EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

Morales lo miró por algunos segundos. Después se corrió para dejarlo pasar.

La cocina tenía una mesa de fórmica con dos sillas, una alacena con la pintura descascarada y una radio AM sobre la heladera que transmitía el noticiero en volumen bajo.

Morales apoyó la taza sobre la mesa, fue al fuego y sirvió otro café en un jarro de loza sin preguntarle a Ferrero si quería. Lo puso frente a él y se sentó.

Ferrero le contó todo en pocos minutos. El departamento de Chacabuco, el mensaje en la pantalla, el transmisor en el marco de la ventana, los dos cuerpos anteriores, los expedientes archivados con la firma de Quiroga, las visitas nocturnas de Quiroga a Duarte Quirós 1920, el nombre Sokolov al pie del registro comercial.

Habló sin pausas y sin subir la voz. Morales escuchó con la taza entre las manos y los ojos fijos en la mesa, sin interrumpir.

Cuando Ferrero terminó, Morales se levantó y apagó la radio.

—Sokolov —dijo, de pie junto a la heladera con los brazos cruzados—. Ese nombre lo escuché una vez. Hace tres años. En una conversación que no debería haber escuchado.

—¿Dónde? —preguntó Ferrero.

—En el despacho de Reyna. Dos semanas antes de que le diera el ACV —dijo Morales—. Reyna hablaba por teléfono. Yo estaba en el pasillo. Escuché el nombre y una cifra. Cuatro millones. No supe si eran pesos o dólares y en ese momento me pareció que no importaba.

Ferrero dejó el jarro sobre la mesa. —Ahora importa —dijo.

Morales asintió con la cabeza. Fue al dormitorio y volvió con una campera táctica marrón y las llaves de su auto. Se detuvo en el marco de la puerta de la cocina y miró a Ferrero con los ojos ya completamente abiertos, sin rastro de sueño.

—El cuaderno —dijo—. Si Reyna conocía a Sokolov y Sokolov tiene vínculos con Quiroga, entonces lo que Reyna anotó en ese cuaderno vale más de lo que pensábamos cuando lo escondimos.

—¿Dónde está el cuaderno, Gallego?

—Con la única persona en esta provincia que Reyna confiaba más que en sí mismo —dijo Morales. Se puso la campera y subió la cremallera hasta el cuello

—. Carmen Benítez. La Muda. Vive en Güemes, sobre Paso de los Andes. Hace dos años que tiene cáncer de laringe y hace dos años que no habla con nadie. —Hizo una pausa—. Conmigo va a hablar.

Salieron juntos por la puerta angosta. General Paz estaba despertando, colectivos y persianas que subían.

Ferrero caminó hasta la Hilux. Morales fue hacia el Renault 19 bordó estacionado sobre la vereda, guardabarros abollado, espejo retrovisor atado con alambre.

El Gallego arrancó primero. Ferrero lo siguió.

La Muda

Paso de los Andes era una calle angosta de Güemes con árboles altos que cerraban el cielo en un techo de ramas.

Las casas eran bajas, de material antiguo, con rejas de hierro y jardines descuidados.

Ferrero estacionó la Hilux detrás del Renault del Gallego, frente a una casa de frente gris con la pintura cuarteada por el sol.

Una maceta con un geranio rojo en la ventana.

Las persianas bajas. Morales bajó del auto, caminó hasta la puerta y golpeó tres veces con los nudillos.

Esperó. Golpeó dos veces más. La persiana de la ventana se movió un centímetro. Volvió a su lugar. La puerta se abrió.

Carmen Benítez tenía setenta años y el pelo blanco recogido en un rodete apretado. Menuda y recta, hombros cuadrados, ojos afilados detrás de unas gafas de montura fina. Llevaba un delantal sobre la ropa de casa y un cigarrillo apagado entre los dedos de la mano derecha.

Miró a Morales durante dos segundos. Después a Ferrero durante cinco. Volvió a Morales y abrió la puerta del todo.

Entraron a un living pequeño con muebles de madera oscura y olor a eucalipto y tabaco frío.

Una biblioteca cubría la pared del fondo de piso a techo, con libros ordenados por tamaño y carpetas numeradas en el lomo.

Sobre la mesa ratona había una pizarra blanca del tamaño de una hoja A4 y un marcador negro.

Carmen se sentó en el sillón frente a ellos, cruzó las manos sobre la falda y los miró con la expresión de quien lleva años leyendo a las personas antes de que abran la boca.

Morales se sentó en el borde del sofá. Ferrero quedó de pie junto a la biblioteca.

—Carmen —dijo Morales—. Tres analistas del Ministerio de Finanzas. Muertos frente a sus monitores. Los tres habían denunciado a Vértice Sistemas antes de morir. Los expedientes los archivó Quiroga. Y el nombre que aparece detrás de todo es Sokolov.

Carmen no movió un músculo de la cara. Tomó la pizarra y el marcador. Escribió cuatro palabras en letras mayúsculas y la giró hacia ellos.

REYNA ME LO DIJO.

Morales miró a Ferrero. Ferrero miró la pizarra.

—¿Cuándo? —preguntó Morales.

Ella borró con el antebrazo y escribió de nuevo. 2011. ANTES DEL ACV. ME TRAJO EL CUADERNO.

—¿Lo tenés? —preguntó Ferrero.