CAPÍTULO 3 #3
Ferrero guardó el teléfono. Miró el reloj del monitor: las 11:04.
La voz al teléfono le había dicho a Trejo que tenía hasta el cierre del turno de la tarde.
Eso le daba a Ferrero una ventana de al menos seis horas antes de que la operación contra él se activara.
Seis horas para convertir al Flaco de amenaza interna a fuente de información, sin que los otros seis operadores detectaran ningún movimiento inusual.
Abrió el cajón del escritorio y sacó una carpeta vieja.
Empezó a tomar notas con lapicera de tinta azul sobre papel, sin tocar el teclado.
El Plan
Morales entró al búnker a las 12:14 con una bolsa de papel madera en la mano derecha y dos cafés en vaso térmico en la izquierda.
Dejó la bolsa sobre la mesa, le pasó un café a Ferrero y sacó dos milanesas al pan envueltas en servilletas.
Comieron sentados frente al monitor central mientras Ferrero explicaba la situación.
—Trejo cree que tiene hasta las siete —dijo—. Está ejecutando una consulta que va a devolver exactamente lo que él quiere que yo vea. Mientras tanto, sus contactos están preparando algo contra mí para después del cierre del turno.
—¿Qué exactamente? —preguntó Morales.
—Lo ignoro —dijo Ferrero—. Puede ser un arresto con alguna imputación prefabricada, un accidente, una aparición en algún lugar comprometido con una foto armada. Tienen opciones. Lo importante es que Trejo cree que soy un problema resuelto para la noche.
Morales masticó. Tragó. Apoyó el vaso sobre la mesa.
—¿Vos qué querés hacer con él?
—Dos cosas —dijo Ferrero—. Quitárselo a Sokolov antes de que se active el plan. Y darlo vuelta.
—Darlo vuelta —repitió Morales—. ¿Pensás que el pibe va a hablar?
—Pienso que cree que está del lado correcto —dijo Ferrero—. Que el Proyecto Nodo funciona. Que Sokolov le mostró la verdad del sistema. Si le demuestro lo contrario en condiciones controladas, puede cambiar.
—¿Y si no cambia?
—Nos da lo que tiene de cualquier manera —dijo Ferrero—. Pero prefiero que colabore. Un Flaco convencido vale más que un Flaco apretado.
Morales asintió. Se limpió la boca con la servilleta y miró el monitor un momento.
—Hay un problema —dijo—. Si lo sacamos del edificio de manera formal, los otros seis se enteran en cuarenta minutos. La estructura entera se mueve antes de la medianoche.
—Lo sé —dijo Ferrero—. Por eso no lo sacamos de manera formal.
—¿Qué proponés?
Ferrero abrió un mapa del edificio sobre el segundo monitor. Marcó con el cursor la escalera lateral del ala oeste, la que bajaba hasta el estacionamiento subterráneo.
—A las tres y media Trejo tiene reunión semanal de equipo en la sala de situación del cuarto piso —dijo—.
Veinticinco minutos. Yo pido que me acompañe después a revisar un equipo en el depósito técnico del subsuelo.
Nadie cuestiona eso, es protocolo normal.
Bajamos por la escalera lateral, cruzamos el estacionamiento y salimos en tu auto por la rampa de proveedores.
Morales miró el mapa. Calculó. —Tres cámaras en esa ruta —dijo—. Dos en la escalera y una en la salida.
—Las tres están conectadas al sistema de grabación central —dijo Ferrero—. Puedo generar una interrupción de diez minutos programada como mantenimiento de rutina. Pasa dos veces por semana, no levanta ninguna alerta.
—¿Y el Flaco? —preguntó Morales—. ¿Entra al depósito por voluntad propia?
—Entra porque se lo pido yo —dijo Ferrero—. Una vez adentro, me hago cargo. Vos esperás en el estacionamiento con el auto encendido.
Morales se recostó contra el respaldo de la silla.
—¿A dónde lo llevamos?
—Al taller de mi primo en San Vicente —dijo Ferrero—. Cerrado hace dos años. Tengo las llaves. Persianas metálicas, dos entradas, sin cámaras en la cuadra. Podemos hablar tranquilos toda la noche si hace falta.
—¿Y si Trejo avisa por radio cuando subimos al auto?
—No va a llevar radio —dijo Ferrero—. Le pido que deje el equipo en la sala antes de bajar. Protocolo estándar en áreas sensibles.
Morales se quedó callado durante diez segundos. Terminó el café de un trago y lo apoyó vacío sobre la mesa. —Tres y media —dijo—. Te busco en la rampa a las cuatro menos cuarto.
—En la rampa a las cuatro menos cuarto —confirmó Ferrero.
Morales se levantó, agarró la bolsa arrugada y caminó hacia la puerta. Antes de salir se dio vuelta. —Julián —dijo—. Si el pibe no colabora, vos elegís. Yo ejecuto. Salió sin esperar respuesta.
Tres y Media
La reunión de equipo empezó a las 15:30 en la sala de situación del cuarto piso.
Ocho personas alrededor de la mesa ovalada de melamina blanca.
El Subcomisario Vaca presidiendo desde la cabecera, Ferrero a su derecha, Trejo en la tercera silla del lado derecho.
