EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Salieron de la casa de Carmen a las 9:15.

El sol ya estaba alto sobre Güemes y Paso de los Andes tenía el movimiento tranquilo de un barrio que arranca tarde.

Un almacén abierto en la esquina, dos chicos en bicicleta, una mujer regando una planta en la vereda.

Morales caminó hasta su Renault y se apoyó contra el capó con los brazos cruzados. Ferrero se paró frente a él.

—Contame desde el principio —dijo—. Todo lo que sabés de Reyna. Morales miró la calle un momento. Después miró a Ferrero.

—Lo conocí en el 94 —dijo—. Yo era cabo segundo, él era subcomisario en Asuntos Internos.

Me sumó a una investigación sobre desvío de fondos en la Dirección de Logística.

Pasamos seis meses trabajando juntos. Era el policía más meticuloso que conocí en cuarenta años de fuerza.

Anotaba todo. Cada conversación, cada reunión, cada número de expediente.

Decía que la memoria era el primer órgano que compraba el poder.

—¿Cuándo empezó a construir el cuaderno?

—Después del 2009 —dijo Morales—. Cuando Cánepa llegó a la Secretaría de Seguridad.

Reyna me llamó una tarde y me dijo que algo estaba cambiando en la estructura de la Jefatura.

Que había movimientos de fondos que no cerraban con ningún presupuesto conocido.

Que había contratos con una empresa de tecnología que nadie había licitado de manera transparente.

Me pidió que lo ayudara a documentarlo desde adentro sin levantar sospechas.

—¿Y lo ayudaste?

Morales desenrolló la manga de la campera sobre la muñeca izquierda.

—Le pasé información durante dos años —dijo—.

Registros de acceso, movimientos internos, nombres de funcionarios que se reunían fuera de protocolo.

Todo en papel, todo en mano, nada por teléfono.

Reyna lo volcaba al cuaderno. En junio del 2011 me llamó y me dijo que había llegado más lejos de lo que esperaba.

Que tenía nombres grandes. Que iba a guardar el cuaderno con Carmen y que si algo le pasaba yo debía ser el único que supiera dónde estaba.

—¿Por qué no lo presentaste como evidencia en ese momento?

Morales lo miró con una expresión que tenía algo de paciencia y algo de cansancio.

—Porque dos semanas después tuvo el ACV —dijo—.

Y porque los nombres que había en ese cuaderno eran suficientemente grandes como para que cualquier fiscal que los recibiera tuviera un accidente antes de abrir el expediente.

Reyna lo sabía. Por eso lo guardó. Esperaba recuperarse y encontrar el momento justo.

Ferrero no dijo nada. La historia cerraba.

La relación entre Morales y Reyna explicaba por qué el Gallego había aceptado sumarse sin hacer demasiadas preguntas la mañana anterior.

Era una deuda vieja. Morales acumulaba esa deuda en silencio.

Los documentos sobre la mesa terminaban con la especulación.

—¿Cánepa sabe que vos le pasaste información a Reyna? —preguntó Ferrero.

—Si supiera estaría muerto —dijo Morales—.

—Pero si anoche entró al subsuelo a buscar algo en los archivos físicos, es porque alguien le dijo que el cuaderno existe. Y si sabe que existe, es cuestión de tiempo para que llegue a Carmen.

Ferrero miró la casa de frente gris con el geranio rojo en la ventana. —Hay que moverla —dijo.

—Ella no va a querer —dijo Morales.

—Lo sé —dijo Ferrero—. Vos se lo explicás.

Morales se despegó del capó con un movimiento lento. Miró la puerta de la casa durante tres segundos.

Después sacó el cigarrillo apagado que guardaba siempre en el bolsillo superior de la campera y lo puso entre los labios sin encenderlo.

—Dame diez minutos —dijo.

Entró solo. Ferrero se quedó en la vereda con las manos en los bolsillos.

Paso de los Andes seguía tranquila. Los dos chicos en bicicleta habían doblado en la esquina.

El almacén tenía la radio prendida con el noticiero de las nueve y media en volumen bajo.

Todo tranquilo. Demasiado tranquilo para lo que sabían.

La Señal

Morales tardó dieciocho minutos. Cuando salió traía la caja de metal bajo el brazo y una bolsa de tela con las asas anudadas.

Carmen venía detrás con un bolso pequeño de cuero marrón y el mismo cigarrillo apagado entre los dedos.

Cerró la puerta con llave, probó el picaporte dos veces y bajó los escalones sin mirar atrás.

Mantenía el pulso firme. Sus movimientos respondían a un procedimiento ensayado.

—¿Adónde la llevamos? —preguntó Ferrero.

—Tiene una hermana en Alta Córdoba —dijo Morales—. Calle Jerónimo Luis de Cabrera, a tres cuadras de la plaza. La hermana vive sola y no tiene teléfono fijo ni celular registrado a su nombre.

—Bien —dijo Ferrero—. Vos la llevás. Yo los sigo a distancia. Cuando la dejes, nos encontramos en el búnker.

Carmen miró a Ferrero mientras Morales abría el Renault. Sacó la pizarra del bolso, escribió y se la extendió.

EL CUADERNO VA CON VOS. YO ME LO SÉ DE MEMORIA.

Ferrero tomó la pizarra. La leyó. Miró a Carmen.

—¿Todo el cuaderno? —preguntó.

