CAPÍTULO 2
EL CUADERNO DE REYNA
Tenía un cuarto nombre en la cabeza y no podía leerlo todavía.
Alguien trabajaba de noche en Vértice Sistemas. Guardó el dato y siguió.
Llegó al búnker a las once de la noche. Abrió los tres pernos, encendió el generador y se sentó frente a la terminal central.
Abrió el archivo de texto donde guardaba las notas del día y transcribió todo lo que recordaba del cuaderno de Reyna: las fechas, los nombres, los montos, las iniciales M.C.
y G.S., el Proyecto Nodo, la fotografía de la hija de Reyna sobre el escritorio, la frase entre comillas.
Lo transcribió sin interpretar, igual que Reyna había escrito. Solo datos.
Cuando terminó abrió una búsqueda en la base de datos de contratos públicos provinciales del período 2009 a 2013.
Filtró por proveedor tecnológico y cruzó con el nombre Vértice Sistemas.
Aparecieron cuarenta y tres contratos. El primero databa de mayo de 2009, dos años antes de la reunión en la estancia que Reyna había descripto.
Eso significaba que el Proyecto Nodo había empezado antes de lo que el cuaderno registraba.
O que había una etapa anterior que Reyna no había llegado a documentar.
Lanzó un segundo filtro sobre los montos. Los contratos sumaban en total treinta y ocho millones de dólares al tipo de cambio de cada año.
Reyna había anotado cuarenta millones en el cuaderno. La diferencia podía ser error de redondeo o una segunda fuente de financiamiento que no había pasado por los contratos públicos.
Abrió una tercera terminal y buscó el CUIT de Vértice Sistemas en el registro de la AFIP. Cruzó con transferencias bancarias recibidas desde organismos del Estado nacional entre 2009 y 2013. Tardó cuatro minutos en obtener el resultado.
Dos millones trescientos mil dólares transferidos desde una cuenta del Ministerio de Seguridad de la Nación en tres cuotas entre 2010 y 2012. Las tres transferencias llevaban el mismo código de concepto: Servicios de infraestructura crítica. Reservado. Decreto 847/09.
Buscó el Decreto 847/09 en el boletín oficial. La búsqueda devolvió un resultado: Documento reservado. Acceso restringido. Autorización nivel 4 requerida.
Se recostó en la silla. El Proyecto Nodo tenía financiamiento nacional además del provincial. Eso lo sacaba de la órbita de Quiroga y de la Jefatura y lo metía en una dimensión que todavía no podía medir. Cerró las terminales una por una y apagó dos de los tres monitores.
En el central dejó abierta una sola ventana: el archivo de texto con las notas del cuaderno de Reyna. Lo leyó una vez más desde el principio.
Las iniciales M.C. aparecían cuatro veces. Siempre asociadas a decisiones de alto nivel. Siempre por encima de Sokolov en la cadena de mando. M.C. no era un técnico. Era el arquitecto.
El Subsuelo
Ferrero durmió tres horas en el catre plegable del rincón, con la campera enrollada bajo la cabeza y la Glock 17 sobre la silla a treinta centímetros de la mano derecha. Se despertó a las 6:20 sin alarma.
El generador seguía funcionando. El monitor central seguía encendido. Se lavó la cara en la pileta del baño que había instalado él mismo, se cambió la camiseta y preparó mate en la hornalla.
A las 7:04 sonó el teléfono. Era Morales.
—Cánepa entró al subsuelo de la Jefatura anoche —dijo Morales sin saludar—. A las 23:40. Solo. Sin custodia registrada. Estuvo adentro cuarenta minutos y salió con una carpeta bajo el brazo.
Ferrero dejó el mate sobre la mesa. —¿Cómo lo sabés? —preguntó.
—Porque tengo un contacto en el área de accesos que me debe tres favores y acaba de cobrar uno —dijo Morales—. El subsuelo tiene archivo físico de expedientes cerrados desde 1987. Todo lo que no se digitalizó.
Ferrero procesó la información en silencio.
Marcos Cánepa era el Secretario de Seguridad de la provincia desde hacía seis años.
Un hombre de traje impecable y dedos largos que aparecía en las fotos oficiales siempre dos pasos detrás del gobernador, con la expresión de quien sabe más de lo que dice.
Ferrero lo había cruzado una vez, tres años atrás, en una reunión de coordinación sobre cibercrimen.
Cánepa había escuchado toda la presentación sin tomar notas y al final había hecho una sola pregunta: ¿qué tan difícil es borrar un log sin dejar rastro del borrado?
Ferrero le había respondido que dependía de quién hubiera diseñado el sistema.
Cánepa había asentido y no había vuelto a hablar.
—M.C. —dijo Ferrero.
—¿Qué? —preguntó Morales.
—Nada. Seguí.
—El contacto dice que Cánepa salió por la escalera lateral, no por el acceso principal.
La carpeta tenía el sello de Asuntos Reservados visible en la tapa.
No pudo ver el número de expediente pero sí vio algo más.
—Morales hizo una pausa—. Cánepa fue directo al estacionamiento.
Lo esperaba un Mercedes Clase E negro sin patente visible.
El contacto memorizó los últimos tres dígitos antes de que se fuera.
—Dame los dígitos —dijo Ferrero.
—847 —dijo Morales.
