CAPÍTULO 1 #4
Carmen lo miró por encima de las gafas. Era la mirada de alguien que había guardado secretos peligrosos durante catorce años y sabía exactamente el peso de lo que estaba a punto de mover.
Se levantó del sillón sin apoyarse en los brazos, caminó hasta la biblioteca y retiró tres carpetas del estante del medio.
Detrás de las carpetas había una caja de metal gris del tamaño de un ladrillo, con una cerradura de combinación de cuatro dígitos.
La puso sobre la mesa ratona frente a Ferrero.
Tomó la pizarra. Escribió.
NO SALE DE ESTA CASA. ACÁ LO LEÉS.
—Entendido —dijo Ferrero.
Marcó la combinación con los pulgares, sin dejar que ninguno de los dos viera los dígitos.
La tapa se abrió. Adentro había un cuaderno de tapa dura negra, tamaño oficio, con el lomo reforzado con cinta de tela.
Las tapas estaban combadas por la humedad de los años.
El nombre en la tapa interior, escrito con lapicera de tinta azul en letra pequeña y vertical: A. Reyna. Asuntos Internos. Uso Reservado.
Ferrero se sentó. Abrió el cuaderno en la primera página. Afuera el viento movía las ramas sobre Paso de los Andes y la luz de la mañana entraba oblicua por la persiana. El cigarrillo apagado de Carmen seguía entre sus dedos. El Gallego cruzó los brazos y esperó.
La Primera Entrada
La letra de Reyna era pequeña y vertical, apretada contra el margen izquierdo como si el papel fuera a terminarse antes que las palabras.
Ferrero leyó despacio. La primera entrada tenía fecha del 14 de marzo de 2011 y ocupaba tres páginas completas sin márgenes.
Reyna escribía como quien construye un expediente: fechas, nombres, montos, lugares.
Sin adjetivos. Sin opiniones. Solo datos.
La entrada describía una reunión en una estancia al norte de la provincia.
Doce personas. Cuatro funcionarios del gobierno provincial, tres jueces federales, dos jefes policiales y tres empresarios sin cargo público identificado.
Uno de los tres empresarios figuraba con nombre completo: Diego Sokolov.
Los otros dos con iniciales. M.C. y G.S.
La reunión había durado cuatro horas. El tema era la administración de un sistema de vigilancia masiva construido sobre la infraestructura de fibra óptica del Estado provincial, con acceso directo a los servidores del Poder Judicial, la Jefatura y el Ministerio de Finanzas.
El sistema tenía nombre en el cuaderno. Reyna lo había subrayado dos veces con lapicera roja. PROYECTO NODO.
Ferrero pasó la página. La segunda entrada era del 21 de marzo. Reyna describía el mecanismo de financiamiento: fondos públicos desviados a través de contratos de obra con empresas fantasma.
Canalizados hacia Vértice Sistemas como proveedor tecnológico del Estado.
El monto acumulado en dos años de operación superaba los cuarenta millones de dólares.
Había consignado los números de contrato, las fechas de transferencia y los nombres de los funcionarios que firmaron cada orden de pago.
Todo con letra pequeña y vertical, sin una sola tachadura.
Ferrero cerró los ojos diez segundos. Los abrió. Siguió leyendo.
La tercera entrada era del 8 de abril de 2011 y era la más corta.
Cuatro líneas. Reyna escribía que había recibido una visita en su despacho.
Un hombre que no se identificó. Le había dejado sobre el escritorio una fotografía de su hija saliendo de la escuela y una tarjeta en blanco con un número de teléfono.
Reyna había llamado al número esa misma noche.
La voz del otro lado le dijo una sola cosa: el cuaderno no existe o usted tampoco existe.
Reyna había anotado la frase textual entre comillas y debajo había escrito, con la misma letra pequeña y vertical: guardé el cuaderno con Carmen esa semana.
Dos meses después tuve el ACV. No creo en las coincidencias.
Ferrero cerró el cuaderno con cuidado. Lo dejó sobre la mesa ratona y miró a Carmen.
Ella tenía los ojos fijos en él, la pizarra apoyada sobre las rodillas, el marcador en la mano.
El cigarrillo apagado había desaparecido.
Morales estaba de pie junto a la ventana, brazos cruzados, mandíbula apretada.
—Hay más entradas —dijo Ferrero. Carmen asintió.
—Las leo mañana —dijo—. Se levantó y se abotonó la campera—.
Esta noche necesito cruzar lo que hay acá con lo que tengo en el búnker.
Los nombres, los contratos, las fechas. Si Sokolov sigue operando el Proyecto Nodo, los tres analistas del ministerio encontraron algo dentro del sistema y por eso están muertos.
Morales lo miró. —¿Y Quiroga? —preguntó.
—Quiroga es la puerta —dijo Ferrero—. Sokolov es lo que hay adentro. Carmen escribió en la pizarra y la giró hacia los dos hombres.
HAY UN CUARTO NOMbrE EN LA ÚLTIMA PÁGINA. NO LO LEYERON TODAVÍA.
Ferrero miró la pizarra. Miró el cuaderno cerrado sobre la mesa. Extendió la mano para abrirlo.
Carmen puso la suya encima antes de que lo tocara. Negó con la cabeza una sola vez. Señaló el reloj en la pared: las 9:47 de la mañana. Después señaló la puerta.
Ferrero retiró la mano. Tomó el maletín del piso. Salió a Paso de los Andes con el Gallego un paso atrás. El viento había parado. Las ramas sobre la calle estaban quietas y la luz era blanca y pareja. Caminó hasta la Hilux, subió, cerró la puerta y se quedó inmóvil con las manos sobre el volante.
Un cuarto nombre. En la última página.