Ella asintió una sola vez y subió al Renault. Morales cerró la puerta, rodeó el auto y miró a Ferrero por encima del techo.

—Catorce años leyéndolo —dijo—. Dos veces por mes. Por si acaso. Arrancaron.

Ferrero esperó treinta segundos, subió a la Hilux y los siguió a dos cuadras. Morales tomó Colón hacia el este, cruzó la Cañada y dobló en Jujuy rumbo al norte hacia Alta Córdoba.

Fue entonces que el teléfono de Ferrero vibró. Un mensaje de texto de un número desconocido. Sin remitente, sin código de área reconocible. Cuatro palabras:

DEJÁ EL CUADERNO EN LA PLAZA SAN MARTÍN. BANCO DEL CENTRO. UNA HORA. O CARMEN NO LLEGA A ALTA CÓRDOBA.

Ferrero leyó el mensaje dos veces sin frenar.

Mantuvo la vista en el Renault a cien metros adelante y apoyó el teléfono sobre el asiento.

Alguien sabía que tenía el cuaderno y acababa de confirmar que había salido de la casa de Carmen.

Eso significaba vigilancia activa sobre Paso de los Andes.

Revisó el espejo retrovisor. Tres autos detrás.

Un Volkswagen Gol blanco, un camión de reparto y una moto 150 cc con el casco integral oscuro.

La moto mantenía distancia constante desde Belgrano. Llamó a Morales.

—Hay una moto siguiéndome desde Güemes —dijo cuando atendió—. Casco integral oscuro, 150 cc, placa no visible.

—Seguí derecho hasta Alta Córdoba. Dejá a Carmen y tomá una ruta alternativa de vuelta. No uses el celular hasta que yo te llame.

—Recibido —dijo Morales. Cortó.

Ferrero redujo la velocidad y dejó que el Volkswagen lo adelantara.

La moto redujo también. Giró por Vélez Sársfield sin poner el guiño.

La moto giró. Aceleró hasta setenta en zona de cincuenta.

La moto aceleró. Ferrero tomó la primera bocacalle a la derecha, paró en seco contra la vereda y apagó el motor.

La moto pasó de largo y desapareció hacia el este.

Esperó dos minutos con las manos sobre el volante. Después sacó el teléfono y miró el mensaje otra vez.

TENÉS UNA HORA PARA DEJAR EL CUADERNO Y DECIDIR QUIÉN VIVE.

Alguien le estaba dando una hora. Eso era una negociación. Las negociaciones las iniciaba quien todavía creía que había algo que perder.

Guardó el teléfono, arrancó la Hilux y tomó una ruta larga hacia el búnker por calles secundarias. Tenía cincuenta y ocho minutos para decidir qué responder.

El Señuelo

Ferrero llegó al búnker a las 10:08 por la ruta larga.

Cerró los tres pernos y caminó directo al escritorio sin sacarse la campera.

Abrió el maletín, retiró el cuaderno de Reyna y lo puso sobre la mesa.

Fue hasta el estante del fondo y sacó otro cuaderno de tapa dura negra, tamaño oficio, casi idéntico al original.

Lo había comprado hacía dos años en una librería de Bulevar San Juan sin saber todavía para qué lo iba a usar.

Lo abrió en la primera página. Escribió con lapicera de tinta azul, imitando la letra pequeña y vertical de Reyna lo mejor que pudo.

Fechas arbitrarias. Nombres inventados. Montos plausibles.

Llenó cuatro páginas en dieciséis minutos.

No tenía que ser perfecto. Solo tenía que resistir una inspección rápida bajo presión, tres o cuatro segundos antes de que quien lo abriera decidiera qué hacer con él.

Cerró el cuaderno falso, lo metió en una bolsa plástica y lo guardó en el maletín.

El cuaderno original lo envolvió en papel madera, lo selló con cinta y lo escondió detrás de los racks de servidores, en el hueco entre la pared de concreto y la estructura de metal que había dejado al instalar el sistema de refrigeración.

Nadie que no supiera que el hueco existía podía encontrarlo sin desarmar el bastidor.

Sacó el teléfono. Escribió la respuesta: EN UNA HORA. PLAZA SAN MARTÍN. BANCO DEL CENTRO.

Pulsó enviar. La pantalla mostró el mensaje entregado a los tres segundos. La respuesta llegó en catorce.

SOLO. SIN MORALES.

Ferrero leyó la línea dos veces. La persona del otro lado conocía a Morales por nombre, sabía que estaban trabajando juntos y sabía exactamente cuánto tardaba el Gallego en volver de Alta Córdoba.

Eso reducía el universo de posibles emisores a un grupo pequeño: alguien con acceso al seguimiento en tiempo real de los dos teléfonos, o alguien con visual directa sobre Paso de los Andes y sobre la ruta del Renault. O las dos cosas.

Guardó el teléfono. Abrió el cajón del escritorio y sacó la Glock 17.

Revisó el cargador. Diecisiete proyectiles, uno en recámara.

Metió dos cargadores de repuesto en el cinturón táctico.

Se puso el chaleco antibalas nivel IIIA debajo de la campera, ajustó los cierres y cerró la cremallera hasta el cuello.

Agarró el maletín con el cuaderno falso adentro.

Llamó a Morales antes de salir.

—¿Dejaste a Carmen? —preguntó.

—Hace cinco minutos —dijo Morales—. Voy de vuelta por Siburu.