Los otros cinco eran agentes operativos y técnicos de apoyo que reportaban a Ferrero.
Vaca repasó cinco casos menores del turno de la mañana: un intento de fraude bancario en Pueyrredón, una denuncia de suplantación de identidad en Instagram, un pedido de colaboración del juzgado federal número 3, una actualización sobre el caso Ferreyra-Insúa formalmente cerrado, y un informe preliminar sobre la muerte de Pizarro.
Para cada caso Trejo aportó un comentario técnico breve y preciso.
Ferrero lo observaba con la atención de siempre.
La postura de Trejo era la de siempre: hombros relajados, voz pareja, lápiz entre los dedos. Nada fuera de lugar.
A las 15:52 Vaca cerró la reunión. Los agentes se levantaron. Ferrero cruzó la sala hasta donde estaba Trejo y apoyó la mano en el respaldo de la silla.
—Flaco —dijo—. Antes de que bajes, necesito que me acompañes un momento al depósito técnico. Hay un rack que está tirando errores intermitentes y quiero que lo miremos juntos. Dejá la radio y el teléfono en la sala. Abajo hay equipo sensible.
Trejo levantó la vista. Sostuvo la mirada de Ferrero durante un segundo.
—¿Cuánto me lleva?
—Veinte minutos —dijo Ferrero—. Después seguís con la consulta del Ministerio. Tranquilo.
Trejo asintió. Dejó la radio y el teléfono sobre la mesa, junto a la libreta. Caminó detrás de Ferrero hacia la puerta. Los otros agentes ya habían salido. Vaca revisaba papeles en la cabecera y no levantó la vista.
Bajaron por la escalera lateral del ala oeste.
Cuatro pisos en silencio. Los pasos de los dos hombres sobre los escalones de hormigón.
La luz de tubo fluorescente que zumbaba en el rellano del segundo piso.
Trejo bajaba detrás de Ferrero, con las manos en los bolsillos y los hombros relajados.
Ferrero llevaba el paso constante y no se daba vuelta para mirarlo.
Llegaron al subsuelo. El depósito técnico quedaba al final de un pasillo de veinte metros con puertas metálicas a ambos lados. Ferrero abrió la puerta y entró primero. Trejo lo siguió.
El depósito era un rectángulo de seis metros por cuatro, con estanterías metálicas contra las tres paredes y un rack de servidores en el fondo.
Temperatura controlada en dieciocho grados.
Una sola lámpara led en el centro del techo, olor a plástico y aire acondicionado.
Ferrero cerró la puerta detrás de Trejo.
Giró la llave. Se la guardó en el bolsillo.
Trejo registró el click de la cerradura. Se quedó quieto en el centro del depósito, mirando el rack.
—Jefe —dijo sin darse vuelta—. ¿Qué está pasando?
Ferrero caminó hasta el rack y abrió el panel frontal. No había ningún error intermitente. El rack funcionaba con todas sus luces de estado en verde.
Cerró el panel y se dio vuelta. Trejo estaba a tres metros, en el centro del depósito, las manos todavía en los bolsillos y la mandíbula apretada. Había entendido.
—Sacá las manos de los bolsillos, Flaco —dijo Ferrero—. Despacio.
Trejo sacó las manos. Las mantuvo visibles a los costados, palmas abiertas.
—Este lugar es para conversar —dijo Ferrero—.
Acá nadie nos escucha. Los sistemas de grabación de esta zona están en mantenimiento programado desde hace tres minutos.
Tenemos ocho antes de que vuelvan. En esos ocho minutos vas a decidir si seguís siendo el tipo que entró a Cibercrimen a los veinticuatro años convencido de cambiar cosas, o si terminás siendo uno más de los que Sokolov va a descartar cuando dejes de servirle.
Trejo no respondió.
Ferrero dio un paso hacia él. —Decidí rápido. El reloj corre.
Ocho Minutos
Trejo mantuvo las manos visibles. La respiración se le aceleró apenas, suficiente para que la vena del cuello se le marcara bajo la piel pálida. Miró a Ferrero durante cinco segundos antes de hablar.
—¿Qué sabe?
—Sé que operás desde hace veintitrés meses —dijo Ferrero—.
Sé que usás el software de exfiltración a través del canal de actualización de antivirus, en bloques de cuatro kilobytes.
Sé que tu cuenta TREJO_FM aparece cruzada con las ventanas de retardo del Ministerio de Finanzas.
Sé que hablaste por teléfono personal a las 10:03 de esta mañana con alguien que te dio instrucciones sobre mí.
Y sé que esa persona te pidió que me tuvieras quieto en el edificio hasta el cierre del turno.
Trejo cerró los ojos durante dos segundos. Los abrió. —¿Cómo interceptó la llamada?
—No la intercepté —dijo Ferrero—. La deduje. El retardo en los routers coincidió con tu ventana de interferencia a las 10:03. Los emisores de corto alcance que usás producen un patrón distintivo en los registros de reconexión. Lo supe apenas revisé los logs esta mañana.
Trejo asintió. Un gesto profesional, el reconocimiento de una deducción bien hecha. —¿Qué quiere de mí, jefe?