
Saludó al guardia con la misma inclinación de cabeza.
Se sentó en su puesto, encendió las dos torres y revisó el correo institucional con la misma secuencia de clics que llevaba ejecutando desde hacía tres años y dos meses.
Todo era idéntico al día anterior excepto una cosa: ahora llevaba un transmisor del tamaño de una moneda cosido al interior del bolsillo izquierdo de la campera, y un micrófono de contacto pegado con adhesivo quirúrgico en la cara interna del cuello de la camisa.
Ferrero escuchaba en tiempo real desde el búnker de Santa Rosa.
La primera señal de Sokolov llegó a las 9:17. Un mensaje corto en el canal privado de Tor que Trejo había reactivado esa mañana.
Hubo problema. Ferrero desapareció ayer a las 15:50 del edificio. No volvió. Confirmá tu posición y dame lectura del piso.
Trejo respondió con la voz de quien reporta una falla que ya esperaba reportar.
Estoy en mi puesto. Me retiraron de la consulta del 2847-C a las 14:30, Ferrero me dijo que seguiría él mismo.
No volví a verlo desde la reunión de las 15:30.
El Subcomisario Vaca lo está buscando pero no está generando alarma oficial todavía. Perdí posición sobre él.
La respuesta de Sokolov llegó en dos minutos exactos.
Reactivación inmediata. Necesitamos ojos dentro de las próximas seis horas.
Si Ferrero aparece, informá antes de cualquier otro movimiento.
Si no aparece, necesitamos acceso físico al Nodo Norte a través de tu credencial.
Entrega en persona, diecinueve treinta, estacionamiento subterráneo del Patio Olmos.
Parrilla de ventilación sur. Vas a recibir un paquete. Instrucciones adentro.
Trejo leyó el mensaje dos veces. En el auricular miniatura que llevaba bajo el cabello escuchó la voz de Ferrero, tranquila y baja.
—Decile que sí. Después me lo contás con detalle por el canal nuestro.
Trejo tipeó la respuesta. Recibido. 19:30 en el Patio Olmos.
Parrilla sur del subsuelo. Cerró la sesión.
Abrió una planilla de Excel para construir la coartada visual de estar trabajando en una tarea administrativa rutinaria.
Sacó el teléfono personal y escribió un mensaje en la aplicación cifrada que le había instalado Ferrero la noche anterior.
Paquete a las 19:30. Estacionamiento Patio Olmos. Parrilla sur. Entrega física. Hay instrucciones adentro. Me piden acceso al Nodo Norte.
La respuesta de Ferrero llegó en treinta segundos. Bien. No toques nada hasta que yo confirme el operativo. Vamos a grabar la entrega. Mantené la rutina. Si Vaca te pregunta por mí, decí que estoy en el juzgado federal siguiendo el caso Pizarro.
Trejo dejó el teléfono boca abajo sobre el escritorio.
Miró la planilla. Los números flotaban ante sus ojos sin registrarlos.
Por primera vez en veintitrés meses, estaba trabajando para dos jefes al mismo tiempo.
Y por primera vez en su vida, tenía la certeza de que uno de ellos lo iba a querer muerto antes del amanecer siguiente.
Diecinueve Treinta
Ferrero llegó al estacionamiento subterráneo del Patio Olmos a las 18:47 en un Volkswagen Gol blanco que Morales había sacado del depósito de vehículos recuperados con una orden de uso técnico firmada por un juez que le debía un favor viejo.
El Gol tenía patente de un jubilado de Villa Allende fallecido hacía tres años y un trámite burocrático incompleto que lo dejaba fuera de cualquier sistema de identificación rápida.
Ferrero estacionó en el nivel menos dos, fila H, exactamente veintitrés metros al oeste de la parrilla de ventilación sur.
Desde esa posición tenía visual directa sobre la parrilla y sobre los dos accesos peatonales del nivel.
El ángulo dejaba el Gol fuera del rango de las dos cámaras fijas más cercanas.
Lo había verificado esa tarde con los planos del edificio, conseguidos a través de un contacto en la oficina técnica municipal.
Morales estaba dos niveles más arriba, en un Peugeot 208 negro, apostado cerca de la salida de la rampa principal.
Llevaba radio corta y una Bersa Thunder en el cinturón.
Trejo iba a bajar por la rampa peatonal a las 19:28 como cliente común del shopping, con tres bolsas de una tienda de ropa que Ferrero le había comprado esa misma tarde para darle una coartada visual completa.
A las 18:58 el teléfono encriptado de Ferrero vibró. Era Trejo, desde un baño del tercer piso. Estoy en posición. Sin seguimiento detectable. Bajo a las 19:28 por la rampa sur. Ferrero respondió con una palabra: Confirmado.
Durante los siguientes veintisiete minutos observó la parrilla sin mover la cabeza más de diez grados en ninguna dirección.
Tres autos entraron al nivel menos dos: dos familias saliendo de compras, un hombre solo que estacionó a quince metros y se fue caminando hacia el ascensor sin mirar a los costados. Nada fuera de lo normal.
