CAPÍTULO 2 #3
—Cambio de plan —dijo Ferrero—. No vayas al búnker. Esperame cubriendo Plaza San Martín desde el café de la esquina con 27 de Abril. Entrá, pedí un café y sentate junto a la ventana. En cincuenta minutos voy a estar ahí dejando un señuelo.
—¿Señuelo? —preguntó Morales.
—Cuaderno falso. Mismo formato, contenido inventado. Quiero ver quién lo retira y quién lo custodia.
Morales hizo una pausa.
—Te van a tirar apenas lo toques —dijo.
—Por eso tenés que estar vos con visual —dijo Ferrero—. Si me pegan, seguís vos con lo que sabés y con lo que Carmen recuerda. El cuaderno original está seguro acá. Detrás de los racks, hueco inferior derecho. Si algo me pasa, volvés con el código de puerta que te paso ahora y lo sacás.
Pasó el código por el canal cifrado que usaban solo para emergencias. Morales confirmó con dos letras: OK.
—Nos vemos en cincuenta minutos —dijo Ferrero—. Si no aparezco, el cuaderno sale a los medios. Yo lo preparé todo esta madrugada. —Gallego sabés como disparar el envío.
Cortó. Salió por el patio, subió a la Hilux y tomó Santa Rosa hacia el este.
Tenía cuarenta y siete minutos y un cuaderno falso en el maletín.
Plaza San Martín estaba a doce cuadras por la ruta directa, pero iba a llegar por otro camino.
Nunca se entraba a una trampa por la puerta que el otro había elegido.
Plaza San Martín
Ferrero estacionó la Hilux sobre Rivera Indarte, a dos cuadras de la plaza, y caminó el resto a paso regular.
Era miércoles a media mañana y la plaza tenía el movimiento normal de la hora: empleados municipales saliendo del Cabildo, turistas frente a la Catedral, vendedores instalando mesas de revistas usadas.
Entró por el acceso sur con el maletín en la mano derecha y la Glock ajustada contra el riñón.
Barrió la plaza con los ojos en tres movimientos, sin girar la cabeza más de lo necesario.
Tres ángulos ciegos. Dos salidas de escape viables.
Cinco bancos en el anillo central, dos ocupados por ancianos con bolsas del mercado y tres vacíos.
Ubicó el café de la esquina con 27 de Abril al primer vistazo.
Un hombre de campera gris sentado con un pocillo de café y un diario abierto. Morales.
Caminó hasta el banco central, en el eje exacto entre el monumento ecuestre de San Martín y la salida hacia Independencia. Se sentó. Apoyó el maletín a su izquierda. Esperó.
Once minutos después un hombre cruzó la plaza desde el Cabildo. Treinta y pocos años, jean oscuro, campera de cuero marrón, mochila negra al hombro. Caminaba sin apuro pero con una línea recta demasiado limpia, los ojos fijos sobre el banco.
Ferrero lo registró de costado sin girar la cara y mantuvo las manos visibles sobre las rodillas. El hombre pasó junto al banco, se sentó a dos metros, sacó el teléfono y empezó a revisarlo con la cabeza baja.
Demasiado cerca. Un profesional habría elegido cuatro o cinco metros, algo que permitiera observar sin forzar el contacto. Dos metros era distancia de conversación obligada. Forzó la vista de Ferrero sobre él.
—Dejá el maletín bajo el banco y caminá hacia Independencia —dijo el hombre sin levantar la vista del teléfono—. Sin girar. Ni correr. A paso normal. Cuando cruces la calle, ya no somos problema tuyo.
Ferrero lo miró por primera vez.
—¿Para quién trabajás?
—No preguntes eso —dijo—. No es parte del trato.
—¿Cómo sé que cumplen con Carmen?
—Carmen ya está adentro de la casa de la hermana en Alta Córdoba —dijo—. La dejaron entrar y ninguno de nuestros equipos está en esa cuadra. Si cumplís, se queda así. Si no cumplís, en veinte minutos tenemos a alguien tocando el timbre.
Ferrero apoyó la mano sobre el maletín. El hombre movió el pulgar sobre la pantalla, sin mirarlo.
