CAPÍTULO UNO
La mujer no podía hacer nada más que mirar.
El intruso chasqueó los dedos y movió las caderas de lado a lado. Tenía los ojos cerrados mientras articulaba en silencio la letra de la canción pop rusa que sonaba a todo volumen desde un móvil que había dejado sobre la mesa.
Sus movimientos lo alejaron de la mujer bailando por la habitación.
Giró sobre sí mismo y volvió hacia ella contoneándose, moviendo los hombros mientras la señalaba con gesto juguetón, invitándola a unirse.
Pero, por supuesto, no podía. Unas bridas de plástico le sujetaban las manos a la espalda mientras permanecía sentada en el suelo de madera, con la espalda contra la pared.
El pecho derecho se le había salido del picardías de seda.
La mujer desvió la mirada hacia su marido, Gary, que yacía inconsciente por un golpe en la cabeza.
No sabía con qué le había pegado aquel hombre, pero le había abierto la cabeza.
La sangre le surcaba un lado del rostro como una telaraña mientras permanecía desplomado hacia delante.
Por extraño que pareciera, envidiaba a su marido: él no tenía que soportar al lunático bailarín que tenía delante.
El hombre había irrumpido en su casa en mitad de la noche y, aunque nunca lo habían visto, parecía estar allí por un motivo concreto.
Tras dejar inconsciente a su marido, atarle a ella las manos a la espalda con bridas y amordazarla, el ladrón pasó casi media hora taladrando la caja fuerte empotrada en el vestidor.
Parecía saber lo que buscaba, pero en ningún momento les pidió la combinación, que ella le habría dado sin dudarlo.
En la caja fuerte había joyas que valían casi un millón de dólares.
Sin embargo, el ladrón solo se llevó un objeto: un collar que había pertenecido a la difunta Natalie Wood.
Contenía veinticuatro quilates en diamantes blancos y catorce zafiros de un azul intenso engarzados en oro blanco.
Una vez que tuvo lo que quería, los obligó a bajar al comedor.
Fue entonces cuando le dio el golpe a Gary.
Esperó pacientemente a que terminara la pesadilla, a que él desapareciera en la oscuridad de la noche. Pero no: se quedó allí como un invitado no deseado que se hubiera puesto cómodo. Incluso había abierto una botella de vodka y se había tomado unos cuantos chupitos. Ahora bailaba, ajeno a ellos.
No había hecho ningún intento por ocultar su rostro.
¿Qué significaba eso? ¿Había algo más por venir?
¿Era inevitable su peor miedo: la muerte?
¿Por eso no se había apresurado a salir de la casa?
Miró a su marido una vez más. De no ser por la sangre, parecería dormido.
Nada lo alteraba. Sería capaz de dormir durante su propia muerte.
El sudor le perlaba el rostro, y la cinta adhesiva del lado izquierdo de la mejilla había empezado a despegarse. Podía mover la boca. Como último recurso —una súplica, en realidad—, decidió hablarle. Quizá tuviera conciencia.
—Por favor —dijo—. Déjanos, por favor.
Dejó de bailar y arqueó las cejas con sorpresa. Con un gesto exageradamente teatral, se llevó una mano a la oreja y se inclinó hacia ella.
—No te hemos hecho nada. Llévate lo que quieras. Llévatelo todo y déjanos.
Repitió el gesto como si no la hubiera oído.
Rompió a llorar con sollozos incontrolables que le sacudían el cuerpo.
Pulsó la pantalla del móvil y la música dejó de sonar. Luego les hizo una foto antes de guardarse el teléfono en el bolsillo. Se quitó la pequeña mochila que llevaba a la espalda. De ella sacó un cuchillo grande.
Lloró más fuerte al ver la hoja. Sacudió la cabeza con violencia.
—¡No! ¡No!
Una sonrisa perversa se dibujó en el rostro del hombre mientras la taladraba con la mirada. Ahora lo veía claro. No tenía intención de dejarlos vivir. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
El hombre se acercó y se arrodilló frente a su marido. Le levantó la cabeza inerte con dos dedos para verlo mejor. Lo observó un instante antes de volver la mirada hacia ella.
Habló por primera vez:
—No se esforzó mucho por protegerte —tenía acento ruso—. Y sin embargo, amas a este hombre. No lo entiendo.
—No somos una amenaza —le temblaba la voz—. Déjanos vivir. Te lo suplico.
Le arrancó la cinta de la boca del todo para oírla mejor. Ella jadeó y aspiró el aire fresco. Él observó cómo el pecho de la mujer subía y bajaba con cada respiración. Tenía los ojos vidriosos y enrojecidos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
Frunció el ceño.
—Es una pregunta extraña para alguien en tu situación —meditó unos segundos antes de responder—. Yuri.
—Es un nombre bonito —dijo con la voz temblorosa—. El mío es María.
La miró fijamente, sin que su expresión cambiara al oír el nombre. Entonces, sin previo aviso, atacó. Clavó el cuchillo en el lateral del cuello de su marido. La sangre le salpicó el rostro. Observó horrorizada cómo Yuri serraba, gruñendo con cada movimiento.