A las 19:26 un Citroën C4 gris entró y estacionó a doce metros de la parrilla. No bajó nadie. El motor siguió encendido. Ferrero anotó la patente en el cuaderno sobre las rodillas, sin mirar la hoja.
A las 19:28 Trejo apareció bajando la rampa peatonal con las tres bolsas en la mano izquierda, actitud de cliente promedio.
Caminó directo hacia la parrilla sin mirar alrededor.
Al llegar se agachó, ajustó el cordón del zapato izquierdo durante cuatro segundos y metió la mano derecha por la rejilla inferior.
Sacó algo, lo guardó en una de las bolsas y se incorporó.
El movimiento completo duró catorce segundos.
El Citroën no se movió.
Trejo caminó hacia los ascensores sin apurar el paso.
Cuando llegó y apretó el botón, el Citroën apagó el motor y un hombre bajó del asiento del conductor.
Treinta y pocos años, campera oscura, sin distintivos visibles.
Caminó hacia la parrilla, se agachó y verificó con la linterna del teléfono que el paquete hubiera desaparecido.
Se quedó agachado once segundos. Después se incorporó, volvió al Citroën y salió por la rampa principal.
Ferrero apuntó la patente en el cuaderno: DJU-472. Esperó siete minutos antes de arrancar el Gol.
Cuando subió por la rampa, el Peugeot de Morales ya seguía al Citroën a distancia prudente por Vélez Sársfield hacia el sur. Ferrero tomó el camino contrario hacia el norte para no saturar el perímetro. Se encontraron veinte minutos después en el búnker.
Trejo llegó diez minutos más tarde en un remis, con las tres bolsas y el paquete. Lo puso sobre la mesa sin abrirlo.
—Pesa poco —dijo—. Algo electrónico. Tamaño de una billetera. Ferrero sacó una navaja y cortó la cinta con precisión.
El Pendrive Rojo
Dentro del paquete había tres elementos.
Un pendrive rojo de marca genérica, 32 gigabytes, carcasa con el logo borrado con alcohol.
Un sobre blanco con seis páginas impresas en láser sin márgenes.
Y una moneda de un dólar estadounidense, modelo 1977, con un agujero perforado en el centro del águila.
Ferrero alineó los tres objetos sobre la mesa bajo la luz del tubo led.
—La moneda es la firma de Sokolov —dijo Trejo—. La usa como marca de autenticidad. Si el contacto no la entrega junto al paquete, es una operación comprometida.
Morales levantó la moneda con dos dedos y la miró al contraluz.
—¿Por qué 1977?
—El año en que Sokolov nació —dijo Trejo—. Mi interpretación. Nunca me lo confirmó directamente.
Ferrero abrió el sobre y extendió las seis páginas en abanico sobre la mesa.
Las leyó en silencio durante cuatro minutos mientras Morales servía tres mates y Trejo esperaba de pie con los brazos cruzados.
Las instrucciones eran claras, detalladas, sin una sola palabra sobrante.
El estilo técnico de Sokolov se notaba en cada párrafo: frases cortas, verbos activos, nada que se pudiera borrar sin perder información.
El plan era simple. Trejo debía entrar al rack principal del Nodo Norte, en el subsuelo técnico de la Jefatura, entre las 02:00 y las 03:30 de la madrugada siguiente.
Esa era la ventana en que el equipo de guardia bajaba a tercer nivel de alerta y el sistema de monitoreo pasaba a modo pasivo para los mantenimientos programados.
Debía conectar el pendrive en el puerto USB de la consola principal, esperar cuarenta y siete segundos, retirarlo y subir por la escalera lateral del ala este sin mirar las cámaras. Menos de noventa segundos en total.
El pendrive contenía un payload. Según las instrucciones, reemplazaba una rutina de autenticación del backbone con una versión modificada que creaba un acceso privilegiado oculto al Proyecto Nodo.
Con ese acceso, Sokolov podía exfiltrar cualquier archivo sin dejar rastro en los logs institucionales.
Más importante: podía inyectar información en cualquier expediente abierto dentro de la Jefatura.
Incluyendo los que el propio Ferrero estaba investigando.
Ferrero releyó las últimas tres páginas dos veces. Apartó los papeles y miró a Trejo.
—Si conectás el pendrive, Sokolov consigue acceso de escritura al backbone
—dijo—. Puede poner a cualquiera de nosotros en cualquier expediente. Puede fabricar evidencia. Puede borrar los logs que usamos para rastrearlos. Puede desaparecer las pruebas contra Santucho antes de que lleguemos a un juez.
Trejo asintió.
—Es el control total —dijo—. Con esto, el Proyecto Nodo deja de ser una operación de vigilancia y pasa a ser una infraestructura de fabricación judicial. La Jefatura queda ciega hacia afuera y transparente hacia adentro para Sokolov.
Morales dejó la bombilla sobre la mesa. —¿Pensás cumplir con la orden? — preguntó.
—No —dijo Trejo—. Pero Sokolov espera el acceso a las 03:30. Si a las 04:00 no aparece en su sistema, va a saber que algo pasó.
Ferrero se levantó y caminó hasta el mapa pegado a la pared. Se quedó mirándolo treinta segundos.