—Tres segundos —dijo.
Ferrero se levantó. Dejó el maletín debajo del banco y caminó hacia Independencia sin girar la cabeza. Pasó junto al monumento, bajó los tres escalones del borde sur y cruzó la calle con el semáforo en verde. Se detuvo frente a una vidriera de zapatería. Miró el reflejo.
El hombre de la campera marrón ya tenía el maletín sobre las rodillas. Lo estaba abriendo.
Una segunda figura apareció desde la Catedral. Traje oscuro, sin corbata, caminata rápida. Se sentó junto al primero sin saludarlo y le tendió la mano abierta. El de la campera marrón extrajo el cuaderno falso y se lo entregó.
El del traje lo abrió, pasó dos páginas con el pulgar y lo cerró. Asintió una sola vez. Lo guardó bajo la chaqueta y se levantó.
Ferrero registró la cara del segundo hombre en el reflejo durante cuatro segundos antes de que se alejara hacia el Cabildo. Lo había visto antes. En un diario. En una foto de prensa. En una conferencia oficial. Era el asesor personal de Gabriel Santucho.
La Cara de Santucho
Ferrero caminó dos cuadras por Independencia antes de sacar el teléfono prepago descartable que guardaba para estos casos.
Un Nokia básico, sin GPS, con chip comprado tres meses atrás y nunca usado hasta ahora.
Lo encendió, esperó los doce segundos que tardaba en registrarse en la red, y llamó al café de la esquina de 27 de Abril.
Sonaron cuatro timbres. El mozo atendió.
—Necesito hablar con el hombre de campera gris de la mesa junto a la ventana
—dijo Ferrero—.
—Lleva un diario abierto y una taza de café. Dígale que es urgente.
El mozo dejó el tubo sobre el mostrador. Ferrero escuchó pasos y conversaciones de fondo durante veinte segundos. Después la voz de Morales.
—Decime —dijo.
—¿Lo seguiste al del traje? —preguntó Ferrero.
—Hasta la esquina de 27 de Abril y Rivera Indarte —dijo Morales—. Subió a un Audi A4 gris con chofer. Patente parcial CRK-2. Tomaron Marcelo T. de Alvear hacia el norte. Después los perdí. No quise pegarme mucho.
—¿Reconociste al hombre?
—Reconocí la cara —dijo Morales—. Tardé un segundo en ubicarla. Es Leonardo Bianchi. Jefe de gabinete de Santucho en la intervención federal del 2022. Ahora figura como asesor externo pero tiene despacho en el edificio de la intervención sobre Figueroa Alcorta.
Ferrero apoyó el hombro contra la pared. Bianchi en persona significaba que Santucho no confiaba en intermediarios para esto. Significaba también que creía que el cuaderno era auténtico y que iba a revisarlo él mismo en las próximas horas. Eso le daba a Ferrero una ventana.
—Gallego —dijo—. Voy al búnker. Necesito que hagas dos cosas.
Primero: volvé a Alta Córdoba y confirmá con visual que Carmen está bien.
Desde afuera, sin entrar. Segundo: cuando estés seguro, me alcanzás al búnker.
Tenemos que preparar la respuesta antes de que Bianchi abra el cuaderno falso y se dé cuenta.
—¿Cuánto tenemos? —preguntó Morales.
—Dos horas como máximo —dijo Ferrero—. Cuatro páginas de texto inventado. Si es cuidadoso, va a tardar más. Si es ansioso, menos.
Cortó. Caminó de vuelta a la Hilux por una ruta que evitaba la plaza. Subió, arrancó y tomó Independencia hacia Bulevar San Juan. La cabeza le funcionaba en tres líneas paralelas mientras manejaba.
Primera línea: Santucho confirmado como cabeza operativa del Proyecto Nodo. El cuarto nombre del cuaderno convertido en el primer objetivo concreto de la investigación. Eso cambiaba la escala del caso.
De un sistema de extorsión local a una estructura de inteligencia paralela con capacidad de acción federal. Doce años investigando cibercrimen y nunca se había cruzado con algo de ese tamaño.