Ferrero miró el monitor. El archivo con las notas del cuaderno de Reyna seguía abierto. El cursor parpadeaba junto a la última línea que había escrito la noche anterior: Decreto 847/09. Documento reservado. Acceso restringido.
—Gallego —dijo Ferrero—.
—Necesito que te encuentres conmigo en Güemes en una hora. Tenemos que volver a ver a Carmen.
—¿Qué encontraste?
—El decreto que financió el Proyecto Nodo lleva el mismo número que la patente del auto de Cánepa —dijo Ferrero—. O es una coincidencia, o alguien está siendo muy descuidado, o alguien quiere que lo encontremos. Ninguna de las tres opciones me gusta.
Cortó. Apagó el monitor, cerró los pernos del búnker y salió al patio interno. El aire de la mañana tenía olor a tierra húmeda. Santa Rosa estaba desierta a esa hora.
Ferrero caminó hasta la Hilux. Tomó Santa Rosa hacia Güemes. Paso de los Andes quedaba a seis cuadras. Carmen Benítez tenía un cuarto nombre en la última página del cuaderno de Reyna, y Ferrero acababa de encontrar la primera línea que lo conectaba con el decreto que había financiado todo. Aceleró.
El Cuarto Nombre
Carmen Benítez abrió la puerta antes de que Morales terminara de golpear.
Los estaba esperando. Llevaba la misma ropa que el día anterior y el mismo cigarrillo apagado entre los dedos.
Los dejó pasar sin mirarlos a los ojos y cerró la puerta con llave.
En el living la caja de metal estaba sobre la mesa ratona con la tapa abierta y el cuaderno de Reyna encima, cerrado, con un marcador de papel sobresaliendo por el borde inferior.
Ferrero se sentó. Abrió el cuaderno en la página marcada.
La última entrada tenía fecha del 3 de junio de 2011, once días antes del ACV de Reyna.
La letra era más irregular que en las páginas anteriores, con algunas palabras apretadas y otras separadas como si la mano hubiera temblado mientras escribía.
Reyna describía una segunda reunión, más pequeña que la primera.
Tres personas solamente. Sokolov, M.C. y un tercero al que identificaba por primera vez con nombre completo, no con iniciales.
Gabriel Santucho. Interventor Federal. Presente en la reunión del 3 de junio. Tomó la palabra durante cuarenta minutos. Propuso la expansión del Proyecto Nodo a escala nacional usando la infraestructura del Ministerio de Seguridad.
Sokolov aceptó. M.C. aceptó. Nadie votó en contra porque no había nadie más en la sala.Ferrero leyó el párrafo dos veces. Morales leyó por encima del hombro sin decir nada. Después caminó hasta la ventana y se quedó mirando la calle con las manos en los bolsillos.
—Santucho —dijo Morales—. Ese hombre lleva doce años construyendo una carrera impecable. Tres ministerios, dos intervenciones federales, ningún escándalo. Lo mencionan como candidato a gobernador cada dos años.
—Por eso —dijo Ferrero sin levantar la vista del cuaderno. Siguió leyendo.
Las últimas tres páginas eran las más detalladas de todo el cuaderno.
Reyna había consignado el mecanismo operativo completo tal como Santucho lo había propuesto en esa reunión: vigilancia masiva de comunicaciones privadas, construcción de perfiles de riesgo sobre funcionarios, jueces, periodistas y empresarios, uso de esa información para extorsión sistemática o eliminación selectiva según el caso.
El sistema no tenía nombre operativo en esa etapa.
Lo que sí tenía era una estructura de mando clara: Santucho en el vértice, Cánepa como operador político, Sokolov como responsable técnico.
Reyna había escrito una última línea al pie de la página, separada del resto por una raya horizontal trazada con regla. Si esto llega a alguien después de mí: el sistema ya está funcionando. Lleva dos años funcionando. Lo que describí acá es el diseño original. Lo que existe ahora es peor.
Ferrero cerró el cuaderno. Lo dejó sobre la mesa con cuidado. Carmen lo observaba desde el sillón con la pizarra sobre las rodillas. Escribió sin que nadie le preguntara nada y la giró hacia los dos hombres.
REYNA SABÍA QUE LO IBAN A MATAR. EL ACV FUE CONVENIENTE PARA TODOS.
Morales se dio vuelta desde la ventana. Miró la pizarra. Miró a Carmen. Ella sostuvo la mirada sin parpadear.
—¿Hay algo más que no esté en el cuaderno? —preguntó Ferrero. Carmen borró con el antebrazo y escribió de nuevo.
ME COMENTÓ QUE HABÍA UNA LISTA. NOMbrES DE LOS QUE SABÍAN DEMASIADO.
TAMBIEN DIJO QUE ÉL ESTABA EN ESA LISTA. Y QUE VOS TAMBIÉN, MORALES.
El Gallego no se movió. Tenía los ojos fijos en la pizarra, la mandíbula apretada y las manos quietas dentro de los bolsillos.
Era la cara de un hombre que acaba de encontrar la explicación a catorce años de preguntas sin respuesta.
Sacó las manos despacio, se las frotó y miró a Ferrero con algo más viejo y más pesado que la sorpresa.
—Catorce años en esa lista —dijo—. Y recién me entero.
La Relación